Archive for 14/01/11

¿Dar el sí a Sarah, a la II Enmienda y gritarle ¡haššāšīn! a Jared Lee?.


                  Se cumplen 52 años de dictadura comunista en Cuba
Algunos dicen que somos una sociedad violenta, tal si ellos vivieran en el planeta K-PAX  asexual (eso lo expresó Prot, no yo) o en el de la Inopia Catatónica y no donde debieran, en los hermosos Estados Unidos de Norteamérica. Es llevar a cuestas dos tarecos que les enturbian la realidad: las orejeras que les cuelgan a los mulos díscolos y los tapones que portan los del síndrome de Ménière. Son los virtuosos escogidos del pensar unívoco para que anden recto, unidireccionales, sin mirar a los lados. Sólo que una consecuencia de este vagabundeo frontal, es que los trastos les impide ver y oír lo qué sucede en los otros tres lados de sus humanidades. De ahí, los lapsus calami y linguae clásicos, espontáneos, sanos, pero irreflexivos ante la inmesura temática¹. Claro sin dolo literario, moral o ético. Porque tildar el terruño de violento y quedarse plantado en siete y media, sin ir más lejos, es obviar la Fiesta Brava de los matarifes en las bananeras al sur del Río Grande, las estepas de África y las taigas de Ásia, y ha veces las europeas, estas últimas sufridas a manos de extranjeros ingratos; de la cobija inmerecida que les ofrecieron esos países a los cuales estos viles  bombardean y les asesinan sus nacionales inocentes, como los de aquí el 9/11. Por ello, secar al aire criterios traposos no es justo, por no decir de elegancia impropia.
Lo primero, seria plantearnos qué entendemos por una sociedad violenta. ¿Serán las referidas a México, Rwanda, Puerto Rico, Sudan, Iraq, Afganistán, Venezuela o la Cuba chata y miserable de siempre, como otros tantos errores humanos y geográficos; en especial, los que tenemos plantados en nuestros vecindarios?. 
Sucede que pocos se atreven a decirlos, porque la variedad y profusión de los estamentos humanos en el mundo actual no son homogéneos vistos  desde una virtualidad étnica, cultural, filosófica o religiosa (son idioteces de los panteístas eufóricos; aclaramos), por mencionar algunas posibles diferenciaciones, no las abstracciones rumberas de los folcloristas sicodélicos haciendo de curadores de la nada local. Otras más sofisticadas, sin perder su criticada falta de naturalidad, pueden abordar la euritmia hermosa ambiental del hábitat estabilizadora, la belleza corporal y las habilidades mentales, manuales y/o fuerzas físicas. Porque las hay de esas que no encuentran quienes las admiren y menos imiten, como a las solteronas dientudas, tales son las seudo sociedades de la chusma tercermundista.
Filosofemos. Porque en todo cuadro humano o animal, hay puntos de vista de inflexión tan discímiles como los existentes entre un elefante (Macho Alfa) y una hormiga (gay travestí), sujetos a mutuas seducciones inconfesables. Por ello no es de esperarse que en nuestro micro mundo cotidiano exista un elíxir divino que como tal, le sea sabroso a todos los paladares y en consecuencia, funja como ecualizador de las pasiones humanas. Decir las altas y bajas pasiones, por donde pueden cabalgar tranquilamente todos y cada uno de los pecados capitales bíblicos, al menos los registrados en los libros sagrados susceptibles a nuestro entendimiento profano.
Cuando citamos el “entender“, acudimos a la más simple versión de la inteligencia elitista creadora de riquezas económicas, artísticas y espirituales, los ricos y los eruditos de las ciencias y las bellas artes. No la masa holgazana, improductiva e impensante con la mano extendida. Esos chicos dotados, que sin saber nada de nada y de manera intuitiva saben cual es  la cuerda a pulsar. En esta sentencia, obligada a saber en forma tácita, ni los atolondrados ni los mediocres, tienen un puesto o lugar en la fila de los dotados.
Por el contrario, desde los inicios de la Humanidad; quizás por una desgracia ocurrida durante el diseño original o error involuntario del alquimista a cargo; nos encontramos aún sin adultez y como nos sigue sucediendo hasta ahora. Según nos cuentan las biblias hebreas y cristianas, en castigo por portarnos mal, siempre hemos dispuesto de bebistrajos y mejunges, en lugar de manás y ambrosías. Tales disparidades han existido desde la noche de todos los tiempos y así continuarán con nuestros gustos y disgustos futuros, como ajustes sociales del hábitat humano; nunca conforme con lo que ha logrado al desarrollar su performance en poner a disposición de los suyos el ara de la subsistencia.
Dado que las irregularidades han sido y serán por sæcula sæculorum motivos “legítimos” en el pensar de quienes guían esas sociedades (los viejos casos de Hitler y Lenin y los contemporáneos de Perón, Chávez y Castro) de incomprensiones y confrontaciones, que en momentos cruciales han sido violentas en sus guerras ideológicas o convencionales, solidificado en el pensar de cada grupo integrante del gen antes de su destrucción.
Tanto en lo social como en lo político, no es extraño que en ocasiones inesperadas sucedan hechos sorprendentes por la magnitud y profundidad de su crueldad y violencia. Es casi siempre un subproducto clonado de una especie truculenta de tatoo intrínseco de los idiotizados psíquicos, conversos de improviso en carniceros tarados, como lo fueron las masacres de Littleton, Colorado; Blacksburg, Virginia y Ft. Hood, Texas.
Hay grupos, etnias y países que basados en filosofías religiosas, políticas, complejos anti gen o por simple envidia humana; asumen y adoptan conscientes, per se, poses violentas contra sus paisanos, enemigos personales o contra aquellos los cuales estiman castigables por sus ideas o decisiones políticas. Generalmente son tipejos de la morralla plebeya y lúmpenes sociales, desclasados y marginados que toda sociedad arrastra dentro del cúmulo de sus aguas negras. Algunos bocones o bembones lengua’etrapo (casi todos caucásicos) los idealizan como desheredados por el ente social y culpan a los sectores pudientes y al capitalismo en general, cuyo pecado terrible es ponerlos a trabajar sin contemplaciones.
Son los indeseables o parias de fácil reclutamiento por los líderes de filosofías confusas, religiones homicidas e idolatrías ensombrecidas. Es muy improbable que la gente culta, educada, con clase donaire (no necesariamente de pedegrú aristocrátic0) y rica, se preste a estas barbaridades. Siempre es la chusma envidiosa faveliana la que entona esos clarines y tambores, tocando a arrebatos.
Porque cuando un pistolero aislado como el asesino de Tucson,  Jared Lee Loughner; un franco odiador de su país, la sociedad norteamericana, sus amigos y hasta de la propia madre que lo parió; y quien además coquetea lubricidades con las doctrinas marxistas y nazistas, estamos en presencia de un burro casiblanco de los montes, una especie de yeti, que no sabe de qué o de cuál les están habland0.
Para colmos, se nos presenta (ver que en cualquier rinconera le aparecerá un “compañero sentimental”) como un discípulo drogadicto de Astarté, quien tirotea a personas inocentes y desprevenidas ante el asalto brutal; es imperativo sellarle el criterio de que éste esperpento maléfico ejecutó toda la masacre por sadismo puro, no por convicción política o religiosa. Aunque en este caso, existen pistas conducentes a causales alejadas de la locura, como seria el ideal de ciertos profetas APDM (antipenademuerte) de estamparle el gomígrafo de nolo contendere² como es práctica habitual entre los  grupos o sectores adiestrados en defender a estos agentes letales.
Es interesante recordar del título, que la palabra “asesino” es un vocablo de origen árabe (haššāšīn), ya que con este denominativo se identifica en los países islámicos a los viciosos adictos al hashish (ya fuera este alucinógeno ingerido en tisanas o fumado como tabaco). Dicha yerba, es también  conocida como “cáñamo índico”, “cannabis sativa” o “marijuana” ³ que algunos parapléjicos mentales tratan de legalizar.
El asesino, en práctica normal entre estos aberrados, sabe de antemano que no recibirá una respuesta similar o superior a la fuerza y violencia de su ataque. Lo minucioso del planeamiento sobre la agresión a sus víctimas y la meticulosidad en la selección de los objetivos, indica la morbidez de mostrar al gran mundo ofrecido por los medios, sus ansiados 15 minutos de supuesta gloria ad æternum, y su miserable poder circunstancial.
Es aleccionador advertir que los osos no buscan miel en los avisperos colmenares, ni capturan salmones donde los tiburones pacen sus insomnios. De igual modo, los asesinos en serie no se enfrentan a ningún futbolista Offensive takler que le pueda ripostar y despedazar de inmediato, a mano limpia. Tanto que bajo premisas semejantes, los degenerados sexuales de cualquiera de las denominada “aberraciones-preferenciales”, suelen desayunarse niños.
Es el mismo patrón de conocer con antelación malvada la “no respuesta esperada de la víctima”, al que se abrazó con premeditación, alevosía, ensañamiento y ventaja (todas, llaves agravantes de asesinato tipificado como de primer grado), el pistolero de  Tucson. Luego, no es relevante destacar que el ofensor, donde quiera que actúe y de encontrarse con que en el territorio existen las inconveniencias de un control de armas (México, Francia o Inglaterra), ello a él, le atañen tres pepinos, dado que las importaría con una transacción comercial simple.
La II Enmienda  es un instrumento formidable para controlar el crimen por la disuasión preventiva que ejerce de por sí a este flagelo siempre latente y además, habiendo sido el objetivo cardinal de aquellos tiempos creadores de la Constitución de los Estados Unidos, servir como valladar (que en las democracias puras como las nuestras de hoy y  tras dos siglos de ejercicio democrático prístino, ya la premisa se ha tornado “virtual-conceptual”) de los posibles excesos del gobierno en funciones.
Según los evangelios sinópticos de estos cándidos lamentables –quienes dan la impresión de imaginar la Humanidad como una congregación altruista de monjes cartujanos asidos por el ombligo con un cilicio común, áspero–, no fabricaríamos y comerciaríamos con armas de caza, pesca, deportes o los mortíferos automóviles (Rony), aviones (Twin Towers), bisturíes (Hannibal), sierras (Freddy), cuchillos (Psycho), tijeras (Dial-M) o cigarrillos (Rick, Casablanca).
Sí, reiteramos, y entendemos el razonamiento mantenido incólume; en base de la sentencia exhaltada por la “National Rifle Association“, aunque no le guste a algunos sofistas retores, porque el trick de la cosa estriba en que “todo depende de la mano que esgrime el producto“.
Cuando Sarah Palin dice que “si fuéramos ángeles, no habría necesidad del gobierno”, la dama está más clara que el “agua de coco”. Y bien que, como ella recalca, debemos mantenernos “recargados” no sólo de municiones vivas (lenguaje campechano y obvio en una mujer formada en la feracidad ártica) contra los enemigos internos y externos; sino también de parque político e ideológico, claro que pacíficos y democráticos, y de alertas contra los colibríes casquivanos  ansiosos de desarmarnos para destruir nuestra república con sus vuelos rasantes en reverse, como helicópteros imperfectos.
Cierto es que han existido algunos excesos –perfectamente controlables en el futuro por ambos lados políticos– durante las justas electorales, bicamerales o callejeras; pero tales intercambios de opiniones no son en modo alguno, proclives a inducir actos repudiables de naturaleza tan perversa como los de Tucson, contra uno u otro bando. No ha sido el estilo de los políticos del siglo pasado y este, por lo que si existen anomalías sanas (como son todas estas), se requiere a lo sumo de un análisis calmo, sin tocar la I Enmienda. Recordemos que los encuentros, trifulcas e intercambios verbales, son los que dan colorido al dulce encanto de las democracias.
Pero también los políticos, analistas y columnistas plañideros de nuestros medios; que nunca han olido la pólvora; deben educarse en que la primera ley promulgada por los totalitarismos fascistas, comunistas y otros de la tarantela mediterránea y caribeña, es prohibir la compra y tenencia de armas por parte de los ciudadanos. Ello (“¡evidente, Watson!“) es a los fines de pisotear al pueblo ya indefenso, como se les venga en ganas e igual que se hace con las cucarachas; tal nos sucedió en Cuba; donde la “violencia” es un factor represivo que se halla en posesión absoluta de los opresores, tal si fuera una marca registrada exclusiva o el platillo de una delikatessen del ancien régime, exportada por los comunistas.
Los padres de los Estados Unidos de Norteamérica, nuestra patria adoptiva, no tenían nada de locos andróginos o de Bobos de la Yuca y ni siquiera de los de Abela. Ello lo afirman 200 años de una república apacible y ejemplar. Y porque siempre nos ha valido aquello de que “A Dios rogando y con el mazo dando“, más si de cuidar el terruño, se trata.
© Lionel Lejardi. Enero, 2011
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(¹)   Una segunda regla parece ser que el fin justifica los medios. En el libro de Stephen Jay Gould, “The Mismeasure of Man” (La Inmesura del Hombre), este autor evolucionista argumenta que los prejuicios sociales y políticos de un autor (Gould por sí mismo admitió ser un marxista) afectan los resultados científicos. Comentando sobre esto, otro marxista evolucionista en la Universidad de Harvard, Dr Richard Lewontin, ha (sin duda alguna) sugerido esta segunda regla del plan de juego evolucionista:
‘Los científicos, como otros, algunas veces deliberadamente mienten porque creen que pequeñas mentiras pueden servir para las grandes verdades’ (wik)
(²)   En Estados Unidos, el término nolo contendere es un alegato que se puede declarar en vez de culpabilidad o inocencia. El resultado, de hecho, es parecido a la culpabilidad, pues normalmente conlleva una condena, pero el acusado no confiesa “culpabilidad”. Spiro Agnew (genial) una vez describió el alegato así: “I didn’t do it, but I’ll never do it again” (traducido en “no lo hice, pero no lo volveré a hacer jamás“). Este alegato es exclusivo al Derecho en los Estados Unidos.
(³)   Una historia alrededor de esta droga (hashish), se reafirmó en tiempo de las cruzadas. Una  secta practicante del ismailismo en Irán, rama minoritaria del chiismo la cual a su vez era  minoritaria en un país eminentemente sunní; llego a ser muy temida tanto por los cristianos como los propios musulmanes. Los miembros de estas secta ejecutaban asesinatos estratégicos de políticos o militares. El líder fundador Hassan Al Sabbah, era conocido como “El viejo de la montaña“. Sus militantes, asesinaban a los cruzados utilizando armas blancas; estando bajo los efectos de grandes dosis de hashish concentrado. Éstos fanáticos ismaelitas eran activos en la montaña fortificada de Alamut en Iran, entre los siglos VIII y XIV y controlaban también el castillo de Masyaf en Siria. La secta pasó a ser conocida como Hashsha-shin, cuya fonética en árabe es como  “haššāšīn o ħashshāshīyīn” que en inglés dio lugar al vocablo assassin.
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