*.***Aquel octubre de 1492


Se cumplen 52 años de dictadura comunista en Cuba

Aquel octubre de 1492 

I/III

Año 1483, una riña átona entre el Papa Sixto IV y Frai Tomás de Torquemada

La ” Bullæ Sacræ Cruciatæ Dilucidatio” (Explicación de la Bula de la Santa Cruzada)

“A gloria y loor de Dios todopoderoso y ensalçamiento de nuestra santa fe catholica, nuestro muy santo padre Sixto IV por sus bulas otorgó a todos los fieles cristianos, varones y mugeres que para la santa guerra que se haze contra los moros de Granada enemigos de nuestra santa fe catholica, diere y pagare cierta quantía que cualquier confesor que eligiere, clérigo o religioso, les pueda otorgar plenaria remissión e indulgencia que comunmente es llamada culpa y pena, de todos sus pecados entonces y en otro qualquier tiempo confessados, una vez en la vida y otra vez en el verdadero artículo de la muerte…”, (continua)

La “Bula de la Santa Cruzada” vs.  la “Bula de la Inquisición
Valga que antes, durante y largo tiempo después de ese año afortunado, correrían historias paralelas, todas enlazadas, las cuales transformarían y trastocarían el entonces Viejo Mundo. Se logró hacer que el Renacimiento en ciernes, deviniera pivote sobre el cual oscilaría la revolución aterciopelada y sedosa de las artes y joyas de la cultura humana; reverdeciendo con un copycat fabuloso los valores artísticos, éticos y culturales del mundo antiguo grecolatino (1). La luz, sobrevendría sobre las virtudes de la inteligencia humana, opacados durante a Época del Oscurantismo medieval, con la afirmación del hombre frente al ascetismo puritano del cristianismo, ya extenuado y sin bases espirituales ante las masas populares extenuadas bajo la represión religiosa.
Y valga también destacar que, por esta bula papal denominada por el Vaticano como Bula de La Santa Cruzada (de consolidación) y soltando diezmos en céntimos por parte de los menos afortunados, maravedíes por parte de los mejor dotados, o nada, de los completamente desposeídos; se alcanzaba la cédula clerical para garantizar la entrada al cielo o en su lugar, sin esta dispensa papal, el desliz posible hacia el infierno.
La condición sine qua non era que la absolución de los pecados fuera efectiva, siempre y cuando todos aquellos fieles, mártires o guerreros divinos que nutrirían la fila de quienes abandonarían el mundo terrenal por el celestial, lo hicieran peleando contra los moros; árabes mahometanos opresores, por lo tanto, infieles al cristianismo. También por un simple arrepentimiento, aunque tan absolutamente sincero  y como genuino acto de contrición; la religión les tenía reservada gratis la dispensa para quienes la muerte les sorprendiera sin este concierto.
Los moros —exceptuando sus eruditos—, eran unos seres extraños en linaje, costumbres, etnia y fe religiosa; todas por su atipicidad; de los cuales ya los españoles y el resto de Europa estaban hartos y que repudiaban todo aquello que oliera a mahometanismo: su sharias, serrallos de concubinas, sunna, velos, burkas, matemáticas, química, ciencias, ajedrez, medicina, acero damasquino y todo lo demás cultural, religioso o científico que se les antojase como factores “repudiable” a la civilización judeo-cristiana.
En ocasiones no pocas, ciertos grupos europeos se sentían inferiorizados ante bagaje cultural de los árabes y también; considerando los rezagos sociales de sus invasiones por el sur de la península Ibérica y el sudeste de Europa desde el siglo VIII. Intensificados mas tarde con la caída de Constantinopla en 1453 bajo la invasión turca comandada por la dinastía Osmali, progenitora del Imperio Otomano, deshecho por Occidente en 1918, durante la I Guerra Mundial.
Ya los españoles, castellanos, venían despellejándose enrolados sucesivamente  como soldados de fortuna en las hueste de Isabel I, la activa reina de Castilla, después de las otras guerra isabelinas: Guerra de Sucesión Castellana (1479). Se trataba de los albores del cerco del la fortaleza y centro administrativo del Palacio de Alhambra (al-Ħamrā, “la Roja“;  en Granada, Andalucía) a fin de deshacer las cadenas finales impuestas por los ocupantes árabes, clavados en el sur de España desde 711 d.C.
Se trataba del último bastión sureño del reino nazarí moro de Granada en la España continental. Sólo que la cuestión siguiente seria convencer a los celadores de las puertas divinas, acerca de a cuál de los recintos celestiales o peor, infernales, serian merecedores de ser enviados expeditos, por mentirosos, traidores y cobardes u otras culpas heréticas, gestadas por los colaboracionistas con los ocupantes árabes.

No hay de que preocuparse —tranquilizaba Isabel a los temerosos de que la papeleta celestial no les sirviera por alguna causa, como el incumplimiento del pago del lay off concertado con los representantes de Cristo u otros imponderables, y concluyó— Dios es misericordioso, redentivo y siempre estará a vuestro lado.

Opciones papales de la Tarima Gralte
En aquellos tiempos, no eran variadas las opciones de entremeses en la tarima gralte de los designios apostólicos. Como autodefensa, no restó más que tomar otra vía y dar un salto temporal de seis siglos hacia delante, para constara que los nerds militares de ese pasado isabelino real, no estaban duchos en las jerigonzas de los juegos Dungeons & Dragons (Mazmorras y Dragones) popularizados después por un par de inteligentes, Gygax y Arneson.
Luego, la cosa en los inicios de la Guerra de Granada no estaba apta para acertijos virtuales en los cuales escaseaban los mosquetes y bombardas de asedio. Recordar que para entonces, España ya había logrado que el reino nazarí de Granada fuera un estado vasallo de los reyes españoles, obligado a pagar tributos  a éstos. Luego, las victorias debían ser alcanzadas a espadazos, alabardazos y ballestazos limpios. Pero la cosa cambió para finales de la guerra con la introducción de una  artillería moderna por parte de los aragoneses y el concurso de mercenarios ingleses (arqueros) al mando de Lord Scaley de otras naciones. La disyuntiva guerrera, resultó una cosa muy diferente para el rey moro, Boabdil, puesto que en su empeño defensivo, no contó con la esperada ayuda de sus colegas musulmanes asentados en los sultanatos de Fez, de Tremecén o de Egipto (wik).
Al retorno del futuro, encontraríamos a Isabel y Fernando absortos frente a dos imágenes contrapuestas, las cuales devinieron claves en el futuro colombino, casi a punto de cerrar las puertas del medioevo agonizante. La frágil estampa de Sixto IV y la tremebunda imagen del acromegálico y lombrosiano monje, el Frai Tomás de Torquemada, dominaban la atención de los señores y aristócratas de cada localidad. Tal como si el sinfín de acontecimientos, en evolución en el mundo exterior de España, fueran eventos ajenos a la corona española.
Por razones obvias, en las pinturas, donde los artistas reflejaban por encargo tanto los retratos personales o familiares de la aristocracia como los de burgueses ricos, científicos y galenos de renombre; así como paisajes de las épicas militares o sociales; los encargos a los pintores estaban matizados de sugerencias y pedidos expresos bajo contrato, de que tanto los personajes principales, y donde cupiese los secundarios de adorno, todos sin excepción salvo donde las circunstancias así lo requirieran; fueran dibujados con las líneas, expresiones y paletas de colores más favorables y cosmetizantes de juventud y alegrías.
Por ello no extraña que el Torquemada ya descrito, apareciera junto a los Reyes de España, con una figura de rostro bello y de frescura agradable y no con la de un matasietes real según muestran otras pinturas de la época.

—Su serenísima Majestad, respetuosamente pienso que la estampa de su ilustrísimo; Frai Torquemada; desencaja algo entre las bellezas de sus Majestades. Y me confunde el no hacer lo apropiado —delaró el pintor para lavarse las manos, en espera de una aprobación.

—Sepa Usted señor pintor, que valoro su arte y la única razón por la que ahora estamos hablando, es para ultimar detalles de las obras propuestas —le adelantó el rey—. ¿Un consejo?. Sepa que de sus artes no se ni papa, malamente de las militares. Usted puede sugerir un doble. Pero para ser honesto, mi sugerencia seria: pintarlo exactamente lo contrario a lo que usted ve en la realidad. Diremos, que resultó una réplica imaginativa de Usted, como pintor. ¿Vale?. Le garantizo que de esta forma, no hay peligro de que el Frai lo confronte a Usted en el futuro por algún que otro mal entendido.

El “Renacimiento” y su biznieta, la “Ilustración”, tocan a las puertas del Viejo Mundo
El inesperado desencuentro entre las dos épocas, la medieval y la facción de culteranistas derivados —los vibrantes medievalistas—; resultó en una ruptura real no virtual, y el consecuente desgarramiento producto de una explosión insospechada para la sociedad judeo-cristiana. Esta se mostraba ávida de contactar y absorber las nuevas ideas del renacimiento filosófico, sociológico, de los altos principios y de la cultura acumulada por la Humanidad y las experiencias de la élite de los genios, ocultos o aprisionados por el Oscurantismo que hartaba a todos, incluyendo sus sostenedores.

Para finales del siglo XVII y todo el siglo XVIII, hasta la Revolución Francesa, la Humanidad brindó aplausos al movimiento pos renacentista impulsado por la intelectualidad y artistas de  Inglaterra y Francia, conocido como la Ilustración, y el siglo XVIII, como “El Siglo de las Luces“.
El destape de ilusiones brotó en el mismo instante en que, la madrugada de un octubre delicioso; unos meses después de caer Granada en poder de la España católica, apostólica y romana; el capitán de la expedición ahora deambulante por la Mar Océano junto con el puñado de “locos aventureros comandados por un lunático de origen desconocido“, tal les denominaron los envidiosos de entonces.
El capitán de la expedición, en las pausas de su conversación con el timonel de la nave, meditaba a finales de la madrugada del 12 de octubre de 1492. Ambos, desconcertados en fijar rumbos por las estrellas y compases rudimentarios, en medio de un raro viento de popa.

—¡Tierra! —había gritado como un endemoniado, el marinero desde el palo mayor; con ronqueras de lengua sarmentosa, casi inaudible por ser llevadas por el viento.

La voz de alerta provenía del vigía Rodrigo de Triana, atado por su cintura al palo mayor con una cuerda de seguridad, medio que tirado sobre la angostura circular del carajo (torre de vigía). El marinero se inclino sobre la barandilla y sólo vio la figura borrosa del capitán; sentado allá abajo sobre el piso del castillo de popa, cambiando a ratos impresiones con el timonel, un judío converso oriundo de Navarra, al cual el capitán le tenía deferencias, decía de éste que “por su inteligencia”. Después vio al capitán echarse sobre piso iluminado por la luna llena.

—¡Rediez, capitán, y escuchen los de allá abajo. Por amor de Dios!

Más que una certeza lógica relacionada con la esfericidad de la Tierra, lo  cual los eruditos de la Iglesia sólo habían aceptado a regañadientes que era un planeta, él debía demostrarlo ahora junto con aquel abigarrado grupo de marinos, que navegaban como centellas rumbo oeste. Sin advertirlo, al capitán ofreció la impresión de que el Creador por un gesto divino; les había puesto al convoy de navíos un viento fuerte extrañamente sostenido en popa, sin ráfagas.
Los capitanes de la expedición, cada uno por su cuenta y experiencias, le supuso causado por alguna perturbación atmosférica, sin trazos en el cielo despejado, que por encantos y les asombraría, al disolverse más adelante.

Capitán —le alertó el piloto—, se me ocurre raro este “vent arriéere” (viento de popa) que nos viene soplando desde hace varios días, empujándonos al sudoeste.

Pero el capitán que ya estaba al tanto de la observación, no le respondió. Porque le pareció escuchar una voz lejana y apagada, que lo desembelesó de sus meditaciones y le inquietó, más tras el último motín a bordo de las tripulaciones. Cuando la cosa se le puso fea, casi color de hormigas. El capitán se irguió y le gritó fuerte al vigía castigado allá arriba, en el carajo.

—¡Rediez, Rodrigo, que coño es lo que ves, pedazo de animal! Diste los mismos gritos de una lavandera, violada en el río Tajo.

—¡Recoño, capitán —bramó enfurecido el de Triana—, ya le grité y por mis cojones le digo, que he avistado la puta tierra y algunas luces, allá por el oeste, en lontananzasy así que bájeme de este puto carajo…rediez, digo yo!

Entonces se hizo un silencio, tras el diálogo histórico “muy culto y apropiado a los oídos de toda tripulación experimentada”, que se extendió a todo el alrededor de la mar océano a vistas de la “Santa María“. El capitán suspiró y dejó correr por sus mejillas dos lagrimas furtivas. Sin saberlo, su hazaña no consistió en vencer a un enemigo en las guerras moriscas, sino convencer al resto de los amigos europeos.
Si no, que con la misma lentitud con que las luces matinales se les mostraban ascendentes por la popa de la carabela mayor; para éxtasis de todos lo integrantes de la expedición, incluyendo las tripulaciones de las otras dos embarcaciones menores que les seguían, “La Pinta” y la “Niña“; no pudieron constatar que las sombras rojizas que desaparecían tras ellos, eran las del medioevo que seria enterrado en la Historia, para siempre.

—Gracias a Dios y a esa cabrona de Isabel que se las sabe todas y de las que no, también se las imagina. No como las otras reinas europeas, todas idiotizadas por la “absenta”—, farfulló finalmente el capitán a su contramaestre, el cual había despertado después de “dormir la mona” sobre la cubierta única que caracterizaba a las carabelas.

Al parecer, nadie supo exactamente en cuáles de los idiomas que manejaba Colón, dijo su parlamento, aunque uno de los marineros confesó mas tarde que creyó oírlo hablar en una mezcla de español y yiddish (2). Colón terminó sollozando a todo trapo, lánguidamente, por la alegría inconmensurable que le embargaba por haber dado en el blanco, las soñadas Indias. Fue cuando de pronto le asaltó la duda de su invocación a Dios, porque él era un ateo silente, acerca de si Dios cristiano existía en la realidad. Si todo habría sido producto de la casualidad.
To be, or not to be: that is the question
Si, porque a la cuestión del ser o no ser de aquellos tiempos, aún no sidos, se le concedían fuertes vínculos con el famoso “Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición“, una institución fundada en 1478 por los Reyes de España, también nombrados a posteriori  los “Reyes Católicos” (3). Coincidente cuando éstos; Fernando e Isabel; requirieron del papa Sixto IV la autorización del Vaticano para reverdecer la Santa Inquisición. Una práctica casi olvidada a propósito.
Variadas son las conjeturas tenidas en consideración por los historiadores, respecto a la insistencia de los monarcas españoles en restaurar el tribunal inquisitorio, de tan triste recordación.
Los análisis se desplazan desde la expansión de la cristiandad y su identidad única, pasando por debilitar la oposición política local a los Reyes Católicos y neutralizar la poderosa minoría judeo conversa y carenar en la financiación económica del reino enfrascado en guerras contra los ocupantes árabes (wik).
Traer al tablero que los pedidos de financiamiento de la aventura solicitada por Cristóbal Colón, chocaron con los gastos finales de las guerras moriscas. Es ver que entonces, aparecieron los financieros judíos en calidad de mecenas de la expedición, para todos aventurera, quienes sin certezas se basaron en sus instintos y ciertas leyendas solo conocidas por ellos, sobre algo más allá de la Mar Océano, nombrado “Antillas”.
Tal modo de actuar, inconexo con la conocida misericordia de los palatinados fuertes y a contrapelo con la promulgación de la “Bula de la Santa Cruzada“, para sacar a los moros que dominaban todavía el poderoso (y no menos envidiado por el resto de las dinastías árabes) Reino y Califato de Granada al sureste andalusí de la península.
Eran los tiempos mejores, dada la diversidad y número de las intrigas y luchas intestinas entre los líderes árabes, por apoderarse del califato, mejor, de sus restos. El tema de la Inquisición siempre fue escabroso para el Papa Sixto IV, dado que tal responsabilidad ya molestaba a buena parte de los soberanos; cuyos ancestros la habían implantado en sus territorios, y que por peso histórico cayó en desuso, por desprestigiado.
Pero ahora, los fanáticos isabelinos religiosos se lo volvían a presentar sobre su mesa a instigaciones de las leyendas negras y las bajas pasiones de Pedro González de Mendoza, arzobispo de Sevilla y por el dominico segoviano (según crónicas, era de origen judío) Tomás de Torquemada (1420-1498),  un par de pejes taimados de la peor calaña salmantina. Saber que el Tribunal de la Santa Inquisición, ya había sido instaurado de acuerdo a la Bula “Ad abolendam” dictada en 1231 y emitida por el Papa Lucio III (4).
Luego, con los tiempos, dicha práctica represiva declinó por el poco respecto de este tribunal, a causa de un horroroso historial de crímenes que albergaba como supuesto instrumento de fe y sí, por el contrario, sentina de sentimientos bajos, pasiones y envidias humanas.
No obstante, el 1 de noviembre de 1478 el Papa Sixto IV promulgó la “Bula Exigit sinceras devotionis affectus“, por la que quedaba refrescada la Inquisición en la Corona de Castilla. El edicto, satisfizo de sobremanera a otro de los incitadores de la misma; Tomás de Torquemada; el cual fue investido con el cargo de Inquisidor General de España (Castilla y Aragón), lo cual le garantizaba un empleo permanente durante los años próximos. Los titulados “herejes”, en especial aplicados a los judíos y moros no conversos, fueron ultimados por Torquemada de manera inmisericorde, durante el holocausto sufrido en el período comprendido entre 1483 y 1498.
Además, sorpresivamente, Torquemada apareció en la Historia, en cierto momento, como el confesor de la joven reina Isabel la Católica, un alma noble de naturaleza prístina. Las víctimas y los lacerados por los activistas de la represión clerical, se calcularon en miles. A otros observadores, les dio por señalar que las víctimas fueron aún más, en mayor cuantía; lo cual a todas luces parece una exageración. Si nos atenemos a lo conocido, nunca se han mostrado los asientos eclesiásticos que apoyen uno u otro criterio.
Este monje, Torquemada, un individuo encajable dentro de los especímenes tipificados como arquetipos lombrosianos. Este personaje, tuvo además  la nefasta gloria de ser el arquitecto del trágico e inhumano “Edicto de Granada” —una idiotez cruenta e innecesaria contra los sefarditas—, por el cual se ordenaba la proscripción de todos los judíos no conversos de España, a partir del 2 de agosto de 1492.
Torquemada, se salió con las suyas y dejó que la bula paralela, “La Santa Cruzada”, le pasara por al lado considerando que esta no interfería con su labor, por él estimada profiláctica de fe, aunque tan conspicua como macabra.
Ritmos de “La Bula de la Santa Cruzada”
Esta otra bula papal, la “Bula de la Santa Cruzada“, objetivizaba un carácter eminente de fe. Sucede que el activo Papa Sixto IV, quien la sancionó y puso en vigor, fue también entre otros de sus aciertos; propulsor de la Época del Renacimiento (ya a punto de explotar y desprenderse del Medioevo), un buen número de obras monumentales, creador de museos, puentes, pavimentación (empedrado) de calles y bibliotecas vaticanas y en otros sitios imperiales, entre otras virtudes eclesiásticas en Roma. Sin embargo, no pudo escapar a la venta de indulgencias y una desaforada hemorragia de nepotismo, dado que sus familiares irrumpían en cualquier ámbito devorando todo aquello beneficioso que encontraran a su paso.
Tampoco se libró de ser acusado de incesto con su hermana y que un sobrino suyo el Cardenal Raddaele Riario, que con posterioridad fue ejecutado, conspirara para asesinar nada menos que a Lorenzo de’ Medeci, “El Magnífico“. Sin embargo, los historiadores vaticanos, atenidos al conjunto de su labor, le atribuyeron un desempeño elevado que resultó de hermoso recuerdo en su papado. Las profecías de San Malaquías se refieren a este papa, por sus orígenes sencillos, como Piscator minorita (Pescador menor).
Fernando II de Aragón, tras su azaroso matrimonio con Isabel I, tomó el nombre de Fernando V de Castilla. Isabel poseedora de la poderosa corona de Castilla, sin embargo, no pudo tomar de jure el título de reina de Aragón, pues la ley sálica de dicho reino se lo impedía. Ambos monarcas, decidieron iniciar en 1481 la guerra contra los moros, sus vecinos. El objetivo era la reconquista del Reino nazarí de Granada, fortaleza y centro administrativo de Al-Ándalus, el residuo del califato Omeya de Granada, con la venia de la “Bula de la Santa Cruzada
Ello satisfizo en gran medida al Papa y a otros reinos de Europa, dado que se trataba de echar al mar el último reducto de la ocupación árabe en tierras europeas. Esta porción española era donde pastaban los musulmanes desde el año 711 cuando en la cúspide de su expansión por norte de África, se apoderaron de España. Los restos del reino en cuestión, ahora yacía en manos del rey (califa) Muḥammad XII.
En enero 2 de 1492, Granada se rinde a los ejércitos mancomunados de Castilla y Aragón. Muhammad capituló y entregó las llaves de la ciudad y el reino completo, a los Reyes Católicos, sus vencedores naturales. España, recobraba lo suyo y lo que pertenecía a todos españoles. No históricamente no ha sido muy indagado, el hecho del disgusto de los residentes granadinos, con pasar a ser súbditos de España.
Ello significó un alivio a las arcas reales, ya agotadas. Tres meses después, el reino de España, decretó a instancias de Torquemada la arbitraria expulsión de los judíos (sefarditas) no conversos al catolicismo, revitalizando el Tribunal de la Santa Inquisición; cuyo edicto había sido sancionado desde años antes, por el Papa Sixto IV. Resultó que este Papa, una paradoja, abogó de manera constante por controlar los excesos de esa represión inhumana impuesta por el oscurantismo eclesiástico, todavía en manos de Torquemada.
Elegía a la pérdida de Al-hambra
Abū ʿAbd Allāh Muḥammad ibn ʿAlī fue el último rey de Granada. Decir tal, era gobernar sobre un inmenso y rico territorio español ; de los invadidos por los moros (árabes beriberi) del norte africano, tan temprano como desde 711 (DC) conocido entre las castas de la realeza musulmana como Muḥammad XII. Lo más cercano a la cuenta ancestral, indica que fue el undécimo sultán que llevaba el nombre de Muḥammad, gracias a la valiosa información suministrada por Yunna de Ibn ʿĀṣim. Boabdil, miembro de la dinastía nazarí, llamado por los cristianos “Boabdil” (Boabdil “el Chico“). Este singular personaje, era también conocido popularmente entre los propios árabes; con el sobrenombre de “Al-Zugabi” ( “el Desdichado”).
Epíteto al cual rindió honores hasta el 2 de enero de 1492. Esta fecha, marco un evento trascendental y de un inenarrable peso histórico, al iniciar el sellaje del salvaje desatino de los nativos americanos sujetos al vivir pre colombino. De hecho, se les hizo figurar como testigos de una nueva exuberante y arrolladora civilización superior. Se trata del Nuevo Mundo, el cual removió las entrañas del Ancien Régimen Apocalypto, imperante en el mundo pre colombino.
Boabdil, había quitado el trono a su padre Muley Hacén y durante un tiempo estuvo en disputa por éste tanto con él, como con su tío, el Zagal Abu ‘Abd Allāh, que en el habla granadina, debía pronunciarse como Bu Abdal-lah o Bu Abdil-lah, y de ahí el nombre castellano “Boabdil”, a quien se añadió el epíteto de “el Chico” para distinguirlo de su tío Abu ‘Abd Allāh “el Viejo“. Nacido en la Al-hambra (Fortaleza Roja), hijo de Muley Hacén y la sultana Aixa, se sublevó en Guadix contra su padre en 1482 y accedió al trono gracias al apoyo de los Abencerrajes y de su propia madre. Combatió a su padre y a su tío, quienes también se consideraban legítimos reyes de Granada.
Durante la batalla de “Martín González”, en el término municipal de Lucena, Boabdil fue apresado por los Reyes Católicos. Su liberación implicó dar a Castilla la parte del reino que gobernaba el Zagal, lo que favoreció la penetración castellana y el final de la guerra el 2 de enero de 1492 con la toma de Granada por los Reyes Católicos. Boabdil, después de ser destronado (por un acuerdo con los reyes españoles, a cambio de un Señorío), se aseguró después la colaboración de las tropas castellanas en su exilio a Fez (Marruecos) en 1493, ante la posibilidad de una rebelión de su bando opuesto (wik).
Las guerras moriscas habían drenado profundamente el tesoro real y la corte española ya exhalaba jadeos frente a la banca local, la holandesa y algo de la florentina. Con la caída de Granada en enero de 1492 y la rendición del rey moro Abu’abad-Allah Muhammad XII (Abu Abdullah o Boabdil), todo cambió entre el reino de España y sus acreedores.
El antológico “Suspiro del rey moro” ante la derrota que culminó con siglos de vasallaje a la ancient dinastía Omeya de los califas árabes (711-1492); quedó petrificado en dos lágrimas derramadas por el califa y en la histórica reprimenda de la madre Aïcha al-Horra (conocida como “Aixa“, por los españoles) referida la derrota granadina,

No llores como mujer, pedazo de cerdo le espetó ella a su hijo, lo que no supiste defender como hombre“.

Aquel octubre
Cierto que “aquel octubre” de 1492, resultó decisivo para el devenir histórico del continente americano y también para el resto conocido del planeta, entonces oscilante ante su disyuntiva: admitir si el producto de la Creación bíblica en medio del entonces caos reinante, dejó nuestro hábitat actual medio que convertido de plano en una cosa esférica tal abogan las tésis geocéntricas (Platón, Aristóteles y Ptoloméo) o si por el contrario las devenidas en una cuasi esfera viajera, sospechosa de auto sustentación, oscilación, revoluciones y traslación; tal enunciarían decenios después las tesis heliocéntricas de Copérnico (Nicolaus Copernicus), Tycho Brahe (Tyge Ottesen Brahe) o Johannes Kepler.
Todo porque un hecho insólito y contundente se cerró de golpe y porrazo en las narices del tribalismo oscurantista de la Mesoamérica y sus archipiélagos —algunos soñadores de inspiración elevada, les dicen “archipiélagos sonoros”— abriendo a la Humanidad un brillante futuro, de sorpresas inimaginables. El mundo de Claudio Ptoloméo, su “Almagesto” (El Gran Tratado) y su teoría geocéntrica, devino refinación de planos orbitales respecto a las de Platón y Aristósteles, todas las cuales fueron barridas con posterioridad por Nicolás Copérnico, con su “De revolutionibus orbium coelestium” (Sobre el movimiento de las esferas celestiales) a grupas de su teoría heliocéntrica.
El “Almagesto” ptoloméico era uno de los sustentos científicos recurrido a regañadientes, para explicar lo que aparecía como misterios en las Sagradas Escrituras (además de estar sustentadas estas últimas en la lógica medieval), es que la Iglesia advirtió sólidamente que sus premoniciones sobre que toda la leyenda sobre Dios, Cristo, la Trinidad y la cristiandad se les venían abajo estrepitosamente.
Del mismo modo, el impacto en el resto de la religiones, comenzando por la mahometana, pasando por el taoísmo y el judaísmo, haciendo escala en la indu y terminando en la budista, fue desmantelante. Ninguno de sus jerarcas, acomodados por siglo bajo un manojo de preceptos indemostrables; excepto en parte de los cristianos y judaicos; tenía la menor idea de cómo explicar a sus seguidores aquel desastre teológico, inducido por la razón de un simple marino, demostrada en “aquel octubre“, sin recurrir a voces o conexión alguna con las Alturas.
Luego, todas las casas religiosas cayeron rendidas en “aquel octubre” por la inteligencia deductiva de un marino; dotado de un olfato científico especial y productivo como el de los exitosos negociantes y banqueros sefarditas. De cualquier forma, de forma y de hecho, la Iglesia admitía la concepción terráquea del mundo Ptolomeico, como un mal menor, pero necesario para calmar las inquietudes de sus feligreses.
Ello colimó con novedosas relaciones económicas y sociales, cuyos vectores decisivos fueron los mecenas de los navegantes de la expedición primada colombina, los cuales hollaron tierra firme en la isla de Guanahaní, el 12 de octubre de 1492. Desde ese instante, Rodrigo el de Triana nunca más subió castigado al dichoso carajo. Aquellos expedicionarios alcanzaron lo cimero de un sueño tan arriesgado como irrealizable, gracias a estar comandados por un intrépido capitán ansioso de famas, fortunas y glorias, Cristóbal Colón, cuyo origen es disputado a dentelladas por varios países y etnias.
Brendanianos y otras suposiciones galas
Sin embargo a los irlandeses les dio por decir a posteriori que la primera huella europea en América, resultó por obra del monje Saint Brendan de Clonfert (a veces “of Abbot“) y otros 14 mojes (algunos, aducen 16), circa 512-530 d.C. La aventura fue registrada en idioma holandés (siglo XII), entre otros, como “Des Reis van Sint Brandaen” (Los viajes de San Brendan). Siendo innumerables las historias a suceder en el “río Océano” (Atlántico), no es extraño que el viaje emprendido por Brendan le condujera aleatoriamente hacia una región por donde se encuentran las Madeira, Canarias y Cabo Verde, míticas tierras en diversas narraciones y mitologías, ya desde tiempos de Heródoto de Halicarnaso.
Desvirtuar esta leyenda tuvo contesta adecuada, entre otras, a manos de “L’Histoire Générale des Îles Canaries” (Historia General de las Islas Canarias) como explicación a la posible confusión de Saint Brendan y sus atrevidos monjes marineros. Al parecer Brendan por las malas artes de algún birlibirloque juguetón, confundió las Islas Canarias (en poder de los bereberes) con nuestra América, según muestran láminas de la orografía del lugar.
En realidad Brendan y sus peregrinos andaban en busca de la legendaria “Tír na nÓg” (Isla de la Juventud Eterna), por cierto, historia bien conocida por los floridenses de Norteamérica, USA, gracias a Don Juán Ponce de León el que tan gentil nos visitó en Florida. Sólo que en este caso, se trataba de la búsqueda y captura de una elusiva fuente que nunca apareció.
En términos mitológicos, la ansiada Ambrosía de los dioses, por la que castigaron a Tántalo por robarla incluyendo los secretos de estos. La digresión brendaniana aconteció a través de todos los tiempos por iniciativa propia o siguiendo órdenes de algún varón poderoso obsesionado con ser imperecedero. El manido viaje exploratorio del monje, no era exactamente con propósitos tan evangelizadores o civilizadores y sí, anti gerontológicos por sus posibles vínculos con la inmortalidad celestial.
El revuelo colombino de 1492 tuvo el antecedente de ser un acontecimiento real, tornado colateralmente en conquista territorial por iniciativa de banqueros, mercaderes, soldados mercenarios (desempleados de las guerras moriscas), nobles y aventureros arruinados. Los príncipes, con la anuencia atropellada de los monarcas europeos, medio oriente y después los asiáticos no gilís, se pararon ordenadamente en la fila con sendos platos y cucharas.
Sus objetivos eran adjudicarse la parte alícuota de la piñata americana a la que aspiraban gratis —excepto Portugal y sus navegantes, que se habían ganado su puesto histórico, por sí mismos— sin haber movido un dedo ni aportado siquiera una onza de oro, salvo olfatear los puntos probables del festín americano.
Es que la España de aquellos tiempos, considerada por algunos falta de finezas por sus exigentes homólogos continentales y porque le reprochaban que durante los casi siete siglos anteriores no se había quitado definitivamente de encima la zapatilla árabe. Pero que ahora los peninsulares se las cobraba en buena ley, al sorprender a todos los reinos del vecindario, por la agudeza mental e inteligencia de sus reyes, Fernando e Isabel. En especial, ella, Isabel “la castellana“.
Un oasis dentro del paraíso andaluz
Hasta entonces, en la cruda realidad histórica y precisamente considerando las naciones árabes punteras, vemos que estas últimas sin embargos, se habían tornado en una especie de albaceas de las casi olvidadas culturas egipcia, griega, romana y el resto del abrillantado mundo helénico. Luego, contando uno a uno los reales, la parte de la península sometida a los califas árabes, disfrutaba de una tolerancia casi benevolente en lo vinculado a las prácticas de religión libre, refinamientos, adelantos científicos, militares, médicos y matemáticos.
Todos, de naturaleza contrastantes y desconocidos, a veces ex professo, por una Europa increíblemente sumida en el oscurantismo medieval motivados por los excesos de la fe. Porque este capitán entre sus repasos científicos, había dado suficientes vueltas a la controversial medición egipcia del meridiano terrestre, el volúmen de la Tierra y su distancia a la Luna y el Sol. Cálculos que con sorprendente exactitud, fueron realizados exitosamente por Eratóstenes de Cirene (276-194 a.C.), el mismo erudito al cual Ptoloméo Evergetes encargó la Biblioteca de Alejandría.
Casi en su totalidad, aquello heterogéneo y disperso en cada localismo explotó con el descubrimiento de América por Cristóbal Colón y su partida de alucinados. De ello surgió también la excitante posibilidad, de indudable peligrosidad, de sustentar el anatema de imaginar una Tierra redonda, no plana y sin cataratas infernales.
A estos canal nuevos de navegación segura, a la que no tardaron en incorporarse los experimentados marinos portugueses, los Reyes de España obligarían a sus incrédulos homólogos europeos —sin proponérselo— a inclinar testas y cambiar el rumbo de la dislocada política social, económica y de interminables guerras intestinas.
Porque ahora se trataba de enfilar los intereses económicos de la civilización europea, hacia una nueva era de franco pacifismo comercial, claro que desde ese momento, con el sello español. Las absurdas guerras intestinas inter estatales, debían ser abolidas. Por cierto, un triunfo que nadie hubiera osado predecir ni aprobar, por celos y las envidias naturales entre las naciones más empingorotadas.
“En esencia, son nuestros hermanos menores, ¿y por qué no, evangelizarlos?”
¿Evangelizar en la América pos colombina? Sí, y de inmediato, porque siempre fue estrategia invencible acudir al factor religioso, como guía moderadora de los inevitables excesos de la hegemonía colonizadora a causa de la avidez de intereses comerciales, después industriales, aherrojados a los fines civilizadores Más cuando Fernando e Isabel desde 1483, contaron con la anuencia del Papa Sixto IV a fin de reinstaurar el Consejo o Tribunal del Santo Oficio Inquisidor, logrado con independencia casi absoluta de la Santa Sede.
Porque cierto era, que aquellas sociedades conformadoras de la civilización judeo-cristiana imperante en el mundo de 1492, entendían de buena fe que el cristianismo garantizaba la salvación eterna, tal mandato divino, a cuyo cumplimiento debían aportar esfuerzos personales y reales,  inimaginables.

—En esencia, son nuestros hermanos menores —dijo Isabel ante el grupo de nobles de su confianza, que le acompañaba esa tarde, en Valladolid—, ¿y por qué no, evangelizarlos?”

Claro que Cristo jamás hubiera abogado por tal tribunal inquisidor, obra desgarbada de una simple debilidad humana revestida de arrogancias y omnisciencias terrenales, bien alejadas de la misericordia cristiana. Un error rectificado y repudiado siglos después por la Iglesia.
Sucedió curiosamente en España que el Santo Oficio perduró hasta bien entrado el siglo XIX, tras un breve intervalo al ser prohibido (1808-1813) por las Cortes de Cádiz al promulgarse la Constitución (mayo 19, 1812) y restaurarse la monarquía con Fernando VII, pero en esta ocasión revestida de un carácter parlamentario y constitucional.
Así, increíblemente para historiadores y sociólogos, el Consejo Supremo de la Inquisición o Santo Oficio operó entre altas y bajas, no pudo ser abolido hasta 1834, por resolución expresa de la Reina María Cristina de Borbón. Sucede que habríamos de repasar una historia de siglos imbricada con el fervor religioso de los peninsulares y la novedosa Real Politik esbozada con posterioridad por Ludwig von Rochau.
Las nuevas del hijo perdido en la Mar Océano
En marzo de 1493, después de bojear parte de la tierras descubiertas, Colón volvió triunfante a España. Sus mecenas, quienes no le solicitaron garantía alguna (y sí a la Reina Isabel) que les cubriera la fuerte inversión de la aventura expedicionaria, salvo la plena confianza en la certeza del cuento y de su fábula visionaria, se sintieron aliviados con las cúspides alcanzadas por su protegido, quien retornaba ungido en medio olivos. El Gran Capitán y su tripulación, retornaban vivitos y coleando, ansiosos de narrar en las Cortes, moradas, plazas y tabernas los increíbles portentos de aquella estimada en sus principios, desquiciada aventura. Y por la que se cruzaron fuertes apuestas acerca de cuál, si los expedicionarios o el destino, vencería.
Colón, se reinsertaba en España después de un viaje épico a territorios exóticos y cuajados de misterios que por divina confusión denominó “Las Indias”. Este equívoco cambió para siempre la faz del mundo conocido de entonces y de las demás civilizaciones exógenas a la judeo-cristiana prevaleciente, que valieran algo como tales. Infinidad de volúmenes justificadores del Dogma local, elaborados pacientemente por cada una de las civilizaciones, se quedaron sin sustento racional. En Barcelona le aguardaban los Reyes Católicos.
Los monarcas, alborozados con el extraordinario triunfo de la corona española, por la temeridad de sus capitanes y vasallos; no demoraron instantes para que sus enviados raudos como regueros de pólvora, y diseminaron por toda Europa las buenas nuevas al alcanzar las cortes de Lisboa, Londres, París, Viena, Vaticano y otros centros de poder.
Es que con su retorno, Colón echaba por tierra un cúmulo de fábulas terríficas y mitos alucinantes, arrastrados desde el pasado insondable, perdido en la noche de los tiempos americanos. Se trataba del cambio de toda una época, cultura y valores. Eran las campanadas pre renacentistas y su carga filosófica, artística y humanista; las cuales aplastaron y enterraron definitivamente, como hacen los sepultureros perfectos, al Oscurantismo agonizante y las ordalías dantescas de sus fantasmas del Medioevo.
De este modo tan singular, Cristóbal Colón se tornó de la noche a la mañana ante los ojos de sus fans, por las glorias y famas alcanzadas y a pesar de las envidias de sus múltiples enemigos, en el indiscutible ídolo en su cenit. Sin embargo, Colón ya se pronosticaba nuevos viajes a las tierras portentosas rendidas a sus pies. Se trataba del gran momento para la civilización judeo-cristiana, a causa de “aquel octubre“.
La saga, continua.
© Lionel Lejardi. Octubre 12, 2011
 lejardil@bellsouth.net
Legacy Press

(1) Atendiendo a que Italia fue el epicentro de este movimiento de renovación cultural y artística desarrollado en Europa, dicho período histórico que abarcó los ss. xiv, xv y xvi; luego es aceptado que el Renacimiento comienzó en el Trecento (s. xiv), pero se desarrolla con mayor fuerza y esplendor, sobre todo en el Quattrocento (s. xv) y en el Cinquecento (s. xvi).
(2) El yiddish (judío), no es el hebreo convencional, sino, un lenguaje artificial mezclado y armado con retazos de otras lenguas europeas, en especial el alemán, y es (era) propio de los judíos denominados ashkenazi, que se asentaron en los países de Europa Central, Rusia, etc. Del mismo modo que a los judíos asentados en España se les denominó, sefarditas. No es un dialecto o barbarismo tal como sucedió con el francés degradado después en los denominados creoles (criollos) surgidos y evolucionados en sus antiguas colonias.
(3) En realidad, la dignidad no cabe durante el Descubrimiento de América o sea, antes de 1496; debido a que el título de Reyes Católicos fue conferido a Fernando II de Aragón e Isabel I de Castilla por el Papa valenciano Alejandro VI en la Bula Si convenit expedida el 19 de diciembre de 1496.
(4)  En un sínodo celebrado en Verona, el Papa   Lucio III promulgó (1231) la constitución de la Bula Ad abolendam en la que condenó las herejías cátaras, valdenses, arnaldismo, convirtiéndose en un instrumento eficaz de represión contra cualquier forma de indisciplina a la ortodoxia católica, decretando que el castigo físico de los herejes correspondía a la autoridad laica con lo que la Bula  Ad abolendam se convertiria en el embrión del futuro Tribunal de la Santa Inquisición y del Santo Oficio (wik).

Serás bienvenido a mis blogs alternos:
http://www.elasuntocubano.net/
https://liolejardi.wordpress.com/
http://lacomunidad.elpais.com/elasuntocubano/posts http://www.facebook.com/lionel.lejardi/
http://www.twitter.com/bieladom/
6209

Anuncios
A %d blogueros les gusta esto: