Elogio de la Tristeza 1. Tesis II/III


             Se cumplen 51 años de dictadura comunista en Cuba
La traición de jure en que nos sumieron estos deshonestos alegres –no en balde, izquierdistas por antonomasia y adictos a líbidos ampulosas–, consistió en que ellos sabían de antemano la calidad truhanera de la alucinación comunista que le propusieron a los optimistas alegres y que además, esta era una ficción irrealizable ni siquiera dentro de un sistema democrático imaginario (utópico). La oferta, extraída del morral baratillero de los liberales románticos decimonónicos –después robada y reforjada por Karl Marx y sus seguidores intelectuales–, pretendía ser la panacea para la solución de la tildada de “desigualdad social“. De manera curiosa, dicha desigualdad resultó acentuada por los comunistas los cuales integraron una minuscula Nueva Clase (en el decir del yugoslavo Milovan Djilas en “La Nueva Clase”, un maldito para los Castro), divorciada ferozmente del pueblo llano.  
Tal concepción insustancial es inaceptable en ningún arsenal político contemporáneo, dado que versa acerca de un subproducto simple; profusamente alentado por la pereza humana, en espera eterna del estado paternalista. Tal sucedió con la barcarola castrista encallada a la salida del puerto (ellos le decian “revolución”), en el desastre cubano actual; donde los comunistas se lucieron en alcanzar el record Guinnes al armar anti sociedades que han logrado sobrevivir, sin que allí nadie trabaje realmente.
Le tesis descansaba, fundamentalmente entre otros disparates, en el eufemismo alegre de imbricar del valor agregado con el concepto de la plusvalía. Ello, sin considerar dos factores cruciales para los que somos pesimistas: la productivad (hija natural de la eficiencia) sólo interesa a los dueños de los sistemas y medios de producción (siempre pesimistas y atentos sus riquezas); y que la socialización de la riqueza torna el manatial infinito del esfuerzo humano, en una charca agotable.
Todo el discurso optimista se basa en la turbidez de la psicopatía crónica de la cual adolecen los morones apacibles; en especial los caseros que pasean sus perritos mañana y tarde, y quienes además nutren las filas optimistas.
Éstas avetontas, exacerbados por líderes indigenistas –retrogrados antológicamente–; aun sumidos en las penumbras de la Hora Nona; quedaron ululando sus salmos destructivos contra la sociedad civilizada que los acoge e ilustra, y que repiten hasta la gangosidad.
Buena parte de las miserias humanas enaltecidas por los optimistas, salieron a flote según rezó después en los protocolos secretos del Ministerium fúr Staatssicherheit; (Stasi) reseñados por siquiatras y sicoanalistas inescrupulosos al servicio vil de las tiranías comunista; cuando se abrieron los archivos secretos de esa entidad en Alemania Oriental tras el derribo del Muro de Berlín. Una leve ojeada al infierno marxista, se puede ver el film Das Leben der Anderen (“La vida de otros”) Wiedemann& Berg GmbH & Co. KG, Germany, 2006.
Al caer el Muro de Berlín, con todos los comunistas asustados pululantes dentro y fuera del telón, el klein “Lula” recibió la orden urgente de armar lo que después se denominó “Foro de São Paulo”, una especie de sentina de brujas viudas y plañideras, bajo la línea de flotación.
La regurgitación idéntica sucederá en un mañana no lejano, cuando los archivos sombríos de la Dirección de Seguridad del Estado (DSE) de la Cuba comunista sean oreados a la luz pública. Ello sin importar la efectividad de la ya en operación permanente, la incineradora de legajos y pruebas comprometedoras –situada en el patio exterior de dicha Dirección–, además de otros crímenes y atropellos, perpetrados por los comunistas contra el pueblo inerme.
Estos amables domeñadores de la voluntad de los seres con ensoñaciones elípticas y no menos distróficas, no dudaron en sucumbir al servicio de ese Imperio del Mal; subyugados como entes eróticos por su alta ineficiencia como administradores de las colonias, donde operan los manicomios comunistas.
Algo execrable propio de los estados policíacos, de lo cual los izquierdistas alegres viven una lívido de enamorados. Nos referimos a los gulags representados por las dictaduras antañas del ex bloque comunista, incluyendo las satrapías americanas, asiáticas, mediorientales y africanas todavía en explotación plena. Los ideólogos marxistas y ulamas fundamentalistas, preconizadores de la violencia absoluta por medio del terrorismo institucionalizado contra la civilización occidental, porque hoy se baten cómodos entre los optimistas alegres que integran la grey maldita de sus seguidores.
Los optimistas de la primera camada, se mezclaron al descubierto en ese mundillo proclive al mal, ungidos con una brujería idealizada por los chamanes de las corrientes marxistas ortodoxas. Un resultado excelente para excitar la avaricia de los nuevos zurdos enajenados del ALBA y sus seguidores del Eje Apocalypto, quienes constataron las posibilidades infinitas del enriquecimiento escandaloso; impune y sin paralelo, de los ex y líderes marxistas actuales (ellos se autotitulan así), incluyendo familiares y amicis de sus mafias particulares.
El resto de los malvistos, eran apéndices de la comparsa zurda de optimistas hipnotizada con la idiotez del asalto bolchevique al Palacio de Invierno de Petrogrado en 1917 y otros centros vitales del Gobierno Provisional ruso liderado por Aleksandr F. Kérenski; cuya acción fue ejecutada con brillantez extrema por destacamentos armados, seleccionados entre el lumpen proletario, comandados por Lev Davidovich Bronstein (aka, Trotsky).
Este último, después seria asesinado finalmente en agosto de 1940 en México DF –aunque ya en mayo de ese mismo año otro sicario del Comintern, el muralista mexicano David Alfaro Siqueiros, ya habia ejecutado un atentado personal fracasado, contra Trotsky–, por otro sicario bolchevique de origen catalán y oficial de la entonces NKVD, Ramón Mercader (alias, Frank Jackson, Jacques Mornard, etc.); por encargo directo de Stalin y para lo cual fue orlado con un premio de medio millón de dolares. Mercader, era un peje entrenado como asesino por la gestapo rusa que después tras salir de prisión fue huésped dilecto del Dr. Fidel Castro Rúz, en su paso por La Habana al ser liberado en 1960. La madre de Mercader, Caridad, era otra optimizada agente de NKVD causante de propio su desastre familiar, veraneante con residencia fija en Cuba y conocida en el bajo mundo comunista con el aka de “La araña catalana“.
Este optimista por convicción y alegre por tradición, Mercader, murió misteriosamente en Cuba (oficialmente de cáncer) por causas desconocidas, tan joven como de 54 años. El paraíso de los optimistas alegres se le había esfumado a un Mercader desilusionado con la monstruosidad stalinista. Sus cenizas yacen el cementerio de Kuntsevo en Moscú el cual, paradójicamente para no despertar sospechas entre sus secuaces, está destinado a los “heroes”.
Los materialistas dialécticos, fanáticos adjuntos a la escuela de los alienados optimistas, abogaban encaramados en la cúspide de sus delirios; por la aplicación a priori de leyes inventadas a partir de un proto marxismo. Se trataba de una degeneración enunciada como especie alucinante y transcerebral que nunca existió, salvo en los laberintos cretenses.
Tal hizo la propaganda pre y post marxista promovida por los optimistas al concebir –y peor, creer–, la validez de una liaison implícita entre el batallar renacentista propugnado por pensadores tales como Erasmo, con sus sátiras, Thomas More y su utopía; así como con Immanuel Kant y George Wilhelm Friedrich Hegel con sus críticas racionalistas y otras semejanzas.
En ese pozuelo de optimistas se aventuraron, sin ser invitados, los maníacos depresivos anti capitalistas por excelencia (de forma, no de hecho); como fueron los fantasmas simpaticones de Karl Marx (un declarado souteneur a cargo de Engel) y sus dos apéndices umbilicales dilectos: su compadre Friedrich Engel y su yerno cubano oriental, el tal Pablo Lafargue. Todos confundidos entre las teorías del valor y la de los precios.
Marx se refería a éste otro personaje parasitario moteándolo con el apodo de “el Negro“, despectivamente–, quien era un mulato ilustrado en Francia descendiente de un francés huido de Louisiana y una negra. Este matrimonio inter racial y escandaloso en aquellos tiempos, Karl Marx –profeta optimista de la unión universal y que de por vida detentó el papado del buen hipócrita comunista– nunca se lo perdonó a su hija Laura.
Tal hato de pejes dorados del onirismo optimista, eran quienes se imaginaban cabalgar a grupas de un genuino espectro que recorría en paños menores y a todo mini trapo; la Europa de 1848; tal se empeñó Marx en imaginar en su manifiesto disparatado. Se relacionaba con el mismo desvarío optimista que después resultó estampado bajo el nombre de “socialismo científico” o también conocido en el argot del bajo mundo zurdo por su alias popularizado: el comunismo.
En el caso de Francia –tan romántica como espiritual de mediados del siglo XIX–, los resultados violentos de ese mal sueño fueron rectificados de inmediato por un pesimista confeso y certero, el político e historiador Louis Adolphe Thiers (ver, Histoire de la revolution française); quien fungió como Primer Ministro durante el segundo imperio, entonces bajo el rey Louis-Philiphe. Este político de la ultra derecha, fue quien en 1871 paró en seco la algarada sediciosa de la Comuna de París; armada y nutrida por aquellas avetontas sentimentales y polvorientas (los nuevos sans-culottes) extasiados con los dogmas marxistas, quienes en su mayoría, estaba integrada por republicanos enervados con ideas radicales y la siempre omnipresente gentuza de los oportunistas parisinos.
Estos líderes sediciosos de marca mayor, resultaron estar constituidos por un extravagante sector de optimistas –adeptos a la bobería del socialismo científico –, los cuales se creyeron al pie de la letra los remilgos teóricos del titulado Manifest der Kommunistischen Partei (“Manifiesto del Partido Comunista”), lanzado por Marx y Engels en 1848. Un documento dogmático inducido para saciar la gula de los vagos y extremistas deambulantes por esa época (también por esta y cada una de las anteriores).
En consecuencia, dedujeron los comunistas del siglo XX, era válido vender esa mercancía idealista averiada desde su incubación, a aquella sociedad occidental embotada con los criterios positivistas de la post guerra (I Guerra Mundial).
El estruendoso fracaso del comunismo contemporáneo, evidenció que ese positivismo (optimismo alegre) preponía lo contrario a la dinámica natural de la Historia. Es decir, armar un artilugio virtualmente diastólico poblado por seres ofuscados dentro de sus propias psicopatías de errores. Luego, los futurólogos marxista nos regalaron un dogma anti histórico, con el cual encubriría sus ambiciones reales de apoderarse de las riquezas nacionales y particulares e implantar una dictadura distópica, que operara a su servicio privado.
Soñaban, con la obtención gratis de aquello que se les antojara del eterno e omnisciente estado benefactor, no muy bien garabateado en las cuartillas de Marx. La visión era alcanzar una felicidad eminentemente material –aunque no menos sub humana–como son: trabajo, asistencia médica y social, educación y placeres totales; a su comodidad; y a los cuales los morones zurdos estaban dispensados de aportar nada, como un bien común. Se trataba de la consumación optimista de otra Jauja de la cual los peruanos no estaban enterados del uso del nombre homónimo de su pueblito.
Tal panacea seria ofrecida, de acuerdo a la época, por el Lord Protektor de turno (Stalin, Mussolini, Hitler, Mao, Castro, Pol Pot, Chávez, Evo, Correa, Ortega, etc.). Claro que en esa nueva Jauja de morones, despersonalizada y opresiva, los optimistas deambularían eufóricos aunque carecieran de las libertades y riquezas inherentes a la laboriosidad de las ideas democrática.
Tal e igual como nos reseña implícita, el checo Frantiček Kafka en su obra Der Prozeß (“El proceso”), entre otras similares premonitorias de utopías alucinantes, destilada por la depresión psicótica de los totalitarismos contemporáneos, sean estos políticos o religiosos. La avalancha de optimismo sociopata, impregnó a buena parte de los líderes opacos.
Ahora, si tomamos a Kafka como personaje emblemático, observaríamos que el mundo del absurdo que lo circundó entonces, encajaría en el trébol rompecabezas del pseudo pesimista de Eugène Ionescu. Sin embargo, aunque la obra de Kafka inclina, a no verla más que como un producto sutilmente envuelto con tono positivista-optimista; pero que a la inversa; es manoseado por esa gente libertina los típicos sicodelistas prematuros, aunque sin alucinógenos. Los pesimistas, pensaban de forma contraria.
Se trataba de intelectuales entusiasmados con los jugosos años 20 y que, por decantación, se hayaban impregnados de optimismo alegre; desgajado de los residuos de la Belle Époque –aquel electrizante período hedonista entre la III República francesa y el fin del Imperio Alemán, ya concluida la I Guerra Mundial–. Ello facilitó a ultranzas, que las bandas fascistas y comunistas hiciera zafra en medio de aquel desorden social y moral, imperante por la debilidad de los partidos tradicionales. De ahí, los Lenin e Hitler.
De ello, la euforia total para los optimistas alegres. Los unos (nazis), profetizando un milenio imperial de la nueva grandeza aria; mientras que los otros (comunistas) –quienes se creían ser los más pícaros– preconizando las bondades irresistibles de la vagancia colectivista, exacta a la de ropavejeros indoamericanos. ¡Yes Sir, that will be forever!, clamaban los optimistas.
La saga continua.
© Lionel Lejardi. Febrero, 2010
lejardil@bellsouth.net
Legacy Press
(Visita, y serás bienvenido a mi blog alterno: http://lacomunidad.elpaís.com/elasuntocubano/post

Anuncios
A %d blogueros les gusta esto: