Sargento, ¿a qué esperar para comenzar la revolución? II/II


Se cumplen 51 años de dictadura comunista en Cuba
Un selfman, quizás
Fulgencio Batista y Zaldívar —selfman por excelencia— era un sargento-taquígrafo proveniente de la Guardia Rural, autodidacta, inteligente y perspicaz. Éste, ejercía dicha función en el Estado Mayor del Ejército Nacional de Cuba, durante los juicios militares, habilidad valiosa en extremo y a la cual se unía la de mecanógrafo excepcional. Largo y tedioso resultó su camino desde el batey de Veguitas en su natal de Banes, Holguin; hasta situarse de una manera tan brillante como sorprendente, entre los líderes que en ese momento decidían sobre los destinos de la Cuba emergida tras el vendaval machadista. De la nada, de ser un oscuro chupatintas, se convirtió en el hombre más poderoso de Cuba durante el período transcurrido entre la caída del gobierno machadista y el fin de la II Guerra Mundial (IIGM).
En esa madrugada aciaga del 4 de septiembre de 1933, la balanza del poder compartido entre civiles oposicionistas; cultos y educados; y los militares de bajo rango, se inclinó definitivamente hacia los últimos; poseedores de la disciplina militar para el combate y lo más vital, las armas. Todo quedaría como un acuerdo cívico-militar.
Aquella masa enardecida, se mostraba dispuesta a sacudirse de encima a los “oficiales opresores”; que por cierto nunca existieron así ni se comportaron como les endilgaban, los ambiciosos de abajo. Su quehacer exclusivista, como clase castrense no difería en nada de cualquier otra élite militar de academia, las de antes y las de ahora. Eran y son los motes propios de las épocas en que los países andan en revoluciones o morosidades levantiscas.
Los anarquistas y libertarios, se hacían eco y aunaban los fantasmas fabricados por sectores del ala izquierda oposicionista; a la cual se adherían los aguadores comunistas –que nunca dieron un golpe contra un Machado, quien era su mecenas en secreto–; intentando confundirle al pueblo llano, siempre alelado y “detrás del palo”, de que los integrantes de la oficialidad de academias eran umbilicales con la burguesía. La oficialidad del ancien régime significaba la figura contra la cual las clases y sargentos pudieron despotricar ilesos, desde el mismo momento de la caída del gobierno machadista, el 12 de agosto de 1933, anterior al movimiento gestado para septiembre.
Los conspiradores, sin un plan detallado, se encontraron de pronto con que entre sus manos se revolvía un coup d’etat, en realidad un “complot de los sargentos” (ver: “Técnica del colpo di Stato” de Curzio Malaparte, 1930 o “The man on Horsback: The Role of the Military in Politicts” Samuel Finer, 1962).
Ya desde esa madrugada, Batista comenzó a moverse con cautela, aunque conociendo a fondo los puntos claves hacia donde dirigir sus capitanes (jefes de grupo) y los hombres de sus destacamentos respectivos. Alguien dijo por ahí que fueron los sargentos principales los que metieron a Batista en el complot, “porque este era el único que poseía un automóvil (un lujo en aquella época), para moverse con rapidez”.
Tal vez parecieran decisiones tomada sobre la marcha, pero todo se precipitó, exactamente, hasta el momento en que este sargento divisó la hendija apropiada en aquel maremágnum revolucionario, y como todo en arrebato latino y para mas desgracia, tropical. Su intervención, puesto que era un verdadero desconocido en las filas civiles y militares, excepto en las de los soldados, fue la catalizadora de los ánimos y exaltaciones en ese amanecer.
El diversionismo provocado por la intromisión de los comunistas con su retórica inflamatoria y la consecuente e inmediata expulsión del local del Club de Alistados; fue apagado por parte de aquella masa integrada por los militares, Directorio Estudiantil Universitario (DEU), anarquistas, abecedarios (ABC) y otras facciones que, estando permeadas por los comunistas y anarquistas, recelaban de su compañía.
Estaban incluidas las correspondientes y respetadas tropas de choque, la cuales la constituían los abecedarios, anarquistas, libertarios y otros; casi todos comandos dedicados a actividades terroristas. Iguales a los que en su tiempo y durante su revuelta sierramestrina, el Dr. Fidel Castro Rúz desplegó en las ciudades y a las cuales denominó “Grupos de Acción y Sabotaje”. Se trataba de simples kamikazes patrióticos, pero sin el “viento divino” que salvo a Japón en 1281 de la invasion de los mongoles, hoy arrepentidos.
Pedraza y López Migolla se fundieron en una misma sonrisa de triunfo, en cuanto observaron la soltura tozuda del discurso de Batista; en cursar las primeras órdenes en voz alta; a quienes tomarían las unidades gubernamentales, policía, ejército, emisoras de radio y centros claves, sin que ningún otro líder chistara. Él, era el Hombre de ese momento álgido y para demostrarlo, gesticulaba con fuerza y repetía una y otra vez “sus órdenes”, a viva voz, a los mensajeros o por los teléfonos de campaña, inoperantes, instalados de inmediato a espaldas de los concurrentes. Sucedió que Cuba,desde 1910 disponía de un formidable sistema de comunicación telefónica automática, tal contamos hoy, que ni siquiera la ciudad de New York disponía en aquel entonces.
—Claro, que esto no es el asalto al Palacio de Invierno —ironizó Carbó, dirigiéndose a Carlos Prío Socarrás, sentado a su lado y cabeza del aguerrido DEU.
Benítez Pancorbo dio el parte de su gestión por el teléfono local, posesionado ya del mando en el Cuartel Maestre de San Ambrosio; y calculaba los pertrechos que necesitarían 1,500 tropas, durante las 72 horas previstas para controlar la capital.
Tras largas deliberaciones, en la mañana del 4 de septiembre de 1933, Cuba tuvo un nuevo y denominado Gobierno Colegiado. Se le denominó “colegiado”, por sus características especiales de ser una “junta de notables”. En realidad se trataba de una Pentarquía. Ello significó un escándalo vorticial que el Presidente Céspedes quien, sorprendido, sólo atinó a ver desatarse en su vaso de agua y que lo arrastró más profundo en el abismo de la indiferencia, junto con todos los hilos de su efímero gobierno.
Una proclama de los estudiantes, intelectuales y soldados fue enviada a la prensa y radio, explicando los motivos y objetivos de la revolución contra Céspedes y su gobierno. La firmaban entre otros civiles, aquellos que después serían presidentes de la República de Cuba: Ramón Grau San Martín, Carlos Hevia de los Reyes Gavilán y Carlos Prío Socarrás.
De los 19 firmantes, la rúbrica del único militar de entre ellos fue la que apareció al final y quien también oficiaría más tarde, en los años 40, como presidente electo por el voto popular. Tal si con dicha firma revolucionaria, el Asunto Cubano podía darse por concluido.
Era la firma de un anodino sargento-taquígrafo, el ya mencionado Fulgencio Batista y Zaldívar. Cuyo apelativo fungía a su vez, como nom de guerre que utilizaría durante los subsiguientes 6 años. Ello se debió a que nació “Ruben Zaldivar” (por la madre, ya que el padre no quizo reconocerlo), y en consecuencia, no existía una inscripción de nacimiento con el nombre de “Fulgencio Batista” que mostrar a las autoridades electorales, cuando aspiró con todas las de la ley a Presidente de la República, en 1939. Nadie objetó este hecho desafortunado de su infancia, puestos los ojos ahora en el líder inobjetable
Este líder era una rara avis para los duchos ilustrados en política nacional e internacional y el carácter culminante del drama, porque Batista firmó –premonitorio–; en calidad de “Sargento Jefe de todas las Fuerzas Armadas de la República“. La intención manifiesta de Batista se manifestó en que no estaba para esperar las calendas griegas, manso, varado en ese punto y momento.
La anterior “Unión Militar de Columbia” (UMC), se había transformado en la “Junta Revolucionaria” (o “de los Ocho”), integrada por Pablo Rodríguez, Fulgencio Batista, José Eleuterio Pedraza, Manuel López Migolla, Juan Estevaz Maimir, Ángel Echevarría, Mario Hernández y Ramón Cruz Vidal.
Ellos constituían un selecto grupo de extrañados con las peculiaridades de la política cómica, y quienes además se habían repartido mandos, responsabilidades y los inseparables peligros inherentes a los osados.
Todos, aspirantes a ser los dueños del mando y todas las jerigonzas del Asunto Cubano. Tras bambalinas, los militares, serían quienes detentarían el poder real en Cuba. Raimundo Ferrer, Francisco Tabernilla y Manuel Benítez, todos oficiales del Ejército Nacional anterior, renunciaron a sus grados y se integraron al golpe, como simples soldados. Esta decisión, coherente con las respectivas imágenes públicas, les brindó después pingües ventaja en sus carreras políticas y militares.
Con inconmensurables esperanzas ciudadanas, se inauguró el nuevo gobierno al que se le denominó finalmente, “Pentarquía”. Ello fue consenso, después de aceptado con antelación un programa concordante, como el del DEU en una rara simbiosis con el del ABC, un movimiento que estaba permeado por las ideas fascistas, como la única vía de solucionar el ajiaco criollo, sin atender a las características convoyantes a un simple grupo de matones, al servicio de una dictadura cotidiana.
Un sargento llamado Batista
El Dr. Ramón Grau San Martín resultó elegido como Presidente, Secretario de Instrucción Pública y Bellas Artes, Sanidad y Beneficiencia; José Miguel Irizarri cobró la atención de las secretarías de Obras Públicas, Agricultura, Comercio y Trabajo. Les acompañaban en la aventura, Porfirio Franca en la de Hacienda; Guillermo Francisco Leopoldo Portela Möller en las de Estado y Justicia. Sobre Sergio Carbó Morera recayeron las secretarías de mayor peso, más en aquellos momentos, como eran las carteras estratégicas de Gobernación, Comunicaciones, Guerra y Marina.
Carbó, junto con su inmenso prestigio controlaba las fuerzas militares, judiciales y de policía. Este hombre poderoso, en unión de Ramón Grau San Martín y Antonio Guiteras Holmes, eran estimados como el triunvirato civil perfecto para domar a Batista y al resto de los líderes militares nacientes. Pero la cosa no funcionó así. La consolidación del trasfondo militar del gobierno, según Batista, requeriría de enfrentamientos con los antiguos oficiales del ancien régime. Este encuentro lamentable se produjo cuando los hechos del Hotel Nacional, donde los oficiales se habían atrincherado, por lo cual Somner Welles abandonó el lugar sitiado por las tropas gubernamentales.
Batista les ofreció condiciones favorables a los sitiados si abandonaban su actitud, pero la oficialidad se negó. El 23 de septiembre el gobierno decretó la reincorporación de los oficiales a sus cargos. El 2 de octubre de 1933 las tropas gubernamentales asaltaron el hotel y se entabló el combate, donde los oficiales se rindieron finalmente, después de agotar el parque. Algunos, fueron ultimados a mansalva por iniciativa de los soldados.
Esa tarde, cuando Céspedes llamó a la cocina de Palacio, nadie contestó. Ya los Pentarcas habían tomado posesión del Palacio Presidencial, mientras Batista anunciaba eufórico a Somner Welles las indeseadas nuevas. Grau, fue el encargado de notificar la infausta noticia al depuesto presidente Céspedes, quien entregó al mayordomo las llaves de la casa presidencial y abandonó Palacio tranquilamente por sus pies y sin sus ayudantes.
Welles olfateó, después de ser informado por sus escuchas, que los nuevos gobernantes acusaban “tendencias comunistas”, en especial Grau y Guiteras. Washington acarició la idea de enviar una escuadra a Cuba, acudiendo a la Enmienda Platt, la cual cernía aún su poder de alternativa sobre la Isla de Cuba y sus cayos adyacentes.
La Pentarquía ofició hasta el 10 de septiembre de 1933, con la proclamación del Dr. Ramón Grau San Martín, como Presidente Provisional y único. Éste, no juró el cargo y la Constitución de 1901 ante el Tribunal Supremo, tal era lo acostumbrado entonces; sino ante el pueblo al cual convocó a reunirse frente a la terraza norte de Palacio, el día de la proclamación.
En su retorno al Hotel Nacional, Welles redactó un cablegrama trascendental. Contestaba el similar recibido de Washington, en el cual le solicitaban indicar, “quién realmente mandaba en Cuba”.
Welles trajo a su mente la imagen de un tipo no alto, de habla gutural, que se comia las “eses”, tendente a lo rechoncho, cara redonda, piel color cartucho, de boca ranina y otras etcéteras, no precisamente cinematográficas. Pero que encajaban al dedillo con cualquiera de los otros militares, que mangoneaban a cualquiera de las repúblicas de Centro y Sudamérica, los que mantenían buenas relaciones con EE.UU.
Se trataba de un líder con los pantalones bien puestos y que, no por casualidad, era el Big Boss; y quien en el patio cubano impartía las órdenes al Ejército, políticos, funcionarios y mantenía el orden en Cuba. Signos inequívocos, de que los interesas extranjeros invertidos en Cuba, estaban garantizados. Algo, que desde el punto de vista político y económico, no era nada despreciable. Luego, Welles no dispuso de un amplio muestrario entre aquellos cubanos casi enloquecidos, que andaban en revoluciones. Al menos, el tipo le serviría para contener a Grau y Guiteras.
—”Un sargento llamado Batista” —señaló Welles, en su lacónica respuesta a los halcones del Potomac. Esta frase histórica, en los tiempos siguientes, se tornó simbólica para los unos y escalofriante para los demás.
El mencionado, ajeno al intercambio epistolar; lo cual tampoco le importaría, de saberlo; ya de su manera habitual –siempre premonitoria–, se enfrentaba a la Trigonometría del alza y deriva de los cañones. El líder intuía latente, algún tipo de enfrentamiento inevitable e inmediato con los oficiales de carrera., lo cual se produjo a inicios del octubre siguiente. 
Antes de esos hechos lamentables del Hotel Nacional, la tarde de septiembre 8, 1933; el ministro Carbó recibió a Batista, quien le había solicitado una audiencia. Batista andaba quejoso de que los oficiales no le prestaban caso ni le obedecían por ser un simple sargento taquígrafo.
—Entonces, te nombramos general y sanseacabó —apuntó Carbó, jocoso, sabiendo que tal rango no existía en el Ejército de entonces.
—Por favor, señor Ministro, es demasiado, y yo le hablo en serio —respondió Batista, con el aire modocito de “non queiro, non queiro, pero échamelo en el sombreiro“.
Carbó miró de hito en hito al personaje que había manejado tan bien lo del 4 de septiembre. La guerrera impecable, las botas de los oficiales de piel de cochino con espuelas, el sable, la pistolera y la enorme gorra de plato. Todos relucientes. Después, tomo una decisión de las más trascendentales para el futuro de aquella Cuba convulsionada y le anunció de pronto, pero en tono calmo:
—Pues, te haremos Coronel —sentenció el Ministro y agregó irónico—: Tú sabes, pondremos “por méritos de guerra y las otras etcéteras acostumbradas”. ¿Cómo te va?.
Batista quedo turbado con el anuncio. Miró fijo a Carbó, quien le sostuvo la mirada con el mismo brillo de quien espera una respuesta. Batista tragó en seco. Era real el ofrecimiento.
—Pues así sea, Ministro, y le agradezco —asintió Batista, cuadrándose militarmente. Y no brincó de gozo, en aras del protocolo.
Tal resultaría el inicio de los siguientes fabulosos cien días del gobierno de Grau y Guiteras, y de la carrera de este líder de botas y guerreras, las cuales entonces le quedaban grandes en responsabilidad y sapiencia, pero que les eran ajustadas al portador por su audacia, de una firmeza excepcional.
Pa’sue’copeta —farfulló de corrido Batista, ya en la calle, sentado en el auto.
Y pensando en términos de política internacional, ya alguien le había comentado -ansioso de mostrarle sus aptitudes–, advirtiéndole que en cierto momento, estaría impelido a escoger el ala bajo la cual se cobijaría en los años próximos. Convulsos, inestables con un Japón tragándose la Manchuria, una Italia engulléndose Etiopía y Alemania comportándose como dueña de la Europa acongojada por su indefección y Rusia abriendo la boca sobre las repúblicas del Báltico. Alas de otros líderes mundiales antagónicos entre si: demócratas, comunistas o fascistas.
—¿Sabe usted Coronel —le sopló el ayudante desde el volante, ya enterado del ascenso—, cómo le dicen en voz baja, algunas damas de la high?”
—Pues, no. ¿Cómo?.
Mulato lindo —dijo el cabo y aguantó la respiración, agarrado al timón y encogido como un pirulí en su asiento.
Batista sonrió incrédulo y medio que vanidoso, porque damas tan finas; y de tan altas alcurnias y vuelos; hubieran posado su mirada sobre él, quien en su pequeña patria de Banes —no muy lejos del Birán natal de Castro—, arrancó trabajando como un simple retranquero de trenes.
—Carajo, y dale con la que canta y no pone —exclamó sarcástico y agregó—, ya empezaron con los jodidos nombretes. Pero eso lo arreglaremos con una buena levita y pechera, claro, si me admiten como socio del County Club.
Exactamente, esa era una de las tantas cosas lejos del alcance a comprender cultural, social, político y militar del ex sargento. Porque al final, cuando Batista fue Presidente Constitucional de la República de Cuba (1940-1944), —sin importar su étnia o linaje— seria reconocido como socio honorario de todos los clubs de la isla. Y no por su gusto, sino porque le correspondería la membresía de manera automática, de hecho y derecho, por ser un privilegio inherente a la dignidad presidencial. Lo otro, es historia conocida.
Fin de la saga.
© Lionel Lejardi. Febrero, 2009
lejardil@bellsouth.net
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