Setenta y cuatro cubanos ingenuos, pugnan con el flautista de Hamelín.


              Se cumplen 51 años de dictadura comunista en Cuba.
Son ciudadanos oposicionistas pacíficos que desafiaron a los hermanos Castro, después de lidiar acerca de una carta histórica; con la cual ejercieron a extramuros, el derecho a opinar sobre lo que los comunistas no les permiten intramuros. Disentir de los atropellos es normal en cualquier país civilizado, nunca en una Cuba alucinante de ciencia-ficción (“Pays des Calandracas”, sus alabarderos así la denominan) repleta de monstruos del Id, dispersos bajo sombras policíacas. El grupo experimentó dudas sobre cuál seria la decisión correcta en favor de la patria herida, al plasmar en una carta que “trascendería los límites de la realidad sensible (sic)”. La misiva fue sugerida por un buen samaritano y en la misma, darían apoyo a un comité de la Cámara Baja del gobierno de los EE.UU, enfrascado en empujar el proyecto HR 4645 o “Ley de Reforma a las Restricciones de los Viajes y Promoción del Comercio con Cuba“. Un documento –de tanta importancia como lo fueron las “Crónicas Marcianas” de Ray Bradbury–; sólo que en este se arremetía contra el exitoso embargo comercial y financiero de los EE.UU impuesto al régimen cubano, el cual renguea vituperios desde ha, aprisionado dentro de su propia camisa de fuerza. Dicha ley es en interés de sectores comerciales que abogan por el clásico “laissez-faire laissez-passer“. Los 74 debieron solucionar dos intríngulis: si era propio enviar la letra y el contenido de la misma. Todos se convencieron de que este y no otro era el momento propicio, pero olvidaron que no estaban en el pueblito de Hameln, en la Niedersachen (Baja Sajonia) de 1284.
No era una epístola pueril, pues contendría una petición sensible para los opositores al régimen y que afectaría peligrosamente los destinos del pueblo cubano aherrojado. Sus propósitos: quebrar los lazos que aseguraban la validez del embargo estadounidense a los Castro. Una acción preventiva y antiséptica emprendida en 1960 por EE.UU contra la tiranía isleña, pretendiendo que la isla emergiera de entre las aguas negras totalitarias, hacia un mundo democrático. La torpeza demostrada por los bolcheviques, agrupados o no en pandillas apocalípticas; resultó inepta en sacar a la banda castrista de la jaula, iniciando así su autodestrucción. Luego, el deslave de la entelequia proto marxista cubana devino en una genuina “Animal Farm” orwelliana, con un “Señor de los Cocos” al mando y su cohorte de capataces feroces.
Ahora estos sorprendentes cubanos –al parecer del nuevo tipo–, pretenden rescatarla al lanzarse en esta aventura tan sorprendente como indescifrable. La cuestión detonó, cuando los vigilantes del Asunto Cubano constataron que los argumentos esgrimidos por los 74, coincidieron o bordeaban (¿…?), el sound track sincopado armado por el régimen como música de fondo. En la clepsidra comunista, siempre atrasada, se pretendía una carambola asimétrica para eliminar el resto del embargo, sin cumplir las condicionales estipuladas en las leyes que lo apuntalan. Los Castro, trataron de validar la soberbia del “dame que te daré” clásico, del epigrama proverbial imperante en el mundillo de los marugas. Los 74, se vieron atrapados en una telaraña, al parecer tejida por los souteneurs zurdos de “quientúsabes“.
Apuntaron pa’l Morro –dijo un testigo excepcional– y le dieron a La Cabaña”. Es que sus dardos divinos no tocarían a los expoliadores criollos, sino que rebotarían contra aquellos por los que han luchado con denuedo. Una máxima sobre el derecho apunta: “Es esa facultad de hacer o decir aquello que la autoridad decente establece para nuestro bien ciudadano (sic)”, lo cual es inoperante frente a las bandas comunistas. La debacle castrista ha incluido desde siempre bajas colaterales como la ética, estética, lógica y una moral sin dogmas (en el buen decir del argentino José Ingenieros); las cuales el Dr. Fidel Castro Rúz le niega a todos los cubanos y cuyos ecos melancólicos datan desde hace medio siglo.
Pero cuidaos de estos otros ecos superpuestos sobre la onda fundamental de la libertad, porque es ruido negro, enervante como el de aquel mítico “Flautista de Hamelín” (ver la parte humana del relato “Der Rattenfängen von Hameln” de los hermanos Grimm); cuyas extrañas melodías orfeáticas embrujaron a los niños de la ciudad de Hameln, Alemania, arrastrándolos a morir ahogados en el río Weser. Pero también debemos recordar que ese evento ocurrió un 26 de junio de 1284 y no había razón de repetir la fábula ahora, en el 2010.
© Lionel Lejardi. Mayo, 2010
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