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“Noli me tangere, homo” -exclamó Martha (I/IV).


Se cumplen 52 años de dictadura comunista en Cuba
Preludios
La madrugada de Año Nuevo 1959 recién avanzaba sobre una ciudad que no quería despertar. Es que los cubanos reñían entre sí, en una bronca comenzada siete años antes (10 de marzo, 1952), donde se discutían asuntos de familia y donde cada cual se creía poseedor de la verdad. Era razón por la que La Habana, demoraría en deslumbrar con su blancura inmaculada. Claro, no parecida en luminosidad a la Casablanca del Magreb. Todavía los primeros resplandores no alcanzaban diafanizar sobre las caravanas de Cadillac lujosos, unos impresionantes sedanes y limusinas de negro resplandeciente, pero ninguno tipo cabriolet. Tal fue moda chic el 12 de agosto de 1933, bajo una estampida similar a la caída del gobierno del Gral. Gerardo Machado y Morales (1925-1933), un veterano independentista que intentó reelegirse como presidente,violando la Constitución de 1901; y resultó repudiado por el pueblo, ya atosigado por la Gran Depresión de Mundial (martes negro de octubre 29, 1929).
Por razones no claras, las águilas del Potomac; en una jugada sin precedentes; le habían retirado al gobierno cubano todo el apoyo económico, militar y diplomático; con el cual contó hasta la fecha. El gobierno, desesperado, envió sus emisarios a Europa, (Bélgica, Francia e Inglaterra) en busca de armas y pertrechos para defender a Cuba de la inminente catástrofe a manos de los comunistas.
Las máquinas rodaban colmadas de funcionarios, sus familiares y en algunos casos, con sirvientes o “comecandelas” (bodygards). Los carros se desplazaban desde diferentes lugares de la ciudad y sus entornos, hacia un punto común: el aeropuerto aledaño al campamento militar de Columbia, donde también operaban aerolíneas civiles como “Aerovías Q” y “Aeropostal Venezolana”. El sitio era un dispositivo de uso doble, civil y militar, acondicionado como tal en el influyente municipio de Marianao; al noroeste de la capital, y en cuyos predios de los alrededores se asentaban las zonas residenciales de la mediana y alta burguesía, las cuales serian barridas y arruinadas por el vendaval castrista. Todo el entramado democrático armado con dificultad extrema durante los 50 años anteriores, se vino abajo.
Era gente fugitiva impregnada de temores, desorientada; sorprendida porque el gobierno del Gral. Fulgencio Batista y Zaldívar –uno de los “héroes epónimos” de la Revolución Anti-machadista de 1933 1–; al cual casi todos ellos habían apostado, apoyado y estimado inconmovible; aun sometido a los embates de una oposición apasionada y democrática, aunque enfebrecida y confundida por sus argumentos impropios; se derrumbó de manera sorpresiva en esa madrugada fatal de Año Nuevo del 1959. Ello culminó en la huida del Presidente, su familia y colaboradores más cercanos. El desconcierto de estas personas poderosas, que después contagió a la ciudadanía aún soñolienta, fue total.
Igual de aterrados, los fugitivos temían las ya anunciadas represalias de los revolucionarios; cuyos efectivos guerrilleros correteaban siniestros por los montes, pueblos y ciudades, apoyados por milicianos urbanos armados con aquello arrebatado a los aforados gubernamentales o con lo que pudiera servirles de arma. Estos últimos, terroristas urbanos, se la habían estado “jugaban al canelo” día a día, perseguidos por la policía, paramilitares y los órganos de seguridad interior.
En realidad, con el enemigo en fugas, no eran necesarias esas armas salvo para contener a los saqueadores. Sin embargo, los guerrilleros castristas auto apuntalados como los vencedores –bien asesorados por los estrategas del Comintern, tal confesaron éstos después se alertaban contra el reclamo justo de sus competidores apoyados por otras facciones revolucionarias también beligerantes y armados (genuinos demócratas); para que éstos no les demandaran una parte alícuota justa en el gobierno que los castristas estimaban “su” botín exclusivo.
Casi todos los fugitivos eran políticos miembros prominentes o negociantes vinculados al gobierno batistiano. Otros, consideraban que las represalias podían a alcanzar a cualesquiera de las fuerzas cívicas y sociales, aunque no beligerantes, que a los vencedores les olieran o les convinieran tildarlos como colaboradores gubernamentales.
Eventos tales que sucedieron en realidad, con exterminios masivos inmediatos, desatados por los guerrilleros contra los implicados con el gobierno. Copiaban excesos similares a los ejecutados por los bolcheviques contra la pequeña y alta burguesía rusa, incluyendo campesinos y terratenientes, llevados a cabo a posteriori del asalto al Palacio de Invierno de Petrogrado en octubre de 1917. Exacto cuando en febrero de ese mismo año el Gobierno Provisional Republicano de Aleksandr F. Kérenski, cuyos partidarios demócratas lograron que el Zar Nicolás II abdicara y disolviera el ancestral gobierno de los Romanoff 2.
Los viejos comunistas cubanos, quienes hasta la fecha se mostraban ante el pueblo como dechados de demócratas y humanistas; no dejaron ser más que combatientes simbólicos que nunca pelearon; y que tras la victoria de los alzados desplegaron igual furia implacable contra sus adversarios, sirviéndole a los castristas como música de fondo y pretexto para eliminarlos si ello les fuera útil, ante cualquier reacción de Washington.
Todos los prófugos de esa madrugada, se ufanaban en obtener para sí un puesto salvador en los aviones, militares y civiles, que rugían en las pistas y a las salidas de los hangares. No hubo santos, patronas o demonios a los cuales, estos ciudadanos en desgracia no recurrieran in articulo mortis. Dado que eran personas consideradas culpables a priori ante la opinión ciudadana, de haberles impuesto al pueblo un gobierno autoritario (“dictablanda”, en el decir de algunos cronistas desapasionados), que a los ciudadanos les pareció sofocante. Curiosamente, tutelados por un gobierno de facto, donde los opositores pacíficos hacían lo que les daban sus reales ganas democráticas, comparada con el totalitarismo absolutista cernido después sobre Cuba, bajo la férula impuesta por el Dr. Fidel Castro Rúz, su clan familiar de aprovechados y seguidores ávidos de hurtar y apoderarse (como hicieron) de las riquezas de los burgueses y arcas de la nación cubana entera, antes de poner la soberanía de la isla en manos de Moscú.
No tardó que este nuevo “líder providencial” –quien de inmediato regodeó su ego frustrante al disfrazarse como el “Cristo aparecido en Emaús”, sólo que esta vez el teatro fue montado en Cuba– se declarara: “Dictador vitalicio de la República de Cuba, gracias a la revolución humanista y verde como las palmas” y el ulular de su grey de idólatras ávidos. Esta práctica populista, resultó cartabón para el destape subversivo de las izquierdas mal encasilladas como “democráticas, progresistas o radicales (Arévalo, Betancourt, Haya de la Torre, Estensoro, Perón, Cárdenas y otros) comenzando por las entronizadas de manera encubierta en Indoamérica, inmediato que sobrevino la etapa de la pos II Guerra Mundial (IIGM).
Lo sorprendente del gobierno del presidente Batista, es que se mantuvo funcionado con el mismo guión de criticas y desórdenes públicos de los oposicionistas, protestas ciudadanas, actividades contestatarias legales e incluyendo su inevitable batallar contra el terrorismos de los castristas y comunistas; adjudicables a cualquiera de las facciones oponentes latinoamericanas, inmersas en el batallar democrático convencional. Esta forma de gobernar y sus vicisitudes, resultaban imposibles para los radicales subversivos.
Una etapa que perduró durante los siete años anteriores a la instauración de la dictadura castrista en lugar del ahora gobierno evadido. No se trataba de “la comezón del séptimo año”, siempre pendulando sobre los destinos de la Isla; porque una parte sustancial del pueblo fue inclinada por demagogos profesionales, a sentirse divorciada de su gobierno.
Sectores irresponsables de la oposición, donde se incluían partidos políticos, líderes y en especial, medios de comunicación importantes; montaron una presión descomunal personalizada e intolerable; sobre el gobierno de Batista y sus instituciones, hasta entonces invulneradas desde la época de los gobiernos auténticos. Luego, el temor fundamentado de los fugitivos, se basaba en que la componente activa (violenta) de los comandos subversivos; ejecutores experimentados de actos terroristas indiscriminados durante los dos años del conflicto de la guerra civil; pasarían de inmediato a fungir en calidad de cazadores de aquelarres imaginarios, al servicio de los revoltosos.
Estas unidades obraron casi igual a los Einsatzgruppen (Grupos de Acción de la SS) como unidades especiales de castigo, paramilitares, armadas por los hitlerianos inmediato que tomaron el poder el Alemania, a inicios de los años 30. Así se conjugaron elementos de los “Grupos de Acción y Sabotaje” clandestinos del Movimiento 26 de Julio (M26J), junto con los arribistas de la vieja guardia comunistas, del Partido Socialista Popular (PSP) y los destacamentos guerrilleros punitivos. Ciegamente, lo más sano del resto de las fuerzas oposicionistas se dejaban sopapear por los demagogos comunistas, quienes después condujeron a marcha forzada la república hasta el desastre actual.
La irrupción de estos nuevos aventureros y líderes desconocidos, no pasó desapercibida para ciertos bien informados políticos y analistas, como el periodista Salvador Díaz-Versón (Castro le destruyó todos los archivos con las fichas y dossiers de los comunistas latinoamericanos), Rafael Díaz-Balart y otros fervientes demócratas, quienes aunque apoyaban al gobierno de facto estaban convencidos de la decisiva ascendencia de la inteligencia del Comintern sobre los comandantes guerrilleros, excepto los del Directorio Estudiantil Universitario (DEU) y otros combatientes de la zona de la Sierra del Escambray, en centro-sur de la isla.
Uno de los líderes derechistas afectos al gobierno, activo anti comunista y quizás el más osado, de empuje y arresto personal; era el periodista defensor de la política gubernamental; específicamente la anti subversiva; Dr. Rolando Masferrer Rojas, senador de la república y director de los periódicos “El Tiempo” (La Habana) y “Libertad” (Oriente).
Es de destacar la singularidad de que este líder había integrado a finales de los años 30, la denominada “Brigada Internacionalista Abrahan Lincoln” (otro sacrilegio histórico del Comintern) la cual invadió España bajo órdenes y apoyo logístico de la URSS, bajo el pretexto de defender al gobierno republicano de Manuel Azaña Díaz de la II República Española (1936-1939) ante la insurrección de las tropas falangistas comandadas por el Gral. Francisco Franco Bahamonde. Este caudillo (tal se autodenominaba), a su vez estaba apoyado por la coalición del “Eje de Acero”. Los rusos, pretendían bolcheviquizar España en un copycat burdo del disparate comunista en versión ibérica, tal como harían después en Cuba el Dr. Fidel Castro y sus seguidores.
Luego, Masferrer era un decepcionado y además disidente pro activo del izquierdismo infantil, romántico y naturalista; pululante entre los jóvenes idealistas de los años 30, por lo cual, este político ya maduro estaba perfectamente al tanto de la prosapia subversiva y anti democrática de los principales cabecillas anidados en la Sierra Maestra. Todos los cuales, dormitaban apacibles en brazos de la Internacional Comunista, a cuya rama latinoamericana, se le adjudicaba sede en Ciudad México DF.
Es precisamente allí, en México, el país donde los Castro y la retahíla de sus adeptos armaron; contando con el apoyo de ingenuos exiliados demócratas (en especial el depuesto presidente Dr. Carlos Prío Socarrás); la expedición armada –culminada en el desembarco fracasado del contingente subversivo del yate “Granma” en las ciénagas de “Las Coloradas”–, con la cual invadieron Cuba por la provincia de Oriente, en diciembre de 1956, mal armados y peor entrenados. Recién pisaron tierra, les sobrevino el desastre al caer en la emboscada de “Alegría del Pío”, donde fueron emboscados y diezmados por las fuerzas gubernamentales.
Ello se debía, a la política de puertas abiertas del gobierno mexicano hacia los exiliados republicanos españoles y otros perseguidos políticos latinoamericanos y europeos, agobiado por las intemperancias irresolutas de los nacionalistas cardenistas. Estos últimos, entre otros países del cono sur (Argentina, Chile, Brasil, etc.) no ocultaron sus coqueteos de entonces (pre IIGM) tanto con la URSS como con la Alemania, Italia y las potencias del Eje. Sin embargo, en realidad el gobierno mexicano mantuvo firme e invariable su faz democrática, que nunca abortó ni renuncio. Masferrer, entre los adversarios de los guerrilleros, era el hombre más temido por Castro.
Los líderes de las bandas armadas alzadas en las montañas de la Sierra Maestra en Oriente, aparentaban en público estar distanciados y desvinculados del PSP. Este partido político como abrevadero de los comunistas criollos, se alineó desde sus inicios (1925) con las prácticas feroces desarrolladas por los stalinistas en Rusia.
Uno de los fundadores del partido comunista cubano (1925), fue el destacado líder estudiantil universitario, Nicanor McPartland y Diez (aka, “Julio Antonio Mella”) jugó un roll sorprendente entre las fuerzas oposicionistas. Mella, fue asesinado en Ciudad México DF en 1929. Según versiones, por disentir de la línea moscovita, otra, por una simple cuestión de faldas, mientras que las mas pregrinas (en el decir de los comunistas) achacaron el crimen a un supuesto pistolero (Quico Magriñat) enviado por el Presidente Machado.
El PSP, se sometió a los dictados del Kremlin, aplicó sus métodos clásicos de purga y asesinatos, tal los implementados por el buró político de asuntos internacionales –Comintern– que operaba en el ámbito mundial y el cual se le supuso disuelto tras concluir la IIGM, bajo otro nombre como bluff armado al estilo ruso para engañar a Occidente.
Nadie hubiera dado ni un penny (kilo prieto) por la seguridad de ninguno de los integrantes de estas capas de la jet set dorada de la aristocracia social tradicional cubana ni de la castrense batistiana, ahora fuera del juego político y en pleno movimiento de abandono del poder en Cuba. Este horror a vistas, en unos casos fue articulado en segmentos por la oposición honesta, que aspiraba un retorno al sistema republicano, democrático y de libertad plena, fracturado inexplicablemente por Batista en marzo de 1952.
Mientras, la otra facción de oposicionistas violentos, patrocinada por los comunistas (castristas, anarquistas, libertarios, aventureros y mercenarios extranjeros, etc.) afilaba sus “cuchillos largos” tendentes a sumir la Isla de Cuba, para siempre, en las redes totalitarias típicas de las “Animal Farms” orwellianas. Idénticas a las sembradas por los rusos en sus satélites detrás de la Cortina de Hierro, a partir de 1948. Una visión sobre la cual alertó el líder nazi y Ministro de Propaganda, Joseph Goebbels, tan temprano como en enero de 1945.
Tanto los errores y respuestas violentas del gobierno de Batista, ante el acoso del terror oposicionista; como la excelente propaganda desarrollada a su vez por la candidez de los opositores demócratas y la muy profesionalmente activa de los comunistas, mantenían al gobierno a la defensiva. A ello se sumaban los siempre acechantes cultores de la izquierda liberal del periodismo norteamericano. Uno de cuyos íconos más dañinos –casi de la textura cósmica del Presidente Jimmy Carter– fue el conocido editorialista del New York Times, Herbert Lionel Matthews, furibundo defensor de todos los pillos y pillajes de la triquiñuela roja, sustentados a su vez en sus fechorías por las bandas bolcheviques.
La mayoría de los pasajeros de ese viaje al horror infinito, eran figuras poderosas y osadas a toda prueba; pero que tras el discurso de despedida del Presidente de la República, con la última campanada de medianoche, quedaron desarmadas moralmente y petrificadas, al abandonar su líder de manera tan abrupta la fiesta de Fín de Año 1958. Ahora el conjunto de fugitivos del gentío se redujo a simples personas posesionadas por el miedo. Se trataba de integrantes de un gobierno en fugas, sin puentes de plata, derrocado al grito de “sálvese quien pueda” dado por la más alta esfera gubernamental.
Ahora, esa masa de confundidos se encontraba envuelta en una espantada masiva espectacular nunca vista antes, en medio de la noche y tiritando de frío. Finalmente las caravanas de carros, algunas provenientes desde la Casa y Polígono Presidencial del propio campamento de Columbia, terminaron de arribar silenciosas al aeropuerto. La terminal, ya había sido militarizada desde la semana anterior, al saberse que los guerrilleros del oriente y centro de la isla; mancomunados bajo el mando de dos de los capitanes preferidos por el fatalismo histórico de Castro, Camilo Cienfuegos Gorriarán y Ernesto Guevara de la Serna (eliminados sucesivamente, a posteriori); ponían sitio a la ciudad de Santa Clara en el centro de la Isla, hasta la rendición de esta urbe a los guerrilleros, a finales de Diciembre de 1958.
La saga continua.
© Lionel Lejardi. Enero, 2011
lejardil@bellsouth.net
Legacy Press

(1) En realidad las figuras visibles pos machadistas, fueron los miembros de la Pentarquía, el Directorio Estudiantil, la facción ABC y otros. Batista, sin embargo, ya después de haber saltado de sargento a coronel, tras el putsch de 4 de septiembre, 1933; resultó el Hombre Fuerte tras bambalinas, entre septiembre de 1933 y junio de 1940, cuando fue precipitado por el voto popular, hacia la presidencia democrática (1940-1944).
(2) Para octubre, el gobierno republicano de Kerensky se deshizo ante el “genial” coup d’etat (desde el punto de vista del escritor e historiador italiano Curcio Malaparte) desarrollado por los destacamentos armados bajo el mando de Trotski. Estos pícaros de la izquierda rusa, no habían contribuido en nada al derrocamiento del Zar y sí, actores que escenificaron el papel de cuervos perfectos tras la batalla, sin arriesgarse, salvo para llenarse los morrales.

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“Noli me tangere, homo” –exclamó Martha (II/IV).


Se cumplen 51 años de dictadura comunista en Cuba
Un Caronte singular
En el aeropuerto de Columbia, un hombre vestía un uniforma militar que le distinguía como Coronel. Ahora estaba a cargo del Servicio de Inteligencia Militar (SIM) y designado comandante de la guardia presidencial que cuidaría del Presidente en esa noche aciaga. Éste, quien sustituyó al Gral. Manuel A. Ugalde Carrillo en ese cargo la noche anterior, esperaba paciente a los fugitivos que llegarían de inmediato. Un teniente, su ayudante, se le acercó, saludó marcial y le entregó uno de los walkie-talkies (WT). El coronel activó y escuchó a quien le llamaba.
–¿Mariano? –inquirió una voz rasposa, familiar.
Sí, mi general –asintió el coronel.
Todo en verde yEl Hombre” (el presidente) va en camino. ¿Está claro, coronel?
Right, señor general.
Escúchame bien, Mariano –le recalcó el superior, en el más convincente de sus tonos–. Le prometí al Presidente que tú, eras el hombre idóneo para esta operación. Todos quedaremos en tus manos y en la de tus hombres, coronel. Y, ¡fuego a la lata, coño, hasta que suelte el fondo! –exclamó finalmente emocionado desde el otro extremo, el Gral. Eulogio Cantillo Porras, Jefe del Estado Mayor Conjunto de las Fuerzas Armadas. Era uno de los dicharachos preferidos por los oficiales cubanos que combatían a los guerrilleros castristas, para arengar a la tropa.
Seguro y siempre. ¡A la orden!, mi general! –exclamó Mariano conmovido y en voz alta y, maquinalmente, hizo el saludo militar. Pero se compuso de inmediato, al ver que su ayudante se había percatado de su muestra de disciplina.
El coronel estaba dispuesto por el Alto Mando del Ejército para recibir a los fugitivos, con el máximo de consideraciones. Alto, fornido, de ojos azules, quizás alejandrinos. Cualquiera lo habría supuesto rudo, porque se trataba de un militar experimentado funcionario experto en Inteligencia y Contrainteligencia Militar, adjunto al primer círculo de protección del Presidente 1.
A éste, todos le conocían  perfectamente encajable dentro del grupo de colaboradores cercanos al mandatario, y de ser los enemigos de mayor recelos por parte de los opositores violentos, que le temían por su inexorabilidad en defensa de la democracia. Algo, que buena parte de los opositores demócratas no entendían, puesto que echaban en el mismo saco a quienes defendían ciertos privilegios; los mismos; a los cuales aspiraban los contestatarios al gobierno, tal lo demostró después la historia.
En la realidad, la expresión del coronel era afable y de maneras suaves. El oficial, esperaba a los autos y pasajeros con los brazos en jarras (la actitud de quien se las daba de ser un “militar hasta los tuétanos”), protegido por una escuadra de oficiales jóvenes, armados hasta los dientes, en especial con las novedosas metralletas Uzi israelies colgadas del cuello y pistolas Browning  parabellum de 9 mm belgas, entre otras de las armas, todavía inusuales por los oficiales de las Fuerzas Armadas cubanas.
Sucede que el tipo, quien se las gastaba de ente solitario; era quizás el más apto y sereno en la óptica presidencial; para desplegar la logística de los momentos excepcionales, como son los estados de excepción, como los que corrían ahora en medio de aquella madrugada. Nada extraordinario, salvo la previsión de un par de bazookas M1A1 (60 mm) con su parque ambulante, guardadas en los maleteros de los carros celulares.
Se trataba del anfitrión idóneo escogido por su profesionalismo frío y de una eficacia aterradora, capaz de afrontar situaciones tan excepcionales como el desvió de la sociedad gubernamental hacia ese vericueto laberíntico del exilio.
Él se hayaba dispuesto para catalizar la orientación de los prófugos civiles y militares, hacia las aeronaves ya activadas y recalentadas en las pistas. También, porque este hombre era otro de los militares de carrera más temido por los facciosos, en especial los comunistas. Se trataba del Coronel Mariano Faget Díaz 1, el eficiente ex jefe del Bureau de Represión de Actividades Comunistas (BRAC), al cual los comunistas le achacaron después, otros eventos que nunca sucedieron.
Era quien debía constatar que los autos vaciaran su abigarrada carga y que todo marchara en orden, considerando la premura del tiempo disponible. Este militar aguardaba las oleada de fugitivos esperanzado en que cada cual, según las órdenes del Presidente, encontrara un puesto en el albur de arranque de acuerdo a su rango y categoría. Porque las adorables mascotas de las damas con moquillo tempranero, se quedarían en tierra, le había advertido el Presidente. Quien, ya él mismo había sacrificado sus dos Dóbermann originales de figuras imponentes, traídos desde la Selva Negra (Schwarzwald)  de Baden, Alemania. El Presidente no soportaría que los canes fueran a parar a manos guerrilleras.
El Coronel sabía que lo único importante para esas personas, era poner espacio entre ellos y los sediciosos de la oposición violenta –los mau-mau tal les decían entre la tropa–, ya conformados en partidas urbanas punitivas nutridas con apparatchiks en función de comisarios políticos. Estas tropas punitivas, iban provistas de todos los poderes verbales (que nunca dejan rastro) para la búsqueda, captura –y en ciertos casos ajusticiamiento marcial, in situ, de aquellas figuras connotadas componentes de una lista interminable elaborada personalmente por los Castro. En la misma, aparecían líderes políticos, sociales, obreros, militares, religioso,  periodistas y sus simpatizantes; los de mayor significación y a los cuales “en aras de los altos fines de la revolución, había que modificarles la salud, de cualquier manera y bajo cualquier pretexto”. Los Castro habían sido tácitos con los responsables de los grupos de exterminio:
Ante la duda, nada de piedad con los enemigos. Fusilen y después veremos. Es la Ley de la Sierra Maestra. Si es necesario, un tiro en la nuca. Dijeron los alemanes que era lo menos doloroso para los judíos.
Puesto que los “otros” serian simples cucarachas burguesas a las que se debían eliminar a cualquier costo y de manera expedita, extrajudicialmente, para 0bviar los peligrosos inconvenientes y demoras ante los tribunales; de juicios públicos formales tal indicaban las leyes que los castristas alardeaban y se ufanaban en anular.
Las hordas de comandos urbanos, ya desenfundaban sus armas en cada rincón de las ciudades, pueblos y zonas campesinas, prestos a limpiar el país de los restos de agua pesada de las instituciones gubernamentales sustentadoras del ancien régime. Los tres poderes, legislativo, judicial y ejecutivo, se barrerían sin la menor contemplación.
Se incluirían los institutos armados, la prensa radial o escrita y a los medios libres se les aplastaría bajo pretextos, destruidos o confiscados por el nouveau régime y Cuba, se convertiría en una sociedad fuera de la ley y su régimen dispondría del pase de abordo, para sumergirse en el pavor subyugante del mundillo comunista.
De inmediato, comenzaría la transformación del país cubano hacia un totalitarismo inhumanizado. Todos los ciudadanos, incluyendo personas adineradas de las clases medianas y altas andaban esa noche desesperadas y confundidas, por saberse lanzadas hacia un destino incierto. Algo que ya sabían de antemano al escrutar los ejemplos de la URSS y el desbalance social impuesto por los bolcheviques en la Europa del Este, desde la pos guerra (IIGM). Sólo una parte de la gente de “a pie” percibió la naturaleza real de aquello que se les sobrevendría.
Ya supuesto finalizado el arribo de los fugitivos, Faget se dirigió hacia el carro apartado del resto de los vehículos recien llegados, –un Cadillac limousine blindado también “Cola de Pato”, color negro–, parqueado en medio de las sombras y a la vera del edificio de la torre de control de vuelos. En dos Chevrolets “Bel Air” 1958, con los colores oficiales crema y blancos del SIM, esperaba el team de guardaespaldas armados con sendas sub metralletas, diseminados en las cercanías. Esta mini tropa era la encargada de la custodiaba presidencial, dispuesta en un dispositivo circular. Aquella élite de guards du corps, era estimada como la de mayor fiereza y lealtad al mandatario.
Un lejano tintineo metálico, a veces con un fondo sonoro de detonaciones apagadas y claxons traídos por la brisa temprana, se percibía proveniente de cada punto de la ciudad circundante. Además de algunos que otros fuegos artificiales y cohetes voladores detonantes, tardíos. Eran de simpatizantes del gobierno, ajenos al drama en Columbia, pero que daban espectáculo al cielo. Una actividad prohibida, por bordear imágenes terroristas, pero a la que ningún oficial se atrevería a cerrarle las puertas, atenidos a los rumores tremendos que circulaban.
La ventanilla derecha del pasajero descendió con lentitud. Desde el interior, el Presidente Batista, último mandatario de la era republicana; atinó a hacerle a Faget un gesto para que se acercara y le susurro algunas palabras.
Mariano, ¿cómo tú ves la cosa? –le inquirió Batista, sin gota de desaliento.
Señor Presidente, ¿puedo serle franco?
Claro, hombre. Ahora más que nunca.
Esto se jodió irremediablemente, señor Presidente –acertó decir el coronel.
Mariano, ¿y tú y tus hombres, qué?
Señor Presidente, esa bronca es mía —aseguró tácito.
Batista le saludo emocionado, con un brillo fugas en sus ojos achinados. Faget hizo un gesto de asentimiento y le devolvió un saludo militar. Era la señal para que los funcionarios y familiares allegados al mandatario, seleccionados entre los más destacados –extrañamente, excepto el Vice Presidente de la república, el cual nunca fue avisado de la estampida–; abordaran el DC-54 ejecutivo, el “Guáimaro“. Esta era una aeronave acondicionada idéntica al “Bataan“, la cual condujo a Douglas MacArthur en 1945; hasta el aeropuerto de Atsugui en Yokohama, para concluir la rendición del Shōwa japonés, el emperador Hiro-Hito2 y su ejército imperial. El mismo ejército que el Emperador estimó una vez imbatible, hasta que el general norteamericano y su corncob pipe (pipa de maíz), les demostraron lo contrario, derrotándolo ignominiosamente.
Y también para que el resto de los pasajeros corriera hacia los otros aviones, ronroneantes ensordecedoramente en las pistas. De los equipajes de mano, algunos iban atiborrados con valores, joyas y dinero cash en dólares y libras inglesas que, acumuladas previsoramente, lograron rescatar y que en ese momento constituían los bienes más preciados por los fugitivos. Otras aeronaves ligeras personales multiplazas, pertenecientes a los más previsores de que aquella guerra civil terminaría como “la fiesta del Guatao”; concluían el abasto de combustible, reventando de azorados pasajeros –los de bajo pelambre–, o rodaban enloquecidas pidiendo pista para el despegue.
Igual sucedía en otros aeropuertos privados o militares del resto de la isla. Tal era el caso de un afortunado cubano de limpio origen sajón, groupie des boîte de nuit, elegante, culto y de figura fenomenal –un verdadero Playboy de la jet-set habanera–; el cual (cuenta una de las versiones, sin confirmar) no esperó por nadie para pilotear su avioneta bimotor Cessna, desde el diminuto aeropuerto de Santa Fe, en la playa homónima, y vestir las calzas y tomar por las de Villadiego, arrancar y volar sin parar hasta el aeropuerto de Kendall, en South Miami.
Ambia, ¿te vas, y me la vas a dejar en la mano? –le inquirió en tono carinoso Lazarito, a su tycoon, al cual le cuidaba el avión.
–Sí, Lacho. Mejor te quedas. Es un vuelo sin regreso –. Y le extendió cinco billetes de 100 pesos cada uno.
En su diplomática, de cuero negro, cuentan, llevaba tres millones de dolares contantes y sonantes. Un dinero que era de su absoluta propiedad, libre de polvo y paja, ahorrado durante años –antes de que Lansky acaparara el negocio de las mesas de juego en el cabaret– mientras junto a sus socios, armaban en Villa Mina un hermoso centro nocturno. Se trataba de uno de los tres dueños del cabaret “Tropicana”. Los otros dos, indecisos, decidieron finalmemnte permanecer varados en Cuba.
Hasta que Dios y San Lazaro así lo dispongan –barruntó Echemendia.
Después de los insultos y maldiciones castristas, los nuevos hunos convirtieron el despampanante lugar de diversión, en su lugar favorito para el solaz y esparcimiento, además de trampa para los incautos fellow travellers visitantes, diplomáticos y el resto de la gente chic que se quedó revoloteando alrededor del régimen, subyugados o chantajeados por la añagaza guerrillera.
Estos últimos fugitivos de transportes auto soportados, formaban la élite de los afortunados que disponiendo de medios propios, lograron ser avisados a tiempo por amigos y simpatizantes gubernamentales. Incluyendo también los propios oposicionistas moderados, temerosos de igual modo a los desmanes y saqueos desatados por la cáfila guerrillera. El éxodo continuaría en las semanas siguientes, aunque restringido a barcos y yates privados. A estos grupos de fugitivos irregulares, se les incorporaron los primeros desertores y desengañados con el teatro castrista y la comunización de Cuba.
Este segundo gobierno republicano, ahora autoritario; del Gral. Fulgencio Batista y Zaldívar, se había instalado primero de facto y después de jure; el 10 de marzo de 1952, al derrocar por un coup d’etat incruento al gobierno constitucional del Dr. Carlos Prío Socarrás (1948-1952), echando a un lado la Constitución de 1940 que el mismo patrocinó y sancionó en uno de sus mejores gestos como gobernante, y la sustituyó por los llamados “Estatutos”.
Prío, quien fue electo Presidente de la República de Cuba en alas del Partido Revolucionario Cubano (Auténtico), era a su vez sucesor y discípulo del presidente que lo antecedió, Dr. Ramón Grau San Martín (1944-1448). Prío, debía concluir su mandato constitucional en los meses siguientes (junio de 1952), tras las elecciones convocadas. Ambos presidentes fueron líderes prominente del antiguo DEU (Directorio Estudiantil Universitario) y la Universidad de La Habana, como integrantes de los grupos de revolucionarios que combatieron valientemente la dictadura del Gral. Gerardo Machado Morales (1925-1933).
Aduciendo razones no claras, Batista interrumpió el proceso democrático en marcha –ya con las elecciones presidenciales a puertas–, y había ejecutado su “madrugonazo” cuidando de que dicha ilegalidad se ejecutara como una delicada práctica quirúrgica, encubriendo la estrategia golpista; a fin de lograr –y así sucedió– que el revolico castrense fuera no-violento, y de este modo deponer de manera simple al gobierno auténtico, como quien cambia el ajuar de cama, y situarse en su lugar.
Tal modo de reflexionar, le resultó fatal a su gestión gubernamental e indirectamente comprometió al pueblo cubano, en la vorágine inimaginable impuesta por la pesadilla castrista, dentro de la cual se encuentra aprisionado el país cubano.
Los sectores políticos tradicionales, las fuerzas vivas y una significativa parte de la ciudadanía, rechazaron el quehacer batistiano. De inmediato, comenzaron las conspiraciones para revertir el proceso hacia su cause normal. Los comunistas del viejo PSP, vieron con beneplácito la vuelta de Batista al poder y bajo cuerda, enviaron recados al nuevo presidente, asegurándole que éste contaría con su apoyo, como en los “viejos tiempos de la pre guerra (IIGM)”.
Ellos estaban al tanto de que una estrategia puesta en marcha tan temprano como desde 1948 por el Comintern, ya consideraba y así sucedió, incorporar a los hermanos Castro a la hoya política cubana. Raúl Castro pasó a ser miembro secreto del grupo que los comunistas denominaban “militantes positivos sin carné”, o sea, sin registro ni documentación oficial de su filiación (virtual) a la Juventud Socialista. El término de “socialista” encubría burdamente la denominación intrínseca de “comunista”, un anti valor rechazado por el pueblo cubano.
Durante la etapa pre y pos machadato, hasta 1944, Batista era considerado un líder nacional; autoritario, pero no exactamente despótico; por su actuación en normalizar el caos pos machadista, patrocinar la institucionalización del gobierno, obras públicas y educacionales, reforzamiento de la defensa nacional, economía, los emprendedores locales y sus excelentes relaciones con el gobierno de los EE.UU, entonces en manos de Franklin Delano Roosevelt.
Al estallar la IIGM, con la incorporación de EE.UU a la entente Aliada; en el conflicto contra las potencias del Eje de Acero (Alemania, Italia, Japón y otros), Cuba dispuso de una posición política privilegiada frente a los EE.UU, por su aporte de materias primas (minería), azúcar, alimentos, carnes, tabaco y otros rubros; incluyendo permisos para la instalación de bases militares, dentro de la estrategia general de los Aliados contra los fascistas.
Batista, a pesar de sus veleidades políticas similares a las de otros gobiernos latinoamericanos autoritarios o militarizados, o sea, “valorizaciones de las ideologías entre las hegemonías fascistas y democráticas, no dudó en declarar gallardamente la guerra a todas las potencias del Eje.
Con la promulgación de la Constitución de 1940 (posiblemente la más significativa y democrática de todos los tiempos), Batista tuvo un boleto fácil para ser elegido presidente de la república (1940-1944) al concluirse el grueso de la etapa pos machadista; más, cuando con todos los honores democráticos, entregó el poder al Dr. Ramón Grau San Martín en 1944, del Partido Auténtico opositor.
Luego, tras el sorpresivo golpe cívico-militar de 1952 contra el presidente constitucional Prío Socarrás, en medio de la Guerra Fría, el ambiente de respeto y admiración de la opinión publica hacia Batista, cayó a su nivel más bajo.
Los líderes del PSP recibieron un encontronazo de quien los promovió a la legalidad a finales de los años 30. Era el mismo líder al que ellos habían apoyado políticamente, asegurándole tranquilidad absoluta en el sector laboral y que dejarían a un lado la monserga de la “dictadura del proletariado” y la toma del poder por medio de la violencia.
Batista entendió en la etapa pos machadista que el ayuntamiento de las potencias del mundo democrático y cristiano (los Aliados), con el totalitarismo ateo de la dictadura moscovita, en la entente militar antifascista de los Aliados opuesta a la Alemania nazi y sus compinches europeos y asiáticos; era signo de que compadrazgos con los comunistas locales, no seria mal visto. Así, permitió que los comunistas se apoderaran del movimiento obrero, tuvieran ministros “sin cartera” y mangonearan este sector a sus antojos durante su época dorada.
Cuando Batista reasumió el poder en 1952, uno de sus primeros movimientos políticos, fue asegurarle a los EE.UU que sus devaneos de antaño con la URSS y los comunistas, no coincidían con la realidad del mundo anti comunista de hogaño. La verdad indubitable de un posible choque nuclear entre Occidente y Oriente obligó necesariamente, a que los países pro occidentales se definieran contra el bloque comunista euro-asiático. La ruptura de relaciones diplomáticas entre Cuba la URSS y el bloque soviético, amilanó a los comunistas cubanos quienes seguían fieles a Moscú, por lo que su Comité Central y otros líderes conocidos, debieron semi esconderse.
Esta táctica dilatoria se evidenció en un intento de limpiarse públicamente ante Batista, a raíz del ataque alevoso de los castristas al cuartel “Guillermo Moncada” en Santiago de Cuba, Oriente; el 26 de Julio de 1953. El PSP, condenó severamente lo que ellos denominaron el “putsch muniquense” de Fidel Castro y sus seguidores. Como después se evidencio tras la toma del poder de los guerrilleros, que todas aquellas poses demagógicas y rimbombantes, no fueron más que escenas de un teatro diversionista, pre elaborado.
Pero, la indignación popular que tan hábil como cruel desataron los opositores; en especial los seguidores de Castro y los disciplinados comunistas; hizo que en esa noche tan aciaga de la fuga para los últimos vestigios de la deficiente y maltrecha democracia cubana, fueran mínimos los simpatizantes de Batista que le lloraran por su derrota y escape, lastimosos. El Presidente, también estaba cesanteado en su función de “Caronte Singular”, como vigilante de la paz, felicidad y riquezas de sus ciudadanos.
Washington jugó un roll extremadamente importante en el arrinconamiento y derroque del gobierno de Batista, al meter de lleno sus manos en el Asunto Cubano, y suspenderle la ayuda económica, militar, política y diplomática, mientras propiciaba y se hacia de la vista gorda sobre los cuantiosos alijos de pertrechos que fluían incesantes hacia los revoltosos, como ahijados perfectos del Comintern.
El periodista norteamericano, Herbert Lionel Matthews, un viejo camaján de la horda maoísta y no por casualidad admirado editor del “New York Times”; fue enviado a Cuba bajo cuerdas, por el Departamento de Estado para que con el pretexto de una entrevista con el líder guerrillero; lo diera conocer a la luz pública como un “Robin Hood moderno”, con efectos desastrosos para la democracia en toda Latinoamérica.
En el trasfondo se pretendía ridiculizar a Batista e ir presentando a su nueva ficha: el guerillero Dr. Fidel Castro Rúz y sus seguidores, como paladines en la lucha democrática. La cuartada finalizó con sus esfuerzos para lograr el cese de la ayuda en armas, dinero y pertrechos al gobierno de Batista, lo cual logró, con éxito pleno.
El embajador norteamericano en La Habana, Earl T. E. Smith, quedó paralizado de pies y manos y al cual obligaron a consultar con Matthews, todo lo relacionado con el Asunto Cubano. Nada de nuevos armamentos ni repuesto para sus equipos y municiones de guerra.
El gobierno batistiano, debió acudir a otras naciones como la Gran Bretaña y Bélgica y otras fuentes, para obtener nuevas armas (algunas utilizadas por la OTAN) como fueron los fusiles FAL 50.64 (Fusil Automatique Léger), belgas y los caza bombarderos Hawkwr Sea Fury F50, ingleses. Pero todo le resultó en vano.
El Alto Mando del ejército de Batista, fracasados los intentos de mediación –incluyendo los contactos de altos oficiales del Ejército con el propio Castro en la Sierra Maestra–; había planeado armar un tren convoy blindado; un fallido punto de vista tomado de la IGM, cargado de efectivos, armamentos, municiones de guerra y de boca, además de otros pertrechos militares; con el fin de reforzar las guarniciones que protegían la asediada ciudad de Santa Clara, en el centro de la isla. Con la caída de dicho tren en manos de los guerrilleros, en la periferia de la ciudad, comenzó la crisis final del gobierno batistiano.
Así, a la par de la última campanada navideña de la fiesta oficial del Fin del Año 1958, sobrevino el consecuente desparrame de los invitados asistentes a la fiesta del Presidente. Pocos de ellos estaban al tanto del plan en marcha preparado por Batista, ya aprobado por Washington. Luego, al conocerse la derrota del Ejército Nacional en la ciudad de Santa Clara y la rendición de los cuarteles y agrupaciones militares del centro de la isla, a manos de unidades guerrilleras de ideologías políticas diversas; desde las democráticas puras del Directorio Estudiantil Universitario (DEU), el Segundo Frente y otras fuerzas operantes en las montañas del Escambray; hasta las más rabiosas de corte maoísta del Movimiento 26 de Julio (M26J) liderado por Castro y una exigua partida de comunistas del PSP.
Estas unidades de columnas subversivas arribaron desde la provincia de Oriente, sobornando a su paso a los mandos militares del gobierno y emitiendo por su radio clandestina, partes militares donde aseguraban que el avance y victorias de estas columnas se efectuó tras “cruentos y heroicos combates”, imaginarios. Estas columnas estaban bajo el mando de dos de los capitanes de mayor confianza para el karma letal de Castro: Camilo Cienfuegos Gorraín y Ernesto Guevara de la Serna. Ambos, muertos después bajo circunstancias extrañas, sujetas a infinidad de especulaciones. La brumosidad de mayor solidez se basó en que estos líderes hacían sombra a la figura del Líder Máximo, el Dr. Fidel Castro Rúz y su hermano.
Batista, como buen capitán, fue el último funcionario de mayor jerarquía en ascender por la escalerilla del “Guáimaro“, lentamente. Con gestos simbólicos, el Presidente se despidió de manera maquinal, saludando protocolarmente a la multitud de fantasmas y sombras circundantes que le despidieron, algunas tan lejanas como sus compañeros de aventura del 4 de septiembre de 1933; otras; tan cercanas como los estudiantes del Directorio que intentaron de asesinarlo el 13 de marzo de 1957. Se trataba de entes ya incapaces de dañarlo, como el destello e intermitencias de las luces de posición y el rugido de motores de los aviones en marcha.
–Quizás todo ha sucedido,  porque mi “madrina” Lidia (Cabrera) no hizo lo que debió con mi santo” –farfulló, impenitente.
Todas las aeronaves iban al tope de gente tan ansiosa como la familia presidencial, la de mayor peligro, de poner pies en polvorosa antes de que se abrieran las puestas del infierno. Las mismas batientes de giro único, en las cuales cada fugitivo intuía poseer una parte alícuota para sí. Todo, porque la mayoría de los ciudadanos decentes y el populacho barriotero; enardecidos por un puñado de pícaros, les consideraban pecadores sin redención alguna.
El Col. Mariano Faget y sus hombres, tras apagarse los ruidos del maremágnum a su alrededor, quedaron solitarios sobre la pista, como suspendidos en el aire. Y de pronto sobrevino un silencio de presagios. Aspiró profundo el aire de la madrugada y miró a sus hombres, algunos le sonrieron. Faget hizo un gesto y, juntos todos, desaparecieron en la profundidad de la noche, como sombras diluidas con el amanecer.

(Nota) En realidad, Faget fue uno de los elegidos por Batista para que lo acompañara en el avión en su fuga hasta Santo Domingo, donde fueron recibidos por el hijo de Trujillo.
La saga continua.
© Lionel Lejardi. Enero, 2011
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(1)   Se trataba del Col. Mariano Faget Diaz. Un detalle sorprendente: en mayo 15,1943 encaza submarino cubano, el SC-13, hundió al submarino alemán U-176 y su tripulación de 53 hombres, el cual estaba comandado por Reiner Dierksen, cerca de la ciudad de Matanzas. Faget, fue el agente de la inteligencia cubana  que capturó a August K.  Heinz, espía alemán que operaba desde La Habana con el aka de “Henry Auguste Lunin” y era quien enviaba los mensajes a los U-boat alemanes que hundieron una docena de barcos cubanos durante la IIGM. Lunin, el cual fue ejecutado por fusilamiento.
(2) MacArthur arribó al aeropuerto de Atsugui en Yokohama, para concertar la rendición de Japón, el Ejército Imperial Japonés y de Hirohito o Emperador Shōwa (Shōwa Tennō).

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