Archive for 28 enero 2011

Los Estados Unidos, ¿un país violento?.


                                        Se cumplen 52 años de dictadura comunista en Cuba
¿Sí?. ¿De verdad?. ¿Bromean quienes de tales, nos acusan?. No me digan. Esos son chismes de los graciosos aceitunados que vivaquean en el estanque de las tilapias emisoras. Es que algunos casquivanos de las medias –también de las enteras– ufanan sus voces altiplanas, para hacernos creer que somos una sociedad violenta. Un eufemismo, tal si ellos vivieran deambulando insomnes en el planeta K-PAX asexual (lo de “asexual” lo expresó Prot, no yo) o en el de la Inopia Catatónica y no morando en los hermosos Estados Unidos de Norteamérica o alguna otra democracia decorosa. Sucede que nuestro presidente Barck Hussein Obama, desea abrir un debate nacional para hacer mas efectivo el control de la venta de armas. Para ello pone los ejemplos de Tucson, Columbine y Virginia Tech; curiosamente, sin mencionar al coronel musulmán que ultimó a sus compañeros. Ello esta bien si comenzamos por encerrar a los sicopatas detectados y no estar escuchando sermones de los activistas zurdos sobre la pretendida libertad individual, curioso, de los terroristas y los anormales.
No es elegante confundir sectores delincuenciales, morones y mendigantes de ciertas minorías; de los que ya estamos hartos; con la ciudadanía mayoritaria, laboriosa, inteligente y la élite de sus genios que además de decente, es patriótica. A menos que estas voces de sociópatas sin lucidez, respondan a una agenda foránea, como es habitual en los depredadores y atacantes sistemáticos de la moral y ética norteamericana.
En el mejor de los casos, ello es entendible a causa de que estos analistas acarrean dos tarecos que les enturbian la realidad: las orejeras que les cuelgan a los mulos díscolos y los tapones de pacientes con el síndrome de Ménière o quienes practican el tiro deportivo. Son los virtuosos atávicos escogidos por su pensar unívoco de manera que anden recto, unidireccionales, sin mirar a los lados ni atrás.
Una somía de este deambular frontispicio sin eurítmia, deviene en que esos trastos les impiden ver y oír aquello que sucede en los otros tres lados de sus humanidades. De ahí, los lapsus calami y linguae clásicos, a veces sanos, pero irreflexivos ante la inmesura temática¹; claro supuestos sin dolo literario, moral o ético.
Porque tildar el terruño de violento y quedarse plantado en siete y media, sin ir más lejos, es obviar la Fiesta Brava de los matarifes en las bananeras al sur del Río Grande, las estepas de África y las taigas de Ásia, y ha veces las europeas. Estas últimas, sufrientes a manos de extranjeros ingratos de la cobija inmerecida, que les ofreció la bondad de esos países y a los cuales estos viles bombardean y les asesinan a sus hijos inocentes, como los terroristas que nos invadieron el patio aquí, el 9/11. Por ello, secar al aire criterios traposos no es justo ni chic, por no decir de elegancia impropia a causa de los flecos que dejan.
Lo primero, seria plantearnos qué entendemos por una sociedad violenta. ¿Serán las referidas a México, Rwanda, Puerto Rico, Sudan, Iráq, Afganistán, Venezuela, Brasil –hoy, casi todo el norte africano y Medio Oriente−, o la Cuba miserable de siempre; entre otros tantos nidos de errores humanos y geográficos; en especial, los que tenemos plantados en nuestros vecindarios?. Revolver la olla, sí obliga a que después de definirla, validáramos el continuar la charla de otros emparedados filosóficos.
Pero también los políticos, analistas y columnistas plañideros de nuestras medias; que nunca han olido la pólvora, a lo sumo la de los fireworks de las Navidades o del 4 de Julio; deben educarse en que la primera ley promulgada por los totalitarismos fascistas, comunistas y otros de la tarantela tercermundista, a veces primer mundista, es prohibir la compra y tenencia de armas por parte de los ciudadanos. Ello (“¡evidente, Watson!“) es a los fines de pisotear al pueblo indefenso, tales si fueran cucarachas. Nuestro desarme es un sueño vehemente de los viejos activistas zurdos e islamitas enemigos internos y externos de los EE.UU quienes, como los “todosalauna” de Fuenteovejuna, andan unidos por igual tripa umbilical.
Así nos sucedió en Cuba, donde la violencia estatal es un factor represivo en posesión absoluta de los opresores, una trade mark (marca registrada) –platillo pócimo de una delikatessen del ancien régime–, exportada por los comunistas a todas partes. Luego, ninguna de esas vertientes, y da igual si son democracias puras o totalitarismos (con sus espectrofobias intrínsecas), se ha atrevido a explicar cómo una sociedad donde los ciudadanos poseen unos 300 millones de armas, per se, disfruta de una paz tipo kindergarten. Claro que extrayendo la basura marera, pachuca, ton-ton y el resto de la traya pandillera de las minorías tercermundistas.
Los padres de los Estados Unidos de Norteamérica, nuestra patria adoptiva, no tenían nada de orates andróginos, de Bobos de la Yuca o el de Abela. Ello lo afirman 200 y tantos años de una república apacible y ejemplar, todo, por estar la nación armada hasta los colmillos. Y porque siempre nos ha valido aquello de que “A Dios rogando y con el mazo dando“, en especial si de cuidar el terruño, se trata.
© Lionel Lejardi. Enero, 2011
lejardil@bellsouth.net
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(¹) Una segunda regla parece ser que “el fin justifica los medios” (sucede, que no vamos por este carril enunciado ya por Hermann Busenbaum en su “Medulla theologiae moralis“; no por el de la misma frase, supuesta a Nicolás Maquiavelo (Niccolò di Bernardo dei Machiavelli), como se pensó ndr). En el libro de Stephen Jay Gould, “The Mismeasure of Man” (La Inmesura del Hombre), este autor evolucionista argumenta que los prejuicios sociales y políticos de un autor (Gould por sí mismo admitió ser un marxista) afectan los resultados científicos. Comentando sobre esto, otro marxista evolucionista en la Universidad de Harvard, Dr Richard Lewontin, ha sugerido sin duda alguna, esta segunda regla del plan de juego evolucionista:
«Los científicos, como otros, algunas veces deliberadamente mienten porque creen que pequeñas mentiras pueden servir para las grandes verdades»
(wik) .
(ndr) Nota Del Redactor.

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¿Dar el sí a Sarah, a la II Enmienda y gritarle ¡haššāšīn! a Jared Lee?.


                  Se cumplen 52 años de dictadura comunista en Cuba
Algunos dicen que somos una sociedad violenta, tal si ellos vivieran en el planeta K-PAX  asexual (eso lo expresó Prot, no yo) o en el de la Inopia Catatónica y no donde debieran, en los hermosos Estados Unidos de Norteamérica. Es llevar a cuestas dos tarecos que les enturbian la realidad: las orejeras que les cuelgan a los mulos díscolos y los tapones que portan los del síndrome de Ménière. Son los virtuosos escogidos del pensar unívoco para que anden recto, unidireccionales, sin mirar a los lados. Sólo que una consecuencia de este vagabundeo frontal, es que los trastos les impide ver y oír lo qué sucede en los otros tres lados de sus humanidades. De ahí, los lapsus calami y linguae clásicos, espontáneos, sanos, pero irreflexivos ante la inmesura temática¹. Claro sin dolo literario, moral o ético. Porque tildar el terruño de violento y quedarse plantado en siete y media, sin ir más lejos, es obviar la Fiesta Brava de los matarifes en las bananeras al sur del Río Grande, las estepas de África y las taigas de Ásia, y ha veces las europeas, estas últimas sufridas a manos de extranjeros ingratos; de la cobija inmerecida que les ofrecieron esos países a los cuales estos viles  bombardean y les asesinan sus nacionales inocentes, como los de aquí el 9/11. Por ello, secar al aire criterios traposos no es justo, por no decir de elegancia impropia.
Lo primero, seria plantearnos qué entendemos por una sociedad violenta. ¿Serán las referidas a México, Rwanda, Puerto Rico, Sudan, Iraq, Afganistán, Venezuela o la Cuba chata y miserable de siempre, como otros tantos errores humanos y geográficos; en especial, los que tenemos plantados en nuestros vecindarios?. 
Sucede que pocos se atreven a decirlos, porque la variedad y profusión de los estamentos humanos en el mundo actual no son homogéneos vistos  desde una virtualidad étnica, cultural, filosófica o religiosa (son idioteces de los panteístas eufóricos; aclaramos), por mencionar algunas posibles diferenciaciones, no las abstracciones rumberas de los folcloristas sicodélicos haciendo de curadores de la nada local. Otras más sofisticadas, sin perder su criticada falta de naturalidad, pueden abordar la euritmia hermosa ambiental del hábitat estabilizadora, la belleza corporal y las habilidades mentales, manuales y/o fuerzas físicas. Porque las hay de esas que no encuentran quienes las admiren y menos imiten, como a las solteronas dientudas, tales son las seudo sociedades de la chusma tercermundista.
Filosofemos. Porque en todo cuadro humano o animal, hay puntos de vista de inflexión tan discímiles como los existentes entre un elefante (Macho Alfa) y una hormiga (gay travestí), sujetos a mutuas seducciones inconfesables. Por ello no es de esperarse que en nuestro micro mundo cotidiano exista un elíxir divino que como tal, le sea sabroso a todos los paladares y en consecuencia, funja como ecualizador de las pasiones humanas. Decir las altas y bajas pasiones, por donde pueden cabalgar tranquilamente todos y cada uno de los pecados capitales bíblicos, al menos los registrados en los libros sagrados susceptibles a nuestro entendimiento profano.
Cuando citamos el “entender“, acudimos a la más simple versión de la inteligencia elitista creadora de riquezas económicas, artísticas y espirituales, los ricos y los eruditos de las ciencias y las bellas artes. No la masa holgazana, improductiva e impensante con la mano extendida. Esos chicos dotados, que sin saber nada de nada y de manera intuitiva saben cual es  la cuerda a pulsar. En esta sentencia, obligada a saber en forma tácita, ni los atolondrados ni los mediocres, tienen un puesto o lugar en la fila de los dotados.
Por el contrario, desde los inicios de la Humanidad; quizás por una desgracia ocurrida durante el diseño original o error involuntario del alquimista a cargo; nos encontramos aún sin adultez y como nos sigue sucediendo hasta ahora. Según nos cuentan las biblias hebreas y cristianas, en castigo por portarnos mal, siempre hemos dispuesto de bebistrajos y mejunges, en lugar de manás y ambrosías. Tales disparidades han existido desde la noche de todos los tiempos y así continuarán con nuestros gustos y disgustos futuros, como ajustes sociales del hábitat humano; nunca conforme con lo que ha logrado al desarrollar su performance en poner a disposición de los suyos el ara de la subsistencia.
Dado que las irregularidades han sido y serán por sæcula sæculorum motivos “legítimos” en el pensar de quienes guían esas sociedades (los viejos casos de Hitler y Lenin y los contemporáneos de Perón, Chávez y Castro) de incomprensiones y confrontaciones, que en momentos cruciales han sido violentas en sus guerras ideológicas o convencionales, solidificado en el pensar de cada grupo integrante del gen antes de su destrucción.
Tanto en lo social como en lo político, no es extraño que en ocasiones inesperadas sucedan hechos sorprendentes por la magnitud y profundidad de su crueldad y violencia. Es casi siempre un subproducto clonado de una especie truculenta de tatoo intrínseco de los idiotizados psíquicos, conversos de improviso en carniceros tarados, como lo fueron las masacres de Littleton, Colorado; Blacksburg, Virginia y Ft. Hood, Texas.
Hay grupos, etnias y países que basados en filosofías religiosas, políticas, complejos anti gen o por simple envidia humana; asumen y adoptan conscientes, per se, poses violentas contra sus paisanos, enemigos personales o contra aquellos los cuales estiman castigables por sus ideas o decisiones políticas. Generalmente son tipejos de la morralla plebeya y lúmpenes sociales, desclasados y marginados que toda sociedad arrastra dentro del cúmulo de sus aguas negras. Algunos bocones o bembones lengua’etrapo (casi todos caucásicos) los idealizan como desheredados por el ente social y culpan a los sectores pudientes y al capitalismo en general, cuyo pecado terrible es ponerlos a trabajar sin contemplaciones.
Son los indeseables o parias de fácil reclutamiento por los líderes de filosofías confusas, religiones homicidas e idolatrías ensombrecidas. Es muy improbable que la gente culta, educada, con clase donaire (no necesariamente de pedegrú aristocrátic0) y rica, se preste a estas barbaridades. Siempre es la chusma envidiosa faveliana la que entona esos clarines y tambores, tocando a arrebatos.
Porque cuando un pistolero aislado como el asesino de Tucson,  Jared Lee Loughner; un franco odiador de su país, la sociedad norteamericana, sus amigos y hasta de la propia madre que lo parió; y quien además coquetea lubricidades con las doctrinas marxistas y nazistas, estamos en presencia de un burro casiblanco de los montes, una especie de yeti, que no sabe de qué o de cuál les están habland0.
Para colmos, se nos presenta (ver que en cualquier rinconera le aparecerá un “compañero sentimental”) como un discípulo drogadicto de Astarté, quien tirotea a personas inocentes y desprevenidas ante el asalto brutal; es imperativo sellarle el criterio de que éste esperpento maléfico ejecutó toda la masacre por sadismo puro, no por convicción política o religiosa. Aunque en este caso, existen pistas conducentes a causales alejadas de la locura, como seria el ideal de ciertos profetas APDM (antipenademuerte) de estamparle el gomígrafo de nolo contendere² como es práctica habitual entre los  grupos o sectores adiestrados en defender a estos agentes letales.
Es interesante recordar del título, que la palabra “asesino” es un vocablo de origen árabe (haššāšīn), ya que con este denominativo se identifica en los países islámicos a los viciosos adictos al hashish (ya fuera este alucinógeno ingerido en tisanas o fumado como tabaco). Dicha yerba, es también  conocida como “cáñamo índico”, “cannabis sativa” o “marijuana” ³ que algunos parapléjicos mentales tratan de legalizar.
El asesino, en práctica normal entre estos aberrados, sabe de antemano que no recibirá una respuesta similar o superior a la fuerza y violencia de su ataque. Lo minucioso del planeamiento sobre la agresión a sus víctimas y la meticulosidad en la selección de los objetivos, indica la morbidez de mostrar al gran mundo ofrecido por los medios, sus ansiados 15 minutos de supuesta gloria ad æternum, y su miserable poder circunstancial.
Es aleccionador advertir que los osos no buscan miel en los avisperos colmenares, ni capturan salmones donde los tiburones pacen sus insomnios. De igual modo, los asesinos en serie no se enfrentan a ningún futbolista Offensive takler que le pueda ripostar y despedazar de inmediato, a mano limpia. Tanto que bajo premisas semejantes, los degenerados sexuales de cualquiera de las denominada “aberraciones-preferenciales”, suelen desayunarse niños.
Es el mismo patrón de conocer con antelación malvada la “no respuesta esperada de la víctima”, al que se abrazó con premeditación, alevosía, ensañamiento y ventaja (todas, llaves agravantes de asesinato tipificado como de primer grado), el pistolero de  Tucson. Luego, no es relevante destacar que el ofensor, donde quiera que actúe y de encontrarse con que en el territorio existen las inconveniencias de un control de armas (México, Francia o Inglaterra), ello a él, le atañen tres pepinos, dado que las importaría con una transacción comercial simple.
La II Enmienda  es un instrumento formidable para controlar el crimen por la disuasión preventiva que ejerce de por sí a este flagelo siempre latente y además, habiendo sido el objetivo cardinal de aquellos tiempos creadores de la Constitución de los Estados Unidos, servir como valladar (que en las democracias puras como las nuestras de hoy y  tras dos siglos de ejercicio democrático prístino, ya la premisa se ha tornado “virtual-conceptual”) de los posibles excesos del gobierno en funciones.
Según los evangelios sinópticos de estos cándidos lamentables –quienes dan la impresión de imaginar la Humanidad como una congregación altruista de monjes cartujanos asidos por el ombligo con un cilicio común, áspero–, no fabricaríamos y comerciaríamos con armas de caza, pesca, deportes o los mortíferos automóviles (Rony), aviones (Twin Towers), bisturíes (Hannibal), sierras (Freddy), cuchillos (Psycho), tijeras (Dial-M) o cigarrillos (Rick, Casablanca).
Sí, reiteramos, y entendemos el razonamiento mantenido incólume; en base de la sentencia exhaltada por la “National Rifle Association“, aunque no le guste a algunos sofistas retores, porque el trick de la cosa estriba en que “todo depende de la mano que esgrime el producto“.
Cuando Sarah Palin dice que “si fuéramos ángeles, no habría necesidad del gobierno”, la dama está más clara que el “agua de coco”. Y bien que, como ella recalca, debemos mantenernos “recargados” no sólo de municiones vivas (lenguaje campechano y obvio en una mujer formada en la feracidad ártica) contra los enemigos internos y externos; sino también de parque político e ideológico, claro que pacíficos y democráticos, y de alertas contra los colibríes casquivanos  ansiosos de desarmarnos para destruir nuestra república con sus vuelos rasantes en reverse, como helicópteros imperfectos.
Cierto es que han existido algunos excesos –perfectamente controlables en el futuro por ambos lados políticos– durante las justas electorales, bicamerales o callejeras; pero tales intercambios de opiniones no son en modo alguno, proclives a inducir actos repudiables de naturaleza tan perversa como los de Tucson, contra uno u otro bando. No ha sido el estilo de los políticos del siglo pasado y este, por lo que si existen anomalías sanas (como son todas estas), se requiere a lo sumo de un análisis calmo, sin tocar la I Enmienda. Recordemos que los encuentros, trifulcas e intercambios verbales, son los que dan colorido al dulce encanto de las democracias.
Pero también los políticos, analistas y columnistas plañideros de nuestros medios; que nunca han olido la pólvora; deben educarse en que la primera ley promulgada por los totalitarismos fascistas, comunistas y otros de la tarantela mediterránea y caribeña, es prohibir la compra y tenencia de armas por parte de los ciudadanos. Ello (“¡evidente, Watson!“) es a los fines de pisotear al pueblo ya indefenso, como se les venga en ganas e igual que se hace con las cucarachas; tal nos sucedió en Cuba; donde la “violencia” es un factor represivo que se halla en posesión absoluta de los opresores, tal si fuera una marca registrada exclusiva o el platillo de una delikatessen del ancien régime, exportada por los comunistas.
Los padres de los Estados Unidos de Norteamérica, nuestra patria adoptiva, no tenían nada de locos andróginos o de Bobos de la Yuca y ni siquiera de los de Abela. Ello lo afirman 200 años de una república apacible y ejemplar. Y porque siempre nos ha valido aquello de que “A Dios rogando y con el mazo dando“, más si de cuidar el terruño, se trata.
© Lionel Lejardi. Enero, 2011
lejardil@bellsouth.net
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(¹)   Una segunda regla parece ser que el fin justifica los medios. En el libro de Stephen Jay Gould, “The Mismeasure of Man” (La Inmesura del Hombre), este autor evolucionista argumenta que los prejuicios sociales y políticos de un autor (Gould por sí mismo admitió ser un marxista) afectan los resultados científicos. Comentando sobre esto, otro marxista evolucionista en la Universidad de Harvard, Dr Richard Lewontin, ha (sin duda alguna) sugerido esta segunda regla del plan de juego evolucionista:
‘Los científicos, como otros, algunas veces deliberadamente mienten porque creen que pequeñas mentiras pueden servir para las grandes verdades’ (wik)
(²)   En Estados Unidos, el término nolo contendere es un alegato que se puede declarar en vez de culpabilidad o inocencia. El resultado, de hecho, es parecido a la culpabilidad, pues normalmente conlleva una condena, pero el acusado no confiesa “culpabilidad”. Spiro Agnew (genial) una vez describió el alegato así: “I didn’t do it, but I’ll never do it again” (traducido en “no lo hice, pero no lo volveré a hacer jamás“). Este alegato es exclusivo al Derecho en los Estados Unidos.
(³)   Una historia alrededor de esta droga (hashish), se reafirmó en tiempo de las cruzadas. Una  secta practicante del ismailismo en Irán, rama minoritaria del chiismo la cual a su vez era  minoritaria en un país eminentemente sunní; llego a ser muy temida tanto por los cristianos como los propios musulmanes. Los miembros de estas secta ejecutaban asesinatos estratégicos de políticos o militares. El líder fundador Hassan Al Sabbah, era conocido como “El viejo de la montaña“. Sus militantes, asesinaban a los cruzados utilizando armas blancas; estando bajo los efectos de grandes dosis de hashish concentrado. Éstos fanáticos ismaelitas eran activos en la montaña fortificada de Alamut en Iran, entre los siglos VIII y XIV y controlaban también el castillo de Masyaf en Siria. La secta pasó a ser conocida como Hashsha-shin, cuya fonética en árabe es como  “haššāšīn o ħashshāshīyīn” que en inglés dio lugar al vocablo assassin.
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Aquellos que sólo oran por la tragedia de Arizona, yerran.


                    Se cumplen 52 años de tiranía comunista en Cuba
La ética del discurso
La ética del discurso, a veces llamada ética de la argumentación (mesurada y complaciente con el “otro“) , se refiere a un tipo de argumento que intenta establecer verdades éticas o normativas a través del examen de los presupuestos del discurso (con la lesión menor para el contrincante).
(Es saber que a este modo de comportarse limpio a todo lo largo del discurso-riposta como en una justa medieval y en la cual la acción ética va destinada a destrozar y hacer polvo, de manera elegante, la argumentación del adversario, se le presume llamarlo en lenguaje plano y sin ditirambos, “intercambio civilizado“).
(Es que,) “los filósofos alemanes Jürgen Habermas y Karl-Otto Apel son considerados adecuadamente como los autores probables (y generadores) de la ética del discurso moderno (en el buen decir de los debates civilizados). La ética del discurso de Habermas (no) es su intento (único) de explicar las implicaciones de la racionalidad comunicativa en el ámbito de la intuición moral, (ética y espiritual) de la validez normativa. Se trata de un esfuerzo (teórico) complejo (destinado) para la reformulación de las ideas fundamentales de la ética deontológica kantiana; en términos del análisis de las estructuras comunicativas.
Esto significa que es un intento de explicar el carácter universal y obligatorio de la moral, al evocar las obligaciones de servicio universal de la racionalidad comunicativa. Es también una teoría cognitivista moral, lo que significa que afirma (y) justificar la validez de las normas morales se puede hacer de una manera análoga a la justificación de los hechos. Sin embargo, todo el proyecto se realiza como una reconstrucción racional de la intuición moral. (Se) alega que sólo reconstruir las orientaciones normativas implícitas que orientan a las personas y afirmar (el) acceder a esto (sólo es viable) a través de un análisis de la comunicación.”(wik).
(Por otra parte), la ética de la argumentación de Hans-Hermann Hoppe es una defensa de los derechos “libertarios1. Basándose en el trabajo de Habermas y Apel, Hoppe; un antiguo alumno de Habermas; afirma que la argumentación o discurso, es por su naturaleza una manera de interactuar libre de conflictos y que requiere un control individual de los recursos; por lo que, según él, algunas normas se presuponen como verdaderas en cualquier persona que ejerza el discurso real. Estas normas incluyen el principio libertario de “no-agresión(concepto de importancia capital, para la tesis crucial de la agresión a mansalva en Arizona), (el) que a su vez implica los derechos libertarios. Por lo tanto, nadie puede negar argumentativamente los derechos libertarios sin (caer en la)auto-contradicción (wik).
Luego, si en nuestro discurso afirmamos que “aquellos que sólo oran por la tragedia de Arizona, yerran“, no es porque en estas personas misericordiosas de cualidades de alta sensibilidad como “El alma buena de Sezuan” (Der gute Mensch von Sezuan); en el decir suave de Berthold Brech; y que hacen esfuerzos de fe sincera irradiada, exista nada reprochable o que las plegarias sean inútiles (las cuales reafirmamos como útiles); ni que nos basamos en los enunciados filosóficos de Habermas y Apel por simple referencia a la dialéctica intuitiva, ni tan siquiera por distorsionar de manera inadvertida la scjentologia (cienciología) de L. Ron Hubbard o que en un final de albedríos equívocos, aseveremos así por caprichos o disgregaciones eclécticas; sino; por lógicas irrefutables simples de los que definimos en calidad de “complementos terrenales verdaderos” de suma efectividad coercitiva, todos en nuestras manos absolutas, tal como profesamos en tantos estados de la Unión. Nos referimos al derecho de poseer armas para la defensa personal.
Ni el estado ni los ciudadanos de Arizona, sus oficiales electos como la Gobernadora Jean Brewer, el condado de Marycopa ni tan siquiera el mismísimo sheriff Joseph M. Arpaio, tienen un ápice de responsabilidad en la hecatombe de sacrificios perpetrados por el asesino. ¡Y que ahora, no vayan a tildarlo de loco! Porque lo primero que hizo este endiablado fue aprenderse de memoria “El Manual del Perfecto Sinvergüenza“, de entre sus otros libelos.
El punto de vista planteado por H-H. Hoppe, sí puede ser traído por los pelos y plantarlo en medio de la tragedia inmensa de las víctimas de la masacre de Arizona. Sólo que ese animal perverso no entiende de filosofías, como cualquier otro depredador carnicero deambulante por los bosques. En esencia, es un licántropo depredador por descendencia y autodidacta de envidias por no ser aceptado por sus iguales, que de hecho lo convierten en un paria social asociado a una reluctancia repugnante con su “yo” propio. Ahí, es que comienza su punto de inflexión odiosa hacia el gen que rehúsa, siquiera a verlo u olerlo.
La tragedia emanada de la masacre de Arizona, ejecutada fríamente por un respondente al nombre de Jared Lee Loughner; quien no deja de ser un malvado de marca mayor; le ha sido servida en bandeja de plata a quienes asocian indebidamente el modo de actuar de este felón; al consumar el hecho repelente y aparentemente aislado; puesto que hasta ahora no ha aparecido su antípoda complementaria; con un hipotético clima de odio temperamental enraizado en la sociedad norteamericana, decir en su conjunto, el derecho a comprar y portar armas y sus municiones.
Claro es que este privilegio es la pesadilla de nuestros enemigos que sueñan con vernos inermes. Saber además que esta es la primera disposición tomada por los totalitarismos comunistas y proto fascistas, en cuanto se encaraman en el poder. El objetivo, aupado por fuerzas extrañas (tal sucedió en Cuba), es cortar de raíz estos derechos ciudadanos, como anhelan los liberales izquierdistas de nuestro patio.
Otras opiniones se basan en supuestas políticas o sentimientos anti inmigrantes, expresamos, por decir algo conocido del muestrario insurgente. Porque esta última presunción es exactamente la esgrimida por los mareros (pandilleros hispanos delincuentes de la peor calaña, dispersos en los estados del oeste y suroeste), como motivo justificativo de su prisión o deportación. Luego es abordable que todas estas elucubraciones de los sociópatas rebeldes pululantes en nuestros medios, tribunas políticas, de algunas organizaciones comunitarias de activistas pro-emigrantes, VOLAGs y otras agrupaciones, que por lo general, son aupados por la ingenuidad de nuestro gobierno federal, la maldad de la filial del Cominter que actúa desde La Habana, gobiernos bananeros de Centro, Sudamérica y de la cayería antillana del Caribe, que han tomado a los EE.UU como vertederos de sus delincuentes y morones.
En esencia, se trata de unos cócteles lúbrico asequibles a estos antisociales, lúmpenes espirituales y religiosos, políticos e intelectuales, en los bares de idearios clandestinos en cualesquier esquina de nuestros barrios. Si los puntos de vista de cada estrato social son tildados de vectores hegemónicos y beligerantes activos contra el resto de los que atesoran opiniones divergentes, estaríamos como sociedad libre y democrática, bien arreglados. Los hay malagradecidos que se derriten por convertir toda disparidad política, social, económica o étnica; en elementos sabrosos de confrontación viva para cebar y amancebar sus miserables agendas anti norteamericanas.
Una recapitulación de las causales inductoras del crimen, incluyen una amalgama de situaciones, sentimientos encontrados y complejos subyacente en las tinieblas del Superego del asesino, ninguna justificativa:

  1. Disociaciones basadas en envidias denteras propias de sus vectores de complejos raciales y étnicos portadores de fisionomías de fealdad estrambótica –ver al propio asesino– ajenas al modelo caucasiano, al que casi todo el resto de las minorías suspiran en asemejárseles auxiliados por la cosmetología
  2. Vectores políticos por ser portadores de estándares tercermundistas de retraso  social, económico y religioso, achacables injustamente a las sociedades superiores social y económicamente exitosas
  3.  Vectores culturales por ser sustentadores de líneas de euritmias artística, literarias, musicales e indumentarias chabacanas y de calidad baja o pésima, al ser comparadas con las vigentes en sociedades punteras.
  4. Por decir o si tomamos cualquiera de las otras irrealidades o desvaríos atávicos seleccionados al azar, que nos agotarían si las desguazamos analíticamente, una por una.

Estas realidades que nos asaltan en callejones ininteligibles entre los meandros de la psíquis, han conducido a la Humanidad inviviente a una encrucijada;  porque le ha sido de mayor comodidad no esforzarse y sí mantenerse en un status quo de placideces, fumaderas y libaciones roñeras bajo las palmas; hasta alcanzar puntos de diametralidad opuesta que; con mucho, son los factores que guían los designios de un asesino en serie como resultó el tipejo de Arizona.
Esta es una violencia localizada en un ser extrapolado de su Id y Superego ansioso de hacer daño por el placer de dañar, exacerbado ideológica e intuitivamente por sus vinculaciones edulcorada con una mezcla de comunismo-fascismo-drogadicción y el inevitable complejo sexual insatisfecho.
Exactamente similar a un paroxismo alucinante de su alter ego; como polo diametral opuesto; a lo que Habermas, uno de los mas respetados, definió al sentenciar sabio lo que es evidente: “…que el comunismo es simple fascismo de izquierda“; del barato (añadimos); no en balde los vademécum ideológicos marxistas, fascistas, supremacistas, esotéricos, astrales, anarquistas, de perversión sexual y otros de iguales lascas; fueron los encontrados entre sus lecturas habituales como libros de cabecera.
Todos ellos son pruebas evidentes de las fuentes nutricionales ideológicas de tales monstruos, no en los breviarios bíblicos de la iglesia cristiana situada al doblar de la esquina, como pueden ser los vectores (veremos después) causantes de su criminalidad innata o inducida por la eca familiar o la de sus amicis habituales.
Por lo tanto, es innecesario rebuscar “los motivos del lobo” en los alrededores de parques infantiles otra cosa intrínseca a nuestra sociedad, tan hermosa como paradigmática a seguir, sino, hurgar en las emanaciones provenientes de nuestros enemigos políticos y sociales externos e internos (comunistas, mareros, islamitas, delincuentes allendes, infiltrados, izquierdistas liberaloides del patio, etc.), no afines a nuestro limpio modo de vida, fe cristiana o requiebros éticos, espirituales y morales.
El estado de Arizona se gobierna por leyes estatales y federales acordes con la necesidad y el sentir de sus ciudadanos decentes, no el de la chusma populachera. Animalejos como este asesino se les infiltran diariamente por sus límites estatales, fronteras extranjeras o se generan en los gettos donde anidan aves extrañas que nos odian per se. Del mismo modo sucede en el resto de los estados que componen la nación norteamericana.
Aquí en Florida, de donde el decir de “aquellos que sólo oran, yerran” van siendo superados; sucede igual con las amenazas foráneas incesantes que nos llegan desde Europa, Ásia, África y América Latina y del Caribe (incluyendo el bestiario local); por decir de las fuentes exógenas de las desgracias que afligen al norteamericano decente de todas las razas y denominaciones; porque las estamos “amarrando a lo cortico” sin dejar de quitar la mano sobre la culata del “cachimbo” y con el percutor presto; por aquello del refranero religioso popular que apunta con solidez: “A Dios rogando y con el mazo dando” es como reiterarle a toda esa gente de alma buena que, “quien sólo ora, yerra“. América, de seguro, contraatacará.
© Lionel Lejardi. Enero, 2011
lejardil@bellsouth.net
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(1) En el sentido expuesto en EE.UU desde 1950 del individualismo capitalista partiendo del individualismo filosófico, desenvuelto en 1940 en el uso moderno del término “individualista pro-propiedad” de Leonard Read y luego en 1955 Dean Russell promueve el uso durante la década de 1970 identificando la filosofía que apoya la “libertad individual” en lo social y la “propiedad privada” en lo económico (wik) .
() Lo encerrado en los paréntesis del texto del bloque inicial, no pertenece a la cita original. Son addendum del autor.

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1908

“Noli me tangere, homo” -exclamó Martha (I/IV).


Se cumplen 52 años de dictadura comunista en Cuba
Preludios
La madrugada de Año Nuevo 1959 recién avanzaba sobre una ciudad que no quería despertar. Es que los cubanos reñían entre sí, en una bronca comenzada siete años antes (10 de marzo, 1952), donde se discutían asuntos de familia y donde cada cual se creía poseedor de la verdad. Era razón por la que La Habana, demoraría en deslumbrar con su blancura inmaculada. Claro, no parecida en luminosidad a la Casablanca del Magreb. Todavía los primeros resplandores no alcanzaban diafanizar sobre las caravanas de Cadillac lujosos, unos impresionantes sedanes y limusinas de negro resplandeciente, pero ninguno tipo cabriolet. Tal fue moda chic el 12 de agosto de 1933, bajo una estampida similar a la caída del gobierno del Gral. Gerardo Machado y Morales (1925-1933), un veterano independentista que intentó reelegirse como presidente,violando la Constitución de 1901; y resultó repudiado por el pueblo, ya atosigado por la Gran Depresión de Mundial (martes negro de octubre 29, 1929).
Por razones no claras, las águilas del Potomac; en una jugada sin precedentes; le habían retirado al gobierno cubano todo el apoyo económico, militar y diplomático; con el cual contó hasta la fecha. El gobierno, desesperado, envió sus emisarios a Europa, (Bélgica, Francia e Inglaterra) en busca de armas y pertrechos para defender a Cuba de la inminente catástrofe a manos de los comunistas.
Las máquinas rodaban colmadas de funcionarios, sus familiares y en algunos casos, con sirvientes o “comecandelas” (bodygards). Los carros se desplazaban desde diferentes lugares de la ciudad y sus entornos, hacia un punto común: el aeropuerto aledaño al campamento militar de Columbia, donde también operaban aerolíneas civiles como “Aerovías Q” y “Aeropostal Venezolana”. El sitio era un dispositivo de uso doble, civil y militar, acondicionado como tal en el influyente municipio de Marianao; al noroeste de la capital, y en cuyos predios de los alrededores se asentaban las zonas residenciales de la mediana y alta burguesía, las cuales serian barridas y arruinadas por el vendaval castrista. Todo el entramado democrático armado con dificultad extrema durante los 50 años anteriores, se vino abajo.
Era gente fugitiva impregnada de temores, desorientada; sorprendida porque el gobierno del Gral. Fulgencio Batista y Zaldívar –uno de los “héroes epónimos” de la Revolución Anti-machadista de 1933 1–; al cual casi todos ellos habían apostado, apoyado y estimado inconmovible; aun sometido a los embates de una oposición apasionada y democrática, aunque enfebrecida y confundida por sus argumentos impropios; se derrumbó de manera sorpresiva en esa madrugada fatal de Año Nuevo del 1959. Ello culminó en la huida del Presidente, su familia y colaboradores más cercanos. El desconcierto de estas personas poderosas, que después contagió a la ciudadanía aún soñolienta, fue total.
Igual de aterrados, los fugitivos temían las ya anunciadas represalias de los revolucionarios; cuyos efectivos guerrilleros correteaban siniestros por los montes, pueblos y ciudades, apoyados por milicianos urbanos armados con aquello arrebatado a los aforados gubernamentales o con lo que pudiera servirles de arma. Estos últimos, terroristas urbanos, se la habían estado “jugaban al canelo” día a día, perseguidos por la policía, paramilitares y los órganos de seguridad interior.
En realidad, con el enemigo en fugas, no eran necesarias esas armas salvo para contener a los saqueadores. Sin embargo, los guerrilleros castristas auto apuntalados como los vencedores –bien asesorados por los estrategas del Comintern, tal confesaron éstos después se alertaban contra el reclamo justo de sus competidores apoyados por otras facciones revolucionarias también beligerantes y armados (genuinos demócratas); para que éstos no les demandaran una parte alícuota justa en el gobierno que los castristas estimaban “su” botín exclusivo.
Casi todos los fugitivos eran políticos miembros prominentes o negociantes vinculados al gobierno batistiano. Otros, consideraban que las represalias podían a alcanzar a cualesquiera de las fuerzas cívicas y sociales, aunque no beligerantes, que a los vencedores les olieran o les convinieran tildarlos como colaboradores gubernamentales.
Eventos tales que sucedieron en realidad, con exterminios masivos inmediatos, desatados por los guerrilleros contra los implicados con el gobierno. Copiaban excesos similares a los ejecutados por los bolcheviques contra la pequeña y alta burguesía rusa, incluyendo campesinos y terratenientes, llevados a cabo a posteriori del asalto al Palacio de Invierno de Petrogrado en octubre de 1917. Exacto cuando en febrero de ese mismo año el Gobierno Provisional Republicano de Aleksandr F. Kérenski, cuyos partidarios demócratas lograron que el Zar Nicolás II abdicara y disolviera el ancestral gobierno de los Romanoff 2.
Los viejos comunistas cubanos, quienes hasta la fecha se mostraban ante el pueblo como dechados de demócratas y humanistas; no dejaron ser más que combatientes simbólicos que nunca pelearon; y que tras la victoria de los alzados desplegaron igual furia implacable contra sus adversarios, sirviéndole a los castristas como música de fondo y pretexto para eliminarlos si ello les fuera útil, ante cualquier reacción de Washington.
Todos los prófugos de esa madrugada, se ufanaban en obtener para sí un puesto salvador en los aviones, militares y civiles, que rugían en las pistas y a las salidas de los hangares. No hubo santos, patronas o demonios a los cuales, estos ciudadanos en desgracia no recurrieran in articulo mortis. Dado que eran personas consideradas culpables a priori ante la opinión ciudadana, de haberles impuesto al pueblo un gobierno autoritario (“dictablanda”, en el decir de algunos cronistas desapasionados), que a los ciudadanos les pareció sofocante. Curiosamente, tutelados por un gobierno de facto, donde los opositores pacíficos hacían lo que les daban sus reales ganas democráticas, comparada con el totalitarismo absolutista cernido después sobre Cuba, bajo la férula impuesta por el Dr. Fidel Castro Rúz, su clan familiar de aprovechados y seguidores ávidos de hurtar y apoderarse (como hicieron) de las riquezas de los burgueses y arcas de la nación cubana entera, antes de poner la soberanía de la isla en manos de Moscú.
No tardó que este nuevo “líder providencial” –quien de inmediato regodeó su ego frustrante al disfrazarse como el “Cristo aparecido en Emaús”, sólo que esta vez el teatro fue montado en Cuba– se declarara: “Dictador vitalicio de la República de Cuba, gracias a la revolución humanista y verde como las palmas” y el ulular de su grey de idólatras ávidos. Esta práctica populista, resultó cartabón para el destape subversivo de las izquierdas mal encasilladas como “democráticas, progresistas o radicales (Arévalo, Betancourt, Haya de la Torre, Estensoro, Perón, Cárdenas y otros) comenzando por las entronizadas de manera encubierta en Indoamérica, inmediato que sobrevino la etapa de la pos II Guerra Mundial (IIGM).
Lo sorprendente del gobierno del presidente Batista, es que se mantuvo funcionado con el mismo guión de criticas y desórdenes públicos de los oposicionistas, protestas ciudadanas, actividades contestatarias legales e incluyendo su inevitable batallar contra el terrorismos de los castristas y comunistas; adjudicables a cualquiera de las facciones oponentes latinoamericanas, inmersas en el batallar democrático convencional. Esta forma de gobernar y sus vicisitudes, resultaban imposibles para los radicales subversivos.
Una etapa que perduró durante los siete años anteriores a la instauración de la dictadura castrista en lugar del ahora gobierno evadido. No se trataba de “la comezón del séptimo año”, siempre pendulando sobre los destinos de la Isla; porque una parte sustancial del pueblo fue inclinada por demagogos profesionales, a sentirse divorciada de su gobierno.
Sectores irresponsables de la oposición, donde se incluían partidos políticos, líderes y en especial, medios de comunicación importantes; montaron una presión descomunal personalizada e intolerable; sobre el gobierno de Batista y sus instituciones, hasta entonces invulneradas desde la época de los gobiernos auténticos. Luego, el temor fundamentado de los fugitivos, se basaba en que la componente activa (violenta) de los comandos subversivos; ejecutores experimentados de actos terroristas indiscriminados durante los dos años del conflicto de la guerra civil; pasarían de inmediato a fungir en calidad de cazadores de aquelarres imaginarios, al servicio de los revoltosos.
Estas unidades obraron casi igual a los Einsatzgruppen (Grupos de Acción de la SS) como unidades especiales de castigo, paramilitares, armadas por los hitlerianos inmediato que tomaron el poder el Alemania, a inicios de los años 30. Así se conjugaron elementos de los “Grupos de Acción y Sabotaje” clandestinos del Movimiento 26 de Julio (M26J), junto con los arribistas de la vieja guardia comunistas, del Partido Socialista Popular (PSP) y los destacamentos guerrilleros punitivos. Ciegamente, lo más sano del resto de las fuerzas oposicionistas se dejaban sopapear por los demagogos comunistas, quienes después condujeron a marcha forzada la república hasta el desastre actual.
La irrupción de estos nuevos aventureros y líderes desconocidos, no pasó desapercibida para ciertos bien informados políticos y analistas, como el periodista Salvador Díaz-Versón (Castro le destruyó todos los archivos con las fichas y dossiers de los comunistas latinoamericanos), Rafael Díaz-Balart y otros fervientes demócratas, quienes aunque apoyaban al gobierno de facto estaban convencidos de la decisiva ascendencia de la inteligencia del Comintern sobre los comandantes guerrilleros, excepto los del Directorio Estudiantil Universitario (DEU) y otros combatientes de la zona de la Sierra del Escambray, en centro-sur de la isla.
Uno de los líderes derechistas afectos al gobierno, activo anti comunista y quizás el más osado, de empuje y arresto personal; era el periodista defensor de la política gubernamental; específicamente la anti subversiva; Dr. Rolando Masferrer Rojas, senador de la república y director de los periódicos “El Tiempo” (La Habana) y “Libertad” (Oriente).
Es de destacar la singularidad de que este líder había integrado a finales de los años 30, la denominada “Brigada Internacionalista Abrahan Lincoln” (otro sacrilegio histórico del Comintern) la cual invadió España bajo órdenes y apoyo logístico de la URSS, bajo el pretexto de defender al gobierno republicano de Manuel Azaña Díaz de la II República Española (1936-1939) ante la insurrección de las tropas falangistas comandadas por el Gral. Francisco Franco Bahamonde. Este caudillo (tal se autodenominaba), a su vez estaba apoyado por la coalición del “Eje de Acero”. Los rusos, pretendían bolcheviquizar España en un copycat burdo del disparate comunista en versión ibérica, tal como harían después en Cuba el Dr. Fidel Castro y sus seguidores.
Luego, Masferrer era un decepcionado y además disidente pro activo del izquierdismo infantil, romántico y naturalista; pululante entre los jóvenes idealistas de los años 30, por lo cual, este político ya maduro estaba perfectamente al tanto de la prosapia subversiva y anti democrática de los principales cabecillas anidados en la Sierra Maestra. Todos los cuales, dormitaban apacibles en brazos de la Internacional Comunista, a cuya rama latinoamericana, se le adjudicaba sede en Ciudad México DF.
Es precisamente allí, en México, el país donde los Castro y la retahíla de sus adeptos armaron; contando con el apoyo de ingenuos exiliados demócratas (en especial el depuesto presidente Dr. Carlos Prío Socarrás); la expedición armada –culminada en el desembarco fracasado del contingente subversivo del yate “Granma” en las ciénagas de “Las Coloradas”–, con la cual invadieron Cuba por la provincia de Oriente, en diciembre de 1956, mal armados y peor entrenados. Recién pisaron tierra, les sobrevino el desastre al caer en la emboscada de “Alegría del Pío”, donde fueron emboscados y diezmados por las fuerzas gubernamentales.
Ello se debía, a la política de puertas abiertas del gobierno mexicano hacia los exiliados republicanos españoles y otros perseguidos políticos latinoamericanos y europeos, agobiado por las intemperancias irresolutas de los nacionalistas cardenistas. Estos últimos, entre otros países del cono sur (Argentina, Chile, Brasil, etc.) no ocultaron sus coqueteos de entonces (pre IIGM) tanto con la URSS como con la Alemania, Italia y las potencias del Eje. Sin embargo, en realidad el gobierno mexicano mantuvo firme e invariable su faz democrática, que nunca abortó ni renuncio. Masferrer, entre los adversarios de los guerrilleros, era el hombre más temido por Castro.
Los líderes de las bandas armadas alzadas en las montañas de la Sierra Maestra en Oriente, aparentaban en público estar distanciados y desvinculados del PSP. Este partido político como abrevadero de los comunistas criollos, se alineó desde sus inicios (1925) con las prácticas feroces desarrolladas por los stalinistas en Rusia.
Uno de los fundadores del partido comunista cubano (1925), fue el destacado líder estudiantil universitario, Nicanor McPartland y Diez (aka, “Julio Antonio Mella”) jugó un roll sorprendente entre las fuerzas oposicionistas. Mella, fue asesinado en Ciudad México DF en 1929. Según versiones, por disentir de la línea moscovita, otra, por una simple cuestión de faldas, mientras que las mas pregrinas (en el decir de los comunistas) achacaron el crimen a un supuesto pistolero (Quico Magriñat) enviado por el Presidente Machado.
El PSP, se sometió a los dictados del Kremlin, aplicó sus métodos clásicos de purga y asesinatos, tal los implementados por el buró político de asuntos internacionales –Comintern– que operaba en el ámbito mundial y el cual se le supuso disuelto tras concluir la IIGM, bajo otro nombre como bluff armado al estilo ruso para engañar a Occidente.
Nadie hubiera dado ni un penny (kilo prieto) por la seguridad de ninguno de los integrantes de estas capas de la jet set dorada de la aristocracia social tradicional cubana ni de la castrense batistiana, ahora fuera del juego político y en pleno movimiento de abandono del poder en Cuba. Este horror a vistas, en unos casos fue articulado en segmentos por la oposición honesta, que aspiraba un retorno al sistema republicano, democrático y de libertad plena, fracturado inexplicablemente por Batista en marzo de 1952.
Mientras, la otra facción de oposicionistas violentos, patrocinada por los comunistas (castristas, anarquistas, libertarios, aventureros y mercenarios extranjeros, etc.) afilaba sus “cuchillos largos” tendentes a sumir la Isla de Cuba, para siempre, en las redes totalitarias típicas de las “Animal Farms” orwellianas. Idénticas a las sembradas por los rusos en sus satélites detrás de la Cortina de Hierro, a partir de 1948. Una visión sobre la cual alertó el líder nazi y Ministro de Propaganda, Joseph Goebbels, tan temprano como en enero de 1945.
Tanto los errores y respuestas violentas del gobierno de Batista, ante el acoso del terror oposicionista; como la excelente propaganda desarrollada a su vez por la candidez de los opositores demócratas y la muy profesionalmente activa de los comunistas, mantenían al gobierno a la defensiva. A ello se sumaban los siempre acechantes cultores de la izquierda liberal del periodismo norteamericano. Uno de cuyos íconos más dañinos –casi de la textura cósmica del Presidente Jimmy Carter– fue el conocido editorialista del New York Times, Herbert Lionel Matthews, furibundo defensor de todos los pillos y pillajes de la triquiñuela roja, sustentados a su vez en sus fechorías por las bandas bolcheviques.
La mayoría de los pasajeros de ese viaje al horror infinito, eran figuras poderosas y osadas a toda prueba; pero que tras el discurso de despedida del Presidente de la República, con la última campanada de medianoche, quedaron desarmadas moralmente y petrificadas, al abandonar su líder de manera tan abrupta la fiesta de Fín de Año 1958. Ahora el conjunto de fugitivos del gentío se redujo a simples personas posesionadas por el miedo. Se trataba de integrantes de un gobierno en fugas, sin puentes de plata, derrocado al grito de “sálvese quien pueda” dado por la más alta esfera gubernamental.
Ahora, esa masa de confundidos se encontraba envuelta en una espantada masiva espectacular nunca vista antes, en medio de la noche y tiritando de frío. Finalmente las caravanas de carros, algunas provenientes desde la Casa y Polígono Presidencial del propio campamento de Columbia, terminaron de arribar silenciosas al aeropuerto. La terminal, ya había sido militarizada desde la semana anterior, al saberse que los guerrilleros del oriente y centro de la isla; mancomunados bajo el mando de dos de los capitanes preferidos por el fatalismo histórico de Castro, Camilo Cienfuegos Gorriarán y Ernesto Guevara de la Serna (eliminados sucesivamente, a posteriori); ponían sitio a la ciudad de Santa Clara en el centro de la Isla, hasta la rendición de esta urbe a los guerrilleros, a finales de Diciembre de 1958.
La saga continua.
© Lionel Lejardi. Enero, 2011
lejardil@bellsouth.net
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(1) En realidad las figuras visibles pos machadistas, fueron los miembros de la Pentarquía, el Directorio Estudiantil, la facción ABC y otros. Batista, sin embargo, ya después de haber saltado de sargento a coronel, tras el putsch de 4 de septiembre, 1933; resultó el Hombre Fuerte tras bambalinas, entre septiembre de 1933 y junio de 1940, cuando fue precipitado por el voto popular, hacia la presidencia democrática (1940-1944).
(2) Para octubre, el gobierno republicano de Kerensky se deshizo ante el “genial” coup d’etat (desde el punto de vista del escritor e historiador italiano Curcio Malaparte) desarrollado por los destacamentos armados bajo el mando de Trotski. Estos pícaros de la izquierda rusa, no habían contribuido en nada al derrocamiento del Zar y sí, actores que escenificaron el papel de cuervos perfectos tras la batalla, sin arriesgarse, salvo para llenarse los morrales.

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“Noli me tangere, homo” –exclamó Martha (II/IV).


Se cumplen 51 años de dictadura comunista en Cuba
Un Caronte singular
En el aeropuerto de Columbia, un hombre vestía un uniforma militar que le distinguía como Coronel. Ahora estaba a cargo del Servicio de Inteligencia Militar (SIM) y designado comandante de la guardia presidencial que cuidaría del Presidente en esa noche aciaga. Éste, quien sustituyó al Gral. Manuel A. Ugalde Carrillo en ese cargo la noche anterior, esperaba paciente a los fugitivos que llegarían de inmediato. Un teniente, su ayudante, se le acercó, saludó marcial y le entregó uno de los walkie-talkies (WT). El coronel activó y escuchó a quien le llamaba.
–¿Mariano? –inquirió una voz rasposa, familiar.
Sí, mi general –asintió el coronel.
Todo en verde yEl Hombre” (el presidente) va en camino. ¿Está claro, coronel?
Right, señor general.
Escúchame bien, Mariano –le recalcó el superior, en el más convincente de sus tonos–. Le prometí al Presidente que tú, eras el hombre idóneo para esta operación. Todos quedaremos en tus manos y en la de tus hombres, coronel. Y, ¡fuego a la lata, coño, hasta que suelte el fondo! –exclamó finalmente emocionado desde el otro extremo, el Gral. Eulogio Cantillo Porras, Jefe del Estado Mayor Conjunto de las Fuerzas Armadas. Era uno de los dicharachos preferidos por los oficiales cubanos que combatían a los guerrilleros castristas, para arengar a la tropa.
Seguro y siempre. ¡A la orden!, mi general! –exclamó Mariano conmovido y en voz alta y, maquinalmente, hizo el saludo militar. Pero se compuso de inmediato, al ver que su ayudante se había percatado de su muestra de disciplina.
El coronel estaba dispuesto por el Alto Mando del Ejército para recibir a los fugitivos, con el máximo de consideraciones. Alto, fornido, de ojos azules, quizás alejandrinos. Cualquiera lo habría supuesto rudo, porque se trataba de un militar experimentado funcionario experto en Inteligencia y Contrainteligencia Militar, adjunto al primer círculo de protección del Presidente 1.
A éste, todos le conocían  perfectamente encajable dentro del grupo de colaboradores cercanos al mandatario, y de ser los enemigos de mayor recelos por parte de los opositores violentos, que le temían por su inexorabilidad en defensa de la democracia. Algo, que buena parte de los opositores demócratas no entendían, puesto que echaban en el mismo saco a quienes defendían ciertos privilegios; los mismos; a los cuales aspiraban los contestatarios al gobierno, tal lo demostró después la historia.
En la realidad, la expresión del coronel era afable y de maneras suaves. El oficial, esperaba a los autos y pasajeros con los brazos en jarras (la actitud de quien se las daba de ser un “militar hasta los tuétanos”), protegido por una escuadra de oficiales jóvenes, armados hasta los dientes, en especial con las novedosas metralletas Uzi israelies colgadas del cuello y pistolas Browning  parabellum de 9 mm belgas, entre otras de las armas, todavía inusuales por los oficiales de las Fuerzas Armadas cubanas.
Sucede que el tipo, quien se las gastaba de ente solitario; era quizás el más apto y sereno en la óptica presidencial; para desplegar la logística de los momentos excepcionales, como son los estados de excepción, como los que corrían ahora en medio de aquella madrugada. Nada extraordinario, salvo la previsión de un par de bazookas M1A1 (60 mm) con su parque ambulante, guardadas en los maleteros de los carros celulares.
Se trataba del anfitrión idóneo escogido por su profesionalismo frío y de una eficacia aterradora, capaz de afrontar situaciones tan excepcionales como el desvió de la sociedad gubernamental hacia ese vericueto laberíntico del exilio.
Él se hayaba dispuesto para catalizar la orientación de los prófugos civiles y militares, hacia las aeronaves ya activadas y recalentadas en las pistas. También, porque este hombre era otro de los militares de carrera más temido por los facciosos, en especial los comunistas. Se trataba del Coronel Mariano Faget Díaz 1, el eficiente ex jefe del Bureau de Represión de Actividades Comunistas (BRAC), al cual los comunistas le achacaron después, otros eventos que nunca sucedieron.
Era quien debía constatar que los autos vaciaran su abigarrada carga y que todo marchara en orden, considerando la premura del tiempo disponible. Este militar aguardaba las oleada de fugitivos esperanzado en que cada cual, según las órdenes del Presidente, encontrara un puesto en el albur de arranque de acuerdo a su rango y categoría. Porque las adorables mascotas de las damas con moquillo tempranero, se quedarían en tierra, le había advertido el Presidente. Quien, ya él mismo había sacrificado sus dos Dóbermann originales de figuras imponentes, traídos desde la Selva Negra (Schwarzwald)  de Baden, Alemania. El Presidente no soportaría que los canes fueran a parar a manos guerrilleras.
El Coronel sabía que lo único importante para esas personas, era poner espacio entre ellos y los sediciosos de la oposición violenta –los mau-mau tal les decían entre la tropa–, ya conformados en partidas urbanas punitivas nutridas con apparatchiks en función de comisarios políticos. Estas tropas punitivas, iban provistas de todos los poderes verbales (que nunca dejan rastro) para la búsqueda, captura –y en ciertos casos ajusticiamiento marcial, in situ, de aquellas figuras connotadas componentes de una lista interminable elaborada personalmente por los Castro. En la misma, aparecían líderes políticos, sociales, obreros, militares, religioso,  periodistas y sus simpatizantes; los de mayor significación y a los cuales “en aras de los altos fines de la revolución, había que modificarles la salud, de cualquier manera y bajo cualquier pretexto”. Los Castro habían sido tácitos con los responsables de los grupos de exterminio:
Ante la duda, nada de piedad con los enemigos. Fusilen y después veremos. Es la Ley de la Sierra Maestra. Si es necesario, un tiro en la nuca. Dijeron los alemanes que era lo menos doloroso para los judíos.
Puesto que los “otros” serian simples cucarachas burguesas a las que se debían eliminar a cualquier costo y de manera expedita, extrajudicialmente, para 0bviar los peligrosos inconvenientes y demoras ante los tribunales; de juicios públicos formales tal indicaban las leyes que los castristas alardeaban y se ufanaban en anular.
Las hordas de comandos urbanos, ya desenfundaban sus armas en cada rincón de las ciudades, pueblos y zonas campesinas, prestos a limpiar el país de los restos de agua pesada de las instituciones gubernamentales sustentadoras del ancien régime. Los tres poderes, legislativo, judicial y ejecutivo, se barrerían sin la menor contemplación.
Se incluirían los institutos armados, la prensa radial o escrita y a los medios libres se les aplastaría bajo pretextos, destruidos o confiscados por el nouveau régime y Cuba, se convertiría en una sociedad fuera de la ley y su régimen dispondría del pase de abordo, para sumergirse en el pavor subyugante del mundillo comunista.
De inmediato, comenzaría la transformación del país cubano hacia un totalitarismo inhumanizado. Todos los ciudadanos, incluyendo personas adineradas de las clases medianas y altas andaban esa noche desesperadas y confundidas, por saberse lanzadas hacia un destino incierto. Algo que ya sabían de antemano al escrutar los ejemplos de la URSS y el desbalance social impuesto por los bolcheviques en la Europa del Este, desde la pos guerra (IIGM). Sólo una parte de la gente de “a pie” percibió la naturaleza real de aquello que se les sobrevendría.
Ya supuesto finalizado el arribo de los fugitivos, Faget se dirigió hacia el carro apartado del resto de los vehículos recien llegados, –un Cadillac limousine blindado también “Cola de Pato”, color negro–, parqueado en medio de las sombras y a la vera del edificio de la torre de control de vuelos. En dos Chevrolets “Bel Air” 1958, con los colores oficiales crema y blancos del SIM, esperaba el team de guardaespaldas armados con sendas sub metralletas, diseminados en las cercanías. Esta mini tropa era la encargada de la custodiaba presidencial, dispuesta en un dispositivo circular. Aquella élite de guards du corps, era estimada como la de mayor fiereza y lealtad al mandatario.
Un lejano tintineo metálico, a veces con un fondo sonoro de detonaciones apagadas y claxons traídos por la brisa temprana, se percibía proveniente de cada punto de la ciudad circundante. Además de algunos que otros fuegos artificiales y cohetes voladores detonantes, tardíos. Eran de simpatizantes del gobierno, ajenos al drama en Columbia, pero que daban espectáculo al cielo. Una actividad prohibida, por bordear imágenes terroristas, pero a la que ningún oficial se atrevería a cerrarle las puertas, atenidos a los rumores tremendos que circulaban.
La ventanilla derecha del pasajero descendió con lentitud. Desde el interior, el Presidente Batista, último mandatario de la era republicana; atinó a hacerle a Faget un gesto para que se acercara y le susurro algunas palabras.
Mariano, ¿cómo tú ves la cosa? –le inquirió Batista, sin gota de desaliento.
Señor Presidente, ¿puedo serle franco?
Claro, hombre. Ahora más que nunca.
Esto se jodió irremediablemente, señor Presidente –acertó decir el coronel.
Mariano, ¿y tú y tus hombres, qué?
Señor Presidente, esa bronca es mía —aseguró tácito.
Batista le saludo emocionado, con un brillo fugas en sus ojos achinados. Faget hizo un gesto de asentimiento y le devolvió un saludo militar. Era la señal para que los funcionarios y familiares allegados al mandatario, seleccionados entre los más destacados –extrañamente, excepto el Vice Presidente de la república, el cual nunca fue avisado de la estampida–; abordaran el DC-54 ejecutivo, el “Guáimaro“. Esta era una aeronave acondicionada idéntica al “Bataan“, la cual condujo a Douglas MacArthur en 1945; hasta el aeropuerto de Atsugui en Yokohama, para concluir la rendición del Shōwa japonés, el emperador Hiro-Hito2 y su ejército imperial. El mismo ejército que el Emperador estimó una vez imbatible, hasta que el general norteamericano y su corncob pipe (pipa de maíz), les demostraron lo contrario, derrotándolo ignominiosamente.
Y también para que el resto de los pasajeros corriera hacia los otros aviones, ronroneantes ensordecedoramente en las pistas. De los equipajes de mano, algunos iban atiborrados con valores, joyas y dinero cash en dólares y libras inglesas que, acumuladas previsoramente, lograron rescatar y que en ese momento constituían los bienes más preciados por los fugitivos. Otras aeronaves ligeras personales multiplazas, pertenecientes a los más previsores de que aquella guerra civil terminaría como “la fiesta del Guatao”; concluían el abasto de combustible, reventando de azorados pasajeros –los de bajo pelambre–, o rodaban enloquecidas pidiendo pista para el despegue.
Igual sucedía en otros aeropuertos privados o militares del resto de la isla. Tal era el caso de un afortunado cubano de limpio origen sajón, groupie des boîte de nuit, elegante, culto y de figura fenomenal –un verdadero Playboy de la jet-set habanera–; el cual (cuenta una de las versiones, sin confirmar) no esperó por nadie para pilotear su avioneta bimotor Cessna, desde el diminuto aeropuerto de Santa Fe, en la playa homónima, y vestir las calzas y tomar por las de Villadiego, arrancar y volar sin parar hasta el aeropuerto de Kendall, en South Miami.
Ambia, ¿te vas, y me la vas a dejar en la mano? –le inquirió en tono carinoso Lazarito, a su tycoon, al cual le cuidaba el avión.
–Sí, Lacho. Mejor te quedas. Es un vuelo sin regreso –. Y le extendió cinco billetes de 100 pesos cada uno.
En su diplomática, de cuero negro, cuentan, llevaba tres millones de dolares contantes y sonantes. Un dinero que era de su absoluta propiedad, libre de polvo y paja, ahorrado durante años –antes de que Lansky acaparara el negocio de las mesas de juego en el cabaret– mientras junto a sus socios, armaban en Villa Mina un hermoso centro nocturno. Se trataba de uno de los tres dueños del cabaret “Tropicana”. Los otros dos, indecisos, decidieron finalmemnte permanecer varados en Cuba.
Hasta que Dios y San Lazaro así lo dispongan –barruntó Echemendia.
Después de los insultos y maldiciones castristas, los nuevos hunos convirtieron el despampanante lugar de diversión, en su lugar favorito para el solaz y esparcimiento, además de trampa para los incautos fellow travellers visitantes, diplomáticos y el resto de la gente chic que se quedó revoloteando alrededor del régimen, subyugados o chantajeados por la añagaza guerrillera.
Estos últimos fugitivos de transportes auto soportados, formaban la élite de los afortunados que disponiendo de medios propios, lograron ser avisados a tiempo por amigos y simpatizantes gubernamentales. Incluyendo también los propios oposicionistas moderados, temerosos de igual modo a los desmanes y saqueos desatados por la cáfila guerrillera. El éxodo continuaría en las semanas siguientes, aunque restringido a barcos y yates privados. A estos grupos de fugitivos irregulares, se les incorporaron los primeros desertores y desengañados con el teatro castrista y la comunización de Cuba.
Este segundo gobierno republicano, ahora autoritario; del Gral. Fulgencio Batista y Zaldívar, se había instalado primero de facto y después de jure; el 10 de marzo de 1952, al derrocar por un coup d’etat incruento al gobierno constitucional del Dr. Carlos Prío Socarrás (1948-1952), echando a un lado la Constitución de 1940 que el mismo patrocinó y sancionó en uno de sus mejores gestos como gobernante, y la sustituyó por los llamados “Estatutos”.
Prío, quien fue electo Presidente de la República de Cuba en alas del Partido Revolucionario Cubano (Auténtico), era a su vez sucesor y discípulo del presidente que lo antecedió, Dr. Ramón Grau San Martín (1944-1448). Prío, debía concluir su mandato constitucional en los meses siguientes (junio de 1952), tras las elecciones convocadas. Ambos presidentes fueron líderes prominente del antiguo DEU (Directorio Estudiantil Universitario) y la Universidad de La Habana, como integrantes de los grupos de revolucionarios que combatieron valientemente la dictadura del Gral. Gerardo Machado Morales (1925-1933).
Aduciendo razones no claras, Batista interrumpió el proceso democrático en marcha –ya con las elecciones presidenciales a puertas–, y había ejecutado su “madrugonazo” cuidando de que dicha ilegalidad se ejecutara como una delicada práctica quirúrgica, encubriendo la estrategia golpista; a fin de lograr –y así sucedió– que el revolico castrense fuera no-violento, y de este modo deponer de manera simple al gobierno auténtico, como quien cambia el ajuar de cama, y situarse en su lugar.
Tal modo de reflexionar, le resultó fatal a su gestión gubernamental e indirectamente comprometió al pueblo cubano, en la vorágine inimaginable impuesta por la pesadilla castrista, dentro de la cual se encuentra aprisionado el país cubano.
Los sectores políticos tradicionales, las fuerzas vivas y una significativa parte de la ciudadanía, rechazaron el quehacer batistiano. De inmediato, comenzaron las conspiraciones para revertir el proceso hacia su cause normal. Los comunistas del viejo PSP, vieron con beneplácito la vuelta de Batista al poder y bajo cuerda, enviaron recados al nuevo presidente, asegurándole que éste contaría con su apoyo, como en los “viejos tiempos de la pre guerra (IIGM)”.
Ellos estaban al tanto de que una estrategia puesta en marcha tan temprano como desde 1948 por el Comintern, ya consideraba y así sucedió, incorporar a los hermanos Castro a la hoya política cubana. Raúl Castro pasó a ser miembro secreto del grupo que los comunistas denominaban “militantes positivos sin carné”, o sea, sin registro ni documentación oficial de su filiación (virtual) a la Juventud Socialista. El término de “socialista” encubría burdamente la denominación intrínseca de “comunista”, un anti valor rechazado por el pueblo cubano.
Durante la etapa pre y pos machadato, hasta 1944, Batista era considerado un líder nacional; autoritario, pero no exactamente despótico; por su actuación en normalizar el caos pos machadista, patrocinar la institucionalización del gobierno, obras públicas y educacionales, reforzamiento de la defensa nacional, economía, los emprendedores locales y sus excelentes relaciones con el gobierno de los EE.UU, entonces en manos de Franklin Delano Roosevelt.
Al estallar la IIGM, con la incorporación de EE.UU a la entente Aliada; en el conflicto contra las potencias del Eje de Acero (Alemania, Italia, Japón y otros), Cuba dispuso de una posición política privilegiada frente a los EE.UU, por su aporte de materias primas (minería), azúcar, alimentos, carnes, tabaco y otros rubros; incluyendo permisos para la instalación de bases militares, dentro de la estrategia general de los Aliados contra los fascistas.
Batista, a pesar de sus veleidades políticas similares a las de otros gobiernos latinoamericanos autoritarios o militarizados, o sea, “valorizaciones de las ideologías entre las hegemonías fascistas y democráticas, no dudó en declarar gallardamente la guerra a todas las potencias del Eje.
Con la promulgación de la Constitución de 1940 (posiblemente la más significativa y democrática de todos los tiempos), Batista tuvo un boleto fácil para ser elegido presidente de la república (1940-1944) al concluirse el grueso de la etapa pos machadista; más, cuando con todos los honores democráticos, entregó el poder al Dr. Ramón Grau San Martín en 1944, del Partido Auténtico opositor.
Luego, tras el sorpresivo golpe cívico-militar de 1952 contra el presidente constitucional Prío Socarrás, en medio de la Guerra Fría, el ambiente de respeto y admiración de la opinión publica hacia Batista, cayó a su nivel más bajo.
Los líderes del PSP recibieron un encontronazo de quien los promovió a la legalidad a finales de los años 30. Era el mismo líder al que ellos habían apoyado políticamente, asegurándole tranquilidad absoluta en el sector laboral y que dejarían a un lado la monserga de la “dictadura del proletariado” y la toma del poder por medio de la violencia.
Batista entendió en la etapa pos machadista que el ayuntamiento de las potencias del mundo democrático y cristiano (los Aliados), con el totalitarismo ateo de la dictadura moscovita, en la entente militar antifascista de los Aliados opuesta a la Alemania nazi y sus compinches europeos y asiáticos; era signo de que compadrazgos con los comunistas locales, no seria mal visto. Así, permitió que los comunistas se apoderaran del movimiento obrero, tuvieran ministros “sin cartera” y mangonearan este sector a sus antojos durante su época dorada.
Cuando Batista reasumió el poder en 1952, uno de sus primeros movimientos políticos, fue asegurarle a los EE.UU que sus devaneos de antaño con la URSS y los comunistas, no coincidían con la realidad del mundo anti comunista de hogaño. La verdad indubitable de un posible choque nuclear entre Occidente y Oriente obligó necesariamente, a que los países pro occidentales se definieran contra el bloque comunista euro-asiático. La ruptura de relaciones diplomáticas entre Cuba la URSS y el bloque soviético, amilanó a los comunistas cubanos quienes seguían fieles a Moscú, por lo que su Comité Central y otros líderes conocidos, debieron semi esconderse.
Esta táctica dilatoria se evidenció en un intento de limpiarse públicamente ante Batista, a raíz del ataque alevoso de los castristas al cuartel “Guillermo Moncada” en Santiago de Cuba, Oriente; el 26 de Julio de 1953. El PSP, condenó severamente lo que ellos denominaron el “putsch muniquense” de Fidel Castro y sus seguidores. Como después se evidencio tras la toma del poder de los guerrilleros, que todas aquellas poses demagógicas y rimbombantes, no fueron más que escenas de un teatro diversionista, pre elaborado.
Pero, la indignación popular que tan hábil como cruel desataron los opositores; en especial los seguidores de Castro y los disciplinados comunistas; hizo que en esa noche tan aciaga de la fuga para los últimos vestigios de la deficiente y maltrecha democracia cubana, fueran mínimos los simpatizantes de Batista que le lloraran por su derrota y escape, lastimosos. El Presidente, también estaba cesanteado en su función de “Caronte Singular”, como vigilante de la paz, felicidad y riquezas de sus ciudadanos.
Washington jugó un roll extremadamente importante en el arrinconamiento y derroque del gobierno de Batista, al meter de lleno sus manos en el Asunto Cubano, y suspenderle la ayuda económica, militar, política y diplomática, mientras propiciaba y se hacia de la vista gorda sobre los cuantiosos alijos de pertrechos que fluían incesantes hacia los revoltosos, como ahijados perfectos del Comintern.
El periodista norteamericano, Herbert Lionel Matthews, un viejo camaján de la horda maoísta y no por casualidad admirado editor del “New York Times”; fue enviado a Cuba bajo cuerdas, por el Departamento de Estado para que con el pretexto de una entrevista con el líder guerrillero; lo diera conocer a la luz pública como un “Robin Hood moderno”, con efectos desastrosos para la democracia en toda Latinoamérica.
En el trasfondo se pretendía ridiculizar a Batista e ir presentando a su nueva ficha: el guerillero Dr. Fidel Castro Rúz y sus seguidores, como paladines en la lucha democrática. La cuartada finalizó con sus esfuerzos para lograr el cese de la ayuda en armas, dinero y pertrechos al gobierno de Batista, lo cual logró, con éxito pleno.
El embajador norteamericano en La Habana, Earl T. E. Smith, quedó paralizado de pies y manos y al cual obligaron a consultar con Matthews, todo lo relacionado con el Asunto Cubano. Nada de nuevos armamentos ni repuesto para sus equipos y municiones de guerra.
El gobierno batistiano, debió acudir a otras naciones como la Gran Bretaña y Bélgica y otras fuentes, para obtener nuevas armas (algunas utilizadas por la OTAN) como fueron los fusiles FAL 50.64 (Fusil Automatique Léger), belgas y los caza bombarderos Hawkwr Sea Fury F50, ingleses. Pero todo le resultó en vano.
El Alto Mando del ejército de Batista, fracasados los intentos de mediación –incluyendo los contactos de altos oficiales del Ejército con el propio Castro en la Sierra Maestra–; había planeado armar un tren convoy blindado; un fallido punto de vista tomado de la IGM, cargado de efectivos, armamentos, municiones de guerra y de boca, además de otros pertrechos militares; con el fin de reforzar las guarniciones que protegían la asediada ciudad de Santa Clara, en el centro de la isla. Con la caída de dicho tren en manos de los guerrilleros, en la periferia de la ciudad, comenzó la crisis final del gobierno batistiano.
Así, a la par de la última campanada navideña de la fiesta oficial del Fin del Año 1958, sobrevino el consecuente desparrame de los invitados asistentes a la fiesta del Presidente. Pocos de ellos estaban al tanto del plan en marcha preparado por Batista, ya aprobado por Washington. Luego, al conocerse la derrota del Ejército Nacional en la ciudad de Santa Clara y la rendición de los cuarteles y agrupaciones militares del centro de la isla, a manos de unidades guerrilleras de ideologías políticas diversas; desde las democráticas puras del Directorio Estudiantil Universitario (DEU), el Segundo Frente y otras fuerzas operantes en las montañas del Escambray; hasta las más rabiosas de corte maoísta del Movimiento 26 de Julio (M26J) liderado por Castro y una exigua partida de comunistas del PSP.
Estas unidades de columnas subversivas arribaron desde la provincia de Oriente, sobornando a su paso a los mandos militares del gobierno y emitiendo por su radio clandestina, partes militares donde aseguraban que el avance y victorias de estas columnas se efectuó tras “cruentos y heroicos combates”, imaginarios. Estas columnas estaban bajo el mando de dos de los capitanes de mayor confianza para el karma letal de Castro: Camilo Cienfuegos Gorraín y Ernesto Guevara de la Serna. Ambos, muertos después bajo circunstancias extrañas, sujetas a infinidad de especulaciones. La brumosidad de mayor solidez se basó en que estos líderes hacían sombra a la figura del Líder Máximo, el Dr. Fidel Castro Rúz y su hermano.
Batista, como buen capitán, fue el último funcionario de mayor jerarquía en ascender por la escalerilla del “Guáimaro“, lentamente. Con gestos simbólicos, el Presidente se despidió de manera maquinal, saludando protocolarmente a la multitud de fantasmas y sombras circundantes que le despidieron, algunas tan lejanas como sus compañeros de aventura del 4 de septiembre de 1933; otras; tan cercanas como los estudiantes del Directorio que intentaron de asesinarlo el 13 de marzo de 1957. Se trataba de entes ya incapaces de dañarlo, como el destello e intermitencias de las luces de posición y el rugido de motores de los aviones en marcha.
–Quizás todo ha sucedido,  porque mi “madrina” Lidia (Cabrera) no hizo lo que debió con mi santo” –farfulló, impenitente.
Todas las aeronaves iban al tope de gente tan ansiosa como la familia presidencial, la de mayor peligro, de poner pies en polvorosa antes de que se abrieran las puestas del infierno. Las mismas batientes de giro único, en las cuales cada fugitivo intuía poseer una parte alícuota para sí. Todo, porque la mayoría de los ciudadanos decentes y el populacho barriotero; enardecidos por un puñado de pícaros, les consideraban pecadores sin redención alguna.
El Col. Mariano Faget y sus hombres, tras apagarse los ruidos del maremágnum a su alrededor, quedaron solitarios sobre la pista, como suspendidos en el aire. Y de pronto sobrevino un silencio de presagios. Aspiró profundo el aire de la madrugada y miró a sus hombres, algunos le sonrieron. Faget hizo un gesto y, juntos todos, desaparecieron en la profundidad de la noche, como sombras diluidas con el amanecer.

(Nota) En realidad, Faget fue uno de los elegidos por Batista para que lo acompañara en el avión en su fuga hasta Santo Domingo, donde fueron recibidos por el hijo de Trujillo.
La saga continua.
© Lionel Lejardi. Enero, 2011
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(1)   Se trataba del Col. Mariano Faget Diaz. Un detalle sorprendente: en mayo 15,1943 encaza submarino cubano, el SC-13, hundió al submarino alemán U-176 y su tripulación de 53 hombres, el cual estaba comandado por Reiner Dierksen, cerca de la ciudad de Matanzas. Faget, fue el agente de la inteligencia cubana  que capturó a August K.  Heinz, espía alemán que operaba desde La Habana con el aka de “Henry Auguste Lunin” y era quien enviaba los mensajes a los U-boat alemanes que hundieron una docena de barcos cubanos durante la IIGM. Lunin, el cual fue ejecutado por fusilamiento.
(2) MacArthur arribó al aeropuerto de Atsugui en Yokohama, para concertar la rendición de Japón, el Ejército Imperial Japonés y de Hirohito o Emperador Shōwa (Shōwa Tennō).

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“Noli me tangere, homo” –exclamó Martha (III/IV).


               Se cumplen 52 años de dictadura comunista en Cuba 
Ella
Allí, en lo alto de la escalerilla, coronada con su sombrero coupé de fieltro graciosamente ajustado a la cabeza; estaba la esposa del Presidente Fulgencio Batista y Zaldívar, la Primera Dama de la República. Fumaba un cigarrillo de tabaco rubio insertado en una boquilla larga de tronera dorada. Era una trigueña alta e imponente, con su semblante que casi delineaba rasgos de la Medusa virgen en acecho, no la de Caravaggio sino la doncella –ya madura– que describió Ovidio en su “Metamorfosis”. En su rostro un rictus de pasión irreductible, a pesar de la furia que la embargaba en aquellos momentos álgidos, sin que nada pudiera pensar y menos hacer para detener la fuga ominosa en que se encontraba inmersa con sus compañero de los años azarosos, y también los plácidos. 
Abajo, haciendo un semicírculo de protección ante la escalerilla, los guardias de seguridad, también fumando con avidez incesante, para suponer que con ello escapaban del frío de aquella última madrugada capitalina invernal. Ellos también abandonarían familias y allegados, el confort de vivir a la sombra del poder. Ella tiró el cigarrillo, porque al Presidente le detestaba el humo del tabaco.
Y a mí, ¿qué  coño me importa que no le guste el olor, a este Fulgencio de mi alma que es mucho Batista? –farfullo entredientes, jadeo colérica y se bajó la trama del velo. Por unos instantes, quedó como petrificada. 
Por su expresión entre solemne y enojada, parecía ser recipiente de las Tres Furias devoradoras e implacables, esas guardianas celosas del Universo. Su universo amado repleto de recuerdos y melancolías, que se le desvanecía por cada instante incontrolado y del cual no deseaba moverse. Jirones de aquel espacio ínfimo que le quedaba del terruño, reflejado en ese pedazo del tubo metálico que era el fuselaje de la aeronave, que a ella se le antojaba “su tierra”, ya a punto de ser descuartizada por los guerrilleros.
Quizás, se sentía plasmada como una estatua esculpida en sal y con arenas negras como las de Isla Pinos. Esa tristeza al sur de la capital y a la cual sólo se podía llegar por mar (ferries) o aeronaves, y que albergaba la cárcel para varones de máxima seguridad del gobierno cubano, construída por el presidente Gerardo Machado. De la penitenciaría, dispusieron las administraciones posteriores de la época republicana, para albergar a los criminales peligrosos y otros no tanto. Castro y sus seguidores, tras el putsch alevoso y fallido que ejecutaron en pleno carnavales, exacto en el Día de Santa Ana, el 26 de julio de 1953, contra el Cuartel “Guillermo Moncada” en Santiago de Cuba (donde los Castro lanzaron a sus secuaces de los cuales un centenar sucumbieron, pero que ambos nunca se atrevieron a entrar) y otros objetivos militares y gubernamentales cercanos. Porque allí fueron con el máximo de garantías y seguridades judiciales, atenido a los procedimientos de un juicio limpio e impecable. Pero esos eventos ya eran cosas de un pasado hecho irreversible para los Castro, envueltos en su eterno halo de venganzas por sus disparates reiterados para sembrar el luto y muertes en las familias cubanas.
Batista miró a sus esposa detenidamente, antes de que ascendiera por la escalerilla, extasiado como siempre y además afligido, sin una razón aparente. Ahí, casi al pie de la escalerilla conversaba y daba instrucciones al Gral. Eulogio Cantillo Porras, en ese instante figura central del gobierno cubano que el líder destronado había dejado en sus manos, quien los escuchaba por disciplina, pero convencido de nada podría ser ejecutado en medio de aquel desastre.  Cantillo intentaba contactar con otras figuras que lo apoyaran en contener la situación.
Y Batista reflexionaba a la par que conversaba con su colega, meditando que más adelante dispondría de todo el tiempo del planeta para contar en detalle la historia de sus momentos finales como Presidente de la República de Cuba. De la que quizás ella, la Martha de sus amores, ni se interesaría por su obcecación actual. Porque para él seria tal como rescribir como nueva, la vieja y famosa novela biográfica de “Un sargento llamado Batista” (1954), aquella patética reseña del último presidente republicano, hecha caramelo y en un santiamén por el norteamericano Edmund Chester.
Ella era una mujer alta de atuendo y cabello negro lustroso, de línea suave y de una sobriedad impresionante, pero de quien en medio de la frialdad no podía ocultar que se remordía de confusiones interiores. Es que antes, había subido por la escalerilla del avión con su altivez de soberana arrebolada, divina, hasta detenerse en el descanso inmediato a la cabina. Miraba hacia abajo, donde el Presidente ascendería hacia ella con lentitud, después de impartir saludos que nadie contestó y órdenes que ya nadie obedecería.
Y presintió que el ánimo irritado de ella respondía a la perreta y a las altanerías propias de una dama hasta ayer poderosa, y ahora defenestrada por el destino inherente a su posesión de esposa primada. Y ella, percibía un imaginario olor a sudor acre, al trasoñar a los guerrilleros destrozando su mundo exclusivo, encristalado, ahora a expensas de aquellas hordas de salvajes desparramados por llanos y ciudades.
Echada de mi casa por unos pelandrujos, que nos vandalizarán Palacio –musitó.
La Primera Dama había antecedido al Presidente con su orgullo inventado de que él, su marido, seria el artífice que diera los toques mágicos para detener la fuga. Había subido lentamente por la escalerilla, seguida por Nany con el pequeño en brazos y otros dos edecanes, quienes portaban sendas Uzi de 9 mm, y bandoleras colmadas de cargadores con el parque.
Ella se  encontraba en medio de unos tipos con pedegrú de arrestados y fieles, juramentados con el Presidente en protegerla hasta la muerte. Y se había deslizado escalones arriba, sin desear alcanzar la portezuela que la lanzaría al exilio, esa terrible lejanía espiritual y física. Y pensando que aquellos guerrilleros la desposeerían a ella y a su familia de todo lo acumulado durante años aciagos. Pero se quedó allí, tiesa.
–”Malditos, esos mau–mau” –murmuró.
Se levantó el cuello alto del abrigo negro forrado en minsk y se apartó nuevamente la trama del velo. El cambiarse en el saloncillo angosto del ropero de damas del Club de Oficiales, a la voz del Presidente ordenando la huida, el traje sastre azul prusia a rayas tenues que ahora portaba, le había sido un tormento. Echó una mirada a la ciudad lejana resplandeciente a su alrededor la cual, como siempre era La Habana que refulgía entre las primeras urbes de América. En muy poco tiempo, la desidia de los vencedores la convertirían, minuciosamente, en un inmenso basurero. Luego quedó inmóvil. Pareció que con ella, el tiempo se había detenido e igualado sobre un lecho de pesares, que todo aquello era un mal sueño irretornable. Pero todo sucedido antes de que él subiera al avión.
Ahora, desde el interior de la nave se destacó la figura robusta del Presidente, quien le hizo un suave llamado para que entrara. Pero ella no quería ni ver ni oír nada y aspiró profundo. Estaba convencida: sería la última vez en deleitarse con el aroma de la floresta natal, ahora impregnada de rocíos humectantes. Presintió el pavoroso rugido letal de la horda guerrillera proveniente de las montañas y selvas, y también que el paisaje amado sería despedazado y pulverizado, por la gula atroz de los vencedores.
Era lo usual a inherente a la falta de “clase” en los comunistas. Igual actuaron en Rusia y en sus Animal Farms sembradas tras la Cortina de Hierro, finalizada la IIGM, cuando los rusos se apoderaron de Europa Oriental. Pero ella estaba a punto de explotar para desahogarse, y ella le hizo con la barbilla un gesto suave al Presidente, para que éste se le acercara.
–¿Cuántos te dí, Batista? –le murmuró ella a quemarropa, casi con la mandíbula cerrada, inmediato que lo tuvo a su lado bajo la mirada escrutadora de los pasajeros. Cada palabra lucia inconexa con el mundo real de ese momento, pero todas llenas de reproches suplicantes.
Todavía la Leica de 120 le colgaba de su mano izquierda, enguantada con fina cabritilla negra. La tarde anterior, había accionado el aparato con una furia indiscriminada, sin importarle si las tomas saliesen bien o mal. Y Julia, la dama de compañía, su entrañable amiga del bachillerato, debió recargarle varias veces la máquina. Quería llevarse rastros de aquella tragedia cotidiana. Deseaba quitarse un zapato y taconearle los sesos al primer cabrón comunista que tuviera a mano, pero se contuvo. Pero eso sucedió después, porque allá abajo el Presidente continuaba charlas con MarianoFaget y otros de sus defensores fieles.
Yo no puedo caer en esas cosas –trinó para sí.
A ella le impulsaba la ansiedad de escuchar las detonaciones y ver los fogonazos de las parabellum tremoladas por los amigos y seguidores de su esposo. Como cuando el asalto el 13 de marzo al Palacio Presidencial por parte de estudiantes y otros opositores. Los disparos que esperó de aquellos guapetones y que nunca se sucedieron, menos ahora, suavizados por el buen vivir pero ansiosos porque no se acababa de producir la dichosa hora del arranque.
Creo que Masferrer era el único con suficientes coj… para detener en seco a esos pelu’os de mierda –le puntualizó al Presidente la tarde anterior, inusualmente zafia, en ocasión de tomar el café vespertino–. Y ni tú, ni el Francisco Tabernilla ese, con su título de Jefe del Estado Mayor Conjunto. Ni su hijito, tu “mano derecha” como dices; ése “Silito” que bien se las baila, fueron quienes le impidieron a él y a Rafael Díaz-Balart subir a la Sierra Maestra con sus “tigres”, para cazar al tipejo. Rolando se lo hubiera bailado en “menos de lo que pestañea un mosquito”. Tú y sólo tú, y no estoy cantando la ranchera, eres responsable de las vacilaciones de Zaydin y tus generales –le sentenció en tono lóbrego.
Tranquila, mujer, ya todo eso pasó. Y modérate, por favor –apuntó el Presidente.
Los líderes batistianos habían soltado interminables tremoles sobre su decisión a sucumbir antes que fugarse. Pero en ese momento, mostraron no desear un fin numantino y sí, un apacible retiro playero tal como hicieron quienes les antecedieron. Salvo el ex presidente auténtico, anterior al derrocado Carlos Prío Socarrás; el sorprendente Ramón Grau San Martín,  “El Divino Galimatías” como le chiqueaban sus seguidores; a quien nunca nadie, ni siquiera los comunistas, lograron sacarlo de su residencia –la que él llamaba su “Choza”– en la 5ta. Avenida del exclusivo barrio de Miramar.
A todos los fugitivos les apremiaba estar lo más lejos posible de aquella isla en llamas, a la que Enrico Caruso –el mismo que escapó del terremoto de San Francisco de 1906– y que estando en Cuba denominó “…questo paese di merda“, el día que estrenando “Aida” en el Teatro Nacional, cuando explotó la bomba. Fue mientras corrían los tiempos del presidente Mario García Menocal y los oposicionistas al gobierno de “El Mayoral“, tuvieron la gentileza de detonarle el artefacto explosivo, sólo ruidoso, en las cercanías del teatro.
Batista se le acercó a Martha, la miró condescendiente y trató de comprenderla, haciendo un gesto de quien esta confundido sobre qué hacer en momentos tan cruciales. Es que los nervios de todos, sin excepción, estaban tensados al máximo.
Te pregunto, que ¿cuántos, cuánt…ooos hijos te dí, Fulgencio? –insistió ella enfatizando la última palabra, ante el asombro de los pasajeros más cercanos a la portezuela de la nave. Atónitos.
Nany, que cargaba al pequeño, abrió los ojos desmesuradamente. “Oh, mi pobre señora”, se lamentó en silencio y comenzó a temblar.
Ella se calza espuelas del quince –murmuró una pasajera a su esposo, uno de los ex ministros sobrecogido de miedo, encajado entre orines que le navegaban por el fondo de su asiento.
El Presidente miró a su esposa, anonadado, sorprendido de aquel arranque, alejado de la realidad. Pero el más asombrado fue un sobrecargo, el cual se juró interiormente nunca recordarse de esas frases. Se sabía al dedillo la regla principal de los clanes: “todo lo dicho o hecho por la familia real, es secreto”.
A pesar del disparo a quemarropa, Batista movió la cabeza con aire benevolente, apenado con los testigos presentes. Pero había comprendido el excitante significado de la pregunta.
Ella es maravillosa. Así de magnífica e inesperada, siempre“, se reconfortó en sus reflexiones y sonrió, mirando a su entorno, pero aquello le terminó en una mueca. Todas las miradas apuntaban al techo. Nadie quería haber visto ni oído.
Tampoco era esa la pregunta que ella deseaba hacerle, ni de la cual esperaría una respuesta pública de su marido. Sin embargo, sí sabía lo que pensaba la faz del otro, no su Presidente, sino la del compañero de vicisitudes. Después volvió la vista hacia la ciudad que se le desvanecía en escape y exhaló un suspiro. El Presidente, se acercó amable a la portezuela y la asió suavemente por el codo.
Vamos, mujer, tenemos responsabilidades con toda esta gente, fueron nuestros colaboradores hasta el día de hoy.
–¡Noli me tangere, homo! –exclamó Martha, pero con la frase envuelta en un bisbiseó con los dientes unidos, bíblica, para que salvo él y ningún otro, entendiera.
Después miró fijo la mano que la asía y se soltó haciendo un gesto discreto. Estaba furiosa como una guajira ariqueña con la “punz’á de Pascuas”. Era la segunda vez que él le escuchó la frase.
–¿Por qué no quieres que te toque, mujer? –murmuró Batista, inquieto, ahora un tanto confuso y poniendo un acento fuerte en la última palabra. Y la miró profundo.
Porque perdiste, hombre, ¡perdisteee! Y mi marido Batista, entiendes Fulgencio, mi “ma–ri–do” nunca debió perder –ripostó ella, deletreando cada sílaba, escrutándolo. Quizás en espera de que éste le propinara un buen jaquimazo, aunque fuera simbólico. Pero él nunca lo habría hecho, y menos ahora, que estaban “en baja”.
No, señora. No es así como usted dice. Simplemente, perdimos el juego –enfatizó el Presidente, pausado, en tono irónico.
También, incontenible, hizo un rictus de amargura filipina, como cuando era solamente un mandadero en el cuartel de la Guardia Rural del pueblecito de Banes. Eran códices secretos entre marido y mujer. Ella suavizó la expresión sombría por el alelamiento, tal como siempre le sucedía cuando lo enfrentaba. Y convino sorpresas con él en una pícara mirada de amada seductora y tibia, además de insinuante, alejada de luctuosidades y compromisos con el resto de quienes le rodeaban. Ella, se sentía como si estuviera caminando en babuchas por el centro de un pasillo cálido, interminable.
Es que le fue difícil y tortuoso, aunque inolvidable, el trecho recorrido con el “Mulato Lindo“, como le apodaban las damas encopetadas de la high life. Pero tal sucedió cuando era el “Hombre Fuerte” de Cuba, allá por 1933, cuando ambos no se conocían aun. Porque él fue exitoso en estabilizar la república –tras el vendaval anti machadista de 1933–, reactivó la democracia, logró que se aprobara la nueva Constitución de 1940 y que, finalmente, cerrara con un broche aceptable para la ciudadanía, ser elegido como Presidente de la República de Cuba (1940-1944), durante los siguientes cuatro años sin reelección, porque la nueva Constitución lo prohibía por el voto popular y no por los sables y bayonetas.
Quizás fue una larga aventura, como las de Sagan –comentó Batista, como adivinando el tono que la consolaría.
Era verdad. Los últimos fueron 7 largos años entre sustos y pocas diversiones, mientras se bamboleaban en la cima del poder, no absoluto ni totalitario como el de su predecesor Castro, y del peligro siempre presente ante sus enemigos. Adulados y consentidos por una sociedad que casi los evadía, y que siempre los dejó, al menos virtualmente, en la puerta de entrada de los salones. Y que también les codeaba de manera formal por ser considerados “gente sin mucha clase”, a pesar que fueran los guardianes feroces, los Cerbero singulares de sus riquezas, como los Inferi Dii de Hades.
Sí, muy bello y excitante el trayecto –rezongó ella, tiritando, sarcástica–, pero ¡coño!, me lo hiciste caminar con esos tacones altos del poder, tipo lápiz Mikado número dos; y con el jodido corazón en la punta de la lengua. Y todo, por nuestra seguridad y la de los niños. ¿Valió la pena?, dime, Fulgencio.
–¿Decías, querida? –indagó él pacíficamente, a pesar del tono gutural, como haciéndose el sueco.
No me hagas caso, Fulgencio. Son naderías de mujeres –argulló ella, conciliadora, tratando de bajar el tono álgido hacia lo conciliador.
Tranquila, mujer, que no son muchas las veces que hago de movie star. Sólo que en esta, con los mau-mau, no me fue taquillera como la del treinta y tres –confesó el Presidente, frívolo, susurrándole quedo al oído pero con un marcado tono displicente.
Ella, finalmente determinó sentarse y él se deleitó nuevamente al sentir el aroma esparcido por Martha al dejar su lado. Ella se alejó, rozándole adrede el brazo con sus pechos de una firmeza sorprendente; seductora; supuestos tan tensos como los virtuales de “Kiki“, la modelo del “Le Violon d’Ingres“. Rauda, caminó rumbo a su asiento, envuelta en la mirada de sus adoradores.
¿Le Panthère de Cartier? –le había preguntado él, enfebrecido, cuando ella le requirió hacia la portezuela de la aeronave.
Non, cherry, Chanel numéro cinq –le aclaró ella, en la cúspide su coquetería, como si estuvieran solos en su recámara de Palacio.
Definitivamente estoy en baja. No pongo una, ni en la charada de Castillo“, discurrió Batista, con su mejor tonalidad interior, con aire casi festivo.
Nadie movió ni un sólo músculo o pelo, cuando advirtieron el “pase” de la pareja presidencial. Todos, habían sido testigos excepcionales de una intimidad inconcebible, entre quienes siempre se habían mantenido intocables, a la altura de las pompas y circunstancias.
No fue así tan sencillo –dijo Martha, estampando en su rostro un gesto de intención acentuada de quien vuela con intenciones de remontar la artillería gruesa.
Deja que salgamos de todo esto. Iremos a Daytona, Venezuela, quizás lleguemos a la Quisqueya de Trujillo o a España –le advirtió Batista, abriéndole los ojos, insinuante. Ella ni suspiró. Recordó los años felices–. Pero dejemos por ahora estas frivolidades –apuntó él, como un cerrojo presto a trancarse por siempre, pero suave como un aguamanil repleto de rosas.
De las viajeras, la Primera Dama era la única que no mostraba los ojos llorosos. Le aguijoneaba la impotencia, no el miedo. Pareció tal si desde que decidió unirse a Batista, estaba preparada para momentos tan amargos y los muchos otros de sensualidades impronunciables.
Cuando finalmente se acomodó, experimentó una serenidad inexplicable. Como si el frágil metal del fuselaje, se hubiera tornado coraza inexpugnable que la salvaría de todo peligro, a ella y al pequeño, desmadejado con indiferencia en brazos de Nany. Ya no le importaba que la oyeran o la miraran.
Por unos instantes experimentó la sensación apacible de sentir que la tensión acumulada en las últimas semanas había desaparecido. Ella, representó siempre un soporte espiritual para el régimen, frente a los enemigos del gobierno y, como ella misma acentuaba: “…de mi mismísimo marido“.
Fue entonces cuando Martha Fernández Miranda de Batista compuso su expresión. Y sonrió sorpresivamente, con tanta dulzura como la de una gata melosa, tal como correspondía a la Primera Dama de la República de Cuba.
La saga continua.
©Lionel Lejardi. Enero, 2011
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“Noli me tangere, homo” -exclamó Martha IV/IV


                                     Se cumplen 52 años de dictadura comunista en Cuba
¡Andando!
El capitán de la aeronave, Crol. Antonio Soto Rodríguez, se acercó a su líder y esperó que éste terminara de adecuarse junto a su esposa. Inquieto, echó una mirada de soslayo hacia la cabina de mandos, donde el copiloto le hacía fuertes señas apuntando a su reloj de pulsera, conminándolo al despegue. El capitán, aspiro profundo, trato de ponerse en atención y se inclinó respetuoso hacia la pareja presidencial, y le susurró al Presidente.
Señor, cuando usted ordene –inquirió con voz un tanto temblorosa, esperanzado en recibir una respuesta positiva sobre el despegue de la aeronave.
Batista lo miro penetrante a los ojos, asombrado.
Mi estimado Coronel Soto, ¿habré entendido mal o usted dijo: “Señor, Presidente?” –le preguntó, enfatizando las últimas palabras. Y se revolvió en el asiento, hojeando la agenda abierta, con la picazón de los buenos tiempos, cuando estaba encerrado en aquel uniforme de khaki en los cuarteles.
Como aquella vez, veintiséis años atrás, cuando el entonces sargento Andrés Benites Pancorbo (después teniente coronel) otro de sus compañeros complotado en la aventura de la asonada militar “de los sargentos” del 4 de septiembre de 1933; se le encaró en el Cuartel Maestre de “San Ambrosio”, La Habana. El diferendo fue a causa de la entrega de unos pertrechos, municiones de boca y de guerra; que le exigía Batista cuando preparaba el cerco a los oficiales de academia –tildados injustamente de machadistas,  cuando su pundonor como egresados de las academias militares, les obligaba a prestar lealtad al presidente de la república– sublevados contra los revolucionarios, clases y soldados; que habían derrocado al gobierno interino del Dr Carlos Manuel de Céspedes, tras el derrocamiento de Machado.
El asunto cubano devino en una confrontación entre los oficiales de academia y la facción integrada por las clases y sargentos en unión de los civiles revolucionarios del Directorio Estudiantil, el ABC y otros grupos armados, los cuales demandaron ser ellos quienes tenían el poder político y militar en Cuba. Loa oficiales rebelados, sin ningún plan futuro, se refugiaron en el Hotel Nacional, situado en una elevación frente al litoral habanero, donde se hicieron fuerte. Por entonces, el hotel fungió de residencia del Enviado Especial del Dpto. de Estado, el discutido  Benjamín Sumner Welles; quien ostentaba el cargo de Asistente del Dpto. de Estado para América Latina.
Soto, había quedado en suspenso, aleteando de atrás para alante como un colibrí.
Oh, por supuesto: Señor, Presidente –intervino Soto, disculpándose y reaccionando como quien sintió de pronto en su nuca el aliento del presidente, tal si fuera el de un oso; o como si tuviera trabado en el gaznate, la mitad de un ladrillo de vidrio refractario.
Fulgencio, por favor. Ya todo se acabó y cierra el libro de tus pensamientos –le recordó Martha con un tropo. Con el mejor de sus susurros, relacionado con ese momento crucial.
Batista la miro, levanto la mano y chasqueó los dedos. La figura de civil que esperaba junto a la portezuela del avión se le acercó a paso rápido.
–¿Sí, Señor Presidente? –preguntó atento el jefe de los ayudantes.
–¿Todos a bordo, los equipajes y las protecciones?
Todos y todo a bordo, señor Presidente –aseguró el oficial.
Batista acarició al pequeño Jorge y miró a Martha. Ella asintió con un brevísimo pestañeo.
El seco detonar de armas de fuego llegados ahora desde más cerca, erizó a los fugitivos. Indicaban el inminente peligro representado por la población ya desbordada en las calles, festejando un cruento ajuste de cuentas, a los que entonces estimaban, los peores gobernantes del planeta Tierra.
Los dos restantes comecandelas, se precipitaron a través de la escotilla y sin mediar orden, la portezuela fue cerrada apresuradamente por un sobrecargo, el cual permaneció tieso en espera del regaño. El capitán de la nave le hizo una seña discreta de espera, desde la cabina.
Batista pensó por un momento en dejarles hacer lo que desearan por primera vez en su vida, e intentó un gesto de aprobación. Pero recapacitó.
Genio y figura hasta la sepultura –masculló, de manera que sólo ella lo oyera..
Martha lo miró sorprendida, sobresaltada al entender el bisbiseo de los nuevos bríos presidenciales y contuvo el aire.
Oh, Cachita, por Dios, que no le vuelva otra vez el “ataquito” por el poder –rogó o ella, clavando su mirada en el techo.
Un inmediato y esperado carraspeo que exhaló el Presidente para aclararse la voz, compitió con el tronar de los motores y estremeció la nave. El resultado del retumbó presidencial, no era nada distinto de lo acontecido con el país entero, aún cuando en calidad de sargento, allá por el 33, sostenía las riendas del poder. La totalidad de los pasajeros sabía interpretar el significado, tono y compás de cada rugido presidencial. Y éste último tampoco pareció distinguirse, ni en una octava, de los anteriores.
–¡Andando! –ordenó Batista en tono bajo, pero con la firmeza de siempre.
Martha soltó el aliento contenido. Es que con el ascenso del “Guáimaro”, el hasta entonces “Hombre Fuerte” se percató de algo inevitable: su antaña categoría como Presidente de la República de Cuba, disminuía en la misma medida en que el avión aumentaba la altura que le separaba del cocodrilo cubano. Eran, las 2:30 de la madrugada del 1ro. de enero de 1959. No por casualidad, Martha le dio en la mejilla un beso cálido.
Felicidades por tu santo, amor –le susurró ella al oído. Porque el santoral del día indicaba “San Fulgencio”.
–¡Cará…! –reflexionó Batista–, el tal Fulgencio tuvo la suerte de que lo hicieran santo, y sin embargo a mí, no. –murmuró desalentado y miró a Martha, contraída de la emoción.
Abajo en tierra, en el Palacio de los Yesistas, continuaban los acordes del danzonette “Suavecito”, con Paulina Álvarez y el Sexteto Nacional y los sones de Miguelito Cuní con el conjunto de Félix Chapottín.
En la “Iglesia de la Finquita”, al sudeste del barrio obrero de Redención; se acentuaban los ritmos de los batá y obatalá en el toque de tambores montado en el plante por las potencias ñáñigas de Redención, en Marianao. Los feligreses desbordaban frenesíes desde el domingo anterior, en los rituales: “para salvar el gobierno del mulato de la pinta (Batista)”, decían. Después, la tonada y los tambores serian repicados en honor de los Castro.
La tarde anterior a ese Año Nuevo, ya “Papito Mentiritas” (el de las tres “C”); había dirigido la primera exhibición pública del ritmo “Casino”, bailado por seis parejas veinteañeras del barrio de Pogolotti, en los salones playeros del “Casino Deportivo de La Habana”, amenizados por el Conjunto de Roberto Faz. Los asistentes al baile, quedaron con boca abierta por la coreografía.
Esa madrugada no lejos de ese barrio obrero, en el jardín central del hipódromo “Oriental Park” casi a la vera de otro barrio marginal “La Isla del Polvo”, el ruido de los aviones fugitivos despertaron a dos hermosos cisnes azules que desenrollaron su abrazo tibio nocturnal. Yacían sobre el domo de juncos, gladiolos y nenúfares, en medio del lago cristalino, con vestigios de escarcha en sus bordes. También bajo las miradas curiosas de unos flamencos floridenses, snowbirds recién llegados, siempre inoportunos en las citas sensuales.
Y las dos aves espantadas también con los ruidos levantaron majestuosas su vuelo virtual rumbo al norte, aterradas como todos, pero sin importarles que el trayecto hacia la libertad, les tardaría treinta de sus mejores años.
Así cerró el capítulo de la huida presidencial de Fulgencio, Martha y dos de los tantos cisnes azules que abandonarían pronto su hábitat, quizás para siempre.

De las bitácoras de vuelo,
Las tripulaciones de las aeronaves fueron citadas de completo uniforme, a las 2:00 PM del 31 de diciembre de 1958 en la pista No. 1 del aeropuerto militar del campamento de Columbia. Sin orden del día. Al final, fueron seis las aeronaves disponibles, las visible, del tipo DC–4 y DC–54 que partieron de la pista. Tres se dirigieron hacia República Dominicana, dos hacia West Palm Beach y una hacia Jacksonville. Sin embargo, no fue del dominio público que otra séptima aeronave DC–54; de rango de vuelo mayor (no censada) y con unos pocos pasajeros y guardianes de una misteriosa carga sólo conocida por la pareja presidencial, no paró hasta New Orleans.
Fin de la saga.
© Lionel Lejardi. Enero, 2011
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