Los Estados Unidos, ¿un país violento?.


                                        Se cumplen 52 años de dictadura comunista en Cuba
¿Sí?. ¿De verdad?. ¿Bromean quienes de tales, nos acusan?. No me digan. Esos son chismes de los graciosos aceitunados que vivaquean en el estanque de las tilapias emisoras. Es que algunos casquivanos de las medias –también de las enteras– ufanan sus voces altiplanas, para hacernos creer que somos una sociedad violenta. Un eufemismo, tal si ellos vivieran deambulando insomnes en el planeta K-PAX asexual (lo de “asexual” lo expresó Prot, no yo) o en el de la Inopia Catatónica y no morando en los hermosos Estados Unidos de Norteamérica o alguna otra democracia decorosa. Sucede que nuestro presidente Barck Hussein Obama, desea abrir un debate nacional para hacer mas efectivo el control de la venta de armas. Para ello pone los ejemplos de Tucson, Columbine y Virginia Tech; curiosamente, sin mencionar al coronel musulmán que ultimó a sus compañeros. Ello esta bien si comenzamos por encerrar a los sicopatas detectados y no estar escuchando sermones de los activistas zurdos sobre la pretendida libertad individual, curioso, de los terroristas y los anormales.
No es elegante confundir sectores delincuenciales, morones y mendigantes de ciertas minorías; de los que ya estamos hartos; con la ciudadanía mayoritaria, laboriosa, inteligente y la élite de sus genios que además de decente, es patriótica. A menos que estas voces de sociópatas sin lucidez, respondan a una agenda foránea, como es habitual en los depredadores y atacantes sistemáticos de la moral y ética norteamericana.
En el mejor de los casos, ello es entendible a causa de que estos analistas acarrean dos tarecos que les enturbian la realidad: las orejeras que les cuelgan a los mulos díscolos y los tapones de pacientes con el síndrome de Ménière o quienes practican el tiro deportivo. Son los virtuosos atávicos escogidos por su pensar unívoco de manera que anden recto, unidireccionales, sin mirar a los lados ni atrás.
Una somía de este deambular frontispicio sin eurítmia, deviene en que esos trastos les impiden ver y oír aquello que sucede en los otros tres lados de sus humanidades. De ahí, los lapsus calami y linguae clásicos, a veces sanos, pero irreflexivos ante la inmesura temática¹; claro supuestos sin dolo literario, moral o ético.
Porque tildar el terruño de violento y quedarse plantado en siete y media, sin ir más lejos, es obviar la Fiesta Brava de los matarifes en las bananeras al sur del Río Grande, las estepas de África y las taigas de Ásia, y ha veces las europeas. Estas últimas, sufrientes a manos de extranjeros ingratos de la cobija inmerecida, que les ofreció la bondad de esos países y a los cuales estos viles bombardean y les asesinan a sus hijos inocentes, como los terroristas que nos invadieron el patio aquí, el 9/11. Por ello, secar al aire criterios traposos no es justo ni chic, por no decir de elegancia impropia a causa de los flecos que dejan.
Lo primero, seria plantearnos qué entendemos por una sociedad violenta. ¿Serán las referidas a México, Rwanda, Puerto Rico, Sudan, Iráq, Afganistán, Venezuela, Brasil –hoy, casi todo el norte africano y Medio Oriente−, o la Cuba miserable de siempre; entre otros tantos nidos de errores humanos y geográficos; en especial, los que tenemos plantados en nuestros vecindarios?. Revolver la olla, sí obliga a que después de definirla, validáramos el continuar la charla de otros emparedados filosóficos.
Pero también los políticos, analistas y columnistas plañideros de nuestras medias; que nunca han olido la pólvora, a lo sumo la de los fireworks de las Navidades o del 4 de Julio; deben educarse en que la primera ley promulgada por los totalitarismos fascistas, comunistas y otros de la tarantela tercermundista, a veces primer mundista, es prohibir la compra y tenencia de armas por parte de los ciudadanos. Ello (“¡evidente, Watson!“) es a los fines de pisotear al pueblo indefenso, tales si fueran cucarachas. Nuestro desarme es un sueño vehemente de los viejos activistas zurdos e islamitas enemigos internos y externos de los EE.UU quienes, como los “todosalauna” de Fuenteovejuna, andan unidos por igual tripa umbilical.
Así nos sucedió en Cuba, donde la violencia estatal es un factor represivo en posesión absoluta de los opresores, una trade mark (marca registrada) –platillo pócimo de una delikatessen del ancien régime–, exportada por los comunistas a todas partes. Luego, ninguna de esas vertientes, y da igual si son democracias puras o totalitarismos (con sus espectrofobias intrínsecas), se ha atrevido a explicar cómo una sociedad donde los ciudadanos poseen unos 300 millones de armas, per se, disfruta de una paz tipo kindergarten. Claro que extrayendo la basura marera, pachuca, ton-ton y el resto de la traya pandillera de las minorías tercermundistas.
Los padres de los Estados Unidos de Norteamérica, nuestra patria adoptiva, no tenían nada de orates andróginos, de Bobos de la Yuca o el de Abela. Ello lo afirman 200 y tantos años de una república apacible y ejemplar, todo, por estar la nación armada hasta los colmillos. Y porque siempre nos ha valido aquello de que “A Dios rogando y con el mazo dando“, en especial si de cuidar el terruño, se trata.
© Lionel Lejardi. Enero, 2011
lejardil@bellsouth.net
Legacy Press

(¹) Una segunda regla parece ser que “el fin justifica los medios” (sucede, que no vamos por este carril enunciado ya por Hermann Busenbaum en su “Medulla theologiae moralis“; no por el de la misma frase, supuesta a Nicolás Maquiavelo (Niccolò di Bernardo dei Machiavelli), como se pensó ndr). En el libro de Stephen Jay Gould, “The Mismeasure of Man” (La Inmesura del Hombre), este autor evolucionista argumenta que los prejuicios sociales y políticos de un autor (Gould por sí mismo admitió ser un marxista) afectan los resultados científicos. Comentando sobre esto, otro marxista evolucionista en la Universidad de Harvard, Dr Richard Lewontin, ha sugerido sin duda alguna, esta segunda regla del plan de juego evolucionista:
«Los científicos, como otros, algunas veces deliberadamente mienten porque creen que pequeñas mentiras pueden servir para las grandes verdades»
(wik) .
(ndr) Nota Del Redactor.

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