Elogio de la Tristeza 1: Tesis I/III


          Se cumplen 51 años de dictadura comunista en Cuba
Hacer elogio de la tristeza, ni es sátira ni tiene que ver con Desiderius Erasmus Roterodamus (aka, Gattamelata, “El gato meloso”) y sí, con otras artes mentales semejantes (no somáticas y sí, esotéricas) que prevalecen en el mundo maravilloso de los pesimistas. ¿Dudas? No hay por qué, dado que estás utilizando tu derecho inalienable a coincidir o disentir del clan. Es la flor imperecedera en todas las estaciones de la democracia, que trata del realismo interior de los cuerdos tristes: el tuyo, el suyo y el mío. Es que la tristeza es la expresión primaria del ser social. Tal axioma es aplicable al resto de los humanos juiciosos, considerando que los sin juicio deambulan por dimensiones diferentes del intelecto –ajenos a las finuras deliciosas del mundo real– y en medio de abrazos tercos al absurdo de un dilema optimista, que desde hace tiempo yace fuera del contexto de la Lógica. Tal es como esa especie de renegado fu, adorador en el vaso de su imagen propia, siempre fuera de la ley; luego atrincherado en su Superego totalitario e incapaz de arrebolarse, ante el dolor humano.
Son neblinas de mantos idénticos en ensoñaciones las cuales se dispersan al levantar el día, a esa otra pléyade de optimistas frenéticos, anidados bajo la sombrilla de los alienados alegres. Tramoyistas de pasión y estilo, inconformes con la parte alícuota que les tocó por nacimiento, golpean miriadas puertas que nunca se les abren. Son los que casi siempre andan metidos en líos, dándose cabezazos y halándose las orejas, mientras se atiborran de tranquilizadores y somníferos anti pesadillas. Y por si fuera poco, en una especie de falso Cogito, ergo sum (“Pienso, luego existo”); intangible y estereotipado como una garganta de meretriz vieja; haciendo filas interminables en calidad de guerreros estoicos de la nada propia ni siquiera de la ajena, una de las tantas irrelevancias de la alegría.
Ellos chorrean risas peripatéticas cargadas de lívidos y jettaturas fumantes, en las consultas de consejeros, psicólogos, frenólogos, frenópatas, psiquiatras y de otros magos del intelecto. Todos, maestros domeñadores de exquisiteces –esas erupciones epiteloidales malquistas por los pensantes– del ser y sus jorobas, cuasi indomables en el páramo inmenso donde mal vive el Id humano. Valga que no sorprende la magnitud alegórica, de cómo la tristeza impregna la totalidad de lo animado y desanimado en cada uno de los seres, aun los parásitos difusos entre la médula y el hipotálamo, que habitan en el nosotros.
Antes, les decían “demonios”, y en lo que yace en el hábitat de nuestros alrededores –sólo acudir al desafío, viéndolos reverberar en la medianoche del pasado–, con una fuerza inextinguible. También, por redundancia somática, es arte que ampara nuestros actos irresolutos; aquellos que más nos fascinan entenderlos como grifos góticos, sub productos reales de la incertidumbre y no de la casualidad en ocasiones supuesta cotidiana. Como el trauma caribeño diseminado por los totalitarismos Apocalyptos. Última vergüenza de Indoamérica.
También atañe a lo que nos pertenece y amamos, como son: familia, hogar, salud, creatividad, libros, música, empleo, fortuna, nuestros maravillosos soldados peleando en el Medio Oriente –al igual que fueron los insuperables gentiles, aquellos irredentos veteranos de Vietnam– retumbando los arpegios sonoros de sus cañones de furias luminosas, limpiando alimañas en los basureros comunistas.
Es que nuestros héroes no pertenecerán jamás a esa familia odiosa de jamelgos de pelo lacio y largo, uno de los cuales se encumbró guía espiritual de la nación que el tipo se empeña en convertir en hato de bobos e imponerles una capital repleta de zonzeras indigenistas moronas y cocaleras. Es la dimensión arrabalera de células imaginarias con vaginas, ecos de sus dioses vampirescos y asesinos. Todo dicho y ladrado al estilo jacobino, como expresivo de la vox populi de la chusma de cholos embravecidos entre vicios y vagancias.
Los tristes, son esos speakers de voces profundas, tarareando la verdad democrática o callando lo que no nos pertenece y despreciamos, como la maldad y crueldad de los delincuentes, degenerados sexuales, terroristas o las desagradecidas traidoras domésticas, esas odiosas malas ciudadanas isleñas que desde el 1910 se tornaron, Betlemitas del asco comunistoide y traidoras a Norteamérica. Así igual como la envidia ajena y otras miserias humanas inextinguibles, mal aludidas por los apóstoles, en los inimaginables y siempre acechantes pecados capitales. Esos fallidos carraspeos del egoismo liberal hollywoodense, siempre dispuestos al paseo entre los leones con orín diurnos y las mulatas del fuego nocturnas, tan gentilmente regaladas por los castristas.
Quizás parecería improcedente colegir un mundo de gente y cosas tristes, pero la cuestión inducida por la psiquis recelosa radica en lo innecesario de imaginarnos los contornos del potro encaracolado e irregular; sobre el cual ya estamos montados desde el nacer y casi desde el inicio de los tiempos. Nada que temer, pues hoy disponemos de un buen número de herramientas y métodos volteadores de las tuercas síquicas, para inter relacionar nuestra existencia terrena con las de otros planos cuasi paralelos, como el de las 11 cuerdas (excepto el astral).
Pero lo no endeble de esta senda de teoría metafísica ilusionada en dibujos escapista, es el que abroquela y empuja a los mentalmente débiles, hacia posiciones de la soledad teosófica propia de parias. ¿Serán los repudiados hijos del terror islamita, etarras o de las bandas narco comunistas?. Se peca en acentuar sus indefecciones contra el medio agreste que les rodea. Pero es que sus agresiones al clan, les hace descalificables por no dejar sitio a la opinión del “otro”.
Luego la sentencia del clan materno seria cortante: “si Uds. insisten en alegrías, son de hecho culpables de la existencia del anti mundo kafkiano y deben de inclinar la espina dorsal hasta el infame agujero de la complacencia con los tiranos“. La lógica deductiva que nos impusieron nuestros mayores, es diafonía ruidosa que hace comicidades utilizando la dialéctica materialista e histórica, pretextos chic ya pasados de moda, entre los insolubles filósofos nihilistas decimonónicos las letales dictaduras del proletariado, leninistas.
Sucede que ellos patrocinaban tales disciplinas analíticas del ser social, ladrillos típicos de la pirámide totalitaria; como instrumentos idóneos para el diseño y comprensión de una sociedad nueva, adaptada a su prima notte di quiete (ver, “Le Professeur“, de Alain Delon. France/Italy, 1972) imaginada al alcance de la mano, aunque de estructura eminentemente tan utópica como insincera. Según la praxis mendaz aunque transformadora, agitada por los marxistas cubistas en calidad de distorsionadores de la realidad, ello se imbrica en desdibujaciones incoloras de toda la grey potencial de sus alienados alegres –también cómplices del desastre–; a los cuales podemos reconocerles por el tatau de optimistas, unos fetichismos propios de la Papuasia y no en otra de las tierras enajenadas por el amok.
Nada más que leer, aunque sólo como referencia emocional, a Émil Édouard Charles Antoine Zola en L’assommoir; de la “L’æuvre” y en “Germinal” –¡alto!, que la retahíla de nombres no es pedantería cursi–; la trilogía es arquetipo literario del realismo francés decimonónico. Entre que denunciante y esperanzador, apenas emergiendo del capitalismo enérgico y triunfante. Los morones de toda laya, le dicen “feroz”.
Ni decir que Marx odiaba a Zola, por su naturalismo y compasión -inconcebibles en los comunistas, nunca de buena cepa- puesto que los aires tenues del socialismo fabiano del escritor, indignaba la imaginación jacobina y obsesionante de los marxistas de extrema izquierda, quienes soñaban con asaltar el poder de manera violenta al estilo de los cangaceiros de Caatinga y su jefe Lampião, para de inmediato implantar el delicioso terror totalitario. Claro que son sus fetos apocalípticos preferidos, idénticos a los de los nazis, cuestión de nutrir sin interrupciones las gemonías capitolinas allendes al Tíber.
De estas bellezas mendazes y artísticas devino por desgracias del birlibirloque zurdo, en otra patraña exhalada a manera de estandarte por los coquetones afeminados, habituales de Saint-Germain des Prés y La Cigale. Esa grey optimista, yace aun viva y coleante à la dernière en el cavernario sinistrorso de los alegres y soldada al inseparable “Manual del Marxismo-Leninismo” que les cuelga bajo el sobaco de sus incertidumbres. Es el sempieterno ptialismo ronco de los comunistas, en especial, los cosechados en la “Animal Farm“, castrista.
La saga, continua.
© Lionel Lejardi.  Marzo 14, 2010
lejardil@bellsouth.net
Legacy Press
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