…Thurgood Marshall vs Martin Luther King Jr. ante un dilema: ¿utilizar el Poder de la Ley o el de la Desobediencia Civil? II/III


Se cumplen 52 años de dictadura comunista en Cuba

Thurgood Marshall vs Martin Luther King Jr. ante un dilema: ¿utilizar el Poder de la Ley o el de la Desobediencia Civil?

II/III

 ANÁLISIS
The Emancipation Proclamation
En el trasfondo del conflicto, afloraba una lucha entre dos tipos de economías: una industrial-abolicionista (Norte) y otra agraria-esclavista (Sur), las cuales eran totalmente diferentes. Los sureños declararon que no peleaban sólo por la esclavitud. Después de todo, aducían, la mayoría de los soldados confederados eran demasiado pobres para poseer esclavos y no estaban motivados. El Sur estaba empeñado en una guerra de independencia que mantuviera las relaciones entre el Norte y el Sur, pero bajo entidades jurídicas, legislativas y ejecutivas gubernamentales, separadas e independientes.
Los confederados generalmente tuvieron la ventaja de pelear en su propio territorio, y su moral era excelente. Tenían magníficos soldados, especialmente la caballería; pero eran mucho menores en número que las fuerzas de la Unión del Norte ( 2,200,000 de la Unión contra 1,064,000 de la Confederación)  y no poseían ni una sóla fábrica de armas, todas las cuales incluyendo las pesadas y el resto de los pertrechos, debieron ser importados o contrabandeadas a un costo prohibitivo. Además, el Gobierno Confederado siempre estuvo a expensas del patrullaje marítimo y bloqueos de la Armada de la Unión, mucho mas numerosa y poderosa.
El algodón, tabaco y otros rubros agrícolas, no bastaron para sufragar los gastos de la guerra, luego el Sur debió recurrir a préstamos onerosos que corroían el basamento económico de los rebeldes. Al finalizar la contienda, algunos de los integrantes de las  partidas de soldados remanentes. tras el desbande del Ejército Confederado, fueron perseguidos como forajidos por las tropelías cometidas durante la confrontación.
Para librar la guerra, el Sur se financió con la exportación de algodón que embarcaba hacia Europa y el Norte, con la emisión de un nuevo papel moneda, tras rechazar Lincoln un préstamo de $5.000.000 al 12% de interés ($175,000,000 al cambio actual) ofrecido por la firma de Moses Taylor. Ambas partes suspendieron algunas libertades civiles, imprimieron montañas de papel moneda y recurrieron al reclutamiento forzoso (leva).
La prioridad que Lincoln abrazó fue la mantener a Estados Unidos como un sólo país. Tras las pérdidas iniciales de las primeras batallas, tuvo que reconocer que el desarrollo de la guerra, pudiera cambiarlo “haciendo de la guerra una batalla contra la esclavitud” y así podría obtener apoyo para la Unión tanto en el interior del país como en el exterior. Consecuentemente, el 1 de enero de 1863, segundo año de guerra, el Presidente dio a conocer la “The Emancipation Proclamation” (La Proclama de Emancipación), por medio de la cual se otorgaba la libertad a los esclavos en todos los Estados Unidos, incluyendo aquellas áreas aún controladas por la Confederación. Un golpe demoledor para la moral de los esclavistas.
Sin embargo, el ejército sureño obtuvo importantes victorias en la etapa inicial de la guerra, pero en el año 1863 su primer comandante, el General Robert E. Lee, se dirigió hacia Pensilvania. En Gettysburg se encontró con un poderoso ejército de la Unión, y así dio comienzo la batalla de mayor magnitud jamás librada en suelo estadounidense. Después de tres días de lucha desesperada, los Confederados fueron derrotados.
La marina de la Unión rápidamente impuso un bloqueo que creó grave escasez de material bélico y bienes de consumo para la población y las fuerzas confederadas. Al mismo tiempo, en el río Mississippi el Lt. Gral. de la Unión, Ulysses S. Grant, tomó la importante ciudad de Vicksburg. Las fuerzas de la Unión controlaban ahora todo el valle del Mississippi, dividiendo en dos a la Confederación y ahogando su salida al mar.
En 1864, un ejército de la Unión al mando del General William “Tecumseh” Sherman atravesó Georgia destruyendo toda la riqueza agro-pecuaria que no pudo aprovechar para sus fuerzas. En el campo, arrasó con toda la infraestructura que encontró a su paso (1). Atlanta fue cercada y capturada el 2 de septiembre de 1864.
Entonces Sherman preparó dos ejércitos (el Tennesee y el Georgia) e inició el 15 de noviembre la conocida como “Sherman’s March to the Sea” (Marcha de Sherman hacia el mar) y de esta forma se dio inicio a la decisiva  “Campaña de Savannah”, lugar por donde Sherman llegó hasta el mar Atlántico. El objetivo estratégico seguía de modo igual una acción de destrucción total de todo aquello que sirviera como soporte al Ejército Confederado, además de batirlo militarmente, se propuso desmoralizar a la población ante la destrucción sistemática de la riqueza sureña.
El ancho estimado de la franja de devastación, algunos han sugerido en unas millas. La marcha duró unos 35 días durante los cuales las tropas de la Unión, recorrieron 400 millas, escindiendo y devastando el profundo Sur. Por este modo estratégico de pelear violento y arrasador de la tierra enemiga, pero de manera exitosa, se consideró a Sherman como el primer estratega moderno en el Ejército de los Estados Unidos, al aplicar la “guerra total”. Se trataba del corte de toda la infraestructura de apoyo al ejército confederado, al mínimo de bajas civiles y militares. Los objetivos del Norte no eran las personas enemigas, sino los medios que las soportaban. Las tropas norteñas tomaron Savannah el 20 de diciembre de 1864.
Después durante la II Guerra Mundial (IIGM) , la estrategia fue copiada por los estrategas alemanes aunque con matiz propio, en su Guerra Relampago (Blitzkrieg); con la puesta en marcha del plan “Barbarosa” y su avance contra la Unión Soviética. De igual modo que los rusos aplicaron igual práctica contra los alemanes, ante la retirada de éstos.
Mientras tanto, el general Grant se batía implacablemente con las fuerzas de Lee en Virginia. El 2 de abril de 1865, Lee fue forzado a abandonar Richmond, la capital de la Confederación tras el cerco de Petersburg. Ello signific óel fin de la lucha fraticida y el fracaso del esclavismo como doctrina inviable en el mundo moderno.
Una semana después el Ejército de Virginia del Norte y su comandante, el Gral. Robert E. Lee se rindió oficialmente en la Appamattox Court House en VA, al Ejército del Potomac comandado por el Lt. Gral. Ulysses S. Grant, y así el resto de las fuerzas confederadas dejaron todas sus armas más adelante. Para algunos sectores recalcitrantes empeñados en la ideología sureña, la guerra no había concluído.
Entonces sucedió lo inesperado, porque el Viernes Santo del 14 de abril de 1865 el Presidente de los Estados Unidos; Abraham Lincoln; fue asesinado en el “Teatro Ford”, en Washington DC.; por el actor John Wilkes Booth. El complot fue descubierto en toda su magnitud y 4 de sus cabecillas fueron ejecutados en la horca, incluyendo a una mujer. En la conspiración se incluía el asesinato en el mismo lugar y tiempo, del Secretario de Estado, William W. Servard y del Vicepresidente Andrew Johnson, entre otros miembros del gabinete presidencial. Todavía el 12 de mayo de 1865, los ejércitos de la Unión atacaban remanentes confederados en Rancho Palmito en el condado de Cameron de la frontera con México, donde dichas fuerzas enemigas rebeldes permanecían activas y desinformadas, aunque ya en fugas.
Con la derrota de los sureños, los abolicionistas lograron que la ominosa esclavitud fuera erradicada de los Estados Unidos de Norteamérica y se emitieran previamente las XIII, XIV y XV Enmiendas a la Constitución; las cuales cobraron plena vigencia, igualando a todos ciudadanos de los Estados Unidos. De inmediato comenzó el período denominado “La Reconstrucción” que perduró hasta 1877, con la salida de los remanentes de tropas federales de ocupación, en los tres últimos estados del sur.
“The Compromise of 1877
Trazas de turbidez en ciertas aguas alimentadoras del contexto socio-económico imperante en los Estados Unidos a inicios del siglo XIX, no estaban clarificadas convenientemente; tal lo fueron relativamente nítidas aquellas otras límpidas con respecto a la libertad, soberanía y derechos ciudadanos. Estas inquietudes rodaban desde los tiempos del último de los presidentes “Padres de la Patria”, el Presidente James Monroe (1817-1825); las cuales condujeron a la quietud alcanzada con posterioridad, al concretarse el denominado “Compromise of Missouri” (1820), tras un debate nacional azaroso acerca de la incorporación a los Estados Unidos de este y otros posibles nuevos estado.
Por tal acuerdo se facilitó a los dos principales sectores ciudadanos en pugna, primero la inspiración y exposición de sus tesis respectivas y con posterioridad, la separación decantada de los perfiles entre los dos bandos que además, eran correspondientes entre sí. Y cierto que lo eran, porque entre ambas plataformas existían lazos comunes, como aquellos que les unían en base de lo esculpido en piedra; como el holograma de una doctrina axiomática ideal a seguir, según los filósofos y estrategas de la época, al pie de la letra.
Los fundamentos de estas figuras filosóficas se referían a un dogma extraído al parecer –porque los albores de su quintaesencia ya venían siendo enunciados desde épocas anteriores–, de la reflexión simplista de un influyente periodista newyorquino, John L. O’Sullivan, en su artículo “Annexation” (Anexión) con cuyo dogma introdujo el concepto de “Manifest Destiny(El Destino Manifiesto) (2).
Otro evento importante y de consolidación, fue el segmento de advertencia; especialmente a Europa; de que la recién proclamada “Doctrina Monroe“, pondría freno a las injerencias en América de las potencias extra continentales.
Esta premisa reflexiva del destino manifiesto, tal como reza literalmente, fue adherida erróneamente a las bases de la política exterior de los Estados Unidos como partícula no dialéctica y símbolo de un expansionismo natural (endógeno) reinventado en el siglo XIX. Este movimiento consistía en aceptar el engrandecimiento de la nación norteamericana y su despegue hacia el lugar primado y hegemónico en el devenir internacional y mundial, dominando los territorios desde al Atlántico hasta el Pacífico. desde Canada hasta México.
Recordar que se trataba de un Nuevo Mundo y sus sociedades autóctonas plantígradas que olisqueaban finuras, pero a la vez receloso del donaire subyugante en las frivolidades del Viejo Mundo europeo; entonces enervado con los aromas culturales y de indudable refinamiento de las viejas pero eficaces, estructuras monárquicas. Una contrapartida contemporánea es el exitoso “american way of life“, tan ansiado por las democracias actuales afines a Norteamérica, como envidiado por las aberraciones tercermundistas que nos rodean en pleno siglo XXI.
No se trataba, por supuesto, de los intentos de cortes aristocráticas fantasmas y sus consecuentes payasadas fraudulentas, como las montadas efímeras en Centro y Sudamérica por riadas extraviadas de la criollera con levitas, también algun que otro extranjero confundido, que umbilicaban sus nexos con la matriz de turno tras el desorden dejado en Europa por los empiristas napoleónicos. Porque los descendientes de los pilgrims del “Mayflower“, sin embargo, pensaban de otra forma menos ditirámbica y por el contrario, tan lógica como práctica.
No obstante, todo lo concerniente a las realezas europeas de existentes tal como sucede ahora; resultaba espejo de modales, modo de vida y estándares tales como sucedió con el relevo de las casas aristocráticas por parte de la familias de las pequeñas y altas burguesías criollas, a veces incultas y sin modales. Desconocedora del savoir vivre (saber vivir) y por lo general sin historia ancestral, educación formal ni linajes de origen noble (los “Don” y “Doña” y sus versiones en otras latitudes) pero forradas con medios de fortuna cuantiosos. Un maná no divino y sí terrenal, devenido logro de la revolución industrial, del “laisser faire, laisser passé” (dejar hacer, dejar pasar) del capitalismo y el libre comercio y empresas con la consecuente rebaja en los aranceles.
Sin embargo, por este dogma del “Destino Manifiesto” y acuerdo entre las partes, cuyos sustentadores más audaces continuaban conviniendo en que aquel menjurje era por “mandato divino”; se estableció una línea virtual a partir del paralelo de los 36º 30′  hacia el Norte geográfico, donde quedaba prohibida la creación de estados esclavistas e incremento de toda forma de esclavitud. Por lo tanto, dicho “compromiso de Missouri” delimitó por el momento la frontera de contención entre los estados esclavistas y los abolicionistas.
La determinación por parte del Gobierno Federal de asumir los riesgos de esta decisión salvadora, para cercar pacíficamente los ímpetus sureños hacia el desborde de la servidumbre productora; resultó fructífera para el gobierno central; el cual sondeaba incesante la magnitud y fuerza de los bandos a favor y los en contra de la esclavitud. Y además, establecía los límites geográficos para bloquear cualquier pretensión de los esclavistas hacia nuevas tierras en el oeste y sudoeste de la nación.
Por decantación resalta la deducción no vinculante de este ajuste interno, con pretensiones “imperialistas” supra continentales, siempre achacadas a los Estados Unidos por sus enemigos. Los que eran simples litigios locales, elevados a la categoría de conflictos alejados de las fronteras de los Estados Unidos.
Ahora se trataba de las intenciones de uno de los grupos integrantes de ambas fuerzas políticas y económicas, en primicias el Norte industrial; el cual proponía utilizar el barro del destino manifiesto para instrumentar los utensilios civiles, militares y morales adecuados; a los fines de construir una nación y sociedad, nuevas y democráticas y sólidas. Mientras la otra parte, el Sur agrícola; se ofuscaba tozudo en estructurar con el mismo barro figuras alegóricas que sustentaran toda una gama de criterios justificativos, del por qué unos ciudadanos tendrían el derecho ser los dueños absolutos de otros hombres bajo su amparo.
Luego, para estos últimos estamentos, el criterio infería que la esencia del destino manifiesto no era sólo una estrategia político-económica exclusivamente exportable y de uso continental, sino también de aplicación doméstica en lo concerniente a lo socio-económico, la cual imperaría en los territorios de la después denominada Confederación.
El miedo de Micaela al “¿en qué y en cuánto?”
Por lo general, los remanentes de la veterana “Doctrina Monroe“, casi fuera del juego durante un tiempo; desarrollaron un miedo convoyado con la incertidumbre, dada la proposición de trazar un rasero igual para todos los ciudadanos hacia el nuevo estilo igualitarista de libertad plena y democracia; enunciado y sustentado por y desde Washington; cuyo basamento yacería de manera absoluta en la Constitución a la cual, sabiamente y de acuerdo a las circunstancias imperantes, se le colgarían “perchas”, las que denominaríamos Enmiendas Constitucionales.
La cuestión primordial afloraba en determinar, “¿en qué y en cuánto?” serian capaces los libertos y manumisus de asimilar el american way of life, imperante al Norte del paralelo 36. Una interrogante sin respuesta inmediata la cual ya formaba parte del sinnúmero de incógnitas revoloteantes en la mente colectiva de la antigua sociedad sureña.
Todo este intríngulis aparecía en lontananza, mientras se evidenciaba el nacimiento de un solar al que estamentos influyentes del acontecer diario; en el Norte; preferirían arquetipos polivalentes de una ciudadanía virtual monocolor y daltónica, sin atender a consideraciones étnicas. Tal figura de paráfrasis social inyectaría júbilos en las filas abolicionistas.
Ello estuvo en consonancia manifestada de manera igual, inmediato que los Confederados perdieron la guerra y con ello toda iniciativa, adocenados en sus rincones involucionistas ancestrales; mientras los republicanos de la Unión, asumieron ipso facto todo el control militar y político del Sur Profundo.
Además, sobre los estados sureños pendía ahora inmutable el problema de la esclavitud, un asunto no catártico para la eliminación de recuerdos malos, porque la presencia de la esclavitud no era un pretendido mal sueño virtual sino real.
Aunque la misma (en teoría) seria demolida gradualmente (en ello se basaba uno de los errores de la tesis abolicionista) por la implantación bona fide de la XIII Enmienda y las otras enmiendas reparadoras, no colaterales, emitidas tras el fin de la Guerra de Secesión. Ello era insustentable para los escépticos, aunque les adornaran valores nacionales como los enunciados en las proclamas de un gobierno federal unido y con el liderazgo sobre toda la inmensidad de nuestro país.
Eran los norteños, vencedores contra los restos calcinados de la entente sureña, herida y destrozada por una guerra atroz. La Unión, en una ilusoria realidad retroactiva hasta el día anterior en que se inició la conflagración secesionista; volvía a sus causes como el definitivo Gobierno Federal de los Estados Unidos de América; ya afianzado tras una guerra civil indeseada y ahora, nuevamente, conducido por el poder central de aquello que dejó de ser “la Unión”, retornando a su cause lógico.
El país entero, sin desmembramientos, retornaba de la sacudida provocada por la guerra; renqueando cojeras, heridas, cóleras y los dolores propios del conflicto fraticida desolador. Y lo más ansiado en el futuro mediato, ser una unidad integral aunque todavía no monolítica. Porque durante la etapa de la pos guerra, la conducción de los estados sureños bajo un control compasivo del Norte hacia el antaño enemigo, había extenuado sus valores.
Valga que aquella parte de los estados sureños, aun con fuertes delirios revanchistas (que por suerte, nunca se materializaron); ya habían arribado hasta un punto de tolerancia mutua, puesto que moralmente eran indefendibles con argumentos ya quebrados y con las tropas federales de ocupación acampadas todavía en varios de sus territorios.
Grant: “Primero legitimar al presidente Rutherford B. Hayes y después, la retirada de las tropas
Por otra parte, en el sentir del Presidente de los Estados Unidos en funciones, Lt. Gral. Ulysses S. Grant, el costo del mantenimiento de las tropas se hacia insostenible para el gobierno federal y los propios de los estados, enfrascados aun en rehacer sus patrimonios. Dado que además esas tropas, eran requeridas para asegurar y proteger la expansión hacia el oeste y sudoeste, mientras se mantenía vigilante al sur. De igual modo, se trataba de solidificar las relaciones con la población local dentro de un marco apropiado, que insinuaba amenazas con desatar conatos de inconformidades.
También era ostensible que en el espíritu del presidente Grant, su equipo de gobierno y el partido republicano, urgía una solución negociada entre las partes, pero ahora entre norteamericanos, no sureños y norteños sin importar la latitud y longitud de sus capitales respectivas.
Todo el cúmulo de problemas, fue conformando aquello que posterior a la inmersión de vencedores y vencidos en la tina de los reclamos, casi hasta tocar fondo; devino preludio mágico de los acuerdos a los que arribarían, por el llamado “The Compromise of 1877″  (Compromiso de 1877) (3). Un ente de acuerdos políticos puramente verbales, en cuyo pacto se establecieron de manera teórica los pasos a dar por el Partido Demócrata de los supremacistas sureños; influyentes en casi todos sus estados, aunque derrotados en las elecciones de 1876 por la irrupción del voto negro; inmediato que las tropas federales acantonadas en sus predios, abandonaran los asentamientos respectivos.
La cuestión de los negros flotaba sin mayor sustentación que los buenos deseos de los abolicionistas locales, que no eran muchos. Las tropas de la Unión, ya sólo vivaqueaban en Florida, Carolina del Sur y Louisiana, aunque ya en proceso de retirada. Si bien las denominadas “Leyes o Códigos Negros” (1800-1866), sostenidas aún de trasmano por un número apreciable de los terratenientes; todavía en poder de la tierra; no era menos cierto que las Décimotercera, Décimocuarta y Décimoquinta Enmiendas ratificadas en 1865, 1868 y 1870, respectivamente; o sea emitidas entre 1865-1870, ofrecían una sombrilla protectora incipiente a la recién emancipada población negra, repleta ahora de libertades, derechos de hacer y deshacer, movimiento y oportunidades ilimitadas para hacer negocios, tal y como les viniera en ganas dentro del marco de las leyes, la moral y la decencia.
Tanto los sureños como los norteños blancos, coincidía en que los millones de negros emancipados, no disponían del background que deja la experiencia civilizada ejercitada por siglos; ni la voluntad de entender la verdadera magnitud significativa del ser ciudadano con derecho al voto (un acto desconocido para los emancipados), moverse y estrenarse como otros ciudadanos más; por el simple hecho de disfrutar de la libertad con la cual fueron equiparados, a sus antiguos amos esclavistas.
Aunque nunca fue considerado así, ciertos sectores de la capa femenina blanca sureña, en un reflejo humanista casi igual al de las norteñas –en especial las mujeres de profunda religiosidad–; estimaban de buena fe y con misericordia extrema de acuerdo a las Escrituras; que el debut de los emancipados en el concierto de las personas libres; vivir en sociedad; alejados de la seguridad relativa del paternalismo de los antiguos amos blancos, les crearían y acarrearía confusiones extremas.
Sucede que este punto de vista, piadoso pero no práctico, no contó con los viejos sentidos ancestrales individuales de la libertad inherentes al bicho humano y su poder de adaptación al nuevo hábitat, porque también dominaban el idioma, cualquiera que fuera su entorno.
Ciertos acuerdos fueron concertados finalmente entre el gobierno federal y las distintas representaciones de los gobiernos estatales. Estos acuerdos preveían, entre otros, el retiro de las fuerzas federales, incluir un sureño como miembro activo en el gabinete de Hayes, la construcción de un ferrocarril transoceánico que partiendo de Texas llegara al Pacífico, con vistas al comercio de sus productos con el lejano Oriente y sentar las bases de la industrialización del sur.
Lo del ferrocarril, nunca se materializó. Y esta última, la industrialización, ensamblando a paso lento con la mentalidad de los potentados ex esclavistas —ahora sin los fondos, para capitalizar en las aguas turbias de la pos guerra, engullidos estos por la guerra civil— y sin preparación cultural en los asuntos de los negocios vinculados a la industrialización. Algunas fuerzas salvaban el escollo, aquellos líderes cuyos negocios agrícolas o industriales estuvieron, más pegados física o colindantes con los estados industrializados del norte.
Controversia de las “Leyes de Jim Crow” con la “Ósmosis exgénita contractual
Se trataba de la pretendida y no menos deseada, que denominamos: ósmosis exgénita contractual. En realidad, los estados del sur inmersos en nostalgias deseaban retrotraer la Historia y volver a su antiguo status segregacionista y lo principal: aprendida la lección, constituir el denominado “Sur Sólido”, que conocimos underground hasta mediados del siglo XX (1954).
Resultaba también de vital importancia para los republicanos, el incluir la “no reacción disociadora y de filibusterismo” amenazada por los demócratas contra el candidato presidencial republicano electo en las anteriores elecciones de 1876, Rutherford B. Hayes, los cuales estaban inquietos en el litigio por 20 votos electorales confusos y que nadie sabía a donde habían ido a parar.
Luego, ambos partidos convinieron en que se proclamara a Hayes, como Presidente de los Estados Unidos de América, a cambió del retiro de las tropas federales de los tres territorios sureños restantes, entre otros acuerdos. En esencia, y bajo la martingala nacional de la pos guerra, los del sur ansiaban retornar a los gobiernos locales civiles y quitarse de encima la vigilancia del gobierno militar federal.
Esta especie de “Pacto entre Caballeros” (en realidad entre los líderes de los partidos Demócrata y Republicano) se concluyó a puertas cerradas, sin consultar, invocar o involucrar al Congreso; de cuyo evento (a saber) no existen documentos algunos que lo detallen; salvo lo conocido a través de las palabras de honor empeñadas por ambas fuerzas, en no pelear nunca más utilizando la fuerza.
Tales pasos resultaron cómodos a los demócratas, de manera que el control de cada estado pasara de inmediato a manos de sus líderes y fuerzas políticas “demócratas” (redeemers) o bourbon democrats (4) y a aquellos republicanos, con suficiente fuerza electoral.
Una de las consecuencias inmediatas resultó en la apertura a las fuerzas intolerantes, en algunos casos, ansiosas de reinstalar las denominadas “leyes de Jim Crow(5) u otras camufladas, las cuales se afianzaron entre 1876 y 1965; pero irremediablemente tardías para el daño causado, fueron desmanteladas a posteriori con la promulgación de la Ley de los Derechos Civiles en 1964 y la Ley de Derecho al Voto en 1965. Recordar que en algunos estados, hasta 1965, los negros no tenían derecho al voto directo o lo poseían de manera parcial.
Los demócratas, se mostraban ansiosos de tomar nuevamente las riendas de los poderes estatales, en busca de reedificar su supremacía económica y política anterior a la derrota. Claro, que con las uñas limadas por las Enmiendas en cuestión. De manera sistemática, cada estado sureño inició el repunte de su economía y con ello, bordeando las leyes aperturistas de los derechos civiles producto de la guerra civil, promulgando las de su cosecha propia.
El propósito abierto de algunos, era en beneficio del aumento de sus prerrogativas y resentimientos contra los estados de la fenecida Unión y sus aliados durante la guerra civil. Con el “Compromiso of 1877”, se finalizó la era de bonanza y respiro de los aires de libertad y dignidad, conocida como “The Reconstruction” (La Reconstrucción), desarrollada por el gobierno de la Unión, entre 1863-1877.
Es tener en cuenta que desde 1875, el Congreso de los Estados Unidos, había aprobado la “Ley de los Derechos Civiles”, la cual fue refrendada por todos los estados. Aunque más tarde, buena parte de estos logros fueron desmontados subrepticiamente a partir del fin de “La Reconstrucción” y el retiro de las tropas.
El “Comité des Citoyens de New Orléans” y Plessy, un inconforme que encontró la horma de sus zapatos
En la realidad contractual, hasta inicios de la última década del siglo XIX, los negros y el resto de las minorías disfrutaron del placer de hacer lo legítimo que le viniera en ganas a cualquier hombre libre, cabal y decente. Corriendo 1890 todo cambió abruptamente para los negros, por la ya emitida Law 111, la denominada “Separate Car Act” o también “Law of Separate but equal“, por parte de la legislatura del estado de Louisiana, de obligatorio cumplimiento en todos los ferrocarriles de ese estado.
O sea la separación de los pasajeros de los ferrocarriles en blancos y negros (en realidad de los colored people, el melting pot de los “no-blancos” donde se incluían los negros, indios (nacionales y extranjeros), mestizos, asiáticos, medio orientales, etc. y el resto de las minorías no-blancas, o sea, cada uno de los dos grupos raciales serian puestos en sendos vagones separados, lo cual significó una brusquedad contra los derechos civiles.
Estos movimientos gubernamentales estremecieron a las minorías, de donde un grupo de notables criollos de New Orleans, entre los que se destacaban ciudadanos negros y de otras razas; de recursos y posiciones coincidentes; sintieron temores reales de las leyes caprichosas, mal pensadas y sin objetivos sociales y las que suponían haciendo fila en las gacetas oficiales. De este modo fundaron el denominado “Comitte to Test the Separate Car Act” (Comité para vigilar el “Acta de vagones separados”) creado para detectar los posibles atropellos causados por dicha Law 111. Según el “por cuanto” inicial, la ley rezaba en un tono literario de ironía abierta.

“Acta para promover la comodidad de los pasajeros en los ferrocarriles de Louisiana”

Este documento y sus 13 fatídicas palabras, fueron el inicio. Recordar que durante toda la historia del sur de los Estados Unidos, un sinnúmero de blancos pobres (ejemplo, los crackers de la Florida, Louisiana y otros estados, los cuales sobrevivían enterrados en los bosques y pantanos), estaban excluidos y marginados de los beneficios de la ciudadanía; no tenían derecho al voto, a ser elegidos como jurados, puestos públicos, etc. y permanecían casi desprotegidos por los tribunales. La Law 111  fue el motivo principal de la gestión del Comité des Citoyens de New Orléans, sin que fuera la causa principal del conflicto, aunque resultó su detonante.
Homer Adolph Plessy, un artesano local manufacturero de zapatos finos y de ascendencia afrofrancesa no parecía estar muy alejado —y así quizás lo presentía— de que los inicios de ese verano de 1892; no entrarían como los anteriores y que tampoco les serían buenos y sustanciosos a él, ni al resto de los ciudadanos norteamericanos preocupados por las nuevas circunstancias prevalecientes a raíz de la ley sorpresiva, Law 111, emanada desde la legislatura estatal. Porque ya las otras minorías y los negros se sentían renqueando cojeras espirituales y decepcionantes al ver sus derechos civiles, evidente, violados de manera consuetudinaria.
Plessy, a causa de la situación racial imperante en New Orleans, se sentía moralmente y de hecho; atropellado en sus derechos civiles, como el resto de los ciudadanos clasificados como “negros” y también por ser un activista de los derechos civiles y escolares. Tales derechos fueron difumados silenciosamente, aunque en el papel estaban garantizados por las XIII, XIV y XV Enmiendas de la Constitución de los Estados Unidos vigentes antes de 1890.
Lo curioso es que este ciudadano “negro”, no lo era tal ni parecido como se concibe. Sino que se trataba de un individuo alto y distinguido, percibido por cualquiera de su tiempo como blanco por sus rasgos; pero que sus coetáneos conocidos lo estimaban (o él se declaraba per se) de la raza “negra” en base de una medida racial “científica” de la época, además de idiota.
La cosa era que tener en la masa sanguínea un octavo o más de ascendencia negra, era condición sine qua non para ser considerado como afroamericano, indoamericano, sinoamericano, nipoamericano, etc. En su caso él , Plessy, era clasificado como ” 7/8 blanco” o sea, de los denominados octoroon, de acuerdo a la terminología “científica de las razas” (muy impregnada del darwinismo) empleada en esa época.
Homer, en unión de otros negros dispuestos a pelear por los derechos obtenidos desde el final de la guerra civil; especialmente los estipulados en la Décimotercera y Décimocuarta Enmiendas, fueron seleccionados por el Comité des Citoyens de New Orléans para montar una provocación contra las autoridades de New Orleans, con vistas a tener (apelación tras apelación) acceso a la Corte Suprema de los Estados Unidos, donde se batirían por anular todas las “Leyes de Jim Crow” existentes y en especial, aquellas que pecaran de inconstitucionales.
Se refería a una acción de protesta (desobediencia civil, la misma enarbolada por Henry David Thoreau y más tarde adoptada en su activismo por los derechos civiles por Martin Luther King Jr.) coordinada por este Comité a los fines de llamar la atención sobre el alcance tremendo, deteriorante de los derechos civiles, pero sin otras connotaciones de rebelión o uso de la fuerza. Sucede que desde cada rincón, asomaban orejas las denominadas y conocidísimas “Leyes de Jim Crow“, temidas aunque lo fueran de jure no de facto y que apuntalaban presagiosas la segregación racial.
En buena lid, cualquier otro grupo de ciudadanos sujeto a tales tensiones, habría obrado defensivamente de forma igual, por supuesto dejando claro que utilizarían medios pacíficos. Ello asevera que el posterior “caso Plessy vs Ferguson“, histórico, no fue obra de la casualidad.
Se intuía, de seguro, que eventos violentos de igual tipo sucederían en cualquier momento; los cuales no se podrían controlar si detonaba un conato de violencia impremeditada, tal como los organizadores del evento tenían previsto y así ir acumulando pruebas.
A tales fines, dicho Comité hizo colectas y recaudaron $1412 (al cambio actual, suponen unos $33,716). Se localizó a uno de los abogados notables en la defensa de otras personas discriminadas, el republicano radical y neoyorquino Dr. Albion W. Tourgée, para que se encargara del caso. Sin embargo este jurista asumiría la responsabilidad más tarde, gratis (o, pro bono). Del mismo modo dicho Comité alquiló los servicios de un detective privado, Chris C. Cain, el cual efectuaría la detención simbólica de Plessy en plena vía pública y así comenzar a matizar de veracidad el show.
Todo ello, impulsó la acción con el propósito de llamar la atención acerca de esas leyes injustas, en especial la Law 111 o “Law of Separate but equal” la cual per se detonó la problemática. El Comité pretendía lograr su derogación en los tribunales, por su estimada inconstitucionalidad y racismo; exacerbadas injustamente con el fallo negativo contra el caso Plessy estaría destinado a jugar un papel fundamental, indirectamente, en la solidificación del que después fueron el conjunto de leyes estatales que vigorizaron y establecieron, ipso facto, la legalización de la “segregación racial”.
El candidato a prisión estaba instruido de ejecutar cuatro tareas: comprar el boleto, subirse en el vagón de los blancos y sentarse, anunciar a viva voz su raza en el vagón y dejarse prender y presentado ante el juez, por manos de la “policía amiga”: representada en la figura de Chris C. Cain.
¡Coño, dije que soy un octonoon…, un carajo de negro!
Esa tarde del 7 de junio , 1892, Plessy se arregló el cabello y se afeitó en la barbería cercana y después, ya en su habitación, se acicaló meticulosamente con lo mejor de su ropero dominical, joyas, afeites y perfumes; algunos facilitados en préstamo (o alquilados en Paw Shops) por el Comité, ante la mirada atónita de su esposa, Louise Bordenanve.  Homer, se vistió con ropa interior de hilo y camiseta “PR” de mangas cortas (las de tres ojales al frente) y le montó su ristra de botones de oro 24k (romboides), con sus iniciales grabadas en relieve.
La camisa de seda con mangas y yugos del mismo metal, de color purpura brillante al tornasol morado (el color punzó, que tanto gustaba a los “negros curros” cubanos) y se adornó con la inevitable cadena gruesa y crucifijo de oro con brillantes colgados por fuera de la camisa, igual que la leontina del chaleco. El traje blanco de fino “dril 100” cerrado al frente con pañuelo de igual color al de la camisa y botines de tacón alto con broches en los costados. Por haberlos elaborado por el mismo, como zapatero, su mayor orgullo.
La estampa, cerraba con un ‘jipijapa” semiduro de ala ancha, de los tejidos por las ecuatorianas debajo del agua. La cuestión se basaba en inspirar respeto e impresionar a los espectadores, para que no olvidaran el hecho. Cuando se miró de cuerpo entero en el espejo, exclamó:

Negrón, estás “pasa’o’e’rosca” —le dijo a su imagen, burlón, con voz fuerte; porque su figura de seis pies dos pulgadas, le daba un porte impresionante. Louise, lo miró con la boca abierta y pensó: “¿En verdad, será éste mi marido?”.

Pero no, lo de “negro” era lo que menos le pegaba; porque Plessy era una especie de “jaba’o blanconazo” (en la jerga inglesa, “light-skinned colored people“) con un fuerte componente de francés blanco, perfectamente confundible con un comerciante o terrateniente adinerado de paso por la ciudad. Las instrucciones que recibió como parte del programa que el Comité solicitó de Homer Adolph Plessy, éste las cumplió al pie de la letra. Avanzaba, como un optimista loa “El elogio de la tristeza“, hacia la boca augusta y pletórico de esperanzas.
Exacto, y precisamente por esas razones fue el elegido por el Comité para ejecutar la acción; algo vedado a los afroamericanos si intentaban siquiera pasar a la zona de los blancos en la estación o apeadero elegido. A él no. A él, no habría quien lo parara y bajara del tren. Y Plessy se sintió en verdad como un potentado y también fue escogido porque no tenia hijos, dado que existía peligro potencial de muerte a manos de algún exaltado.
Después, Homer tomó uno de los “Coches de Rúa” aparcados alrededor de la Fuente de la India y ordenó al cochero que lo condujera a la Estación Terminal del Ferrocarril del Este. Allí, compró un boleto de primera clase hacia Covintong (hoy una ciudad pujante) para los vagones reservados a los ciudadanos blancos, subió al vagón y se sentó orondo en uno de los cómodos asientos.
Entonces fue que se regodeó a sus anchas. La cosa comenzó, de acuerdo al guión, en el momento en que se le acercó el conductor para poncharle el boleto. Entonces, todo se volvió color de hormiga. Homer escuchó las lejanas cortesías intercambiadas entre el conductor y los pasajeros, cada vez que éstos entregaban sus boletos y les eran devueltos por el empleado.

Buenas tardes señor —le dijo el conductor a Plessy, en tono amable, quien lo miró fijamente y le entregó el boleto. El empleado ponchó el cartoncillo y se lo devolvió. El hombre miró a Plessy, un pasajero no habitual, y le sonrió.
Gracias señor, es usted muy amable y que pase una muy buena….
—¿Sabe usted, mi señor conductor —le interrumpió Plessy en un tono serio—, que ni son ni serán buenas las tardes ni las noches que pasaré?
Disculpe, señor, pero no entendí muy bien.
Pues es exactamente así como lo oyó. ¿Y sabe usted porque? —le inquirió Plessy .
No, señor, ni me imagino y lo lamento —contestó el conductor, ahora más confundido.
Plessy le hizo conductor un gesto con el índice para que se le acercara. Y el hombre se inclinó ligeramente sobre él. Entonces, le susurró para que nadie más escuchara.
Porque yo soy un “octonoon”, sí, un “octonoon de mierda”, legítimo y además, perfecto —dijo Plessy.
—¿Un que?, y usted me dispensa, señor —atinó a balbucear el empleado, sin atenerse a entender aquella situación.
—¡Coño, dije que soy un “octonoon” o sea, un tipo que es solamente siete octavos de blanco…, o sea, un carajo de negro. Mire mi pasión! —gritó Plessy y se quitó el sombrero, mostrando el pelo hirsuto, para que todos le vieran y escucharan—. Y yo no creo en eso de vagones separados para blancos y negros. Yo pagué por mi boleto con el mismo dinero que pagan los blancos y me siento aquí por mis reales coj

De inmediato, el resto de los pasajeros se viró hacia el hombre alto, apuesto y vestido con elegancia relativa; a quien unos minutos antes vieron entrar al vagón y acomodarse, ahora sentado en el mismo medio del vagón. Todos, sin excepción, reflejaron en su rostro la sorpresa que quizás jamás habían experimentado en su vida. Un par de niños en el otro extremo del vagón rieron de lo que estimaban una broma, mientras las damas candorosas les tapaban lo oídos.

Señor, me desanima su actitud. Usted no puede, usted no debe hacer eso ni expresarse así, es contra la ley. Y usted debe cambiarse de vagón, por favor.
—Yo no tengo nada que hacer allá y aquí, me quedo —respodió Plessy, desafiante.

El conductor, aterrado dio media vuelta en busca de su supervisor. Al retornar con su jefe, ya con más confianza y aplomo en sí mismo; también porque le acompañaba otro hombre fornido que se le apareció de la nada: el detective privado “amigo” Chris C. Cain. Plessy fue sacado de la estación, a regañadientes y en la vía pública, detenido, esposado y conducido hasta cárcel de la St. Tammany Parish (Paroisse de Saint-Tammany), donde quedó encarcelado. Al día siguiente, salió libre después de pagar (el Comité) una fianza de $500.
Como era de esperar, Homer Adolph Plessy compareció un mes después ante el juez John Howard Ferguson en la “New Orleans Parish Criminal Court”. Ya frente al juez Ferguson, Plessy se quejó de que el estado de Louisiana había violado sus derechos amparados en la Décimotercera y Décimocuarta Enmiendas.
Ferguson estimó que el estado de Louisiana estaba en el derecho de dictar ordenanzas a los ferrocarriles que operaran dentro del estado de Louisiana y que dicha enmienda sólo era válida en asuntos gubernamentales, no entre particulares. Fue multado en $25 por infringir la ley.
Homer Plessy se negó a pagar la multa y en unión de sus abogados, apeló a la Corte Suprema de Louisiana, la cual también le denegó la demanda y desestimó el caso por “no ha lugar”, solidarizándose con el dictamen del juez Ferguson.
Como el hecho no resultó de un “arresto por vagancia”, Plessy tuvo el derecho de apelar a la Corte Suprema de los Estados Unidos. Los abogados de Homer A. Plessy prepararon sendos recursos de apelación en nombre de Plessy, uno firmado por Albion W. Tourgée y James C. Walker y el otro por Samuel F. Phillips y su socio legal F. D. McKenney.
El 13 de abril de 1896, transcurridos cuatro años, la demanda fue presentada en la Corte Fuller (entonces presidida por el magistrado Melville Fuller) y escuchada por dicho tribunal. El 18 de mayo de 1896 esa instancia emitió su decisión, rechazando la queja por motivos iguales de “no ha lugar por carecer de fundamento”, derrotada por una votación de 7 a 1.
El voto en contra fue del magistrado John Marshall Harlan, curiosamente, antiguo propietario de esclavos pero crítico del Ku Klux Klan. En el documento del veredicto mayoritario y sus razones, el magistrado Henry Billings Brown, designado speaker, lo redactó interpretando las opiniones de sus colegas, donde los jueces alegaron que:

La Décimo Cuarta Enmienda, nunca pretendió hacer cumplir la igualdad social. Consideramos la falacia subyacente del argumento del demandante que consiste en la asunción de que la separación forzosa de las dos razas marca a la raza de color con un distintivo de inferioridad. Si fuese así, no sería por culpa de nada (intencional u ofensivo) que hubiese en el acto (de la discriminación por razas) , sino sólo porque la raza de color elige imponer esa connotación sobre sí.

La Corte consideró que no existían diferencias entre los vagones asignados a cada raza y por lo tanto,”no había lugar para acoger favorablemente la petición de violación de la XIV Enmienda” y por lo tanto: la Corte Suprema coincidía con los veredictos de las cortes inferiores. Sin embargo, existían diferencias marcadas, en algunos casos notables, de la calidad en el resto de los servicios públicos como bebederos, baños, urinarios, parques, bibliotecas, escuelas y otros.
Pero estos colaterales no eran el motivo de la queja. Por primera vez, la Corte Suprema de Justicia de los Estados Unidos, advertía a todo el país que la “segregación por causa de la raza, con igualdad de derechos, estaba legalizada por la ley. Entonces devino el desastre nacional para los negros y el resto de las minorías.
De igual modo devino golpe devastador sentimental para los historiadores anti segregacionistas románticos (contemporáneos), entender que el caso de Homer Adolph Plessy en su litigio iniciado en 1892 por un oscuro ciudadano en una corte desteñida en lo más recóndito del corazón del sur; contra el estado de Louisiana; resultó de la fabricación de un caso artificial articulado como estrategia defensiva de sus derechos, por el Comité des Citoyens de New Orléans.
Este Comité
, provenía del antiguo Free People of Color of New Orleans, modificado. O sea, se preparó un guión de lo que “se quería que sucediera de manera forzada”, a fin de contar con un leitmotiv (un estímulo reiterante como en las obras teatrales de Ionescu y Beckett, la reducción al absurdo) y así fundamentar una demanda sólida y real contra las injustas leyes segregacionistas existentes.
Con frecuencia casi religiosa, la historología contemporánea presentada el caso envuelto con el halo romántico de un David èpico (Homer Adolph Plessy), enfrentándose a un Goliat perverso (la burocracia del gobierno de Louisiana y los ferrocarriles, que con certeza se comportaban como tales); cuya respuesta ante las quejas del ciudadano, fue pisarlo inmisericorde tal si fuera un bicharraco.
Sin embargo bajo un análisis crítico, los estudiosos y expertos en la idiosincrasia y espíritu de las leyes; atenidos estrictamente a los hechos y alejados de partidismos y sectarismos raciales, políticos o religiosos; lo consideran fríamente como una provocación deliberada (en esencia una conspiración) articulada por un grupo de ciudadanos privados de New Orleans, los cuales estaban tan enfurecidos como temerosos, de las leyes injustas vigentes y de las que inexorablemente estimaban, se les vendrían encima, todas inhumanas y reprobables.
En la realidad objetiva, el caso promovido por Homer Adolph Plessy contra el estado de Louisiana, resultó un fracaso total desde el punto vista jurídico (no por contenido sino por chocar con los intereses creados) y sus consecuencias segregacionistas fueron endurecidas no solamente a los ferrocarriles, sino extendidas al ámbito social y cultural, nacionalmente.
Ese día nefasto, América se enteró de que las “actividades relacionadas con la segregación racial no eran objetables, dado que estaban legalizadas por la Corte Suprema de los Estados Unidos, a partir del 18 de mayo de 1896.
No obstante el traspié eventual, con el acto de protesta promovido por Plessy; bajo la égida del Comité; entre otros efectos beneficiosos, se logró sacar del anonimato virtual al plano real y público, toda la urdimbre subyacente en las desigualdades ciudadanas. Se este modo, se preparaba así también el camino para desarrollar otras tácticas y estrategias, tal como hicieron ya en pleno siglo XX, Thurgood Marshall, Martin Luther King Jr. y otros activistas por los Derechos Civiles.
En este punto y decantados los líderes que auspiciaban abiertamente la confrontación con el status quo legal (gobierno y sus instituciones, incluyendo aquella parte de la sociedad de ideas diferentes a las de los abolicionistas) veríamos aflorar dos corrientes pacifistas, las cuales convergieron en un punto dilemático. Tales fueron específicamente las lideradas y esgrimidas como estrategias por Thurgood Marshall y Martin Luther King Jr.
El desenlace final de cada estrategia adoptadas respectivamente por estos líderes anti segregacionistas, tuvo sus frutos o fracasos definitivos a partir de segundo decenio del siglo XX próximo pasado. La una (de Thurgood Marshall), dirimida exitosa en la apacible santidad de las cortes; mientras que la otra (de Martin Luther King Jr. y otros líderes de ideas coincidentes) se ventiló entre luctuosidades encrespadas y en medio de las siempre infaustas trifulcas callejeras.
La saga continua.
© Lionel Lejardi. Mayo, 2011
lejardil@bellsouth.net
Legacy Press

(1)     Sherman, en su ofensiva capturó y atravesó Atlanta. El episodio fue motivo del film “Gone with the wind” (Lo que el viento se llevó), basado en la novela homónima de Margaret Mitchell, dirigida por Victor Flemming (1939) protagonizado por Clark Gables y Vivian Leigh.
(2) La frase “Destino Manifiesto” apareció por primera vez en un artículo que escribió el periodista John L. O’Sullivan, para la United States Magazine and Democratic Review de Nueva York, en su numero de July/August 1845. En su artículo, O’Sullivan explicaba las razones de la necesaria expansión territorial de los Estados Unidos (por destino manifiesto y mandato de Dios) y apoyaba la anexión de Texas y Oregon, una política expansionista a la cual se opusieron Henry Clay, Daniel Webster, and Abraham Lincoln (wik) .
(3)    También fue conocido como “Corrupt Bargain“. No tienen por qué ser vinculado al “Compromise of 1850“, un intrincado despliegue de acuerdos relacionados con la “operación y gobernabilidad” de los nuevos territorios ganados (California, Texas y Nuevo México) tras la guerra con México, límites de los nuevos estados, la esclavitud (Compromise of Misuri de 1820), etc.
(4)    Los bourbon democrat, (demócratas bourbones) fueron moteados así, pues era la fracción revanchista asociada al espíritu de retorno de la dinastía de los Bourbon franceses, que fueron defenestrados por la Revolución Francesa y que no pudieron retornar al poder hasta que se produjo la Restauración de 1815.
(5)   Las denominadas “Leyes de Jim Crow” son apócrifas y nunca existieron como tales, dado que el término (despectivo) fue utilizado como mote a toda ley estimada segregacionista. El mismo, fue extraído de un personaje de la comedia bufa “Jump, Jump Jim Crow” creado por un artista blanco, Thomas D. Rice (disfrazado de negro en la obra), con la intención de ridiculizar el populismo atribuido al presidente Gral. Andrew “Old Hickory” Jackson. De este personaje, se tomó también el nombre para así designar los antiguos “códigos negros” de 1800 a 1865, incluyendo las legislaciones de jure (de derecho) semejantes del tipo Law 111, y las ulteriores, consideradas segregacionistas, emitidas por los estados a partir del cese de la “La Reconstrucción” o sea, entre el 1876 y el 1965, contemporáneo.

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