“Noli me tangere, homo” -exclamó Martha IV/IV


                                     Se cumplen 52 años de dictadura comunista en Cuba
¡Andando!
El capitán de la aeronave, Crol. Antonio Soto Rodríguez, se acercó a su líder y esperó que éste terminara de adecuarse junto a su esposa. Inquieto, echó una mirada de soslayo hacia la cabina de mandos, donde el copiloto le hacía fuertes señas apuntando a su reloj de pulsera, conminándolo al despegue. El capitán, aspiro profundo, trato de ponerse en atención y se inclinó respetuoso hacia la pareja presidencial, y le susurró al Presidente.
Señor, cuando usted ordene –inquirió con voz un tanto temblorosa, esperanzado en recibir una respuesta positiva sobre el despegue de la aeronave.
Batista lo miro penetrante a los ojos, asombrado.
Mi estimado Coronel Soto, ¿habré entendido mal o usted dijo: “Señor, Presidente?” –le preguntó, enfatizando las últimas palabras. Y se revolvió en el asiento, hojeando la agenda abierta, con la picazón de los buenos tiempos, cuando estaba encerrado en aquel uniforme de khaki en los cuarteles.
Como aquella vez, veintiséis años atrás, cuando el entonces sargento Andrés Benites Pancorbo (después teniente coronel) otro de sus compañeros complotado en la aventura de la asonada militar “de los sargentos” del 4 de septiembre de 1933; se le encaró en el Cuartel Maestre de “San Ambrosio”, La Habana. El diferendo fue a causa de la entrega de unos pertrechos, municiones de boca y de guerra; que le exigía Batista cuando preparaba el cerco a los oficiales de academia –tildados injustamente de machadistas,  cuando su pundonor como egresados de las academias militares, les obligaba a prestar lealtad al presidente de la república– sublevados contra los revolucionarios, clases y soldados; que habían derrocado al gobierno interino del Dr Carlos Manuel de Céspedes, tras el derrocamiento de Machado.
El asunto cubano devino en una confrontación entre los oficiales de academia y la facción integrada por las clases y sargentos en unión de los civiles revolucionarios del Directorio Estudiantil, el ABC y otros grupos armados, los cuales demandaron ser ellos quienes tenían el poder político y militar en Cuba. Loa oficiales rebelados, sin ningún plan futuro, se refugiaron en el Hotel Nacional, situado en una elevación frente al litoral habanero, donde se hicieron fuerte. Por entonces, el hotel fungió de residencia del Enviado Especial del Dpto. de Estado, el discutido  Benjamín Sumner Welles; quien ostentaba el cargo de Asistente del Dpto. de Estado para América Latina.
Soto, había quedado en suspenso, aleteando de atrás para alante como un colibrí.
Oh, por supuesto: Señor, Presidente –intervino Soto, disculpándose y reaccionando como quien sintió de pronto en su nuca el aliento del presidente, tal si fuera el de un oso; o como si tuviera trabado en el gaznate, la mitad de un ladrillo de vidrio refractario.
Fulgencio, por favor. Ya todo se acabó y cierra el libro de tus pensamientos –le recordó Martha con un tropo. Con el mejor de sus susurros, relacionado con ese momento crucial.
Batista la miro, levanto la mano y chasqueó los dedos. La figura de civil que esperaba junto a la portezuela del avión se le acercó a paso rápido.
–¿Sí, Señor Presidente? –preguntó atento el jefe de los ayudantes.
–¿Todos a bordo, los equipajes y las protecciones?
Todos y todo a bordo, señor Presidente –aseguró el oficial.
Batista acarició al pequeño Jorge y miró a Martha. Ella asintió con un brevísimo pestañeo.
El seco detonar de armas de fuego llegados ahora desde más cerca, erizó a los fugitivos. Indicaban el inminente peligro representado por la población ya desbordada en las calles, festejando un cruento ajuste de cuentas, a los que entonces estimaban, los peores gobernantes del planeta Tierra.
Los dos restantes comecandelas, se precipitaron a través de la escotilla y sin mediar orden, la portezuela fue cerrada apresuradamente por un sobrecargo, el cual permaneció tieso en espera del regaño. El capitán de la nave le hizo una seña discreta de espera, desde la cabina.
Batista pensó por un momento en dejarles hacer lo que desearan por primera vez en su vida, e intentó un gesto de aprobación. Pero recapacitó.
Genio y figura hasta la sepultura –masculló, de manera que sólo ella lo oyera..
Martha lo miró sorprendida, sobresaltada al entender el bisbiseo de los nuevos bríos presidenciales y contuvo el aire.
Oh, Cachita, por Dios, que no le vuelva otra vez el “ataquito” por el poder –rogó o ella, clavando su mirada en el techo.
Un inmediato y esperado carraspeo que exhaló el Presidente para aclararse la voz, compitió con el tronar de los motores y estremeció la nave. El resultado del retumbó presidencial, no era nada distinto de lo acontecido con el país entero, aún cuando en calidad de sargento, allá por el 33, sostenía las riendas del poder. La totalidad de los pasajeros sabía interpretar el significado, tono y compás de cada rugido presidencial. Y éste último tampoco pareció distinguirse, ni en una octava, de los anteriores.
–¡Andando! –ordenó Batista en tono bajo, pero con la firmeza de siempre.
Martha soltó el aliento contenido. Es que con el ascenso del “Guáimaro”, el hasta entonces “Hombre Fuerte” se percató de algo inevitable: su antaña categoría como Presidente de la República de Cuba, disminuía en la misma medida en que el avión aumentaba la altura que le separaba del cocodrilo cubano. Eran, las 2:30 de la madrugada del 1ro. de enero de 1959. No por casualidad, Martha le dio en la mejilla un beso cálido.
Felicidades por tu santo, amor –le susurró ella al oído. Porque el santoral del día indicaba “San Fulgencio”.
–¡Cará…! –reflexionó Batista–, el tal Fulgencio tuvo la suerte de que lo hicieran santo, y sin embargo a mí, no. –murmuró desalentado y miró a Martha, contraída de la emoción.
Abajo en tierra, en el Palacio de los Yesistas, continuaban los acordes del danzonette “Suavecito”, con Paulina Álvarez y el Sexteto Nacional y los sones de Miguelito Cuní con el conjunto de Félix Chapottín.
En la “Iglesia de la Finquita”, al sudeste del barrio obrero de Redención; se acentuaban los ritmos de los batá y obatalá en el toque de tambores montado en el plante por las potencias ñáñigas de Redención, en Marianao. Los feligreses desbordaban frenesíes desde el domingo anterior, en los rituales: “para salvar el gobierno del mulato de la pinta (Batista)”, decían. Después, la tonada y los tambores serian repicados en honor de los Castro.
La tarde anterior a ese Año Nuevo, ya “Papito Mentiritas” (el de las tres “C”); había dirigido la primera exhibición pública del ritmo “Casino”, bailado por seis parejas veinteañeras del barrio de Pogolotti, en los salones playeros del “Casino Deportivo de La Habana”, amenizados por el Conjunto de Roberto Faz. Los asistentes al baile, quedaron con boca abierta por la coreografía.
Esa madrugada no lejos de ese barrio obrero, en el jardín central del hipódromo “Oriental Park” casi a la vera de otro barrio marginal “La Isla del Polvo”, el ruido de los aviones fugitivos despertaron a dos hermosos cisnes azules que desenrollaron su abrazo tibio nocturnal. Yacían sobre el domo de juncos, gladiolos y nenúfares, en medio del lago cristalino, con vestigios de escarcha en sus bordes. También bajo las miradas curiosas de unos flamencos floridenses, snowbirds recién llegados, siempre inoportunos en las citas sensuales.
Y las dos aves espantadas también con los ruidos levantaron majestuosas su vuelo virtual rumbo al norte, aterradas como todos, pero sin importarles que el trayecto hacia la libertad, les tardaría treinta de sus mejores años.
Así cerró el capítulo de la huida presidencial de Fulgencio, Martha y dos de los tantos cisnes azules que abandonarían pronto su hábitat, quizás para siempre.

De las bitácoras de vuelo,
Las tripulaciones de las aeronaves fueron citadas de completo uniforme, a las 2:00 PM del 31 de diciembre de 1958 en la pista No. 1 del aeropuerto militar del campamento de Columbia. Sin orden del día. Al final, fueron seis las aeronaves disponibles, las visible, del tipo DC–4 y DC–54 que partieron de la pista. Tres se dirigieron hacia República Dominicana, dos hacia West Palm Beach y una hacia Jacksonville. Sin embargo, no fue del dominio público que otra séptima aeronave DC–54; de rango de vuelo mayor (no censada) y con unos pocos pasajeros y guardianes de una misteriosa carga sólo conocida por la pareja presidencial, no paró hasta New Orleans.
Fin de la saga.
© Lionel Lejardi. Enero, 2011
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