Elogio de la Tristeza II. Antítesis 1/3


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Adoptar el criterio y asumir la actitud de un pesimismo triste ataviado con sus alegrías intrínsecas, no es una incongruencia y sí la antítesis del asunto de la tristeza como estado anímico sustituibles y de su escudo inexpugnable, el pesimismo, todos bajo debate. Pero ello sólo es recomendable si el individuo no es mentalmente disléxico. En este caso, aclaramos, inepto para absorber los niveles superiores de los principios de una disciplina, cuyos atributos principales son: franqueza, humildad e intensidad emocional. Tal pose de mise en garde (¡en guardia!) implica sin trazas de sustos excesivos, permanecer fuera de la serie humana de los mediocres convencionales, siempre que no se infrinja la ineludible obligación de no mostrarse como un payaso enforzando empatías con sus interlocutores. Una tentación impregnada del ambiente socrático.
Ello devendría consecuencia de que la psiquis cotidiana de nuestro “yo mismo“, haya tenido que emular o haber bregado –prenatalmente– con las fuerzas cuasi ingobernables del par fétu-mater nutricia. Este último injustamente desdoblado y esculpido como uno de los dogmas insignias de la escuela principal del Psicoanálisis fundamentalista. Tal decir, yace en los denominados “Complejo de Edipo” (Ödipus-komplex, 1910) y “Complejo de Electra” (Elektra-komplex, 1913), admitidos como los más rancios esquemas de la también inevitable Psiquiatría fundamentalista.
Al parecer, dichos complejos (o asociación de sentimientos inconscientes, no revelados) son enlazados al par en cuestión; en base de cánones psicosomáticos que los declaran cómplices de un sexualismo non y también post nato. El mismo que a nuestro entender resulta improcedente e indelicado, al confundir atracción sexual con simpatía. Claro que, quienes así reflexionan, se pierden en forzar una comparación, basados en los roces de zonas erógenas. Se obvia –quizás, inadvertidamente– que el par niño-madre representa el de los mejores amigos y simpatizan.
Es improcedente desconocer que los complejos, son distintos a la aberración de un adulto descontrolado entre su ser, humano; el Yo (Das Ich) y su Superyo (das Uber-Ich) del subconsciente impuro, y además sujeto a la auto represión de los recuerdos. Otra vertiente es la optimista, la cual sin adiestramiento alguno, expone su subconsciente a los espacios abiertos, dominados por el macho-alfa, común.
Consideremos atacar la tesis de que casi sin percatarnos y como buenos diletantes, estamos en caída libre, listos para sumergirnos en la piscina del sicoanálisis. Es que en los finales del siglo XIX, el neurólogo checo Sigmund Freud (al cual es un error catalogarlo como austriaco o alemán, dado que nació en Přibor, Moravia) debutó con una escuela espectacular y casi desconocida: la Psiquiatría Analítica o Psicoanálisis, de la cual fue su fundador. Claro que la psicoterapia puede desandar hasta Franz Anton Mesmer y su mesmerismo, en alguna forma conducente hasta los trabajos de Jean Martin Charcot (mestro de Freud), incluyendo a este último. Como tantos genios inmersos en el pesimismo clásico, Freud descendía de una familia judía; integrantes de una nación hasta ayer dispersa, desde siempre sometida a injustas sospechas étnicas.
Uno de los puntos neurálgicos de la nueva ciencia (la cual consideramos absolutamente convencedora para el paciente, en sus propósitos médicos), en nuestro entender; es que trató de relacionar el ombligo atrofiado del niño nato con el ombligo activo del niño non nato. Asombra más, que Freud haya traído por los pelos para encajarlas en el drama, a las azoradas madres –referido a las límpidas, no las emporcadas–, repletas de un dulce optimismo generativo. El enunciado de este siquiatra versó acerca de una patología de tal importancia, como dar por hecho que hay una fuerte y natural atracción sexual indisoluble entre padres e hijos. Seria preferible para no traumatizar las imágenes, procesar la aseveración a través de la propia obra freudiana “Ödipus-Komplex” que la sustenta, sin que se nos esfume la otra de sorpresas iguales: “Elecktra-Komplex“.
Freud, entre otros enunciados teóricos alucinantes que hizo explotar –desconsideradamente– ante la faz del hombre común; ése de ingenuidad púber; nos obsequió también con “Studien über die Hysterie” (Estudio sobre la histeria) y la trascendental “Einfáhrung in die Psychoanalyse” (Introducción al psicoanálisis). Todo resultó en la destrucción del wonderland interior de cada humano, colapsado y muerto tras la primera eyaculación. Estos descubrimientos encallados en el subconsciente, entre otros muchos, conforman una sorprendente bibliografía la cual mencionamos sólo como referencias y no porque sean las únicas fuentes a consultar. El universo de la psiquis es amplio y sugerente, aunque no es práctico involucrar tales consideraciones; con profundidad; en nuestras reflexiones acerca del par asimétrico pesimismo-optimismo. Para el pesimista el mundo es real, contrario al del optimista que es absolutamente irreal, una abstracción virtual cargada de puerilidades de la que no quiere escapar, dado que odia el convertirse en adulto. Esta dicotomía, es sólo una de las vertientes exploradas relacionadas con el tema.
Soltados así de pronto los conceptos freudianos, perturbadores en extremo, a causa de su nivel de esfuerzo comprensivo por parte del individuo, tuvieron un efecto devastador al irrumpir sobre aquella sociedad que se auto suponía madura. Embobecida con ilusión positivista y peor, optimista, hasta que le sobrevino el sopapo de la I Guerra Mundial. Luego, es curioso que el propio Freud señaló una característica imprescindible para considerarnos Civilización, cuando expresó que “la buena voluntad de la gente les impela a no decir o hacer a otros, todo lo que desearían; sino, mantenerse inertes y callados, reprimidos“. ¿Cómo dijo?
El psicoanálisis propone lo contrario: sinceridad absoluta, cuando el paciente yace de cúbito supino –en garde– sobre el antológico diván, convertido ahora en la fuente superior de los secretos, la Caja de Pandora individual. El mismo mueble en el que aspiran a yacer todas las damas histéricas –las contagiadas con el snob effect o el appeal (ver la serie “Mad Men)– acampadas sobre el planeta Tierra, las cuales rara vez tienen algo coherente que decir, salvo lo de alabarse ellas mismas, cuando se escudriñan desnudas ante el espejo oval, el Gran Chivato.
La lívido, aunque resalta por su brillantez amancebada, resulta intrascendente al par maternal. En esencia, este evento modelo no es más que una explosión de asombros mutuos entre dos desconocidos (madre e hijo) sin pecados concebidos, que se presintieron durante 270 días solares el uno dentro de la otra y que, en el momento del alumbramiento, han despertado al mismo tiempo. Vale recordar que durante todo el período de la gestación el “par vital” estuvo separado por una pared acuosa y elástica, sin posibilidades de contactos visuales –salvo el tacto–, el cual es un sentido o sensor impreciso, si es comparado con la visión o el gusto.
La “atención” recibida por el feto en base de la comunicación ondulatoria (eléctrica y sónica) que emite espontáneamente la madre, es la llave de la personalidad pesimista u optimista. Excluimos los contaminantes, sustancias externas que dañan al feto, que le llegan por el cordón umbilical. Luego, se trata de estimulaciones generadas por el ancestro genético dormido en el subconsciente materno (covalentes) con la información paterna, y representado desde siempre por el óvulo fecundado.
Es entonces cuando la escuela optimista estructura y preconiza teorías de vías múltiples, y despliega todo tipo y pretextos para justificar la existencia de proto sensaciones heterosexuales, las cuales sólo se asentarán en una realidad distorsionada que antecede al homo sapiens. Se trata de un afecto por la necesidad nutricional, la cual emana del pecho materno y que es copycat en los animales, más que es confundido con sentimientos primitivos, también animaloides. En cierta medida, se conduce como un vector de confusiones, sin una dirección determinada.
La personalidad pesimista surgida de la actividad del par, es fuerte y no admite competidores, mientras que la del optimista es apenas un artilugio gelatinoso enchumbado de miedos y llorón, per se. No obstante, este último anda engreído acerca de su infalibilidad en que nadie, ni siquiera los parapsicólogos, sabrán cómo armarlo y ordenarlo para la puesta en línea. Tal es el esquema aplicable a varios generadores eléctricos conectados en tándem, ya apto para serle conectado al sistema (aquí, el hábitat social humano). El quid de la cosa estriba en que el pesimista escala los arpegios de su voluntad desconectado de cualquier testigo ofensor, no invitado a su fiesta interior y porque además para él, los mirones que hurgan en su sub consciente, no cuentan.
Por su parte, la antítesis del optimista se ufana en demostrarle a los testigos la fragilidad de su carácter; razón por la cual deambula cargado con sus dependencias síquicas, también atróficas de perfecta traducción en alegorías gráficas. Es una búsqueda infructuosa de una absolución a sus pecados mentales (por omisión) y la consecuente aprobación por la gens tiránica. La esencia del dilema radica en que la gens pueda convertirlo en nobili genere natus (o sea, de familia ilustre, decimos, al estilo siciliano); de manera exclusiva; en lugar de envolverlo o insertarlo a su vez dentro de la corriente dinámica actualizada de la sociedad humana moderna y no para mantenerlo flotando y proscripto de ésta.
En tiempos de la Grecia antigua, de lo cual no se escapó en su momento el Imperio Romano, descolló la necesidad que experimentaban los optimistas alegres para sobrevivir; la cual fue parangonada con cierta corriente naturalista (también con visos de panteísmo), que les instaba a ser comparados con algún supuesto homólogo del reino animal. Los fans de las similitudes del determinismo griego se abroquelaron en Æsopo o se filtraron entre las licencias socráticas a través del método mayéutico (siempre unido a la ironía dialéctica) a los fines de estructurar y formular sus fábulas incomparables.
Luego, ciertos antiguos determinaron que el carácter de los optimistas se asemejaba a la sustancia divina, que en el decir filosófico de Arthur Schopenhauer –un pesimista de reconocida marca mayor–, estaba constituida por la Voluntad y nada más. Otros analistas encontraban las similitudes con el canto póstumo de las greyes de sõrexis vírgenes –siempre temerosas del gato cruel, y ¡cuidado!, que es uno de los monstruos de Id–, tal como sucede en el mundillo azorado de los parapléjicos in vitro. Se trata de aquellos ineptos ya mencionados, para experimentar emociones superiores. Se refiere a esa inspiración divina que se apodera de los creadores, artísticos o científicos, ponderando desafíos propios de la antítesis.
La saga, continua.  
© Lionel Lejardi. Mayo, 2010
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