…Génesis miamense: Las delicias de un naranjo en flor III/III


 …Génesis miamense: Delicias de un naranjo en flor

III/III

 “Yo soy Julia y tú, eres Henry. ¿Y tú, machito cabrío, qué hay con  la flor del naranjo?“, reflexionó la Tuttle y se arregló las enaguas

Se cumplen 52 años de dictadura comunista en Cuba

 En la boca del río San Juan
Esa mañana Henry se levantó indispuesto, después de revolverse incesantemente por decenas de veces en el lecho, junto con los remilgos nocturnos de su nueva esposa. Durante unos segundos quedó sentado en el borde de la cama a fin de estabilizar su equilibrio. Pero no pudo evitar el permanecer de envuelto en una visión de sus sueños, que se les antojaron pesadillas estáticas: los Everglades, sus ciénagas, pantanos y los temibles mosquitos capaces (lo que el no sabía) de inocularle (1) la temible  “loving” (fiebre amarilla), que le rugían desafiantes. Y lo peor, con la gente de Plant amenazando con colársele por el flanco izquierdo a fin de ganarle, en ser primero en llegar a Key West.
Era la cuestión de encontrar la manera de llegar hasta la punta sur de la Florida, hasta Key West. Una visión lejana aún, la cual no se solidificaría hasta años después, dado que esto último, eran “otros veinte pesos” ingenieriles, en el decir de los cubanos.
La única opción viable para Flagler de extender su ferrocarril hacia el sur; cuyo vértice final seria montarse sobre la cayería sur sudeste hasta Key West –sin acabar de entender plenamente la propuesta de William J. Krome (2), su ingeniero dilecto– le tenía tan inquieto como la sensibilidad de su estómago, asustadizo como una mimosa.
Y todo eso debía hacerlo antes de que su competidor y también tocayo Henry Plant. Por lo tanto, ahora debería contentarse con alcanzar Fort Lauderdale y después Miami (Mayaimi, entonces, entre otros nombre indios). Claro que esa empresa podría costar decenas de millones.
Plant, se las arreglara desde Tampa, ya deslumbrante por su sensualoide arquitectura, en alcanzar desde Tampa aquel cayuelo a un “tiro de piedra de La Habana”, en que todos convenían. Pero este proyecto no se culminaría, hasta que Flagler dio la orden en 1902, para que se iniciaran los estudios preliminares.
Pero ahí, desde siempre, rugían los Everglades. Una vastedad selvática y casi inexplorada, que separaba la costa del Atlántico con la del Pacífico, donde ya tronaba todos los encantos inimaginables, la ciudad de Tampa. Es que extenderse por el sur de la Florida, era estar a puertas de Cuba, la rica colonia española.
Además de las vinculaciones futuras con el inminente Canal de Panamá, con todo el trafico marítimo y ferrocarrilero que se vislumbraba con Centro, Sudamérica y el Pacífico. Y porque además, la otrora poderosa España; se encontraba exhausta por guerrear tozudamente contra los independentistas criollos, que la acosaban sin tregua, desde hacía la friolera de 50 años.

– ¡Para no perder Cuba, la joya de la Corona Española, hasta el último hombre y la última peseta! – había gritado en el parlamento, el primer ministro de España.

Pero todo fue en vano. Porque el imperio español y su gesta conquistadora, estaban liquidados. Sin embargo, la genuina gesta civilizadora de la avanzada europea en un continente salvaje y repleto de iniquidades (sacrificios humanos, canibalismo, etc.) resulto en el actual concierto de naciones indoamericanas, con sus virtudes y defectos, que en la actualidad son de un horror contaminantes.
Flagler, no entendió qué sucedía con su estómago
Quizás el malestar, cuidadosamente observado por su médico, se debiera a las ostras “a la crema rosa” (Huîtres à la crème en caviar rouge), le había dicho el cocinero, que así era el nombre correcto) cenadas la noche anterior en el restaurante de su bello “Ponce de León Hotel” (2una estructura de ladrillos rojizos, medio que de estilo morisco o si se quisiera, mediterráneo.
O por, lo más improbable, el par de copas (en realidad tres) del vino tinto tempranillo; de Rivera del Dueto; que le enviaron desde New York. O quizás, una sorpresa o chisme culebrino de su amigo Glenn Curtiss, quien después se convertiría en osado constructor y piloto de su propia empresa de aviones. Y que después fue la más importante de los Estados Unidos, en especial durante la IIGM.
Y también por el condenado queso azul que no cesaba de invitar a que lo devoraran junto con a la hogaza de pan blanco, rociado con ajonjolí.

Sésamo, eso es –exclamó Flagler, como un autómata.
– ¿Decías, querido? -rumió la esposa, sin abrir los ojos completamente.

La comida estuvo más ligera que el delicioso almuerzo con el “caldo gallego”, tan pesado al gusto sajón, que realizó en un recién estrenado restaurante lacustre de Anastasia, en el litoral interior de San Agustín de la Florida, cuyo dueño era español.
Éste, un genuino descendiente –en realidad, de la “oveja negra” de su familia– de la antigua estirpe de los Fatio de allá por San Agustín de la Florida. O de lo que quedaba de esta, desde cuando Florida pasó a manos de los Estados Unidos en 1821,

Henry, querido ¿en realidad te sientes tan mal? –le inquirió la esposa.
Si. Pero lo que necesito es solamente un colagogo.

Ella, extendió la mano izquierda y tiró tres veces del cordón carmelita para avisar urgencias a la servidumbre.

Solamente un tercio de la dosis –le susurró la sirvienta a la esposa. Pero Henry la escuchó.
Sí, eso es lo que me recomendó el homeópata, y no más, querida –acentuó él, para contener la sobre protección de ésta.

Por entonces, los homeópatas comenzaban a ponerse de moda a causa de la singularidad de “curar con lo semejante por la medicina natural”, sólo que las personas pudientes disponían de posibilidades de tener acceso a estos médicos.
Flagler y Krome
Luego, Flagler planeaba revisar los proyectos con el experto Krome, en específico,  los planos de la nueva estación para el caserío de Fort Lauderdale, al sur de su joya preferida, el bello hotel “Ponce de León” en  San Agustín de la Florida.
Estaba contento porque sus rieles se habían extendido ya, hasta Palm Beach (2), donde a inicios de siglo XX montaría una lujosa residencia permanente, como regalo de bodas a su esposa, la cual después seria el Museo “Henry Flagler”.

Aquí, lo que importan son la laboriosidad y la eficiencia” –reflexiono Flagler.

Todo en meticuloso orden, pues le obsesionaba que cada obra por él auspiciada, portara el estilo de optimización, euritmia y, por supuesto, su sello inconfundible: el color amarillo.
A Henry Morrison Flagler, el tycoon de los rieles de la costa Este, un perfeccionista, se sentía incapaz de admitir chapucerías por ganar dinero.
Sólo le interesaba la huella dejada por los elegidos, como él, y no las cifras a la izquierda del punto decimal en su cuenta bancaria.
Sentía picazones porque su rival, Henry Plant, y sus endemoniados capataces, anduvieran echando rieles a diestra y siniestra para conectar ferrocarriles entre Tampa, Jacksonville, Savannah y todo con lo que se encontrara por el medio, hasta la activación de líneas muertas
No deseaba ver a Plant, ni imaginar siquiera a su competidor en las veladas de cremoso chic del “Royal Ponciana Hotel” tampeño; codeándose con los Lydigs, Vandelbilts, Townsends, Stewarts y los otros chicuelos de la belle époque.
Y quizás alardeando entre sus socios comerciales,  por haberle puesto un pie delante a Flagler en la cosa de los ferrocarriles.
Por eso, se tragó de un sopetón el ruibarbo traído por Harold, y se encaminó hacia el saloncillo donde acompañaría el desayuno, después de asentar la infusión e inusualmente, con pan de manteca y mantequilla, al estilo habanero.

– ¿Se siente mejor ahora, señor? –preguntó Harold.
Creo que sí, Harold –dijo Flagler, dispéptico y exhaló un eructo, sonoro y envuelto en dólares–. Pero además, y por favor, me traes la botella del “mata bichos“.
Perdón señor -se electrizó Harold-, ¿Usted dijo del qué?
Si, hombre, el aguardiente que los españoles hacen con la cáscara de la uva. Es el de la botella fea, que me regaló el día de mi cumpleaños, ese cubano del pueblito de Arredondo, creo que era simpatizante de los independentistas. Dicen que es bueno para matar las lombrices. ¿Qué, te asombras?
No, no, Señor, le juro que yo creo todo lo que usted diga. Pero usted me perdonara el lapsus pero, es ahora que me entero de que usted tiene lombrices.
No, hombre. Es un decir. Es que no quiero que mi mujer sepa que lo hago temprano y con moderación. Es para entonar el cuerpo. ¿Entiendes ahora?

La kukulienka trina a la posta arribante
Entonces fue cuando la kukulienka (Cuco) de la Sala de Estar, dio las diez de la mañana. Junto con su trinar rocambolesco, llegó junto con el ladrido de los perros y el relincho de un caballo que penetraba en la propiedad.
Aparentaba ser el mensajero de Correos, que llegaba desde el sur, Miami, una vez a la quincena trayendo correspondencia, hasta un punto en que por barco o ferrocarril, se distribuyera para el resto de los Estados Unidos o el extranjero. Era la “subida por la bajada” del correo, después en sentido contrario
El cochero tomó el encargo, invitó al jinete a un refrigerio en la cocina y salió en busca de Harold, el mayordomo.
Este último tomó el correo, miró al cochero como sorprendido por la procedencia del envío y le dio vueltas al paquete, a fin de reconocerlo mejor. Entonces fue cuando leyó el nombre del remitente. De inmediato se encaminó a donde Flagler.

¿Qué es eso? –inquirió el tycoon.
En realidad no sé, señor –advirtió Harold–. Pero viene del sur, probablemente desde la oficina postal de Brickell en ese caserío situado en la boca del río Miami, dijo el mensajero. Por allá, por donde el diablo dio las tres voces y por el que ahora andan el mismo Brickell y Munroe, armando negocios con la promoción del turismo de yatistas y de los veraneantes del norte, que llegan por mar.
Pero qué clase de turismo es ese, amigo mío, si no hay transporte decente que llegue tan lejos, hacia el sur. Esa gente de la boca del río Miami, el resto de la costa sudeste, Key West y el resto de los cayos, dependen del cabotaje.
Señor, permítame decirle que no se descuide con el señor  Plant. –se arriesgó a decir Harold.
– ¿Quién lo manda? – inquirió Flagler, cambiando el evento original.
Creo que la misma Julia S., señor. El apellido es como Tutt.., no sé bien, quizás sea la misma señora viuda que lo visitó a usted una vez, en el “Ormond Hotel”. Parece que la tinta se humedeció con el roció y medio que lo borró. Quizás son huevos de cocodrilo. –bromeó

Harold y cortó los amarres de manila. Henry asintió, reventando de curiosidad. Cuando Harold destapó la caja abrió los ojos.

– ¿Qué es? –preguntó Henry, sospechando alguna travesura del apodado  “Duque de Dade”–. ¿De Ewan?
No, una cosa así, tan…tan delicada en su envoltorio; sólo puede ser de la “viuda” enfatizo Harold– digo, la señora Julia –sugirió este al recordar el nombre, mostrándole a Flagler el contenido.

Cierto que la viuda portaba atuendo negro
La tal “viuda” era un conspicuo ser real. Se trataba de Julia DeForrest, née Sturtevant, Tuttle. Ella provenía de una familia pudiente de Cleveland, Ohio, donde nació, se casó y enviudó de Frederick L. Tuttle. Sucede que Julia se gastaba “espuelas del quince”.
Mas tarde, compró una propiedad de 640 acres (2,6 km²) en el banco norte de la boca del río Miami, donde estaba erigido “Fort Dallas”, hacia la cual se mudo y embelleció el lugar, transformándose este en punto de recreación y atracción.
Corriendo Febrero de 1895, una helada sobrenatural se cernió sobre el centro, norte y parte superior del sur de la península, la cual resultó devastador para la Florida. Desde 1835 la península no había experimentado un desastre similar.
Las terroríficas heladas de finales de diciembre del año anterior e inicio del 1896 que corría, arrasaron con los sembrados, sólo dejando intactos los naranjos en la zona de Biscayne Bay.
El fenómeno climatológico provocó que los granjeros del centro y norte de la Florida hasta Georgia, arruinados, se esfumaran y huyeran espantados junto con las frutas.
Fue entonces que esta “milagrosa helada” acelero el movimiento para incorporar la que después seria la Ciudad de Miami.

Señora, yo la veo a usted muy tranquila. La poca gente que permanece en el lugar, se jala los pelos. Están desolados –sentenció Samantha, la sirvienta negra.
Tranquila, Samantha. Por ahora, vamos tirando con la producción de almidón. Eso se utiliza siempre, con independencia del clima.

Julia sonrió, en medio del estruendo de chiquillos, gatos y patos. A su rostro de mentón casi cuadrado, le adornaban salpiconas guedejas. Su expresión, exhalaba ternuras y un montón de los deseos reprimidos de cualquier cuarentona soltera.
Recién, después de su acostumbrada descarga religiosa para impresionar a Samantha, el brujo seminole; “Dr. Tigre”; el cual andaba en ascuas disgustado con la intromisión de sus colegas haitianos que vibraban en la misma cuerda de las magias y el esoterismo santero, se había marchado de la vivienda, con su música a otra parte.
Sucedía que ambas prácticas brujeras chocaban entre sí, más cuando se trataba pelear contra las bondades del insondable déjà-vu y otros ritos esotéricos de los negros.
Luego, las mujeres del lugar, en especial las solitarias y después de haberse encomendado por largo tiempo al santo en cuestión, posible proveedor del remedio santo para salir de la soltería, recurrían a cualquier practica o cosa oculta y, si era posible, discreta.
Después, ambas mujeres continuaron armando el paquete que enviaría al varón que disfrutaba todas las playas en la zona de San Agustín de la Florida, por el este del Panhandle, hasta West Palm Beach.
Porque Flagler era persona muy nombrada en las cosas de carreteras, real estate y en especial, las ferrocarrileras; esas ruidosas pero tan ansiadas máquinas, cuya música todos deseaban escuchar en sus vecindarios.

Pero tan necesarias a su terruño” –suspiro Julia y Samantha la miró tierna.
Yo le pondría papel de seda –propuso Samantha, en tono zalamero.
Falta la carta. Espero que él me atienda. En realidad, presiento que nada más tenemos que ofrecer al señor Flagler, salvo el hedor de los pantanos, mosquitos y la jeringa de este pegajoso calor.
Quizás sí, quizás no, señora. Tenemos playas hermosas –apuntó Samantha–. Depende de la sensibilidad del hombre.
Importante es que las flores y yemas del naranjo, no se dañen. Esta zona, será un lugar bonito, aunque por ahora, tengamos que bañarnos en el mar con esos horribles vestidos –pronosticó Julia, en un tono raro (quizás premonitorio de los que después seria la ciudad fabulosa) no muy concordante con su sobriedad indudable.

Cierto que se trataba de Julia D. Tuttle, la adelantada viuda que compró, entre otras propiedades, el viejo Fort Dallas y sus inmediaciones. La Tuttle, ya había decidido junto con Brickell, donar tierras para salvar sus sueños de lo que seria la ciudad futura.
Lo mejor era que ya había embullado a Brickell, su familia y otros notables de la villa, para que se sumara al juego, durante un opíparo almuerzo que organizó en el césped  en su barraca de Fort Dallas, en ocasión del Día de Acción de Gracias.
Exactamente, cuando el último contingente de voluntarios del Ejercito de los EE.UU que acampó en Miami, en 1896, en ocasión de estallar la Guerra Cubano-Hispano-Americana, coincidente con la Guerra de Independencia de los criollos cubanos, ansiosos de ganar su Independencia política y económica de la metrópolis.
Tras la derrota española, las fuerzas norteamericanas expedicionarias, ocuparon todo el territorio de la Isla de Cuba y sus cayos adyacentes, Puerto Rico, Filipinas y otras posesiones. En el caso de Cuba, especialmente, a los fines de comenzar la reconstrucción de la isla, tras el desastre dejado por la guerra.
Así, hasta el 20 de mayo de 1902, cuando se proclamo la República de Cuba.
Esa noche, tras el retorno de los invitados a sus casas respectivas; Julia y Samantha se sentaron en el cobertizo (hasta que los mosquitos se lo permitieran) y conversaron, confiándose sus cuitas.

– ¿Lograremos “armar el muñeco”, señora?
–Que no te quede la menor duda –le aseguró Julia. Entonces fue que sintió la punzada lacerante en el bajo vientre. Para entonces, ya estaba herida de muerte.

 Otra vez, en la boca del río San Juan

Es hermosa –dijo Harold, y le extendió a Henry el envío y la carta.

Éste la leyó, despacio. Después, permaneció meditando por unos segundos. Miro a Harold, quien se sintió escrutado por su jefe.

Y todavía yo no se cual es el empecinamiento de esa mujer en fundar una ciudad en aquel páramo.
Señor, las mujeres maduras sufren de cierto calores
Bien por la romántica rama de naranjo en flor, pero ¿qué interés tiene para nosotros ese atracadero de manatíes? –arguyó Henry, sarcástico–. En la carta, me invita a llevar máquinas y rieles desde West Palm Beach hasta Biscayne Bay. Y que la bonanza está asegurada la zona del río, que las heladas no tocaron ni tocarán el sur de la Florida, que sólo son sesenta millas desde West Palm Beach, y que…
–…y que la prueba de ello es la rama con las yemas del naranjo en flor que le envía –intervino Harold.
Cierto –asintió Flagler, y agregó –y eso, ese sueno, mi estimado Harold, cuesta dinero, ¿no?

Señor – acentuó Harold, tomando una larga bocanada de aire y con una expresión premonitoria, concluyó–, yo no sé de negocios, ni de heladas, ni del impacto de los turistas que irían al lugar. Pero le aseguro que, cuando una viuda solicita atención, es mejor hacerle caso. Me dispensa, pero se lo digo con absoluta sinceridad y… por experiencia propia.

Henry Flagler demoró solamente segundos en pensar sobre las palabras de su mayordomo.
Fue hasta el saloncillo aledaño donde su esposa, hacía trebejos como si tejiera el tapete de
Penélope.

Y tú, querida, ¿qué  piensas sobre la proposición de nuestra viuda?
– ¿Cómo?
Vamos, mujer, no te me hagas la sueca. Tú siempre tienes los oídos bien afinados.
Bueno, Henry, desde el primer momento que la ví me agradó. Y también, porque siempre da la impresión de ser tenaz, cuando se propone algo.

Dos ingenieros forasteros (muy apuestos) visitan a una viuda
Flagler, no le dio mayores vueltas al asunto y de inmediato, llamó a dos de sus mejores lugartenientes, Los ingenieros James E. Ingraham y Joseph R. Parrott. Ambos, concurrieron a la carrera hasta Miami y tocaron a la puerta de Julia, en Fort Dallas. La conversación se montó, junto con William Brickell, que a la sazón bebía su café vespertino mientras visitaba a Julia.

Señor Ingraham, me place que el señor Flagler les haya enviado con tanta premura, a conocer mi propuesta, digo, que la supongo y se, coincidente con la de los habitantes de la villa. Que como ustedes pueden constatar, esta en pleno auge –dijo Julia en tono pausado, como de quien esta completamente segura del peso de sus palabras.

Ingraham giro la cabeza y se encontró con el rostro de Parrott, quien había reaccionado igual ante el aseveramiento de la viuda respecto a la “prosperidad” de la villa y cuando miro a los ojos de este, encontró la misma expresión de estupor.

–Señora Tuttle, sin que nos entienda mal, quizás por nuestra torpeza, pero la zona aun esta virgen y…
– ¿Me permite, señora Tuttle? –intervino Parrott, en el mejor tono amistoso que encontró en su repertorio–. Cierto que el señor Flagler, por el momento, siente curiosidad por saber tanto los propósitos, como de las posibilidades de que nuestra compañía invierta; o  mejor acelere; los planes de llegar a este puebli…
Villa, señor Parrott, si me permite la corrección. Porque debemos pensar en un futuro que nos esta esperando, como quien dice, detrás de la puerta.

Fue ahora a la inversa, puesto que fue Parrott quien miró a Ingraham, el cual contuvo una sonrisa por la decisión que advirtió en aquella pueblerina (de lo cual se equivocaba, porque ella era toda una dama educada de Cleveland, lo que en las costumbre españolas recibiría el trato de “Doña”). Julia Tuttle posó su mirada profunda en los ojos de aquellos hombres.

Madam, ¿qué es lo que realidad usted propone? Porque en los planes de la compañía, se considera llegar aquí –le inquirieron, casi al unísono.
Partamos de una realidad concreta y tangible relacionada con el señor Flagler. Se trata de algo que se puede ver y tocar, tales son los rieles y los ferrocarriles que corren sobre ellos y los resorts de lujo con los que viene tapizando toda la costa este de los Estados Unidos.
Tal actividad económica y financiera, ha modificado sustancialmente todos y cada uno de los puntos donde se han establecido estaciones. Y más aun, porque aquel condado por donde atraviesa el ferrocarril, se vuelve prospero.
Y eso estimados señores, es exactamente lo que queremos para Miami, si el señor Flagler nos comprende y nos bendice corriendo hasta la boca del río sus condenados rieles y al menos una de esas ruidosas cafeteras. Que les confesamos, el señor Brickell aquí presente y yo, la señora Tuttle que necesitamos que nos ayude cuanto antes. Es que ya viene el nuevo siglo. ¿Entienden?
El señor, Henry Flagler, tiene en sus manos los destinos de esta comunidad por ser un emprendedor verdadero, no un político que promete lo que sabe no cumplirá.  Que el Señor Flagler nos ponga el ferrocarril aquí, y haremos de esto, una gran ciudad.
Como ya prometimos, tanto el Señor Brickell como yo, donaremos parte de nuestras tierras para construir la ciudad y un gran hotel, en Biscayne Bay. ¿Han visto las playas y la claridad del agua? No son como las del golfo. Igual o mejor, a los que el señor Flagler nos tiene acostumbrado en toda la zona este de Florida. Así de simple, caballeros. Eso, es “ya”, señores míos.

Aseguró Julia, enfatizando el “ya” en tono firme, de un sopetón y se cayó. Miro a Brickell y este asintió con la cabeza, Cuando miro entonces hacia la cocina, detrás de los visitantes vio que Samantha la miraba sonriente, mientras le hacia una seña de victoria con el pulgar hacia arriba.

Señora Tuttle, –riposto Ingraham, sonriente y se volvió hacia Parrott con una mirada suplicante– la defensa de sus argumentos dicen de por si mismo la solidez de las ideas de los  lugareños. En realidad, y entiéndalo bien que será entre nos, considero que el señor Flagler se solidarizara con los puntos de vista del resto de los vecinos. Pero, es el quien dice la ultima palabra. El tramo de Fort Lauderdale esta en la mira de los constructores y el tramo hasta Miami no es el de aquellos que nos presentaran dificultades.
Aunque, lo mejor del chiste  –apuró Parrott, en un tono casi sarcástico –es que el último punto en tierra firme, será Homestead. De ahí, vendrá el gran salto, de isla en isla como unos flamencos, hasta Key West. Y que Dios nos coja confesados y libre de pecados.

Cuando los dos hombres concluyeron el resto de la conversación, en cuyos detalles participó Brickell activamente, se retiraron convencidos de los argumentos de Julia Tuttle y William Brickell. La idea de fundar una ciudad en aquellos páramos, efímera y ensoñadora en sus principios, se materializaría casi de inmediato.

Qué mujercita esta –comento Ingraham, como quien no quiere las cosas, mientras caminaban rumbo a una especie de posada; muy rudimentaria que les ofreció el cubano Encinosa, dueño de la única fabrica (modesta) de tabaco, del lugar.
Mujerona, diría yo. Si la dejan, le vendería hasta hielo a los esquimales –concluyó Parrott, mientras se sacudía los mosquitos del atardecer miamense.

Entonces, devino el cambio.
La danza de los nunues
Después de los arreglos y contratos, Flagler envió a Joseph A. McDonald y sus cuadrillas de obreros, por mar, a fines de desbrozar el terreno para levantar en el futuro, el inmenso “Royal Palm Hotel”, en el banco norte de la boca del río Miami, el actual Downtown.
Sin proponérselo, la construcción se elevo sobre el antiguo asentamiento de un caserío tequesta (después, lo que hoy es el denominado “El Círculo de los Tequestas”). Esta edificación de madera, traía dotación de lo último para el disfrute de los huéspedes.
Luz eléctrica, agua corriente, bombas, elevador, piscina y otros tantos ganchos; que hicieron del lugar un verdadero success, para el fin de siglo. Ahora, con el ferrocarril, arribarían a montones para disfrutar de las aguas tibias de Biscayne Bay.
En abril 7 de 1896 los rieles llegaron hasta el “Depot” (estación o apeadero) cercano el “Royal Palm Hotel” (5). El 13 de abril arribó el primer tren de prueba con materiales múltiples para el hotel, negocios emergentes. La población ya ávida del progreso, miraba aquellos esplendores intuyendo que su terruño, no seria uno más.
El 22 de abril de 1896, finalmente, la imponente cafetera No. 12 del Florida East Coast Railway; arrastrando un vagón de correos, dos de carga y uno de pasajeros; entró oficialmente en su primer viaje comercial en los predios miamenses.
Arribaba con sus ruidos y escandaleras de siempre, hasta depositarlos a los pies de Julia y de los entusiastas miamenses congregados en la nueva estación al NE de la boca del río.
Flagler, declinó el ofrecimiento de que la nueva ciudad llevara su nombre e insistió, coincidiendo con Julia Tuttle en que la misma conservara el nombre indio del lugar. Ese día, Miami nació, siendo incorporada como ciudad en julio 28, 1896.
Por entonces, parece que los nunúes –duendes de la floresta pantanosa, de los Everglades (Rio de Yerbas) – ya elucubraban sobre un sendero hecho sobre las mismas huellas de los mocasines indios, los que corrían enrevesados por entre bosques y ciénagas.
El trillo, partía desde la boca del río Miami con rumbo oeste, bordeaba la Bahía de Carlos (Charlotte Harbor) inclinándose al norte; por donde fluiría sin parar hasta la Bahía del Espíritu Santo (Tampa Bay). Donde la Tampa (“lugar de muchas astillas”) actual.
Con el tiempo y un ganchito, además de sus buenas cargas de dinamita; este camino construido con las técnicas y estándares modernos prevalecientes a inicios del siglo XX sería denominado “Tamiami Trail” (actual carretera estatal 41).
El otrora ancestral sendero de indios, se tornaría finalmente a inicios de los 60s, en la fabulosa “Calle 8” (nervio central y asiento de la “Pequeña Habana”) de los cubanos inmigrantes, lanzados al exilio, cuando los comunistas sublevados comandados por el Dr. Fidel Castro y sus seguidores, se apoderaron de Cuba.
Esta descomunal inmigración por causas políticas, sin paralelos en la historia de Indoamérica; llegó a alcanzar en todas las diásporas brotadas, una cifra conservadora de 2 millones de perseguidos políticos. Quienes sin quererlo, se vieron empujados al exilio a causa de la férrea dictadura stalinista implantada en Cuba en 1959  a manos de los comunistas; desatada de manera inmisericorde contra el pueblo indefenso; por el Dr. Fidel Castro Rúz, su familia y seguidores.
Fin de la saga.
© Lionel Lejardi. Diciembre, 2011
lejardil@bellsouth.net
Legacy Press

(1)  Por esa época, ya el médico cubano Dr. Carlos J. Finlay experimentaba y completaba en la finca San José de Marianao (un suburbio de La Habana), su tesis de que el mosquito ædes aegypti al picar a los humanos, era el transmisor de la enfermedad.
(2)  William J. Krome, ingeniero civil y topógrafo, andaba por entonces en los trabajos del Canal de Panamá, recién adquirido por los EE.UU, cuando fue llamado por Flagler tras la aprobación de la ley que autorizaba la extensión del ferrocarril desde Miami hasta Key West. Flagler concibió el proyecto en 1905 y tras dos años de estudios y proyectos, en 1912 se culminó la línea del ferrocarril, a un costo de unos 50 millones (USD).
(3)  El “Ponce de León Hotel”, en memoria de Flagler, fue convertido por sus herederos en el prestigioso “Henry Morrison Flagler College”, situado en la ciudad de San Agustín de la Florida, en el extremo nordeste de la península.
(4)  Precisamente en la ciudad de Palm Beach es donde el tycoon construyo su hermosa  mansión; “Whitehall”; como regalo de bodas a su nueva esposa, Mary Lily Kenan, donde residió desde inicios del siglo XX. Con posterioridad la mansión fue convertida en el actual el Museo (Bellas Arte, Exposición y Galería) “Henry Flagler”.
(5)  El “Royal Palm Hotel”, una edificación de 5 pisos, fue la última joya de resorts de lujo para las personas ricas (snowbird) que Flagler erigió, en el mismo sitio del antiguo asentamiento de los tequestas. Contaba con 450 habitaciones además de electricidad, elevadores, luz, piscina, fabrica de hielo, etc.; lo más moderno existente para la época. Lo curioso fue que Julia Tuttle, indicó en una de las cláusulas de la donación de sus tierras, que en el hotel “no se venderían bebidas alcohólicas”.

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4814.

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