Elogio de la tristeza 1: Tesis III/III


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Tesis III/III
Es imperativo que consideremos de urgencia el basar nuestro quehacer y modo de pensar, al menos en sus fines de mayor significación, transitando a través de una óptica nueva y sin paralelo. Nos basamos en la lucha de contrarios: belleza–fealdad, vida–muerte, libertad–esclavitud, electrón–protón, materia–antimateria, virilidad-afeminamiento, etc. Se trata de aquella dicotomía de contrarios auto destructivos pero sin alcanzar la aniquilación total, tal como está conformado el mundo en que vivimos y el espacio finito pero sin límites, que nos rodea. Es aquella ajustada a lo real-maravilloso, representado por el criterio pesimista en su elogio de la tristeza. Este último, in vitro, es una condición suficiente e indispensable cuyo argumento matrix y su peso específico, resultan invaluables para activar la presentación del pesimismo triste.
Por ejemplo, siguiendo un tono trascendental y majestuoso, tal asumió como su eje central de tránsito por ese poema sinfónico fascinante Aus der Neuen Welt (“Desde el Nuevo Mundo”), del checo Antonín Dvořák.
Casi toda la teoría filosófica del optimismo alegre, se fundamentó a priori en postulados de científicos y matemáticos tales como los propuestos por Gottfried Wilhelm Leibniz y otros pensadores vibrantes en la misma onda de sensibilidad humanista. Estos pensadores maravillosos no lograron depurar sus ideas (inicialmente explicadas de manera errática), si no hasta el momento exacto en que las expusieron a la luz pública. Para ello, las explicaron auxiliados por artificios matemáticos que debieron desarrollar a estos propositos especificos; y así poder afirmar tácitamente que “…este mundo en el cual experimentamos con nuestra realidad cotidiana, es el mejor de los mundos posibles.”
Aunque no dejaron de tener una parte de la razón, aplicando el teorema a todas las épocas y no sólo en la que ellos vivieron; Leibniz suponía fuerzas espirituales de energía representadas por las mónadas, esas sustancias simples e indivisibles en su microcosmo. Según se desprende, constituían por sus grados de libertad el universo de su tiempo siguiendo, estimaba Leibniz, un plan divino exclusivo sin transformaciones paulatinas, a contrapelo de las planteadas posteriormente por Charles Darwin en su “Teoría de la Evolución“.
El parisino François Marie Arouet (aka, Voltaire) en su calidad de ser uno de los líderes de la Ilustración, siempre anduvo abrazado ardiente a un racionalismo pesimista. No dudo en emplear el sarcasmo para burlarse del optimismo de Leibniz, en su novela satírica Candide. Aunque la idea filosófica de Leibniz planteaba un conformismo tímido acorde con las veleidades de su meta melancolía, entonces de moda, no apuntaba mal y sus objetivos eran nobles, compasivos y a tener en cuenta fuertemente, por tratarse de ideas no maliciosas.
El cuestionar tal aseveración radicó en que de haber sido así, los hechos históricos posteriores nunca se habrían desarrollado y la propia Historia permanecería detenida en el tiempo en el siglo XVIII, para convertirse en la anti historia de hoy. O sea, un tour a través de un período quietista y no evolutivo, ausente de las transformaciones y progresos posteriores hasta nuestros días. La Cuba de los Castro, es un ejemplo fehaciente de esta “detencion en el tiempo”, convertida por los comunistas en una anti sociedad de intramuros.
En consonancia, el tal individuo optimista habría permanecido sembrado incólume en aquel hábitat material y cuasi espiritual de dos siglos atrás. Algo parecido proclamó a tenor de jugarse la cabeza, Miguel de Molinos Zuxia, cuando desató para neuralgias del Index Inquisidor; su Filosofía del Quietismo; es decir, el no hacer nada, no disturbiar el entorno y permanecer en laxitud pura, hasta alcanzar la verdad, paz interior y sabiduría de Dios.
Por su naturaleza, el optimismo (también “positivismo eufórico” en su fase terminal) es esencialmente estrábico, desalentador y sin rumbo; dado que desestimula las innovaciones, exacerba la falta de humildad y cercena el deseo de auto perfección del individuo, en su ajuste perpetuo al entorno social y espiritual. Además, y quizás lo peor, obliga al individuo a avanzar a tientas por la vida con irresponsabilidad absoluta; sin que identifique y prevea los escollos y, en consecuencia, se encuentre inepto para activar sus escudos protectores contra las posibles adversidades.
En fin, nuestro ejemplar humano se delinea entonces como masa amorfa sin rumbo, random. Un caldo de cultivo excelente para anidar la morosidad comunista. Ya situados en este escenario, se presentan ante nosotros dos tesis contrapuestas. Por la primera, el individuo se desplaza a ciegas a través de la vida sujeto a impulsos aleatorios, sin planificación. La consecuencia prenatal inmediata del optimismo simple, es basarse en la candidez de que “todo, siempre, “per se”” le saldrá bien, dado que el mundo circundante es amigable e inmaculado (además de tonto), sin que se le supongan errores. El individuo, sin embargo, es advertido por su sexto sentido, del peligro circundante e intangible.
Ello opera sin considerar siquiera, la influencia de perversidades tales como los siete pecados capitales inherentes a los mortales o la simple enajenación mental “del otro”. Por lo tanto, el ego optimista no le admite su vulnerabilidad como individuo (lo cual puede zaherir a un una nación entera ) a lo imprevisto. Ello se despliega, sin entender que todos nos hallamos sujetos a un karma de reencarnaciones (ver, Hinduismo) que nos acecha desde y para siempre. La segunda tesis se manifiesta completamente contraria a la primera –es su antípoda polar–, y cuyo caso más descollante es el “pesimismo complejo”. La exposición de este último concepto, por lo intrincado de sus variables, queda fuera de este trabajo.
Tal seria por excelencia el de nuestro homo cubencis (“Hombre Cubano”), donde el individuo desplaza sus cautelas bajo estrategias de alertas bien definidas. Estas últimas le hacen apto para atravesar un mundo regido por la incertidumbre latente u otro completamente desconocido, sin costuras a otros planos. Ello implica haber identificado o imaginado cuándo y cuáles hechos imprevisibles lo pueden afectar y bajo estas cautelas, decidir cuáles poses deberá adoptar para mantenerse en atención perpetua. El ejemplo de trauma inicial de un enorme sector poblacional, no programado, es visto en el arribo cinemático de los cubanos exiliados a las diásporas respectivas.
Conceptualmente definido, el pesimista es no un una rara avis, sino un ser apasionado, cuya catarsis purificada le libera de recuerdos innecesariamente traumáticos. Es el proto Superego. Cierto espectro de la posología adscrita y suministrada como tratamiento, por las disciplinas que escudriñan el cuadro sicosomático del genoma mental Id, fallan abruptamente. Sucede que mal confunden este esquema clínico lamentablemente estereotipado, con las sicofobias vulgares, por ejemplo, las sociopatías.
Es como dictaminar el trauma mental que sufre el paciente en potencia, sometido desde antes a una irrelevancia síquica de pruebas repetitivas, a partir de las muecas o monerías infantiles que haría éste sin desdoblamientos, frente a un espejo.
Un ejemplo traído por los pelos desde la Física Teórica, es el denominado “Principio de incertidumbre de Heisenberg“. Se trata de un concepto puramente relativista planteado por el físico alemán Werner Heisenberg, el cual nos recrea con la certeza de la imposibilidad de determinar simultáneamente, posición y momentum de una partícula (recordatio) que radie o absorba energía. Este principio condujo a la creación de la Mecánica Cuántica, expresión matemática explicativa de los quantas escurridizos. Un simil síquico en el individuo se homologaría con trazas del onirismo alucinante.
Luego sinterizaríamos: percibo señales desde un punto situado en el micro mundo subatómico (la mente alucinada), pero tengo la incertidumbre de no saber “dónde” (coito reservatus) se encuentra dicha partícula. De ahí, que la teoría de Heisenberg aglutinara a su alrededor, por su cierto misticismo elitista, a algunos fans entre los optimistas e incluyendo pesimistas inmaduros. Es curioso que el optimista raso, acepta moverse con la guardia baja, presuponiendo que una reacción posible de la partícula (aquí, es el evento), nunca lo afectará.
El pesimista, siempre en guardia, desconfía e investiga la incertidumbre y obtiene un resultado. En el segundo caso –el optimista–, se observaría un practicismo relacionado con el…čislo mágico de “e” (2.718281…) elevado a log n potencias (donde n es un número imaginario). Esta analogía matemática es semejante a la ecuación del æsthetic golden ratio –también utilizado por los egipcios para otros fines, en tiempos bíblicos–, para el diseño de cajas acústica (baffles) en las técnicas modernas desarrolladas para la reproducción del sonido.
Tal seria una solución burda del genoma mental, en evitación de errores aliados al mundo imponderable de la tristeza, salvo que se haya colimado una solución matemática con el abanico de los complejos –esa especie de “postilla en la personalidad”–, cuyo límite acotado también tienda al infinito. De no ser así, todo lo que hacemos a diario, sin advertirlo excepto por los elegidos; está marcado por un pesimismo triste el cual no alborota y puede en ocasiones confundir a quienes nos rodean, pero que deslumbra cargado de sutilezas despampanantes y placeres contagiosos.
Enfrentar la realidad cotidiana de una tesis no exenta de peligros, como los experimentados por los optimistas inconformes con sus respectivas órbitas de giro mental; es desprenderse de la vulgarización la cual desde siempre, han endilgado los ineptos –bajo sopor– flotantes en el entorno de los pesimistas. Ello presupondría en el lado pesimista, una actitud permanente de avantgardist, pero de alto riesgo.
Casi igual y de peligrosidad extrema en el optimismo alegre, con la otrora consonancia aventurera, átona, imbricada dentro de aquel divertissement létal que condujo al rey Arturo (ver, “La Morte d’Arthur” de Sir Thomas Mallory) a zigzaguear interminables archipiélagos de sicómoros incorruptos; hasta el momento crucial en el cual alcanzó su anhelo: morir después de una batalla épica, sobre el regazo de su amada Morgana; en aquel reino encantado de gnomos, hadas, brujos y entes divinos de la LÎl d’Avalón (“La Isla de Avalón”).
Arribamos al fin de la tesis, como primer término del sistema dialéctico bajo análisis y pasamos a la trilogía siguiente, inherente a la antítesis.
La saga, continua.
© Lionel Lejardi. Febrero, 2010
lejardil@bellsouth.net
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