Se cumplen 52 años de dictadura comunista en Cuba
Con la eclosión prima, sucedió lo inimaginable para el dúo de disconformes que la crearon. Ambos, un par de personajes abigarrados, emergieron hecho trizas y lo peor, desilusionados, de entre los restos humeantes de la Primera Guerra Mundial (IGM)¹. Tras sacudirse el polvo, se miraron el uno al otro y constataron que estaban indemnes. Como que no les faltaba nada, decidieron dar un vuelco a sus vidas. Así es que, corriendo enero de 1919; Anton Drexler un mecánico ferroviario, cerrajero y poeta; en unión de Karl Harrer, un periodista conservador, fundaron en Münich el que denominaron ”Partido Alemán de los Trabajadores” (Deutsche Arbeitarpartei o DAP). El DAP fue un movimiento etnicista y ultra nacionalista (völkisch), cuyos integrantes estaban tan confusos como indignados por la derrota de Alemania. Este movimiento político contaba apenas con unas decenas de miembros. Cuando éstos llegaron a 64, ya Adolph Hitler pastaba roñas junto entre ellos.
Hitler, un austríaco ex-cabo del ejército prusiano (condecorado con dos “Cruz de Hierro”, por su heroísmo en combate); en la pos guerra fungía como soplón de los Servicios de Inteligencia del Ejército de la nueva República del Weimar, investigando actividades de los partidos y grupos socialistas y extremistas de esa época. Meses después, el 16 de septiembre de 1919, Drexler invitó a Hitler a militar en dicho partido. Desde poco antes, el candidato bisoño se sintió atraído hacia ese grupo, en ocasión de leer un panfleto tendencioso publicado por Harrer, “Mi despertar político” (Mein politisches Erwachen).
Con este botón de muestra, los integrantes del Consejo de Dirección del DAP entendieron claro las intenciones de los marxistas. En consecuencia, convencieron a industriales y comerciantes poderosos sumergidos en la reconstrucción de Alemania y el pago de sus indemnizaciones de guerra a Francia y otros países, a que suministraran fondos al partido y así crear fuerzas paramilitares semejantes a los Freikorps² gubernamentales los cuales habían casi eliminado a los terroristas de la Liga Espartaco (Spartakusbund)³; de lealtad probada, para contener a los comunistas locales todavía activos.
Los nazis, pretendieron mezclar el anti liberalismo, pangermanismo y antisemitismo con vistas a ganarse al lumpemhund proletariat –canalla proletaria– de las cervecerías wik. Durante su “prisión aterciopelada” tras el fracaso del putsch de Münich en Nov. 8, 1923 (igual sucedió a Fidel Castro –su émulo– en julio de 1953, con su fallido putsch en Santiago de Cuba), Hitler escribió gran parte de su obra “Mi Lucha” (Mein Kampf), vademécum clásico del nazismo. Ya para el 25 de febrero de 1925 fue elegido líder máximo del NSDAP, como “Führer de Alemania”. Hitler continuó tenaz ahora en un juego legal, participando en todas las elecciones.
El 30 de enero de 1933, tras obtener la mayoría parlamentaria es nombrado por el presidente Paul von Hindenburg, su enemigo político, Canciller Imperial (Reichskanzler). Ya en el poder, el 23 de marzo siguiente y utilizando un ardid conspirativo; hizo que el Parlamento (Reichstag) sumiso al tentetieso nazi, aprobara la poderosa “Ley para solucionar los peligros que acechan al Pueblo y al Estado” (Gezets zur Behebung der Not von Volk und Reich). Una ley de excepción con “carácter transitorio”, en consonancia con prácticas de los totalitarismos; cuyo espíritu los nazis violaron reimplantándola por siempre, hasta su derrota en 1945, a manos de las fuerzas de los Aliados.
Para este enjuague jurídico, Hitler utilizó una falacia nombrada “Ley Habilitante” (Emächtigungsgesetz); un fantasma que le investía de poderes omnímodos. Esta distinción le fue brindaron en bandeja de plata por Franz von Papen y Ludwig Kass. La Ley Habilitante, facultaba al estado nazi (o lo que es igual, al Führer) a redactar, legislar y aprobar leyes de facto sin la anuencia del Parlamento. El filósofo y sociólogo alemán contemporáneo, Jürgen Habermas, definió el comunismo como: “fascismo de izquierda“, demostrando que las líneas paralelas están unidas desde el principio. La historia totalitaria del comunismo, indica que no se equivocó.
Luego no debe sorprendernos que en pleno siglo XXI un personaje de la jungla zurda y repleto de exotismos, Hugo Rafael Chávez Frías; tal ciboulette baturro y copycat por lerdo –se le rumora de su adoración de un paganismo obsesivo hacia el líder nazi–, hizo “l’eclosion d’un œuf culeco” (la puesta de un huevo culeco) al imponer su versión tropical de la “Ley Habilitante” nazi para apuntalar su régimen totalitario.
Sucedió que por el vandemécum de este Zombie revivido, nadie se preocupó.
© Lionel Lejardi. Enero, 2011
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