*.**Sargento, ¿a qué esperar para comenzar la revolución? I/II


Se cumplen 52 años de dictadura comunista en Cuba
Sargento, ¿a qué esperar para comenzar la revolución I/II
 
Un agosto caliente sin bañistas, ni en Jaimanitas ni en Viriato
“Hay sol bueno y mar de espumas,
Y arena fina, y Pilar”
“Quiere salir a estrenar
Su sombrerito de plumas”
(“Los Zapaticos de Rosa”, José Martí)
No, no, no. No en ese agosto tan fiero. Porque entonces, la gente rugía fuegos y no estaba para zapaticos tan tiernos como los de Pilar, ni aunque fueran de rosa. Es que la huelga general contra el gobierno del entonces Presidente de Cuba, Gral. Gerardo Machado Morales, había comenzado primero en la capital, incontenible, precisamente en esos primeros días del mes de agosto de 1933. El evento arrancó suave, sin estridencias, en una anodina ruta de autobuses (las “guaguas de palo”) situada en la periferia de la ciudad. El motivo, la corrupción del alcalde de La Habana, José “Pepito” Izquierdo quien de manera abierta, extorsionaba a los dueños de los ómnibus. La huelga cobró fuerza general el 5 de agosto entre toda la ciudadanía ya harta de aquella locura nacional de apaleos, atentados personales, petardos, bombazos y escopetazos, que ni los políticos de la Mediación pudieron controlar.
Los comunistas intentaron deshacer la huelga, siguiendo uno de los acuerdos pactados días antes entre sus mensajeros; Juan Marinello Vidaurreta, Blas Roca Calderío y Joaquín Ordoqui Mesa y el Presidente Gerardo Machado. Para ello colgaron al frente de la huelga a Rubén Martínez Villena y a Joaquín Ordoqui Mesa, a fin de redibujar ante la opinión pública la huelga política revolucionaria, y transfigurarla en otra de imagen y efectos inocuos, de carácter económico y pacífico. Pero el doble juego les delató ante la ciudadanía, como una traición flagrante al movimiento revolucionario imparable y que por esos imponderables de las turbulencias sociales, ya se autodirigía.
El 7 de agosto, ante una falsa noticia de la huida de Machado, el pueblo se desbordó en las calles y fue ametrallado a mansalva, específicamente frente al Capitolio, por efectivos de represión política integrantes de “La Porra” y el Ejército, allí apostados en espera de los manifestantes. En tanto la embajada norteamericana movía sus cuadros de la Medición y militares preferidos, a fin de conjugar un coup d’état incruento contra Machado. Para agosto 12 de 1933, la “Magdalena cubana ya no estaba para tafetanes”. Decir, de las sedas bíblicas y sus arrepentimientos humanos, y el desenlace se precipitó sin frenos.
Machado, se vio y sintió arrinconado por todas las fuerzas interiores y exteriores centradas sobre Cuba. Finalmente renunció en primera instancia por la presión de la banca, finanzas, las clases vivas (alta y mediana burguesía), además de la oposición civil y militar entre otros factores. En el empujón, no pudo faltar el inevitable toque de gracia  propinado; como encargo del Presidente Franklin D. Roosevelt; por su enviado especial el Exc. Benjamín Sumner Welles, atrincherado desde antes en el lujoso Hotel Nacional. A quien Machado lo había puesto en la acera de sus enemigos.
De inmediato, una junta cívico-militar de notables, parte de ellos pertenecientes al Ancien Régime; tras ciertos enjuagues políticos y burocráticos —sugeridos o por lo menos con el visto bueno de los Estados Unidos— tomó las riendas del gobierno. Un apacible coronel mambí, el Carlos Manuel de Céspedes y Quesada fue designado Presidente de la República. Céspedes había nacido en New York (nunca conoció a su padre) y educado en los propios EE.UU. y Alemania. Fue funcionario de varios gobiernos y ejerció en el servicio diplomático por largo tiempo, pero era prácticamente un líder desconocido. Lo peor, carecía del más mínimo carisma o voluntad.
El New Deal de Roosevelt
La sociedad entera, se dio un respiro para abordar el resto de los problemas cabalgantes sobre la Isla. De este modo, brotó en la mentalidad cubana y sin advertirlo los propios actores del drama, no ya los instigadores, una ciudadanía en estado pre revolucionario. Lo cual era, exactamente, lo temido por la política del “New Deal” (Nuevo Trato), auspiciada por el estrenado Presidente de los Estados Unidos, Franklin D. Roosevelt. Los cubanos con su revolución, como siempre en el decir norteño, se estaban propasando más allá de las expectativas.
El gobierno defenestrado, estaba presidido entonces (aunque en lo técnico, de manera inconstitucional) por el Gral. Gerardo Machado y Morales (1925-1933); un político muy popular en sus inicios pero que, terco como un mulo; echó por la borda lo positivo de su labor durante el primer período, al dejarse conducir en el segundo por sus lisonjeadores (chicharrones y jalalevas) hacia un punto sin retroceso. Hasta unos años antes, este líder era un respetado general mambí.
Como líder político entendió que era un ser insustituible como presidente y en 1929, a finales de su primer y único mandato constitucional para el cual había sido elegido democráticamente por el pueblo, cometió un error imborrable: impulsó una prórroga de poderes en complicidad con el Congreso amañado, a los fines de continuar en el cargo de Presidente de la República. Tal acción reeleccionista era ilegal, puesto que la misma estaba prevista y prohibida específicamente en el artículo 115 de la Constitución de 1901. No es extraño que hoy veamos a los integrantes de Eje Apocalypto (ALBA), basados en artimañas y subterfugios, bregando en andanzas similares.
Para resolver sus aspiraciones, el Presidente logró que se emitiera la denominada Constitución de 1928, enmendando y remendando la de 1901, que le permitía no los dos años iniciales de prórroga solicitados al Congreso sino, extenderlos a seis. Echarlo de la silla presidencial y tomar el poder político, aunque de manera provisional para retornar el país al cause legal, requirió de una serie de acciones violentas llevadas a cabo por las fuerzas oposicionistas. Porque así, fue la decisión de sus líderes. 
¡Cuidad de los cuadros, como de la niña de vuestro ojos!, clamó Trotsky
Los líderes comunistas, siempre se mantenían al margen de figurar en la línea frontal; allí donde existiera peligro; siguiendo la máxima trotskista de: “cuidad de los cuadros, como (cuidais) de la niña de vuestros ojos“. El lema suscribe que sus líderes se reservarían durante la etapa anti machadista, para la hora 25, la cual ellos estimaban la óptima para “repartir el pastel”. Fijada esta coyuntura, en el momento que estallara la huelga general en ciernes; de cuya dirección se apoderarían y conducirían, como acto final del drama. La filosofía de los bolcheviques siempre advertía que los “cuadros” deben arribar intactos al final de las contiendas, para rehacer el menjurje a su antojo. Es decir, que los héroes los pusieran las facciones nutridas con idiotas románticos (los otros, salvo excepciones o confusiones).
Resultó que durante esta última etapa del gobierno de Machado, la victoria democrática cuajó en medio de una Cuba convulsionada por antagonismos previos entre el gobierno y cada estamento de la oposición. No se trataba de una pugna convencional entre fuerzas políticas de criterios e ideologías distintas, dentro del marco natural de las democracias. Sino entre un presidente que al concluir el período presidencial cuatrienal para el cual fue elegido, y por su voluntad expresa, violó la Constitución de 1901 al imponer su propia reelección a contrapelo del sentir popular, reluctante hacia los proto caudillos.
El descontento de la población aumentó, durante ese segundo período de Machado; dado que esta gestión ejecutiva derivó hacia un gobierno dictatorial y despótico, en medio de la crisis financiera mundial de 1929. Los cubanos se indignaron, puesto que sus quejas ante el gobierno no fueron escuchadas.
El gobierno ripostó desplegando un autoritarismo abusivo, que los ciudadanos entendieron represivo. Una consecuencia resultó en que la paz social quedó rota de manera irremediable. Los opositores tradicionales y los inducidos por la situación general, se agruparon e iniciaron actividades conspirativas; desarrollando acciones violentas, incluyendo el terrorismo urbano. En esencia, se trataba de una guerra civil sin fronteras; puesto que cada contrincantes peleaba dentro del otro. La denominada “Generación del 30” con el Directorio Estudiantil Universitario (DEU) a la cabeza, marcaron los pasos más arriesgados.
Una poderosa facción política de carácter secreto, integrada por intelectuales avanzados y líderes de las clases vivas, denominada “ABC” (sus militantes eran conocidos como los abecedarios) (1), llevaba buena parte la batuta en la confrontación violenta contra el gobierno.
Los estudiantes, políticos y líderes sindicales de varios niveles, se adhirieron al (DEU), junto con otras facciones que siguieron iguales actividades anti gubernamentales. De este modo, estalló la lucha armada irregular urbana entre las fuerzas opositoras de todas tendencias y el gobierno machadista.
No podía faltar el hecho y es bueno de recordarlo, que a inicios del primer gobierno constitucional de Machado, un abigarrado grupo de comunistas, socialistas, libertarios, sindicalistas, nihilistas, anarquistas, logreros y otros desequilibrados criollos y extranjeros; tras sesionar durante los días 16 y 17 de agosto,1925; fundaron en La Habana el Partido Comunista de Cuba (PCC) (2), el cual juró fidelidad ciega a la nueva metrópolis ideológica anidada en el Kremlin. Dos de sus líderes principales fueron Julio Antonio Mella (3) y Carlos Baliño López.
“Agua, caminos y escuelas”, prometió Machado
Y así propuso y lo cumplió el Presidente electo. Porque el lema de campaña de Machado cuando aspiró a la presidencia en 1925 fue: “Agua, Caminos y Escuelas”, y el cual se implementó con éxito enorme bajo el mando del dinámico ministro de Obras Públicas, Carlos Miguel T. de Céspedes y Ortíz.
Dos de las obras más destacadas de nivel nacional construidas por el gobierno de Machado entre muchas otras, fueron la Carretera Central que unió todas y cada una de las capitales provinciales, incluyendo las ciudades de mayor importancia y el majestuoso Capitolio Nacional (4) . El país, como nunca antes, floreció en medio de las esperanzas ciudadanas.
Machado, como general mambí, había ganado corajudamente sus grados militares durante la Guerra de Independencia de Cuba, luchando contra los ejércitos coloniales de España. Sin embargo, mientras transcurría su segundo y turbulento período presidencial, Machado condujo a la república sin razón alguna, hacia el borde de un abismo.
Coincidía con la crisis económica mundial, que ya azotaba todo el planeta; acentuada desde el Jueves Negro por el Crash de la Bolsa de Wall Street el 28 de octubre de 1929. Para agosto de 1933, la situación económica y política en Cuba, estaba deteriorada al extremo.
Los opositores que le combatían, no desechaban que el gobierno de EE.UU acudiera a la denominada “Enmienda Platt“, un apéndice insertado en la Constitución Cubana de 1901; bajo el pretexto de la casi guerra civil en la isla, la cual no daba señales de cuándo acabaría, sino que se intrincaba involucrando intereses ajenos al Asunto Cubano.
Dicha enmienda, facultaba a los Estados Unidos –entre otras perrogativas– intervenir militarmente en Cuba, para aplacar los ánimos de los ciudadanos, bajo estados de caos político y peligro para los intereses norteamericanos. Los fines propuestos, una especie de romanticismo paternal, mantener la paz entre las facciones en discordia.
Ahora, corriendo 1933, ya habían transcurrido décadas desde el instante en que se proclamó la soberanía de la República de Cuba, en 1902 y al gobierno machadista se le achacaron un cierto número de torturas, atropellos y crímenes políticos, algunos horrendos, que asombraron a la población. Las mujeres, no escaparon del tentetieso.
¿Acaso fue una guerra bendita?
El drama de la emancipación cubana del dominio español, hizo crisis en las relaciones entre las dos potencias, EE.UU. y España; cuando el Congreso norteamericano emitió la “Joint Resolution” (Resolución Conjunta) de Abril 19, 1898 considerando el genocidio escandaloso en Cuba por parte de la metrópolis. Un caso específico, fue “La Reconcentración de Weyler” del campesinado ordenada por el Gobernador de la Isla, Gral. Valeriano Weyler y Nicolau. Ello hizo que Washington rompiera hostilidades con Madrid (Abril 25, 1898) y estalló la guerra.
El 16 de julio de 1898, tras sendas batallas marítimas fulminantes; el poderío marítimo de España era obsoleto (los navíos no disponían de torretas giratorias de sus cañones,  movidas eléctricamente) , fue neutralizado completamente y desmantelado de manera definitiva. La destrucción absoluta de las escuadras españolas deambulantes en la Bahía de Santiago de Cuba y Cavite (Filipinas); respectivamente; y un asalto terrestre (playa Siboney en Santiago de Cuba, Oriente) con el apoyo en tierra de fuerzas mambisas, hicieron que España se rindiera a las fuerzas mancomunadas de EE.UU y los patriotas independentistas cubanos.
Con ello, concluyó la guerra Cubano-hispano-americana y de inmediato, comenzó el retiro de las tropas españolas y la ocupación militar de la Isla de Cuba por los norteamericanos y de otras posesiones españolas de ultramar en las Antillas y el Pacífico. La ocupación de Cuba, fue por un período de tiempo estimado relativamente corto.
El triunfo de los patriotas quedó ensombrecido por dos causas. La negación del general Shafter de que las tropas mambisas entraran triunfantes en la ciudad de Santiago de Cuba, junto con las norteamericanas y la ausencia de los representantes cubanos en las deliberaciones del “Tratado de París” en Diciembre 15, 1898, concertado entre los EE.UU y España. Olvidando que los mambises independentistas eran parte cosustancial de las fuerzas vencedoras.
España y su altanería caduca, no admitía humillarse rindiéndose ante los patriotas cubanos; arguyendo que el ejército español capitularía “ante un ejército decente como el norteamericano, no una banda de indigentes“. Una completa falta de hidalguía, ante una derrota honorable librada en buena lid, durante decenas de años.
Después de 4 años de ocupación norteamericana, para restaurar y estabilizar sanitaria, institucional y económicamente la isla en ruinas; al mediodía del 20 de Mayo de 1902, fue proclamada la ansiada independencia de la República de Cuba, cesando con ello la intervención en la isla y no así en Puerto Rico, Filipinas, Guam y otras posesiones antes españolas.
Los norteamericanos, dejaron en manos criollas el estrenado gobierno republicano. De acuerdo a una disposición antiséptica incluida (obligatoriamente) por los constituyentes en la Carta Magna de 1901, se señalaba que “ningún presidente podría reelegirse por períodos sucesivos”. La violación de esta cláusula por el gobierno machadista, fue el leit motiv de la trifulca entre el pueblo tornado opositor iracundo y el gobierno.
Una premonición preciosa
Esta premonición preciosa de los políticos cubanos, indica que la no reelección presidencial les preservaba de la existencia de “caudillos providenciales” deseosos de implantar dictaduras para enriquecerse y eternizarse en el poder, tal si Cuba fuera una finca particular.
El sello de este punto de vista malévolo lo estampó, la horda guerrillera que se encaramó en el poder político de la isla en enero 1 de 1959, devenida en el actual régimen comunista totalitario implantado en Cuba por los hermanos Castro y sus seguidores (5).
Los EE.UU, habían observado con inquietud los inicios desordenados del republicanismo independentista de las ex colonias españolas, ya a nivel continental. Un estado de cosas desprendido al cortarse (provisionalmente) los nexos de estas naciones nuevas con la metrópolis española y de paso, la entronización del caudillismo como antítesis de la democracia.
Esta particularidad inquietaba a la Cancillería del Potomac, siguiendo el rastro de la historia de las repúblicas indoamericanas incluyendo, en especial, desde los inicios de la independencia; las pretensiones monárquicas primero e imperiales después, de los primeros líderes haitianos. Entre ellos Dessalines, Henry Christophe, Soulouque, etc. (proclamadores de monarquías e imperios intrascendentes) y a posteriori, quienes además invadieron en varias ocasiones entre 1823 y 1849, el resto de La Española, territorios que después conformaron la actual República Dominicana.
Resultaba que estas naciones nuevas, ya no eran países noveles inexpertos estrenando independencias, cuando entonces se igualaban en tesituras camorristas idénticas a las de otras repúblicas a lo largo del siglo XIX. En el caso de Cuba, Washington previó introducir en la Constitución de 1901 la mencionada “Enmienda Platt“, algunos de cuyos poderes y prerrogativas ya molestaban a parte de los cubanos (otros la consideraban un bálsamo protector) desde sus inicios, hasta que fue abolida al consolidarse la revolución anti machadista impulsada por la maravillosa Generación del 30 y el “presidente de los cien días, Dr. Ramón Grau San Martín”, uno de los pentarcas.
Por la actuación de Machado y la reacción violenta de los opositores, indicaba que las fuerzas políticas enfrentadas se desviaron del camino del orden y del quehacer democrático. Machado, constituyó parte del período presidencial cubano, durante la etapa última de la inevitable “república de los generales” (José Miguel Gómez, Mario García Menocal, Gerardo Machado Morales y otros), a la cual siguió desde 1933, la “de los doctores” (Ramón Grau San Martín, Carlos Hevia y de los Reyes-Gavilán, Carlos Prío Socarrás, etc.).
Esta primera etapa republicana entre el 20 de mayo de 1902 y el 1 enero de 1959 (interrumpida violentamente en 1959 por los comunistas castristas dirigidos por el Comintern), es conocida con el nombre de la “República de Generales y Doctores“.
Gerardo Machado, era un pichón perfecto de español, nacido con la osadía y tozudez ibérica, clásicas. Bajo los fulgores de su primer período, distanciado del su antecesor el Presidente Dr. Alfredo Zayas Alfonso (1921-1925), el dinamismo de la novel presidencia estremeció Cuba con vastos planes de obras públicas y leyes beneficiosas para la consolidación de la economía.
Un sinfín de industrias nacionales, fueron impulsadas con los ya lejanos estertores ventoleros de la Belle Époque (1880-1914), ultimada más adelante por el suicidio masivo de la gran catástrofe que significó —fiesta oportuna para los extremistas de toda laya— la I Guerra Mundial (IGM), iniciada en 1914 y finalizada en 1918 en medio de inenarrables horrores.
De inmediato, Europa entró en un giro vorticial irretornable de profundas convulsiones sociales. Iniciada la pos guerra y dentro del maremágnum europeo, el desborde de anarquistas, nazis, fascistas y comunistas entre otras facciones; rumiaban venganzas, desquites y vagancias contra las sociedades organizadas; remanentes de la civilización occidental; entre ellas y en especial, las monárquicas y las conformadas como naciones con los restos imperiales (prusiano, austro-húngaro y otomano).
La horda de las bondades
Entre las huestes de radicales a principios del siglo XX, se destacaron los bolcheviques (comunistas) rusos, abanderados con un marxismo feroz. Estos personajes eran de una prosapia radical y extremista y demostraron desde el punto de vista partidista y como organización subversiva, ser y constituir la horda anarco-revolucionaria más disciplinada, cruel, obediente y organizada de entonces. Ello sustentado por una no tan novedosa como regimentada ideología, basada en la abolición de la propiedad privada, el apoderarse de las riquezas atesoradas por la nación en su conjunto, la burguesía y la repartición manirota entre sus secuaces y los restos de esos bienes, supuestamente entre la chusma del lumpemproletariat.
Ello convino en atracción singular para estos últimos, de lo cual en la realidad resultó en la repartición de la pobreza. Tales bondades ideales para sus líderes ansiosos de una militancia de autómatas, corrían sus acciones en la bolsa de valores del extremismo destructor; sujetas a una doctrina ideológica férrea cuyo entramado de violencia sociopática, estaba definida y esculpida en piedra, cuidadosamente.
En sus pretensiones comunistas, los líderes marxistas cubanos albergaban la idea de igual formula  rusa para alcanzar el poder político de manera violenta e implantar de inmediato el Terrorismo de Estado (Époque de la Terreur, copiado del terror jacobino). Tras lo cual vendría la degollina. Nazis y fascistas, les imitaron a su vez con el mayor de entusiasmo.
Los comunistas abogaban por tales fines, independientemente de que ello significara el atropello de todas las libertades; la opresión sobre el pueblo, degradamiento y envilecimiento de los ciudadanos así como la ruina económica, el empobrecimiento pertinaz y permanente de toda la nación, arrasando con sus valores y tradiciones.
Por supuesto que en el breviario de los comunistas, dentro del grillete no se incluiría toda la nomenclatura burocrática sustentadora del aparato de la Nueva Clase de funcionarios del partido, los militares y sus allegados. A pesar de la prometida igualdad, ellos instauraron una clase social separada, una elite sub cultural opresora y que en realidad era un “supra estamento aristocrático” aunque denostado vulgâris tan absolutista como impenetrable.
En la otra parte, el socialismo corporativo de estado, de raíz antisemita, adquirió igualmente a manos de los fascistas (fascio) de Benito Mussolini en realidad (Almicar Andrea Mussolini) y nacional-socialistas (Nazi) de Adolph Hitler, ademas de aquellos otros líderes europeos pro fascista; sendos caracteres violentos, totalitarios y genocidas.
Tal proyección en su modo de actuar se auto imprimía, tal mostraban los ejemplos de la monstruosidad terrorista del comunismo en sus campos de trabajo forzado, a manos de Lenin y sus seguidores de la CHEKA, al triunfar los comunistas en Rusia.
Sólo que en Cuba, estas corrientes ya desarrolladas mundialmente a plenitud a inicios de los años 30, se encontraron con un Presidente tozudo pero patriota; que era un hueso duro de roer y menos; apto para ser convencido para enrolarlo en alguna de las opciones filosóficas deambulantes por el planeta, todas, sustentadas por sus pandillas mafiosas respectivas.
Sin embargo, Machado, sucumbió a su propia egolatría y egotismo e impuso un segundo período en su controvertida reelección —para ello, alteró la Constitución de 1901— y además del desastre del caprichoso mandato presidencial, la figura del presidente declinó en la opinión favorable que le dispensaban y admiraban inicialmente la mayoría del pueblo y las clases vivas.
Esto se manifestó, en especial, en las inconformidades de aquellos grupos, fuerzas y élites intelectuales tan vanguardistas como el Art Nouveau; los cuales lo consideraron un dictador detestable y por lo tanto, punible con el derrocamiento de su gobierno por la fuerza.
El Crash de Wall Street
Los opositores activos, armados como pudieron, se nuclearon alrededor de los estudiantes universitarios e intelectuales, iniciando el ataque para el desmonte definitivo del gobierno. Nadie se detuvo en aplicar de manera inexorable, cuanto medio y acciones violentas, de sabotajes, atentados personales, terrorismo y de toda índole que encontraron a mano, las cuales fueron fuertemente repelidas por los machadistas y sus aparatos de represión.
Claro, Cuba yacía entrampada en la crisis mundial económica iniciada tan temprano como en 1927 y marchitada definitivamente por la caída de la Bolsa de New York, extendida (en teoría) hasta 1933, la que en realidad continuó hasta 1939. El tropezón fue detenido con un repunte vigoroso de la economía, coincidiendo con el inicio de la Segunda Guerra Mundial (IIGM).
Todo el crash económico, al que fueron arrastradas el resto de las bolsas, se inició por la sobre valoración especulativa de las acciones bursátiles y el estado desastroso de las economías europeas, tras los embates de la IGM.
Otros factores colaterales fueron la abrupta caída de los precios de los productos agrícolas —el precio del azúcar cubano se cotizó a nivel de piso, a medio centavo la libra— y las restricciones de crédito, pues los bancos se quedaron sin activos y las industrias locales dejaron de producir. El gobierno machadista se estremeció cuando sintió las primeras ráfagas de la crisis y quedó en atormentada espera.
El patrón oro, no pudo solucionar la crisis y resultó inservible. Este, dejaría de funcionar hasta que un decenio después, en 1939, el británico John Keynes propició que Gran Bretaña renunciara al patrón oro, en cuya acción fue seguida por otros países industriales.
Al caer las bolsas paulatinamente desde 1927, sometidas al efecto dominó; ello significó un factor de punta negativa para cualquier gobierno. Todo devino desastre natural para el presidente Machado, con la consecuente pérdida de popularidad y simpatías ciudadanas.
Atisbos del hambre se cernieron sobre la isla, bajo un gobierno insolvente en cumplir con sus compromisos internos y externos. La falta de liquidez no permitió pagar los sueldos de los funcionarios. Los ánimos, se caldearon al máximo entre el gobierno y los ciudadanos enardecidos, y los comunistas se frotaron las manos, como siempre, listos a pescar en río revuelto.
La oposición contra el gobierno machadista, articulada por los estudiantes e intelectuales incluyendo algunos estratos obreros; hizo derroche de un heroísmo innecesario, desplegado igual por el resto de las fuerzas revolucionarias anti-machadistas; cuyo drama tan filoso, conmovió el interés hollywoodense (6).
La violencia popularizada desde inicios de 1930, condujo a un desenlace favorable para la oposición que culminó con la caída del gobierno machadista en agosto 12 de 1933. De inmediato, se inició el caos social ante la ausencia de autoridades.
Las fuerzas vivas, los estudiantes y la oposición política, concertaron acuerdos sobre la marcha para normalizar la situación caótica del país y brindar una imagen más ordenada y compuesta, a la opinión publica internacional.
Céspedes y el Gabinete de Concentración
Una Junta o Gabinete de Concentración, fue conformada de inmediato por la presión y el discreto beneplácito del gobierno norteamericano. Dicha Junta diseñó e instauró un gobierno provisional de facto, previendo el desborde del populacho. Nada pudo evitar que lo integraran personalidades que de una forma u otra estuvieran ligadas al gobierno machadista, los moderados. Pero el pueblo deseaba lo contrario, porque durante todo el tiempo que sobrevivió, resultó un aparato inoperante.
Sin embargo, sus integrantes, poseían un pedigree de indudable probidad moral y política. El aval revolucionario adquirió una validez insospechada como nunca antes. El color verde distintivo de los abecedarios, se popularizó de inmediato.
El bastón presidencial, recayó en el Dr. Carlos Manuel de Céspedes y Quesada; hijo del prócer independentista y Padre de la Patria, el abogado Carlos Manuel de Céspedes y del Castillo, muerto en combate durante la “Guerra de los Diez Años” (1868-1878).
Entonces Cuba tuvo un nuevo presidente, pero como un parto de los montes, no natural, emanado de la disolución del gobierno ante la huida del Presidente Machado hacia Nassau en un avión militar facilitado por los oficiales adepto al gobierno machadista, en unión de algunos de sus colaboradores más comprometidos, en la tarde de ese mismo 12 de agosto de 1933.
Pero los ciudadanos deseaban otros cambios. El nuevo presidente cometió varios errores que desdoraron su pedigri y abolengo, dado que contemporizó con la oficialidad, ratificó al Senado el cual se había plegado a los deseos de Machado; una pifia que despues corrigió; y en especial, por no haber movido un dedo en escuchar los clamores del pueblo, ansioso de reformas económicas y sociales.
 
Luego, exactamente el 3 de septiembre de 1933, un ambicioso sargento frunció el ceño frente al espejo de su lavamanos. Era la enésima vez que lo hacía para darse ánimos. Se había despertado temprano, todavía insomne. Y después de sus abluciones matinales, deambulaba por su modesto apartamento en los altos de la panadería y dulcería ubicada en la bulliciosa “Esquina de Toyo”, en Luyanó, el barrio de “Bigote de Gato”.

–¿Qué tienes, papi mío? –inquirió la esposa, Elisa, inquieta con el ir y venir de su marido.

El sargento contaba cada minuto trascurrido, puesto que una serie de acontecimientos se desencadenarían entre la noche de ese día y la madrugada del siguiente. La esposa, casi que fotografiaba cada paso y gesto de su amado. Éste se arrodilló ante el modesto altar de la Vírgen de la Caridad del Cobre y le rogó, pidió y meditó por unos instantes, solicitándole a la vírgen quién sabe cuáles milagros o diabluras.

Y lo bien que lucirá como oficial con su uniforme de gala —y se hizo la sempiterna pregunta que todas las esposas de militares de bajo rango, se inquieren y no confiesan—. ¿Cuándo podré ver a mi marido vestido de oficial, lleno de medallas y entochados; con sus botas altas de piel de cochino y sus espuelas, una fusta y un dichoso sable?. ¡Por Dios que me derrito por verlo de gala con su sable colgado y las espuelas plateadas en sus botas!”.

Quizás sea la última“, pensaba él por su parte.

Porque el sargento se encontraba dentro un mundo silogístico, donde su alma sobrecogida inmersa en dudas, inconexa a las preguntas de su esposa y también a cualquier ruido ambiental que lo rodeaba. Era la sensación de como si le hubiera entrado agua en los oídos. Pero reaccionó e hizo como si no la hubiese escuchado y se disculpó. Ella sonrió, al sentir de que no estaba hablando a un manojo de albaca.
Desde la calle, se escucharon las notas aflautadas del caramillo del afilador de tijeras, confundido con el ruido de los claxons y tranvías, los unos tomando la Calzada de Jesús del Monte y los otros, doblando en la bifurcación de la Calzada de Luyanó con rumbo a Mantilla y otros barrios periféricos.
El ABC pierde el bate y sale del juego
Ya desde el 22 de agosto de 1933, el ABC, Directorio Estudiantil Revolucionario, líderes de los sargentos y soldados de la Marina y el Ejército se rebelaron en una resistencia pacífica contra las órdenes de los oficiales administrativos y emitieron e hicieron circular en los medios, un manifiesto pidiendo la radicalización del gobierno de Céspedes y reiterando un llamando solemne a fin de convocar una Asamblea Constituyente, para estabilizar el caos legal constitucional. Pero el ABC quería otra cosa.
Al sargento, en ese día específico, se le destacaban signos inequívocos de insomnio y cansancio. Su semblante rasurado por completo, acusaba una mezcla de rasgos achinados y mestizos. Su cabellera de un lacio negro; peinada hacia atrás según la moda; pero sin la raya al medio como la de su futuro opositor Antonio (“Tony“) Guiteras Holmes, le daba a su aspecto el tono exacto que sus seguidores necesitaban.
No el de los otros oficiales de rango alto y de academias, empingorotados y fatuos, a los que él y los otros complotados esperaban ajustarles las cuentas, aunque fuera sólo de “boca pa’fuera“, para excitar o calmar a la soldadesca enterada de su papel en los acontecimientos de inevitable precipitación.
El sargento, meditaba desde hacía semanas. Reflexionando con los otros conjurados sobre lo ignoto e impredecible que se le presentaría en ese día septembrino, el más decisivo de su vida. Porque esa tarde el grupo de los militares complotados, habían citado a una reunión urgente, la cual efectuarían en la casa de un extranjero nacionalizado, amigo de alguien. Esas actividades fueron conocidas como “la revuelta de los sargentos y clases“.
Tarde en la noche anterior, el sargento había retornado de Matanzas de verse con otros conjurados de aquella zona, evadiendo los agentes y chivatos (apapipios) de la incipiente Inteligencia Militar del gobierno, apostados en la “pesa de camino”.
Su esposa le trajo café con leche, pan de flauta y mantequilla. Y ella quedó, contemplativa de “su hombre” y suspiró orgullosa. No estaba muy al tanto de los trajines conspirativos del marido, pero su sexto sentido le anunciaba buenas y peligrosas nuevas.
El reloj, ya marcaba las siete de la mañana. Afuera, el chillido inconfundible del Hispano-Suiza J12 de 12 cilindros, un cabriolet negro grande, y recordó que el cabo Urría venía por él. Ya vestido, se colgó maquinalmente los arreos militares por estrenar, a la derecha se estrenó la Cold .45 “Caballo de Flecha” nueva y a la izquierda, el par de magazines extras, todo, “de paquete”. Era un ensayo.
Un armamento que adquirió a consignación en una armería de la Habana Vieja. Porque el arma corta de reglamento, en algunos casos, era el pesado revolver Colt .45 heredado de los norteamericanos. Sin ser tirador experto, era capaz de hacer diana en un blanco fijo colocado a 25 metros de distancia.
Pero finalmente el fundamento del atuendo se redujo al uniforme convencional de sargento. Pero ya Elisa le tenía preparado el “otro completo” para vestirse de pies a cabeza, con gorra, arreos, armamento, sus entochados e insignias de oficial.

Porque de que eso viene, viene. Y no sera extraño que pronto la tenga que probar al duro y sin guantes“, reflexionó mirando el arma.

El inquilino de Refugio No. 1
Era (y es) la dirección postal del Palacio Presidencial, construido durante la etapa del Presidente Mario García Menocal (1913-1921 y residencia oficial del Presidente de la República de Cuba. Allí, quedaban pastando los viejos integrantes de la Guardia Presidencial de Palacio. La que ahora cuidaba el Presidente Interino, Carlos Manuel de Céspedes, un producto emblemático de la revuelta armada bajo el ala de Welles; pero inocuo para todas las facciones, en sus remembranzas del abolengo y al que nadie, respetuosamente, le hacía caso.
Por entonces, Céspedes inspeccionaba solazadamente los daños causados por el ciclón que azotó días antes las ciudades de Cárdenas y Sagua la Grande, al nordeste y sudeste de la isla, a unos cientos de kilómetros de la capital. Su ausencia de la capital, le venía como anillo al dedo a los conspiradores de todas las tendencias. En especial, los ávidos por radicalizar el proceso, sin quitarle el ojo a los “correveydile” de la embajada norteamericana.
A la sazón, bien temprano y muy lejos de la capital cubana, el ex presidente Machado deambulaba aburrido y roñoso sobre una arena quieta de Nassau. Era su destino desde la aparatosa fuga. Ahora caminaba por una de las playas del sector residencial, de aquellas posesiones británicas en el archipiélago de las Bermudas. Esperaba un correo secreto que nunca llegó.
Al parecer, sólo le restaba irse a vivir en Miami, “La Ciudad Mágica“. Porque estaba claro en que él y su familia nunca volverían a Cuba, y motivo por el cual desde antes había encargado un lote y lápidas sencillas en el cementerio principal de Miami, para él y su fidelísima esposa Elvira.
Ella, su compañera amable, miraba asombrada desde el cobertizo del chalet; sin ningún lujo; a la figura corpulenta e inconfundible del ex presidente, su marido de tantos años. Claro que aquello no era Palacio, pero lo importante es que hubiesen salvado la vida.
Aunque le sorprendió que un hombre tan conservador y de rectitud fiera en su vida personal, se remangara los pantalones para caminar descalzo, zapatos y medias en mano, pisando el agua de la orilla. Ella no había advertido desde cuando su “Gerardito” andaba por las afueras del bungalow, reflexionando como una tortuga vieja metida en un carapacho todavía jóven.

–¡”Coño, me cago en la que canta y no pone” –maldijo Machado entre dientes, empleando una expresión campesina, al sentirse arañado por un diminuto caracol y chasqueó la lengua y se reconfortó diciendo–. De verdad, que no hay nada como Varadero. Pero es el colmo y lo que no acabo de entender, es cómo carajos los americanos les han dejado pasar a esos comunistas, la frescura de que se sienten en mi silla presidencial.”

Sandwichs cubanos del “OK” de Zanja
En la capital cubana, en tanto, la cosa no era así de apacible. El pueblo, ahora sumado en masa a los vencedores, se dedicaba a cazar a los chivatos, “apapipios” y porristas —porque Machado en su desesperación, creó “La Porra“, un destacamento represor de búsqueda y castigo de los opositores activos, casi idéntica a la de los fascistas italianos—, algunos de los cuales fueron ajusticiados en plena calle durante los primeros días de la caída del gobierno. Casi a diario, encontraban alguno y lo cazaban como a una fiera.
Cada grupo oposicionista se consideraba con el mejor derecho a conducir los destinos patrios. Entre ellos, las clases y soldados de las Fuerzas Armadas, casi acéfalas de su oficialidad de academia, puestos a dormir a buen resguardo, para los tiempos que se avecinaban durante el período de paz.
Durante la primera etapa, se las había arreglado para denominarse simplemente el “sargento Batista”, porque todavía no era “Fulgencio Batista y Zaldívar”, sino “Rubén Zaldívar”, así de pela’o, era su nombre original. Y no dispuso de su último nombre completo hasta 1939, cuando se presentó como candidato presidencial para las elecciones generales de 1940, donde sin excusas, le exigían una partida de nacimiento.
Fue entonces cuando estaba en vísperas de comenzar su época de oro como “Promotor de la Constitución de 1940 y Presidente de la República de Cuba (1940-1944)”, una verdadera joya para su tiempo, en su memento cimero. Pero eso sucedería mucho después, traspasando por muchas vicisitudes, aprietos y aventuras riesgosas, incluyendo la eliminación de sus enemigos que proliferaban en función del ascenso de su fama y notoriedad.

—Mi jefe, el carro esta listo —dijo Urría, el cabo, y saludó militarmente a su pasajero en cuanto la esposa abrió la puerta
—Quiero que para las diez, encargues a alguien que nos lleven café con leche y 20 sandwichs, del “OK” de Zanja, y de paso lo que encarguen los demás. Contacta con el mayordomo para que dispongan el servicio. No quiero recargar a los señores dueños de esta casa —le ordenó Batista al chófer, sin que se le escapara lo de “demás oficiales”, para no levantar la paloma.

Y ahora le habían vuelto a la realidad la insistencia de los golpes de Urría en la puerta, pues le esperaba un viaje largo hasta la casona de los libaneses. Ante la insistencia del cabo, ya arribado el carro a la mansión regia, descendió del mismo tomando cuidados extremos en aquel ambiente extraño y refinado. El punto de reunión era una impresionante edificación del estilo español, sin patio interior y prestada con servidumbre y todo, al grupo de los militares conspiradores.
La casa pertenecía a una familia de joyeros del Callejón del Cristo, en la Habana Vieja, ahora en un conveniente viajes de paseo por la Florida. Una familia, increíblemente aliada en negocios con sefarditas moderados, dedicados al mercadeo de telas y productos ópticos, en los almacenes de la calle Muralla.
“Yo creo y …no es un mandato”, señaló Batista
Allí, en una edificación lujosa de dos pisos; funcionaba el punto de la conspiradera militar armada por los sargentos. En el lugar, lo esperaban entre otros, el sargento Andrés Benítez Pancorbo, designado como futuro jefe del estratégico Cuartel Maestre de “San Ambrosio“, situado al borde de la bahía de La Habana y el resto de los otros sargentos y civiles complotados. Era un grupo no muy numeroso, pero decidido a salirse con las suyas.
Batista abrió la reunión y disertó por un rato sobre aspectos generales, de manera que fuese él y no otro, quien abriera el juego. Además, se había sentado convenientemente en la cabecera de la mesa, para que sus compañeros de aventuras; sin él insinuarlo; se acostumbran a verlo en el punto central de las reuniones. Trucos muy simples, que les había recomendado el “Viejo Lulo”, un oficial del Ejército Mambí, ya retirado.

Coincido en que este es el instante preciso, Batista —le interpeló uno de los sargentos, José Eleuterio Pedraza Cabrera, su principal cuadro de fuerza, uno de los “músculos” de los complotados y del gobierno futuro—. Contamos con el Directorio, los intelectuales, Carbó, Guiteras, el ABC y un montón de civiles y por supuesto, nuestras clases y alistados—, apuntó finalmente desde la gran mesa oval. Los complotados, deliberaron largo rato, a los que se incorporaron varios civiles.
Caballeros, dicen ustedes que el ABC? No todos los mencionados son aliados seguros —alertó Estevaz Maimir en tono jocoso—, ya es tarde y nos vamos a perder las croquetas de jamón, pasteles de guayaba y bocaditos que nos trajeron cortesía de la casa.
Sí, hay que estar temprano en Columbia —coincidió otro de los asistentes—, porque los amarres debemos hacerlos antes del meeting.
Yo creo, y no quiero que mi opinión se interprete como un mandato, porque aquí soy el último de los últimos. Es que ya cada uno de ustedes, sabe a cual unidad debe dirigirse, para asumir el mando. Recuerden siempre ir por lo menos con una escuadra de soldados portando armas largas, cortas y parque para dos horas. Y nada de policías—, señaló Batista. En tanto, Benítez y Pedraza miraron recelosos hacia el cielo encapotado.

Batista, todavía no había contactado con la que seria su “Madrina Mayor”, una culta cubana estudiosa de las religiones del sincretismo africano, la cual poseía una residencia enorme (Finca “San José”), cercada sólida con dos metros de altura, en una propiedad lindante con la “Calzada Real” (actual, Ave. 51) y la calle Primelles, en el barrio obrero de Pogolotti, Marianao.

Todo les irá bien—, les había profetizado también Silvio, un babalaow (también sargento político de un concejal de ese mismo barrio, pero colindante con la “finquita, donde la iglesia de los ñañigos”, tal se le conocía —por donde Carlos J. Finlay hizo sus experimentos, sobre el mosquito y la fiebre amarilla—, mientras sostenía una cabeza sangrante de un gallo bolo entre los dientes y se azotaba la espalda desnuda con un mazo de “escoba amarga”.

“¿A qué esperar para comenzar la Revolución?”, escribió Carbó
En una tarde anterior igual, pero lluviosa y de presagios raros, Sergio Carbó Morera, el popular líder oposicionista y también entonces; el periodista de mayor empuje en la política del Asunto Cubano; había publicado un sugestivo artículo en su periódico de “La Semana”: “¿A qué esperar para comenzar la revolución?”
Evidenció ser una incitación abierta a la subversión contra el gobierno de Céspedes. Claro que el periodista por entonces y al parecer, tenía enchumbado el cerebro quizás con una tisana de té mongol “real”, del recolectado para el emperador de Manchuria y café caracolillo de la Sierra Maestra. Pero sus lectores, ya acostumbrados a estas genialidades, no le prestaron mayor atención. No por eso Carbó se desdoró ni un ápice ante sus simpatizantes, que abarcaban casi toda la ciudadanía.
Sin embargo, un hábil taqui-mecanógrafo de las cortes militares del Estado Mayor del Ejército; otrora un campesino sin mayor instrucción y que había trepado de la nada como retranquero de trenes hasta alcanzar su honorable empleo actual; tras devorar el artículo una y otra vez hasta memorizarlo, quedó meditando si tal sería la llave de su triunfo personal. El mismo militar que ahora despachaba a pleno goze como guía en la casa de los libaneses.
Después de su visita a Moscú, Carbó, invitado por el Kremlin dado que en los pasillos se le tenía como un “comunista sin carné” y por instantes ya olvidados, Carbó dio a sus amigos más cercanos —para encanto de los comunistas—, la impresión de estar al punto del embobecimiento con las monsergas y postales deliciosas preparadas para los turistas progress, por los comisarios y agentes de Dzerzhinsky.
Fue quizás cuando en una especie de agradecimiento, escribió un libro extraño, ditirámbico, elogiando a la Rusia Soviética, pero del cual ni él ni nadie más, se atrevió nunca más a hablar ni mencionar, salvo como aquella desolada pecatta minuta literaria.
Sin olvidar a las deliciosas komsomolas de la Juventud Comunista, con pechos exuberantes por entre las blusas abiertas y piernas esbeltas; las hacían como que sembraban tulipanes en los canteros de la Plaza Roja, al paso de las caravanas de visitantes, una gama de idiotas con levitas proveniente de los cinco continentes.
Aquello era para chuparse los dedos. Al igual que hace hoy Castro con todas y cada una de su team de carcamalas admiradoras; que ocasionalmente le rondan el patio, para soltar babas mientras le tocan la barba.
Las muchachas provenían de los lupanares moscovitas reservados a “los camaradas de confianza, que en la Granja de Animales, son un poquito más iguales que los otros iguales”. Por lo general funcionarios y oficiales de alto rango, y algún que otro visitante, candidato a fotografiarlo o filmarlo para comprometerlo en su futuro.
Pero como sucede a todos los constipados de las almas noveles, fascinadas con la narración de “Los 10 días que conmovieron al mundo“, de John S. Reed; el deslumbramiento aparente de Carbó, se le diluyó como el azúcar en un vaso de limonada, por aburrido y por lo macabro que descubrió después. Algo, algo que nunca (raro en un periodista) se atrevió a decir en público.
Las grullas y los flamencos graznan de noche, mientras fornican en el “Oriental Park”
Antes de las 19:00 hr, después de pertrecharse de gasolina, la pequeña caravana de autos negros y lujosos, pasó frente a los centinelas sonrientes de la posta No. 1; que les franquearon el paso a una sena de Batista hacia el interior del Campamento Militar de Columbia, al oeste de la capital.
Dentro, una reunión de las fuerzas políticas contrarias al gobierno provisional de Céspedes –¿igual como le sucedió al de Kerensky?–, tomaba forma de conspiración abierta para el coup d’etat o asonada cívico-militar, con el consecuente asalto simbólico y pacífico al poder presidencial en manos de Céspedes, el presidente manso, ya en funciones desde el mismo 12 de agosto anterior, justo a la huida de Machado.
Los autos soltaron la carga barroca en el Club de Alistados. El salón de reuniones era una confusión paralela a la que existió en la Torre de Babel en sus buenos tiempos. Los sargentos, estudiantes universitarios, civiles y soldados concertados para el meeting, confuso en extremo para los reporteros, no veían la ocasión en que alguien llamara al orden y cada cual se revolvía dentro de su asamblea particular.
El grupo de sargentos conjurados, quienes ya desde antes se habían hecho o mandado a hacer con los sastres militares (para el gran momento a la vuelta de la esquina), todo lo que componía el atuendo y armas exclusivas de los oficiales, estaban conformes en utilizar ahora el uniforme de faena. El drama en gestación estaba por un cambio radical en su condición de aforados simples, claro, con rumbo hacia las filas de la oficialidad.
Pero, a última hora, decidieron vestirse con el uniforme de reglamento para evitar especulaciones y resquemor en los asistentes, y cuyos aplausos más estusiastas estaban seguros provendrían de sus iguales, los soldados rasos.
Estos líderes militares, en plena conspiración, integraban el pequeño núcleo de la denominada “Unión Militar de Columbia” (UMC), cuyo objetivo inicial era derrocar al gobierno machadista e instaurar un gobierno cívico-militar, de facto. Todo estaba planeado para que en su andar hacia la cima, contaran con los oposicionistas civiles, confusamente colgados de la cola militar.
Pero ese escollo, ya estaba salvado de manera intrínseca desde el 12 de agosto; por la junta de notables apoyada por la embajada norteamericana y que de repente les pasó por encima como un “volador de a peso”, elevando a Céspedes como un Presidente azorado que ni sabía qué estaba sucediendo a su alrededor.
Al igual que la mayoría de los asistentes, los sargentos estaban seguros de poder alzarse esa madrugada, sino militarmente, con una sustancial parte alícuota del triunfo. Pero fue destacable que de los militares conjurados, el que mejor salió en la charada por un golpe de suerte y su indudable osadía, fue Batista.
Más al sur, no lejos y al anochecer, detrás de las caballerizas del hipódromo “Oriental Park “; en Marianao al suroeste de La Habana, dos de los más altos líderes del Partido Comunista especulaban en un establo, entre graznidos y suspiros sensuales de las zancudas como música de fondo. Discutían sobre la manera de colarse en la reunión.
De paso purgarían al dirigente del Partido Comunista, Rubén Martínez Villena (7), por fracasar éste en abortar –según un acuerdo anterior secreto entre los comunistas y Machado– la huelga general oposicionista que se les escurrió entre los dedos a los comunistas, convocada a inicios del agosto pasado y la cual dio el golpe final al gobierno machadista y el derrumbe de su régimen.

—Ojalá que el lato (el mulato Batista), no nos falle —soltó el más viejo. En un comentario fuera de lugar en el tema que abordaban.
—¿Nos? ¿Y en qué “no nos iba a fallar”? —inquirió el más joven, sorprendido, porque a pesar de estar al tanto de lo que hacia su mano derecha, por el cargo que ostentaba en el Buró Político Provincial; ignoraba las andanzas en que andaba la mano izquierda del Buró Político Nacional quien era el tal “lato”. Pero el más viejo no respondió de inicio, pero después argulló ,
—No me hagas caso. Además, es una información compartimentada, de las que el Buró Político denomina “sensible” y a la que ni siquiera yo, tengo acceso. Eso sucede en los tiempos difíciles.

La Caridad del Cobre, ¿madrina del 4 de septiembre de 1933?
Al menos, Batista, así lo creyó. Porque en la madrugada del 4 de septiembre de 1933, ya un ciclón le había allanado el camino al Palacio Presidencial, al sacar al Presidente Carlos Manuel de Céspedes y enredarlo en la inspección de los daños en Cárdenas y Sagua la Grande, lejos de La Habana. Esa noche, la sargentada inducida por los sargentos integrantes del ahora denominado “Grupo de los Ocho”, de soldados y marinos, el DEU (universitarios), ABC y el resto de las facciones (excepto los comunistas) integrantes todos de la recién formada Agrupación Revolucionaria de Cuba (ARC), hicieron pública una Proclama al Pueblo de Cuba, donde desconocían a Céspedes y su gobierno de facto, e indicando que todo el poder político estaba en manos de la ARC. Céspedes y su gobierno quedaron disueltos, volatizados y los oficiales de las fuerzas armadas quedaban sin mando y en una especie de “plan pijama”. De inmediato, se conformó el Gobierno Provisional Colegiado (conocido en la Historia de Cuba como “La Pentarquía”)
La primera firma estampada en el documento de la Proclama, fue la del apasionado líder universitario del DEU,  Carlos Prío Socarrás, futuro presidente democrático de Cuba (1948-1952); quien a su vez fue derrocado por una cuartelazo, inexplicablente a posteriori el 13 de marzo de 1952, a unos meses de las elecciones presidenciales de ese año, por un Batista ya senador y con una vejez asegurada, junto con sus ávidos seguidores.
Según un análisis somero, resultó evidente este paso temerario de Batista, propició el inicio de toda la aventura castrista y el consecuente desastre de la nación cubana; con la destrucción absoluta de todo su pasado y futuro. Cuba, dejaría de tener Historia salvo la rescatada por los patriotas del Exilio.
A la firma de Carlos Prío Socarrás le siguieron otras 18. La última de aquellas firmas estampadas en la Proclama inflamatoria de los revolucionarios; como una paradoja del destino; resultó ser nada menos que la del propio Fulgencio Batista, el cual se rubricó entonces como “…sargento jefe de todas las Fuerzas Armadas de la República (de Cuba)”.
La agenda pública de los líderes cívico-militares proponía, entre otras demandas, aumentos de sueldo y mejoras en la vida de las clases y soldados entre otros no declarados. La privada, mantener el orden, vigilar a los oficiales y auscultar a la Embajada de los Estados Unidos, con respecto a ciertas leyes que estiman serían secundadas por el pueblo llano.
Sin embargo, el guión real oculto incluía el aprovechar la situación de confusión; la carencia de un líder civil destacado y en consecuencia, provocar la asonada cívico-militar y tomar el poder político y militar de Cuba, arrollando al gobierno opaco de Céspedes. Después, verían como se las arreglarían con el gobierno norteamericano.
Los altos mandos de Ejército y los viejos líderes políticos del Ancien Régime, andaban en un limbo, atentos a los caprichos y embelesos del Enviado Especial Exc. Benjamín Sumner Welles. Éste funcionario —quien formó parte de la estrategia global del Presidente Franklin D. Roosevelt—, debía bloquear cualquier intento de radicalizar al gobierno de Céspedes, mientras olisqueaba a los radicales.
La estrategia de los halcones
La estrategia de los halcones de Washington iba más allá del guiso fraguado en Columbia. Necesitaban a Cuba como puerto seguro, sus bases (carboneras), el niquel, cobalto y el especialísimo y estratégico “hierro de las minas de Mayarí”, entre otras bondades cubanas; al lado de las democracias y en favor de la guerra que ya se perfilaba contra Alemania e Italia y algunos gobiernos (Argentina, Brasil y Chile) que trataban de congraciarse con los nazi-fascistas. Pero la otra parte de los cubanos, ya habían urdido y puesto en marcha sus planes propios. Sólo que eran como todo los sueño, virtuales.

–Queremos –clamó de pronto en medio de la reunión, uno de los militares complotados, el sargento Pablo Rodríguez, aprovechando un inesperado impasse que abrió un pequeño hueco de silencio– que el sargento Batista hable sobre lo nuestro, nuestras demandas de mejoras en el trato.

El que escenificó la pala (llamado pre elaborado de la propuesta) era otro de los complotado, Pablo Rodríguez; el más culto de entre ellos; pero sin carisma ni habilidad para enfrentar a los reunidos. El que habló, era quien ahora apuntaba la veleta de la atención del auditorio hacia el extraño rostro oscuro y achinado de Batista, el más inteligente y decidido de todos los militares conspiradores, apostado en la mesa ejecutiva.
Éste, se ajustó la guerrera, levantó el mentón, aspiró profundo. Entonces asumió una expresión tan dura como la vista en una foto del periódico pro machadista “Heraldo de Cuba“. Se trataba nada menos que la del Duce, el líder italiano.
Advirtió, por vez primera, los deleites y sensaciones que experimentó al oír su dulce nombre resonando ante un público, que le observaba entre atónito y receloso.
Como líder, se convenció de que “ese” y no otro era instante esperado y que se la estaba jugando el todo por el todo. Porque ese y no otro, era la ocasión de su clímax. Con voz un tanto gutural e ignorando las eses, pero de verbo fácil; habló a los soldados en el idioma cuartelario y de caballerizas, que ellos entendían y los civiles no. Finalizó la arenga entre aplausos y vítores.

—Es verdad lo que dice el amigo Carbó —gritó finalmente un Batista, enardecido—, no hay que esperar más para iniciar la revolución.

Dijo lo último en un tono casi diluido entre el estruendo que ya había estallado en el salón. Entonces, pareció que el resto de todas las furias se habían desatado. Los comunistas, colados no invitados, se escurrieron previsoramente tal hacen los animalejos nocturnos. Ellos andaban en otras patrañas, temerosos de que se descubrieran sus cambalaches con Machado.
Un telefonema al cuervo insomne
En consonancia con esa madrugada del 4 de septiembre de 1933 y las horas cruciales que le siguieron, en otra parte de la ciudad, en el elegante barrio del Vedado; un telefonema despertó a un apacible ex-funcionario del gobierno machadista. Este cuervo, mensajero insomne, no demoró en vestirse de drill 100 crudo impecable, zapatos marrones de dos tonos, corbatín carmelita y sombrero “de pajita”; se sentó en el asiento trasero de su Packard Phaeton rojo y a pesar de lo avanzado de la hora, le ordenó al chófer:

—Lalo, al Hotel Nacional, ¡rápido!. Que quiero ver a Welles. Porque ya se armó la gorda.

Por entonces, el Hotel Nacional era el lugar de la residencia oficial de Benjamín Sumner Welles, quien a la sazón era de hecho una especie de pro cónsul norteamericano, cuyo poder estaba por encima del propio embajador. Éste funcionario, era el mismo Enviado Especial del State Department, al cual el cubano ensoberbecido con sus primicias andaba en ascuas y culillos, por contarle el último chisme del Asunto Cubano. Porque esas noticias es un desperdicio decirlas por teléfono, sino que se dan personalmente, para que el recipiente no se olvide de su cara.
Esa noche, allá en Nassau y antes de irse a dormir, Gerardo Machado le confió a su esposa una cuita: le confesó acerca de la altura real del Capitolio Nacional con respecto a la de Washington D.C.

—”Por eso es que no importa que los yankees no me hayan apoyado esta vez, porque yo, ya se las había cobrado por adelantado desde mucho antes. Y ahora, gústele o no, los cubanos podemos gritar que Cuba está por encima de los Estados Unidos” —le dijo al concluir en tono socarrón, como un niño que comenta sus maldades de la escuela. Pero en el fondo, Machado estaba repleto de orgullo por la zancadilla que un cubano le puso “a los del Norte”.

En cuanto Batista abandonó Columbia, instó a Urría a que lo llevara hasta la planta telefónica situada cerca de la Parroquia de Marianao. No quería seguir a la celebración instada por sus compañeros, tras disolverse la reunión y disponer de lo inimaginable para un ex-retranquero de trenes.
Además él, ni fumaba ni bebía. Era un abstenio absoluto. Y porque lo que ahora quería, era utilizar un teléfono seguro; que no estuviera interceptado por los abecedarios que andaban metidos en todas partes. Ningún lugar mejor que donde el jefe de la central telefónica, su amigo Rafael, el violinista.

—Mi amor, estamos en alzas, ganamos. Los de La Pentarquía, me hicieron jefe de todos los ejércitos de Cuba —le enfatizó a su esposa, en el tono de voz que más moderado le salió—. Así que ahora, sí prepárame los arreos y el uniforme de oficial completo, desde la gorra hasta las botas. Y quiero que todo este lustroso y brillante —exclamó entusiasmado. Claro que todavía no eran los tiempos para exhibir los oropeles ni entonar fanfarrias militares.

Fue entonces cuando al enterarse los oficiales de carrera que obedecerían a un simple sargento taquígrafo, todos y cada uno de ellos se envolvieron en furias y les comenzó el ataque de histeria rabiosa y convulsiva (y no era para menos). La cual un mes después les condujo al alzamiento militar cruento tras acantonarse en el Hotel Nacional; acción que los oficiales efectuaron el 2 de octubre de 1933.
Al rechazar las condiciones que Batista les ofreció para que se rindieran, estalló el combate; donde los rebelados también fueron cañoneados desde tierra y mar, por tropas del batallón de montañas y los marinos de dos fragatas (“Patria” y “Cuba”) apostadas en el litoral.
El combate duró unas horas, hasta que a los oficiales se les acabó el parque. Al final, los muertos de las fuerzas atacantes sumaron más de un ciento. La de los oficiales sólo un par. Batista no habían entendido que los oficiales era tiradores expertos y certeros con los rifles Springfield 30.06, algunos con mirillas telescópicas y que disparaban con ventaja por estar en las alturas del Hotel Nacional.
Para los oficiales, era como cazar conejos. Y lo peor para los atacantes, porque entre los oficiales se encontraba completo el Team de Tiro Olímpico del Ejército de Cuba. Cuando la soldadesca se enteró de la descomunal diferencia de las bajas, Batista no encontró la forma de aplacar a los soldados, ni que parte de los oficiales fueran masacrados tras rendirse.
La saga, continua.
© Lionel Lejardi. Septiembre 3, 2011
lejardil@bellsouth.net
Legacy Press

(1) El partido ABC se fundó en 1931 (como una organización secreta clandestina, de tipo celular, que adoptó métodos del terrorismo urbano para luchar contra el gobierno de Machado. Los jefes del mismo: Carlos Saladrigas Zayas, Jorge Mañach Robato, Joaquín Martínez Sáenz, Emeterio Santovenia Echaide y Francisco Ichazo Macías. Más tarde, se transformó en partido político.
(2) Participaron en el acto Julio Antonio Mella un conspicuo y respetado líder universitario quien después fue asesinado (1929) en Ciudad México D.F. por órdenes del Comintern; también participó Carlos Baliño López cofundador en unión de José Martí del Partido Revolucionario Cubano PRC), José Peña Vilaboa, pintor menor y líder obrero, además de José Miguel Pérez Pérez, Alejandro Barreiro, Miguel Valdés. También incorporaron al cónclave secreto a un polaco, Fabio Grobart (née, Abraham Grobart y con el aka de “Simjovitch”); un oscuro personaje adicto al Kremlin y el cual provenía de la Agrupación Hebrea Comunista de La Habana, y otros seguidores de la corriente stalinista. Este grupo subversivo, fundó el Partido Comunista de Cuba (PCC), subordinado según sus propios estatutos al control de la III Internacional Comunista (Comintern), mangoneada desde entonces por el Politburó del Kremlin.
(3) Mella fue inscrito con el nombre de “Nicanor Mc Partland y Diez”, puesto que era un hijo bastardo de Nicanor Mella Brea (satre dominicano) y Cecilia Magdalena McPartland Diez (inglesa nacida en Hampshire). Luego lo de “Julio Antonio Mella” es un “aka“, tal sucedió con Blas Roca Calderío, Lázaro Peña Gonzáles, Ernesto Guevara de la Serna, etc.; nombres por los que conocemos y que no son sus nombres reales. El escamoteo patronímico, es una práctica común entre los comunistas.
(4) El presidente Machado, en un gesto que algunos de sus biógrafos e historiadores interpretaron como sardónico sino claramente burlón; sugirió con delicadeza extrema a los arquitectos que “le seria muy placentero a la presidencia, si el Capitolio Nacional acusara dos o tres pies de altura por encima del de Washington D.C.”. De alguna forma no percibida por los contemporáneos, ni tampoco por los inquilinos de la Casa Blanca, la sugerencia así fue ejecutada.
(5) En el caso de la Cuba actual (antinomia excelente, parangonada con los líderes del Eje Apocalypto (ALBA) que optaron por no ser nunca presidentes transparentes) la Constitución de 1940 fue violada y hecha pedazos por sus antípodas, el Dr. Fidel Castro Rúz y sus seguidores. Éstos, desde 1959 hicieron trampas consuetudinarias a los fines de perpetuarse dinásticamente en el poder. Otros países hispanos de ideologías iguales, izquierdistas y totalitarias, continúan en sendas luminosas hacia la destrucción de sus propias naciones.
(6) Un ejemplo puede ser visto en el ver el film “We Were Strangers“, 1949 (en español, “Rompiendo las cadenas”), 1949 de John Garfield, cuyas copias (salvo una, cuentan los analistas de cine) fueron incineradas por los castristas, inmediato que se encaramaron en el poder. Trataba sobre un hecho real sucedido cuando el machadato: el intento de asesinar al Presidente Machado, cuando éste asistiera al entierro de Clemente L. Vásquez- Bello, Presidente del Senado, quien previamente había sido escopeteado y muerto por los opositores. Los Castro, temían el ejemplo de un pueblo cubano iracundo, contra un gobierno que los ciudadanos de entonces (como los de ahora) estimaron despótico y tiránico.
(7) El Dr. Rubén Martínez Villena, era abogado y en 1923 formó parte de “La protesta de los 13” contra el Presidente Alfredo Zayas. De ideas radicales, contactó con el grupo comunista de Julio Antonio Mella. Fue el defensor de este último en el juicio donde se le acusaba de terrorismo por colocar una bomba en el teatro “Pairet”. Su purga, se justificó aduciendo que estaba enfermo de tisis (murió en 1934), lo cierto era que el puesto de Secretario General del PCC era para Blas Roca Calderío, de tendencia stalinista.

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