.La Estatua de la Libertad y un poema (I/III)


Se cumplen 52 años de dictadura comunista en Cuba

.La Estatua de la Libertad y un poema (I/III)

(Paseando por la “Esquina del Pecado“)

(Dispensa por estar en construcción)

Era una joven y apasionada poetiza judía
Quizás, los labios silentes conocen dónde está la verdad. Es la verdad de claroscuros irreverentes, donde las pasiones hicieron hito de leyendas y el mármol ensayó sonoridades amigas, mientras corría el ultimo cuarto del siglo XIX. No el de cuevas panas repletas de chascarrillos y dormideras en los zánganos echados en las hamacas que abochornan mejillas y despiertan arreboles femeninos.
Eran los tiempos de los rencores cíclicos en que la Humanidad cambiaba de centurias y filosofías, raseros para juzgar, atuendos, aromas y dogmas modales y, ¿por qué no también la manera de amar, el desorden familiar, aberraciones sociales y sexuales, el deterioro de la moral, aplicar armas letales a los terroristas, anarquistas y otros gérmenes patógen0s y la contaminación del hábitat?.
Sin embardo, una poetiza judía apasionada con su tiempo, sin saber cuántos alientos le restaban –que ya le eran pocos– caminaba solitaria en medio de la casi ventisca vespertina de enero de 1883; por la esquina de la 42 Calle y la 5ta. Avenida (“La Esquina del Pecado“, la denominarían así en una novela y posterior film, en el siglo XX siguiente). Iba solitaria como una brizna de paja al viento vespertino, recién de haber dejado a su buena amiga Georgiana en la  casa de ésta, un bello y floreciente nido.
 
–¿Sabes Emma? –le inquirió Georgiana, durante un instante en el camino– Me causó algo de zozobra cuando casi rechazas la solicitúd de Evarts (1).
Hay mucha politiquería metida en estas  colectas para el pedestal. Es casi insoportable el cacareo de los políticos y un buen número de dilettantes, que sólo mueven la lengua para escucharse ellos mismos –argulló Emma, con un marcado tono de desaliento.
 
Pero ella continuó repleta de fríos ininteligibles al describir y raros, no muy justificados en aquella primavera neoyorquina llegada con atraso. Una tristeza pegajosa y humedad, como sólo pueden experimentar las mujeres, le azotaba el alma y rompía sus visiones de un futuro incierto. Y todavía con la visión de los horribles pogromos en Rusia.
En otro día cualquiera anterior, serían los asombros y expectaciones ante la carrera de antorchas científicas y artísticas venidas desde la Ilustración, en carrera de relevos hacia los años de 1800 y tantos; ya transcurridos casi tres cuartos de este y cuidadosamente esperado por los gigantes del comercio, industria, artes, economía, humanidades, política, ciencias, guerras y otras disciplinas.
Es que todas las inteligencias y sensibilidades abrillantadas ansiaban mostrar lo mejor de su aporte al subyugante juego humano. Era ese quehacer generador de ideas y riquezas, envidiado por los morones y los lerdos, siempre atentos y en lujuriosa espera, de los descubrimientos, obras y esfuerzos ajenos para tenerlos.
Porque ya estaba delineado virtualmente, aunque aun no escrito, todo el plan a transformar el nacimiento exuberante de las naciones, es particular la nuestra; por los Morgan, Monet, Zola, Ganhdi, Roosevelt, Rockefeller, Einstein, Edison, Heisenberg, Rodin, Curie, Plank, Bohr, Wright, Tesla, Ford, Keynes y más y más de los otros brillantes.
Algunos estudiosos  de la morfología humana, en especial aquellos que hurgan por los caminos del cerebro, los sitúan en el atrio de los genios totales por estar o haber nacido por encima del paralelo 23 septentrional (Norte); los cuales como los anteriores, participaban no sólo en calidad de colegas, sino también de los apreciados competidores. El combustible del desarrollo.
Y a propósito, nada de asombrarnos que un Marx, Blanc o Engel se unieran como “colados” al torrente, pero en línea inversa de la contra corriente humanística. Decir, para disfrutar y solazarse con los éxitos de los genios, los eruditos y los elegidos.
Sucede que con esta última troika o cuádriga, como es la filosofía de otros peces pilotos (aliados todos a los tiburones, a causa de su amblyopia meridional con la que estos cacos  se  justifican), existe uno de los tantos dogmas inviolables (peros, aunque, no obstante, etc.) dentro de sus sociedades secretas, como el de : nada de trabajar para generar riquezas.

–”Eso, que lo hagan los otros idiotas, con su tiempo y su cerebro. Lo nuestro, es disfrutar“.

Decían los comunistas, liberales, progress y el resto de los fans aullantes por la violencia, para quitar al que tiene y montados en la cresta de la ola cacofónica zurda, ramplona y desaseada; aferrada a su trashumar como hacen los pastores de las manadas de vacas infértiles, de verano a invierno, regodeándose en defecar y mear, en los pastos ajenos.
Dow le dijo a Jones y éste, a Bergstresser (2).

–”Dow, cuidado con los Marx, Blanc, Bakunin, Proust, Joyce y otros pescaditos defensores del melting pot

Le alertó Dow a Jones y éste a su vez, lo descargó en Bergstresser (el silent partner) mientras se alejaban del pub con paso calmo hacia sus oficinas en el No. 15, de la que antaño fue la calle amurallada (hoy, Wall Street) y que protegió la entonces Nueva Amsterdam de sus enemigos permanentes, en plena isla de Manhattan.
Es que por aquellos tiempos, entre los herbazales, enlodamientos y las postas de los animales de tiro; sonaban distintos alaridos de timbres crípticos de cada “yes mom”, “ano pañi” o “sí señora”, caucásicos, eslovacos, flamencos o españoles.
Inundantes todos, de las tierras del Nuevo Mundo, el cual uno de los genios de la élite pensante del siglo XV; Cristóbal Colón; se tomó el trabajo de “descubrir” e iniciar la civilización occidental y judeo-cristiana, en beneficio de los nativos sumidos alegremente en el arcaico mundo esclavista y, para puntualizar la obligación europea cristiana de civilizarlos, además carnavalescos.
Es la secuela del sensei antiquísimo, como síndrome natural de reverencia a los triunfantes; no a la masa amorfa, desculturizada y pancista; disfrutadora por igualdades, arrancadas a las almas generadoras de bienes y riquezas.
También porque allí, en aquellos lares de deidades domésticas, lubricaban sombras de nacionalismos extemporáneos e igual; soles de falsedades adamadas colgadas de una civilización pujante, la europea, que no les pertenecía. Es que la cuerda de la paciencia yankee, daba fuertes señales de que arribaba al fin de su tolerancia.
En otra mañana fría y primaveral, de longitud y latitud fulgurantes aunque diferentes; en París; Frédéric Auguste Bartholdi, el escultor francés (en ocasiones, todavía envuelto en su alias de Amilcar Hasenfratz, como pintor), tomaba el desayuno en su café preferido y leía el matutino, a un costado de la Basilique du Sacré-Cœur.
Éste, andaba menos que contento con los tiempos tomados por el ingeniero civil y estructural, junto con su grupo de colaboradores, que diseñaba la armazón interior de la futura estatua. Este último, recién llegaba y se sentaba plácido frente a Bertholdi.

–”Estimado señor Bartholdi, comprendo su inquietudes. –comenzó a explicar con voz suave, arrastrando un poco la ere pero sin ninguna inquietud, ante la mirada de reproches del escultor– Pero, Usted debe entender que no es lo mismo adicionar o quitar barro de una figura escultural; claro, no intento demeritar su trabajo; que quitar y poner factores en una ecuación matemática.  Es que si nos fallan los cálculos, la estatua se nos viene abajo y nadie lo regañará a Usted, porque su modelo que resultó hermoso en el papel, pero a mí,  sí. Mi estructura no funciona sujeta a apreciaciones eurítmicas, como sucede con su maqueta“.

El escultor, dedicó la mejor de sus miradas a su interlocutor. Es que se trataba de otro gigante de la ingeniería: Gustave Eiffel, encargado de diseñar la estructura metálica de acero que conformaría el esqueleto de la estatua, que se pretendía plantar sobre el pedestal aun no construido del todo, allá por una isla de la bahía de New York.
La misma que a ciertos políticos iluminados, les dio sus buenos dolores de cabeza y querellas recalentadas. Las otras identidades, sumidas en algarabías socialistas, eran las ánimas circulantes escapadas desde los tiempos de la Ilustración en calidad de sueños eremitas, navegando y enredados entre modas tipo, a inicios del siglo XIX.
Después, sobrevendrían las nuevas olas de aquellos frágiles de espina dorsal siempre enervados, que correrían a incarse ante la gatita de María Ramos y la luminosidad del Impressionnisme tipo siglo XX, per sæcula sæculórum, porque el amén de la terminación de la disputa, brillaba por ser oído.
Sí, quizás los labios en rictus espléndido advirtieron lo real e irreal de la verdad. Porque, aquí y allá coexisten infinidad de pistas y rugosidades al respecto.
Más hoy, cuando intereses foráneos tratan de vincular el símbolo original de esta mole de preciosidades estatuarias y uno de nuestros monumentos nacionales de mayor connotación, que nos hacen reaccionar frente a la tozudeces e irregularidades de los extraños (aliens) que nos invaden.
Por sinrazones tales, es mejor soltar una mirada auscultadora al despertar reminiscente, de algunos de los hechos, porque del decir, hay buenos trechos que recorrer.
El Impressionnisme, Señor Absoluto de tumbas, corazones y cuerpos de los adalides amortajados en Les Invalides y de la palabra versada musical de Claude Joseph Rouget de Lisle, en su “Chant de guerre pour l’Armée du Rhin” (Canto de guerra para el ejército del Rhin) y que a destiempo se desdobló en “La Marseillaise“, era la responsable absoluta de la pradera parisina en llamas.
Y bien que anduvieron cerca de la tenue línea anárquica, los nuevos sans-coulottes de la Comuna de París y de sus fantasmas de marxismo trunco, llamando al extraño peregrinaje alocado de un Adan comunista, una especie de gay filosófico (ahora el gobierno cubano los ha puesto de moda) correteando sobre una mula, como un travestí desnudo por las llanuras del tropo marxistas europeo.
Pero estos jacobinos de medio palo y peor pelo, ya no dispondrían un Robespierre cruel, por la simple razón de que  Adolphe Thiers les había sacudido las posaderas cuando asomaron greñas y orejas por encima de las barricadas parisinas, en ocasión de la Comuna de París.
Estos desclasados, no tendrían a quien seguir y deberían conformarse con un Marx, tambaleándose de brazos de otro timbalero del no hacer útil, su yerno, el cubano oriental Pablo Lafargue, casado con Laura, la segunda hija del filósofo y aspirante a economista.
¿Quién es esa muchacha?
Preguntó el rabino a su compañero en el banco del parque, mientras observó a la joven que, con paso decidido, se deslizaba frente a ellos. El otro, hizo un gesto de ignorarlo. Porque, de modo semejante en la Estatua de la Libertad coexistieron rugosidades e inquerencias respecto al carácter de la espiritualidad y objetivos de esta dama incógnita.

La figura adscrita a una delicada sensualidad más que romana o espartana, impregnada de fino aroma a bouquet parisino.
Y por que no también, del exquisito olor a floresta del hidrocarburo angoleño o de los cañaverales cubanos; por entonces; repletos de mambises enamorados de sus hembras trágicas y de la patria aherrojada.
Recordar que la faz de La Gran Dama nos señala, no por casualidad geográfica y sí democrática, las coordenadas de uno de los puntos más sensibles y conocidos de todos los despiertos; claro, por cada gente del valer, saber y también de valor del planeta entero: 48º 48′ de latitud Norte y 2º 48′ Este (06:00 PM hora de París). Es L’Étoil.
La estatua es la misma que aún hoy, reverdece con más intensidad en nuestro interés; cuando intenciones foráneas tratan de vincular el símbolo original de esta, uno de nuestros monumentos insignia, a propósitos egoístas amarrados a  agendas raras exo nacionales y peor, escondiendo clamores anexionistas.

–”Con los vientres y caderas de nuestras mujeres pródigas“.

Tal fue como nos advirtieron a cajas destempladas, algunos espaldas, pero no mojadas, en plena Zona Rosa de Ciudad México. Tales son concepto de doble standard separatista después de rellenar sus morrales, sin gota de patriotismo y sí con el doble infidelidad.
Es dar preponderancia al terruño que dejaron por ser infame cueva de estupefacientes, sobre el interés reverdecido de sueños en la patria adoptiva. La que sólo les reclama lealtades.
Todo, para que cambiemos el ropaje de quienes nos invaden, sin ser llamados ni necesitados. Así dicho, de manera brutal, sin ditirambos ni redondeces. Porque a mucho, América no me demandó que la hollara con mi pisada plana de size 14. Sucede que la cuerda de la paciencia, reiteramos, ya se le estaba acabando a los yankees.
Y duele otear por entre la rendija costal de Chrestus, a quienes piensan que EE.UU les debe algo por su impericia, morosidad y falta de tenacidades en tierras propias; no las ajenas transparentes y azuladas repletas de hacendocidad, probidad, honradez, productividad y riquezas bien habidas.
No obstante, este futuro advertido sobre las oleadas de piromaníacos de bardas vecinas, que arrasan nuestros bosques, el proyecto y armado de la estatua seguía su imparable cuesta arriba.
Bartholdi junto con el compositor Charles-François Gounod, auxiliados de pingües conciertos, tómbolas y loterías efectuadas por toda Francia –especialmente en París– lograron que los franceses reunieran los dos millones y cuarto de francos necesarios para proyectar y construir la descomunal obra estatuaria.
Ninguna mejor paradoja hoy, que la estatua clavada en el vértice del Hudson donde vería desfilar “carretas y carretones” cargadas de insomnes y de los expelidos ilegítimamente, sin posibilidades de emitir una sóla queja u opinión, contra quienes les arrollan su civilización.
Statue of Liberty
Mejor ojear, sin espantar los récords contractuales, hasta los tiempos presentes. Es que en los inicios de la idea de la estatua, la pieza no fue bautizada con el nombre oficial que ostenta, “Statue of Liberty“. No, fueron otros los pre rumbos e intenciones concurrentes en la génesis estatuaria, cuajadas de alegorías y muecas no declaradas, tal fue “Skrik” (El Grito) del holandés Munch, incrustado en la pinacoteca de Oslo.
Meditamos, porque cada 28 de octubre, la “Estatua de la Libertad” cumple años. La “Noble Dama”, fue erigida en la isla Liberty City (antes Bedloe’s Island), en la boca del Río Hudson, Puerto de New York con vista al de New Jersey.
El monumento, ya in situ, despertó los naturales recelos y pesares acerca de cuál de las ciudades; New York o New Jersey, correría con los gastos de su operación como atracción turística y además, los propios del mantenimiento, por la agresividad ambiental.
Finalmente New York, aceptó la encomienda y la esperanza del dinero federal para cumplir la tarea de preservación. Fondos, los cuales estuvieron pendulando en el clásico “veremos” por los ediles neoyorquinos.
Exactamente en ese punto de la decisión aunante de ambas orillas en impulsar la obra, convergieron dos desconocidos electrizados por Thomas Alva Edison. Sería en muestra de las asimetrías Id con las del Ego, de cada uno de los caracteres. Y también las ventoleras de quienes ya miraban de reojo a nuestra América, algo desprotegida.
Se trataba de dos actores desplegados en el lado estadounidense: la escritora y poetiza neoyorquina, la judía Emma Lazarus y el publicista de origen húngaro Joseph Pulitzer III, chocarían colosidades y entrecejos por una mayor comprensión respecto al regalo francés.
Los trabajos para armar la inmensa mole de cobre y acero, comenzaron tras una larga y tormentosa gestión del lado estadounidense, tendente a recaudar los fondos necesarios para construir el pedestal. Que aumentó al monumento en tanta altura como la de la estatua propia.
Desde mucho antes, un grupo de notables franceses gestores de la idea, ya habían cumplido la tarea de diseñar y construir la estatua en sí. Ahora les faltaba la palabra crucial: erigir. Es que no se trataba de una estatua cualquiera, por y para un país cualquiera
El drama de mármoles, concreto, cobre y aceros, atañía a los admirados y también envidiados, los Estados Unidos de Norteamérica.
La obra, por su inmensidad y peso, después que sus fragmentos fueron exhibidos  en un parque de terrenos parisinos, debió ser seccionada antes para transportarla a los EE.UU. Ello fue tarea cumplida por la fragata francesa, “Isère“. El conjunto del monumento se ejecutó bajo un despliegue de opiniones y circunstancias diferentes entre sí, en unos momentos de pareceres confusos y en otros, antagónicos.
Habría que entender a la América de los melting pots apacibles, no los de roñerías diversas y de los viejos mocasines que cantan siempre que hay fuegos en los manglares. Es que los danzantes con sus flechas, plumas, macanas, lanzas y tambores cocodrilos en ristre, siempre andaban en extraños saraos y kermesses vespertinos. 
La saga continua.
©Lionel Lejardi. Octubre, 2011
lejardil@bellsouth.net
Legacy Press

(1)   William Maxwell Evarts, era a la sazón Secretario de Estado del Presidente Rutherford B. Hayes y presidente de la Comisión para el Pedestal de la Estatua de la Libertad, estaba encargado de  la “Art Loan Fund Exhibition in Aid of the Bartholdi Pedestal Fund for the Statue of Liberty“.
(2)  Charles Henry Dow, fue un periodista norteamericano y co-fundador del “Dow Jones & Company” con Edward Jones y Charles Bergstresser. Dow, también fundó el “The Wall Street Journal”, el cual devino una de las más respetadas publicaciones financieras en el mundo Él, también inventó el denominado Dow Jones Industrial Average. (wik)

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