Génesis floridano: Miami sí, Maama no II/III


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El 28 de julio de 2010, la ciudad de Miami estará de cumpleaños, dado que fue fundada el 28 de julio de 1896. Pero hablar sobre nuestra ciudad y sus alrededores, es imprescindible tomar las pinceladas más fulgurantes que conformaron una historia armada a pedazos por varias potencias, un sinnúmero de tribus de indígenas dominadoras del centro y sur de la Florida, y los inenarrables bandazos que el decursar del tiempo, con sus eventos aleatorios, imprimen el sello de una historia local. Hablamos de una época en que el futuro personal disponía de un tiempo tan corto como de 36 años.
No es muy extensa la historología disponible que detallen aspectos fundamentales y patrones de desarrollo en aquellos inicios. En la realidad, la turbidez de los hechos e influencia de los hombres y sus líderes; como fueron los antecedente de los territorios descubiertos, conquistados y civilizados por España y otras naciones europeas, sí nos dicen de los perfiles de aquellos audaces capitanes; en especial los españoles; quienes fueron los primeros en arribar a la insondable América precolombina.
El mensaje cristiano evangelizador, debió sobreponerse a las arbitrariedades usuales y consideradas permisibles en buena ley en aquella época, a todo conquistador, vistas aun en pleno siglo XXI. Sucede que en aquellos tiempos aciagos y de incertidumbres propias de la vejez, resultaban acicate para que los líderes el aseguraran un futuro grato, exactamente igual que hoy. No es de extrañar la búsqueda de elixires o aguas milagrosas restauradoras o mantenedoras de una juventud eterna.
Juan Ponce de León, fanatizado por esos mitos, pidió permiso, armó tres barcos para una expedición a estos propósitos y partió orondo de Borinquén (Puerto Rico) en 1513 con rumbo noroeste, donde le indicaban las flechas de los indios taínos. Bojeó partes de las costa este peninsular de Florida, la cual estimó como una isla; en búsqueda  de la mítica Bímini, donde debía yacer la “Fuente de la Juventud Eterna”. No halló la fuente pero nos legó el nombre de la “Florida” actual, por haber arribado a tierra el 2 de abril de 1513 en las celebraciones de Pascuas Floridas y encontrarse todo el terreno florecido, y algunas trazas de sus deambulares hasta la zona de Miami y los cayos floridenses. Un nombre alterno (“Tegesta“), fue manejado por otros exploradores y cartógrafos (franceses y holandeses).
 Aquí se encontró con los indios Chequescha a los cuales bautizó “Tequestas” —apuntados como los constructoras del recién descubierto  “Círculo de Miami“, posiblemente religioso y misticista—, aunque se desconoce exactamente el lugar del desembarco de Ponce de León, se estima que lo hizo por Cabo Cañaveral. En los años siguientes, otros aventureros expedicionaron sobre la península, adentrándose tierra adentro, donde dejaron numerosas misiones, incluyendo la zona del Mississippi.
En  1566 Pedro Menendez de Aviles, otro de los aventureros iluminados, hizo tierra en el norte de la península; con propósitos similares a los de todos los expedicionarios conquistadores. Avistada y hoyada la tierra en la parte norte de la península, en un asentamiento de los indios Timucua, fundó la ciudad que hoy es primada y registrada como el más viejo asentamiento europeo de toda Norteamérica, la ciudad de San Agustín, entre los ríos San Sebastián y Matanzas. San Agustín estuvo adelantada 54 años al asentamiento en 1620 de los Pilgrims en Plymouth Rock, Massachusetts.
En 1765, concretado el trueque de La Habana por Florida, los españoles abandonaron la ciudad en apreciable número, pero esta permaneció intacta. Más tarde, Aviles cumplió el primer desembarco acreditada en la zona miamense, encontrando  a los tequestas ya descritos por Ponce de León, sin mayores eventos, y continuó sus exploraciones infructuosas. Para 1567 ya estaba fundada la “misión de Tegesta“. Unas 70 tribus indias estaban asentadas en la península de Florida, al arribo de los españoles.
Alrededor de 1743, expediciones punitivas implementadas por los ingleses; junto con la tribu fiera de los Maskoki; redujo a los tequestas y los diezmaron casi hasta su extinción total en la península. Dos de los jefes tequestas, espantados, arribaron a La Habana, en 1743 solicitando ayuda de los españoles y permisos para emigrar a la isla huyendo de los invasores; éstos enviaron sendas naves con sus tripulantes, soldados y un cura. Los españoles, como siempre,  fundaron una iglesia y un fuerte, pero abrumados por no poder sostenerse en el lugar, abandonaron el asentamiento un tiempo más tarde.
Corriendo 1766 un británico de ascendencia galesa, Samuel Touchett, fue depositario de una extensión territorial de unos 20,000 acres que le cedió el gobierno inglés bajo condiciones, contentivas del área de lo que precisamente seria la inclusiva de Miami.
Es de recordar de que tras la toma de La Habana por los ingleses en 1762, esta deslumbrante y rica ciudad, la joya adorada por la corona española; fue canjeada por la península de la Florida, la cual se convirtió así en una plaza británica, tal como lo serian después las Bermudas y sus cayerías adyacentes, junto con Jamaica.
En pleno 1772,  la propiedad estaba cargo de Barnard Tomans. Una de las condiciones impuestas por los británicos para que la donación fuera permanente; consistía en que al menos un colono blanco viviera por cada 100 acres de terreno.  Aunque Touchett quería crear una plantación colonial sobre la propiedad, debido a problemas financieros nunca llegó a desarrollar su proyecto.
Cuando los primeros colonos con residencia fija en Miami arribaron a la zona, a inicios del siglo XIX; Pedro Fornells; un superviviente de la colonia de New Smyrna, fue a parar directamente a Key Biscayne para instalarse en la isla situada a un tiro de piedra de la boca de la desembocadura del río Miami. Pero a los pocos meses regresó  con su familia a San Augustín, dejando a un capataz a cargo de su propiedad en la isla. En un viaje en 1803 Fornells había percibido la presencia de ocupantes ilegales (algo parecido al rollo actual que tenemos con la masa enorme de indocumentados ilegales, sudamericanos, que en flujo constante perforan nuestras fronteras), puso el grito en cielo, pero sin que sucediera nada. La Unión estaba enfrascada en otros problemas nacionales y sólo atinó a tomar notas.
No fue hasta 1825 en que, Waters Smith, un oficial del gobierno de los EE.UU (de los legendarios U.S. Marshall) visitó el “Asentamiento de Cape Florida”, que se encontraba en el continente y otorgó por sus reales, un estatus legal a los ocupantes de esa sorprendente parte del nuevo continente, que carecían de título de propiedad de sus tierras (SIC).
Una buena parte de los colonos blancos, casi todos inmigrantes europeos; deslumbrados por las leyendas de “El Dorado”, las “Siete ciudades de Oro de Cibula” y otros mitos [ver el film National Treasure 2: Book of Secrets,  de Nicolas Cage, dirigida por Jon Turteltaub, Dic 21, 2007 (Walt Disney Pictures)]; no eran muy propensos a laborar la tierra o criar animales, al menos en sus inicios. Estos pioneros procedían de las Bahamas y otras partes de la Florida, sus objetivos eran más modestos: la búsqueda de tesoros y restos de naufragios que se generaban en los arrecifes de la zona. Una especie de hobby.
Entre ellos, algunos ya habían recibido tierras de los españoles en particular, aquellas vitales que bordeaban las riberas del río Miami, una indudable vía de transporte. La cosa se complicó cuando por la misma época, grupos de indios seminoles llegaron al sitio con un número de esclavos huidos de las plantaciones norteñas, Georgia y las Carolinas. Un tremendo incidente se suscitó cuando los “casaesclavos” (rancheadores) asaltaron la zona y asesinaron a decenas de habitantes, como represalia. 
Aunque los tequestas fueron registrados por los españoles como los genuinos habitantes de la boca del río, otras étnias indocumentadas se infiltraron por la zona del Panhandle, islas caribeñas o bordeando la costa del golfo, desde tierras aztecas. Los tequestas se vieron diezmando, a causa de enfermedades achacadas a los conquistadores y las guerras étnicas en las que se involucraron desde siempre, en el siglo XIX.
El “salp’afuera” que se formó con la Guerra Creek de 1813-14, fue definitivo para el arribo hacia el sur de otras tribus más guerreras; pero que ahora, aparentemente, llegaban mansas y en calidad de simples refugiados de guerra. Ello se debió, en parte, a que dicha mansedumbre fue resultado del cese de hostilidades entre EE.UU e Inglaterra, a tenor del conflicto (1812) entre ambas naciones.
Desde finales de 1600 y durante todo el siglo XVIII, ya existía una “Confederación Creek” constituída por tribus de South Caroline, Georgia y Alabama. La presión de los colonos blancos, hizo que una rama de esta confederación; soberbia; los okonees, hicieran las maletas y se nos colaran por el Panhandle, con toda lógica, rumbo sur.
Otros confederados, los enrojecidos muskogees, no la pensaron dos veces para motear a los fugitivos (exiliados) con un apodo despectivo a quienes “abandonaron la fabulosa Confederación Creek (maskoki) y decidieron safárselas y vivir por su cuenta en el extranjero”. Saber: cualquier similitud de esta tragedia y el drama cubano, es pura coincidencia.
El equivalente inglés del mote es wild o runaway “cimarrón”, en lengua muskogee es: sim-in-oli, y es quizás el posible origen del vocablo “seminole“. Mientras que los okonees no entendían ni papa de muskogee, ya que su lengua era el hitchiti. Los apacibles tequestas no se recuperaron del susto al ver deambulando por el barrio al primer seminole, porque éstos recién llegados siempre andaban de mal humor, más aun, después de sus trifulcas con los creeks.  La bella y refinada Checoter (“Rocío Mañanero”), circa 1830, ya estaba convertida en la esposa del cacique Osceola, y ambos, andaban comprometidos en los preparativos de la “Segunda Guerra Seminole” (1835-1858). Desde 1825 se había construido el faro de Cape Florida cerca de Key Biscayne, después arrasado por los indios, para alertar a los barcos de la proximidad de los peligrosos arrecifes.  
Corriendo la década de 1820 Richard Fitzpatrick adquirió tierras en los bancos norte y sur del río Miami, pagando cash a los colonos locales, convirtiéndose de este modo en uno de los más exitosos terratenientes locales. Construyó una plantación con ayuda de sus 60 esclavos, donde cultivó caña de azúcar, plátanos, maíz y frutas tropicales. Fort Dallas (un Ghost Town dentro del bucolismo norteamericano) fue construido en 1836 en la plantación de Fitzpatrick el la orilla norte del río.
Uno de estos grupos de pioneros giraba alrededor del antiguo asentamiento de Fort Dallas, una especie de staffeta militar. El gobierno federal construyó unos 200 fuertes en la Florida, a los fines de mantener el orden en el estado, que lo fue así desde 1821 y cuyo primer gobernador fue el Gral. Andrew Jackson.
Fort Dallas, apareció en los mapas circa 1840 con el nombre de “Villa Miami”, designada así por William H. English. Este “fuerte”, que nunca estuvo fortificado, recibió tal nombre en honor de comodoro Alexander James Dallas, quien estuvo al mando de la flota norteamericana de las West Indies.
English, fue un notable de la zona el cual adquirió la propiedad de su abuelo Richard Fitzpatrick, quien a su vez había pagado $400 a James Egan por la misma. En 1844 Miami se convirtió en la sede de un condado virtual, y en 1850 el primer censo arrojó un total de 96 residentes viviendo en la zona.
Cuando en 1875 se hablaba sobre el sur de la Florida, la mención obligada era Key West con sus 8000 habitantes. En el sudeste de la península, sólo apuntaban vagas alusiones a los asentamientos dispersos en la boca del río Miami y a lo largo de Biscayne Bay y los que después serían las radas de Brickell, Bayshore, Barnacle, en honor a estos otros pioneros homónimos. Claro, pasando de soslayo en la zona media del oeste la fabulosa Tampa, la cual apuntaba como la más despampanante y fina ciudad del golfo, cuyo mecenas y rival de Henry Morrison Flagler en los negocios de los ferrocarriles, era su tocayo Henry Bradley Plant.
Casi hasta los dos últimos decenios del siglo XIX, en la boca del río Miami pastaban grupos pioneros que vivían de la pesca, agricultura, explotación de maderas y fibras. Como siempre, lo que contaba entonces era el ansiado cash, un recurso obtenido localmente por la fabricación de almidón y el procesamiento de fibras. Estas últimas provenían de las palmeras sagú y burí, las cuales, además, brindaban productos como el almidón, cuya bondad mantenía estirados los miriñaques y crenolinas de las damas “cayohueseras” y costa este hasta New York. Mientras que las fibras, por su delicadeza, eran aptas para confeccionar sombreros, esteras y tapetes finos.
En 1886 una juncal y pudiente dama de la sociedad de Cleveland, quedó desolada por el fallecimiento de su amado esposo. Un hecho banal, si no fuera porque la energía de la tal viuda tendría más adelante repercusiones insospechadas sobre los destinos de nuestra ciudad y de ramalazo, toda la Florida.
Entonces se dejó seducir por un irresistible realtor y decidió comprarse unos acres en la boca del río Miami. Los predios de la villa, aquellos 640 acres originales, son los mismos donde hoy radica el Downtown de Miami. Finalmente los acres (y una mula) pasaron a manos de la flamante viuda Julia De Forrest ( née Sturtevant) Tuttle, la “mommy de Miami”. Pero esa, es otra deliciosa historia, para contar más adelante. Ella adquirió la propiedad en 1891 por $2000 de manos del realtor J.W. Ewan, quien fue conocido también con el sobrenombre de “El Duque de Dade“.
Ewan le había machacado a Julia que el vocablo en dialecto tequesta para nombrar al lugar, se pronunciaba “Maama“, pero a ella le agradó más el de English: “Miami“, un supuesto vinculado a la región del mismo nombre en Ohio, entre otros de igual denominación, en la nación. Algunas otras voces apuntaron utilizar “Mayaimi” o “Mayaime“, cuyas traducciones todas, son “agua dulce“.  
Sin embargo, en la década de 1890 sólo un puñado de personas seguía viviendo en Miami. Muchos de los colonos eran atraídos por ofertas de lotes gratuitos de 160 acres de tierra por parte del gobierno federal de los Estados Unidos. Entre estos colonos estaba William Brickell, conocido como el Padre de Miami, (un título que le fue disputado por Henry M. Flagler) que llegó también desde Cleveland, Ohio en 1871. Brickell instaló una oficina de correos (la staffeta) en la desembocadura del río Miami y adquirió varios terrenos en la zona.
Despaciosamente, un sinnúmero de condiciones se estaban creando de manera espontanea, hasta que estalló en 1896 el conflicto bélico entre España y los Estados Unidos, a causa de la insurreccion de los mambises independentistas cubanos en contra de la metrópolis española.
Al igual de que hasta los indios sabían dónde estaba lo bueno, no extrañó que después el Miami de finales del siglo XIX, fuera imán para los naturales de todos los orígenes y nacionalidades pululantes por la Unión y el extranjero cercano. Esta notoriedad era observable en la composición de su población. No nos referimos a la de ahora, sino a la censada en 1900 pocos años después de la fundación de Miami como ciudad incorporada.
Este evento constituyó además un inenarrable acontecimiento de colorido esplendoroso. Entonces no existían el “english only” ni “no trespassing“, por lo que la invasión de “outsiders” (como Ud. y yo, a quienes nadie nos invitó a venir a los EE.UU) resultó incontenible ¿…?.
Personalidades tan relevantes como Ephraim T. De Sturtevant, padre de Julia y William B. Brickell (ambos de Cleveland), Isidor Cohen (ruso); John Collins (New Jersey), John Seybolt y J.D. Dorn (Alemania) dan fe y constituyeron entre otros, la diversa procedencia de los notables citadinos. Según el censo de 1900, a Miami habían entrado 1681 personas; 1348 blancos provenientes de 45 estados; 291 negros de los cuales 168 eran de South Caroline, 98 de Georgia y 25 de las Bahamas y 42 de otras razas. La abigarrada población no pudo dejar de contar con 3 hacendosos chinos, quienes no rehuyeron el armar en menos de lo que pestañea un mosquito, una lavandería impecable.
Entre los censados se destacó uno, quizás el más vivaracho y emprendedor de los minoristas en ventas al detalle. Éste, se propuso abaratar los cigarros habanos (puros) traídos por mar a Miami, desde Key West, a veces de Tampa, para el disfrute de miamenses y turistas (snowbirds), quienes no habían dejado de fluir por barco de manera incesante en oleadas sobre la zona, desde 1850, aproximadamente.
No resultó sorpresivo, aunque también inevitable, que dicho empresario importara las hojas de tabaco negro, tripas y sellos; para la confección de los habanos; desde las zonas tabacaleras de Vuelta Abajo, La Habana y Sancti Spiritus en la mayor de las Antillas Mayores, la vecina Isla de Cuba, a 90 leguas al sur de Key West; no fuera otro que un cubano –al menos el unico censado–6, Mateo Encinosa. Este era natural de Bejucal, provincia de La Habana y se registró como dueño de la primera Cigar Factory de la Ciudad Mágica.
Luego, es evidente que entre la nutrida corriente de “colonizadores” de la ciudad, los hispanos, comenzaran temprano a sacudirse los polvos del camino. Y como diría la vox populi de ayer y hoy: la gente de nuestro patio miamense provenía de cualquier parte, menos de Miami.
© Lionel Lejardi. Abril, 2008
lejardil@bellsouth.net
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